Los Pandava son los protagonistas del Mahabharata; son cinco hermanos, y se casan todos con una misma mujer. A ella esto le parece bien y le gusta la idea desde el primer momento, pero su padre y su hermano mayor se sienten algo confundidos: «Está decretado que un hombre tenga varias esposas, pero nunca hemos oído que una mujer tenga varios maridos», se queja el padre de la princesa; «¿Qué le pasa a tu inteligencia?» llega incluso a preguntarle el rey al hermano mayor, cuestionando sus facultades mentales[1].

-«El sendero del Dharma (el orden universal) es sutil, no conocemos su dirección»- responde el Pandava. Y a continuación entra a la sala el sabio Vyasa -«porque así le apetecía»- y le hace una señal al rey confundido para hablarle a solas.

Vyasa es el narrador del Mahabharata, y el texto aprovecha cada una de sus apariciones para recordarnos, una vez más, que Vyasa llega a los lugares «porque le apetece» y después de intervenir en la acción de la historia (siempre de manera propicia) continua su camino «yendo hacia donde le pareció bien». El aroma que envuelve a Vyasa es el de la absoluta libertad. Como el espíritu de un infante que acaba de aprender a correr, junto a la calma de un anciano. Y estos dos detalles, la ligereza de Vyasa más la respuesta del mayor entre los Pandava al rey: «el sendero del Dharma es sutil y misterioso», son  avisos de la explicación que dará Krishna a Arjuna, el tercer hermano entre los Pandava, antes de iniciar la batalla total del Mahabharata. Explicación que se recoge en el capítulo más comentado del Mahabharata, que se llama algo así como “la canción del señor”, y es más conocido por su nombre sánscrito, la Bhagavat Gita.

Volviendo a Vyasa y el rey (el padre de la princesaa que está a punto de casarse con cinco príncipes) lo que el sabio le explica al monarca, a solas, es una historia:

Vyasa le cuenta al rey que en la antigüedad los dioses organizaron un gran sacrificio en el bosque. Yama, el dios de la muerte, hijo del sol, era el encargado del ritual y mientras Yama centraba toda su atención en el sacrificio las personas no morían. La población humana aumentaba sin parar y los dioses de las direcciones comenzaron a incomodarse. «Desde que los mortales son inmortales no hay más diferencia entre nosotros y ellos», le dicen los dioses a Brahma, su creador. «No os preocupéis», responde Brahma, “cuando Yama termine el sacrificio tendréis todos mucho poder y los humanos quedarán debilitados; ayudadle a terminar y todo irá bien».

Los dioses vuelven tranquilizados hacia el terreno donde está teniendo lugar el sacrificio. Por el camino, les sorprende ver una flor de loto dorada bajar flotando por el Ganges. Indra, el rey de los dioses, se sorprende y decide subir hacia la fuente del río para investigar; Allí ve una doncella radiante como el fuego, con medio cuerpo en el agua, llorando. Cada lágrima que cae de las mejillas de la dama se convierte en una flor de dorada cuando toca con las aguas del río y las flores bajan lentamente sobre la corriente. Indra queda ensimismado y se dirige a la joven. Ella le agradece el haberse interesado por quién es y le pide que la siga.

Caminando tras ella, Indra llega al rey de los montes, la cima del mundo, donde ve un joven atractivo jugando a los dados, rodeado de chicas jóvenes y bellas como él.

Indra se dirige al joven y le dice: «Yo soy el rey de los dioses. Este universo me pertenece y el mundo está bajo mi mando. Soy el señor de todo lo que hay».

Pero el joven no le hace caso y sigue inmerso en el juego. Indra se pone furioso y repite lo que acaba de decir con un tono más firme. El joven de repente lo mira y sonríe, e Indra queda totalmente paralizado. Como un pilar.

Cuando termina la partida el joven le dice a la doncella que ha traído a Indra, la que lloraba flores doradas sobre el Ganges: «tráemelo, me aseguraré de que el orgullo no vuelva a entrar en su corazón».

En el momento en que lo toca la chica Indra cae al suelo, sin fuerzas, y el joven le dice: «entra en esta cueva y espera allí con los otros».

Indra se arrastra hacia el agujero en la roca que el joven le señala y, antes de entrar, puede ver dentro de la cueva a cuatro dioses radiantes como él. Indra se entristece y pregunta si ahora se quedará allí como ellos. El señor de las montañas le mira enfurecido y le grita: «¡me has insultado!», a lo que los miembros de Indra pierden la fuerza y se queda meciéndose al viento, ante la cueva, como una hoja o una higuera sacudida por la tormenta.

Indra se arrepiente y suplica que se le muestre la manera de salir de esta situación, pero el Señor de la Montaña ya no está con ánimos de calmarse y le dice que los que actúan como él ya no encuentran la salida. «Los otros fueron como tú y lo volverán a ser. Entra y quédate con ellos, no hay duda de que vuestro destino será el mismo. Vosotros cinco naceréis en una matriz humana; cometiendo hazañas extremadamente violentas mandareis una multitud de personas a la muerte y volveréis a alcanzar el mundo de Indra por vuestras acciones». Al unísono, los Indra anteriores responden: «Iremos desde el mundo de los dioses al de los hombres. La salvación es difícil de conseguir allí. Dejemos que los dioses del Dharma, el viento (Vayu) y los Ashvins nos lleven hacia nuestra madre humana». Oyendo esto, el último Indra en unirse al grupo dice que con su semen creará un hombre que pueda cumplir esta misión. «Será mi hijo y se unirá a los otros cuatro». Esto le agrada al Señor de la Montaña (que no es otro que Shiva) y decreta que la bella mujer que lloraba en el Ganges, la más bella en todos los mundos, que no es otra que la misma Lakshmi, la diosa de la belleza, nazca como la esposa de los cinco en el mundo de los humanos.

Tras contar esto, Vyasa le otorga un instante de visión cósmica al padre preocupado y este ve a sus cinco futuros yernos elevarse a cinco cúbitos de altura, adornados con guirnaldas, coronas y joyas, radiantes como las llamas del sol; vestidos de oro. También ve junto a ellos a la mujer suprema, a la divina Lakshmi.

Pero esta no es la única historia que Vyasa cuenta:

En una ermita en el bosque vivía la hija de un gran asceta que era bella y pura pero no podía encontrar marido. Por sus austeridades agradó a Shiva, que se le apareció y le preguntó qué era lo que quería. «Me gustaría tener un marido dotado en todos los aspectos», a lo que el dios accedió con gusto y le dijo «tendrás cinco excelentes maridos».

-«¡Pero Shiva, yo solo deseo un marido!», responde ella asustada.

– «tú me has pedido cinco veces un marido, y será tal como has dicho. Tendrás muy buena fortuna y todo esto te pasará en un mismo nacimiento”.

«Así es como es esta chica, con la forma de una diosa, ha llegado a ser tu hija”, termina diciendo Vyasa, y tras esta visión de los designios superiores el rey queda tranquilo y bendice la boda.

Esto, en la forma colorida y brillante que tiene el relato de Vyasa, es lo mismo que apunta la Bhagavat Gita, y no consiste en ninguna enseñanza esotérica, o un dogma psicodélico que el devoto ha de aceptar ciegamente, sino más bien una humilde observación de la realidad, que en un lenguaje más lógico y sobrio el filósofo holandés Baruch Spinoza, uno de los santos patrones del ateísmo, también argumentaba en el siglo XVII, desde la lluviosa Ámsterdam, en la obra llamada Ethica, ordine geometrico demonstrata , conocida popularmente como La Ética de Spinoza: Lo que llamamos libre albedrío es más bien nuestra ignorancia de la cadena de eventos históricos, y familiares, y las reacciones químico-emocionales que nos han llevado a elegir aquello que creemos que hemos elegido libremente. Cuando nos decidimos entre un helado de fresa o uno de vainilla, o cuando queremos casarnos con uno, cinco o ningún hombre, lo que decide es la combinación de un carácter adquirido en una determinada situación histórica, social y familiar con un mar de condiciones que desconocemos; porque la comprensión de la mente humana es limitada.

En el lenguaje del filósofo indio Shri Aurobindo, en un comentario a la misma Bhagavat Gita: «existe un plano mucho más elevado que el libre albedrío[2]». Las decisiones que creemos que tomamos no las toma ese “yo” que creemos que somos. Están tomadas desde hace eones, en esferas más sutiles de lo que podemos entender. En el lenguaje de Spinoza serían atributos y modos los nombres de estos planos más sutiles, en el Mahabharata es el mundo de los dioses y las vidas pasadas.

Aurobindo diferencia entre Voluntad y Elección (Will / Choice). Una cosa es la elección personal (vainilla o fresa) y otra es la voluntad infinita. Lo que mueve a los cinco Pandava para casarse todos con Droupadi es la Voluntad Infinita, algo que va más allá de la elección. Por esto el hermano mayor contesta a su suegro que «los caminos del orden universal (Dharma) son sutiles». Y esto es algo sobre lo que se puede filosofar durante siglos, pero en este post quiero hablar de dioses y dragones, no de modos y atributos.

Los dioses y los dragones son las formas que simbolizan la Voluntad Infinita para la visión limitada de nuestra consciencia. Hay una canción de rock cuya letra me gusta porque habla de la misma temática de este post. Describe la infancia del cantante de una manera que se vuelve casi un manifiesto poético sobre la importancia de la visión interior en la vida. Traducida por mí, la canción dice algo así como: «Éramos niños jugando al sol, [éramos] una sensación de libertad corriendo. Nunca sabíamos qué hora era, solo cuán sublime era todo a nuestro alrededor. Nuestro rumbo era determinado por cada uno de los astros que nos atañe; Mamá sabía exactamente dónde estábamos y la tierra se iba formando desde abajo. Un dragón mostraba el camino a tomar. Derramándonos nos filtrábamos hacia el centro; subiendo por combustión, despegando y observándonos a la vez». La canción sigue pero se entiende la idea. Existe la concepción todavía (una idea en retroceso, pero que sigue resistiendo) de que el niño es como un autómata que aprende por imitación a caminar y hablar para poder conseguir alimento y sobrevivencia. Para mí, nada más lejos de la realidad. Nunca he conocido un niño que me diga: «estoy corriendo para fortalecer las piernas». El niño corre para ganar La Carrera, para llegar a la cima del monte que solo él ve. ¿Acaso desaparece el monte con la edad adulta? Para mí no, es otra falacia. Seguimos subiendo el monte que solo puede ver la mirada interior, pero lo llamamos de otra manera. El dragón que marca el camino en la canción es la Voluntad Infinita.

La mirada infantil es la mirada de una mente mucho más armonizada con el cuerpo que la adulta, es una fantasía menos disociada de los impulsos físicos. De niños corremos para perseguir un dragón, porque corremos junto al sentido de la vida. En el Mahabharata, Vyasa y los Pandava son adultos que no hablan desde una mente disociada. Su lenguaje es el lenguaje simbólico de la intuición, de esa denominación estridente que me he inventado para este post: Voluntad Infinita. Spinoza lo llamaba Dios, directamente. Krishna, en la Bhagavat Gita, dice que es él mismo. Esta es la fuente de la ligereza de Vyasa, quien va y vuelve cuando le da la gana y camina por donde le apetece, pero su aparición siempre es transcendente. Porque camina en armonía con la voluntad del universo. ¿Es el ser humano adulto capaz de llegar a la misma armonía con el todo que un niño, pero de una manera más consciente? Yo creo que sí.

 

[1] Todo lo que cito en este escrito se encuentra en el Vaivahika Parva

[2] The Bhagavad Gita, With Text, Translation and Commentary in the Words of Sri Aurobindo, Sri Aurobindo Divine Trust, 2014 pp97-107