La búsqueda de lo real

Allí fuera hay un mundo objetivo: el de todas las cosas iluminadas por los rayos del sol. Allí fuera, una pared es una pared y el fuego quema. Allí fuera, está el cosmos, desplegándose hacia las entrañas del infinito. Y aquí dentro, hay un mundo interior: tiene formas y nombres, pero sus paredes son maleables y su fuego nunca quema. Entre el infinito y lo objetivo, hay un mesocosmos que enlaza todas las posibilidades: es el lugar donde las formas brillantes que danzan sobre un tronco se llaman fuego, y este fuego es un dios, que enlaza el tronco seco con la respiración de nuestro cuerpo, y con en el sol, y el ritual, y la poesía.

El ser humano se mueve y se desplaza por y mediante este mesocosmos. Gracias al mundo intermedio reconocemos el espacio que nos rodea; reconocemos nuestra relación con nuestro hogar. Porque nuestro hogar es un lugar físico y otro lugar interior. Mediante el mesocosmos reconocemos nuestra relación con nuestra aldea, nuestra familia, nuestra raza y el planeta.

Pero en el mundo intermedio uno se puede perder, dando vueltas alrededor de los propios pensamientos. Porque la dirección aquí no se encuentra con la mente, ni ninguno de los sentidos, sino mediante la acción. La acción desinteresada, la entrega, es la guía para ir reconociendo el pulso vital que nos llama a atravesar las aguas fantasmales en las que se diluye el tiempo, y en él todas las formas del mundo objetivo.

Mahābhārata, es el nombre de una gran historia, que habla de cómo encontrar esta dirección. Para hacerlo, el Mahābhārata nos cuenta la historia de aquellos que vivieron antes que nosotros; la humanidad anterior:

El Mahābhārata nos habla de un mundo en el que las cosas eran distintas, y nos habla de cómo murieron los héroes (kshatriya) que defendían al mundo de bandidos. Nos habla, el Mahābhārata, de una humanidad que conoció a los reyes (kshatriya), aquellos seres que vivían por hacer lo correcto y proteger la justicia. Pero, dice el Mahābhārata, que llegó una era misteriosa y oscura en la que los Kshatriya se convirtieron en una carga demasiado pesada. La tierra rogó por ayuda, con un plañido que fue escuchado en todos los mundos. Y nació Krishna, y su contraparte femenina Krishná: también llamada Droupadi, la oscura, nacida del fuego. Entre los dos se encargaron de que murieran todos los hombres kshatriya, en una guerra total, que quedó narrada en los cantos del Mahābhārata.

Este gran canto iniciático que se llama Mahābhārata es lo que estoy narrando en doce años. Dejándome transformar por el Mahābhārata, entregándole la mayor parte de mi tiempo y mis pensamientos entre el 2016 y el 2028. Y este sexto año se lo dedico a Krishna, porque es el centro del Mahābhārata, junto a Krishná. Porque el Mahābhārata dice que allí donde está Krishna está la victoria (jaya). Solo que, si Krishna y Krishná fueron quienes destruyeron a los Kshatriya, ¿a qué tipo de victoria se refiere el Mahābhārata?

Cuando Krishná (Krishnā), instiga a sus cinco maridos como fuego en sus entrañas; cuando los insta a ir a la guerra contra sus primos, en nombre de la justicia, y la venganza, ella sabe que esa guerra que está avivando será la destrucción de todos. Y cuando en medio de la batalla Arjuna, quien fue el más poderoso entre los kshatriya, sintió que no debería participar de esa guerra corrupta, Krishna lo animó a hacerlo, aun sabiendo que esa guerra significará la desintegración de todos los clanes. Y cuando, al final de esa guerra terrible, Krishna animó al héroe Bhima a luchar de manera deshonesta, y ganar con un golpe bajo el último duelo de la batalla, sabía que se ganaría una maldición. Y esa maldición fue la que lo destruyó a él, a Krishna, y a todo su linaje. En la próxima entrada explicaré mejor este fragmento, que todavía no ha aparecido en el blog, sobre la muerte de Krishna y algunos de los sucesos que llevana ella; pero lo que importa ahora es que eso era precisamente lo que Krishna buscaba. Krishna provocó su muerte, y la de su linaje, porque también fue un guerrero, y su clan (los Vrishni) debía desaparecer como los otros.

Así, ¿cuál es la victoria de Krishna?  Porque con la desaparición de los reyes comenzó nuestra era. Ahora nadie nos protege de los bandidos. Las guerras siguen existiendo, pero ya no son batallas, sino saqueos, y el fuerte esclaviza al débil para venderlo en el matadero. Así es la era de los bandidos coronados. Pero Krishna, y Krishná, siguen existiendo. Porque ellos sostienen todas estas formas que llamamos universo; con una pequeña parte de sí mismos. En medio de la confusión, en medio del paisaje fantasmal de las fantasías y los deseos, sigue estando Krishna. Y allí donde está Krishna está la victoria. Pero para estar con Krishna, y llegar a la próxima victoria, habrá que dejar ir alguna cosa. Así como la humanidad anterior tuvo que renunciar a los héroes, para seguir a Krishna, esta humanidad nuestra tiene que renunciar a algo. ¿Qué se nos está pidiendo que renunciemos, para que comience la era siguiente?

La próxima humanidad, se cuenta en el mismo Mahābhārata, será perfecta. La humanidad que nos suceda, recuperará la era de la luz, donde todos sabrán lo que tienen que hacer, y lo harán. ¿Qué es lo que tenemos que dejar ir, para dar paso a la próxima humanidad?

Si te interesa la relación de Krishna con el mesocosmos, tal y como se describe en la Bhagavad Gita, probablemente el texto filosófico más conocido del Mahabharata, puedes seguir los encuentros que estoy haciendo sobre el tema para La estrella de la devoción, un colectivo dedicado al arte religioso contemporáneo. Los encuentros se pueden seguir en vivo o en diferido, escribiendo a: respirarelmahabharata@gmail.com

Sobre la sangre

He leído en el Mahabharata que el mundo es infinito. O esto me ha parecido entender, que el mundo existe siempre. La humanidad también. Pero la humanidad nace y muere, renace y se extingue, y vuelve a nacer. El mundo, por su lado, también. El mundo explota, se desintegra, se inunda, se quema y vuelve a brotar. Por esto no tiene fin. La muerte siempre existe y la vida también. Tiene sentido.

Levanto la cabeza y abro un momento los ojos, después los cierro y escucho el sonido que me atraviesa, y siento ese impulso en la barriga que me empuja a hacer, a respirar, a querer. Siento que existo. No sabría cómo explicarlo de otra manera. El universo existe, ahora. Y ahora es siempre.

Pero el mundo se destruye también. Lo veo. Lo sé. Sé que las personas esconden monstruos. Y una persona te puede salvar la vida. Lo sé.

Me siento como si caminara al borde de un precipicio. A cada paso veo una puerta retorcida y fea que lleva al infierno y a su vez siento que algo me llama; no sé ni qué es ni hacia dónde me atrae, pero lo siento en todo el cuerpo. El sendero por el que avanza este llamado sigue un curso que ni las almas más grandes de la tierra pueden entender. Esto también lo he leído en el Mahabharata. Y tiene sentido. Porque todos sabemos que vivimos pero ¿quién conoce las razones profundas de su vivir?¿Quién sabe, realmente, cuál es su destino y qué futuro le espera?¿Quién conoce los resultados que tendrán sus acciones?

En el Mahabharata leí, ya hace unos años, que vivimos en una era en la que nadie sabe lo que tiene que hacer. Y tiene sentido. Gastar dinero, viajar, cantar, quemar incienso, drogarme, arriesgar la vida, meditar, ayunos y excesos orgiásticos, fanatismo, cinismo, la arrogancia y la duda, ¿dónde me han llevado? Al mismo sitio. A la vida. Y esta vida sigue empujando, hacia el mismo lugar desconocido. El enigma sigue siendo el mismo.

Pero en el Mahabharata he leído, también, que hubo una era en la que quedaban en el mundo personas que sí sabían lo que se tenía que hacer. Pero esa era pasó. Aquellas grandes personas son hoy cenizas y solamente nos queda su leyenda. Y lo que catalizó la caída de aquella era mejor fue la humillación de una mujer.

Ella fue la esposa del emperador del mundo, que era justo y sincero. La llaman, en el Mahabharata, por el nombre de su linaje: Draupadi, hija del rey Drupada, o Pancali: la que viene del reino de Pancala. Cuando la leyenda quiere ser más personal la llama Krishnā, la oscura. Por el color de su piel, y quién sabe si por algo más.

Ella era todavía emperadora del mundo cuando fue arrastrada por su larga cabellera negra con tonos azulados hacia el centro de una asamblea de hombres. Vestida con una sola tela fina, manchada por su menstruación. Y aun así, parecía un león rodeado de gacelas. Su mirada era la que más miedo causaba en aquella sala.

Su esposo, el emperador, se acababa de jugar todo su reino (el mundo) en aquella misma sala, minutos antes de que la hubieran forzado a entrar. El emperador del mundo se jugó a sus hermanos, apostando, y a sí mismo. Y perdió. Después sus contrincantes le instigaron para jugarse a su esposa.

-¿Si se perdió a sí mismo, de quién era señor cuando me apostó a mí?

¿A quién perdió antes el emperador, a sí mismo o a mí? preguntó Krishnā, la oscura, hija del rey Drupada, nacida en el reino de Pancala. Y nadie supo responder con propiedad.

Hubieron voces en la sala -cuenta el Mahabharata-, idas y venidas, promesas y amenazas; y se desencadenó una guerra, como nunca se había visto. Y murió el conocimiento de lo correcto. Pero la pregunta nunca fue contestada. Sigue abierta, como un acertijo que contiene la llave a la comprensión de esta fuerza que nos sigue empujando hacia la vida. Tal vez la llave para comprender esta sangre de humillados, estafadores, santos y asesinos que corre por nuestras venas humanas.

Esta entrada, está basada en la descripción de la apuesta de Yudisthira con su tío Shakuni en  en el fragamento llamado Dyuta Parva del Mahabharata.

En este cuarto año de Respirar el Mahabharata estoy basando el desarrolla del cuarto espectáculo en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada contrasto un fragmento del Mahabharata con tres casillas del tablero y después de 15 días de reflexión sobre ello comparto el escrito resultante. Así, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 41, 43 y 19.

Esta entrada también está influenciada por el reto que me propuso Jorge Ariza, de escribir sobre la relación entre voto y espacio sagrado.

Cuando el Mahabharata te encuentra

He tenido un sueño: un joven alto y delgado, bello, de piel muy oscura, casi negra, tan oscura -marrón dorado oscuro- que se funde con el entorno. Me habla. No recuerdo lo que me dice pero sí su mirada. Ojos luminosos, de blanco calmado claro y penetrante, alegre e intenso, que contrasta con el entorno.

Este tercer año del proyecto corresponde al año de aparición de Krishna.

Si bien Krishna es todo y es él quien mueve el universo con una danza giratoria atemporal en su bosque secreto más allá de toda coordenada espacial, Krishna es también un personaje del Mahabharata. El Krishna personaje, el primo de los protagonistas del Mahabharata, no aparece hasta bien pasadas unas 400 páginas del Mahabharata.

Krishna es un avatar. Es una persona, pero a su vez es infinito y no podríamos reconocerlo si no limitara su forma a algunas de las cualidades que mejor lo representan. Krishna es como la luna entre las estrellas, como la mente entre los sentidos o la fuerza vital en todos los seres. Krishna es como todas estas cosas pero no es ninguna de ellas en sí. No es meramente la luna, la mente o la fuerza vital; estas cosas residen en Krishna pero él no reside en ellas. Él es como la fuente de los mundos, y está más allá de ellos.

¿Cómo se reconoce entonces algo tan sutil?

El Mahabharata parece dar una pista con la manera como narra la aparición de Krishna en la historia que cuenta.

En el «capítulo» Droupadi Parva Krishna aparece por primera vez y no lo hace anunciándose a bombo y platillo, bajo trompetas, tambores y pétalos celestiales que caen de las nubes. Es más, no son los protagonistas quienes ven a Krishna sino que son ellos los que son reconocidos por la mirada penetrante de esta encarnación divina.

Los Pandava, los protagonistas, están en el exilio y disimulando su identidad. Se presentan a un torneo con nombres inventados, un torneo al que acuden nobles de varios reinos, y entre el público destaca la mirada de Krishna, quien reconoce sin dificultad quiénes son realmente estos «extranjeros desconocidos»:

<-El guerrero con la mirada de toro enloquecido que sostiene el arco que mide cuatro cúbitos tiene que ser Arjuna. Si soy el hijo de Vasudeva, no puede haber duda de ello. El guerrero que acaba de arrancar un árbol de sus raíces es sin duda Bhima, ningún otro mortal puede efectuar tamaña hazaña hoy en día. El otro, el que ha salido hace un momento, con la mirada como pétalos de loto abriéndose, delgado y con la mirada de un león poderoso, humilde, justo y con el perfil alargado y brillante, ha de ser Yudisthira. Estoy seguro que los otros jóvenes, cada uno como el general de los dioses, tienen que ser los hijos de los dos Ashvins> le dice Krishna a su hermano Balarama, quien le acompaña como público, y tras el torneo camina hasta encontrarse con los Pandava, saluda al hermano mayor tocando sus manos y pies, y se presenta por primera vez:

≤-Soy Krishna>.

Y explica cómo los reconoció:

≤-Aún si el fuego se cubre, se acaba asomando y se vuelve visible.>

La aparición de Krishna en el Mahabharata es sorprendente, inesperada, como todo lo que hace.

Uno se piensa que busca a Krishna, o que busca la verdad, o lo real en el mundo, cuando al final es el universo el que le está observando a uno. Pero la mirada penetrante del mundo no se entretiene juzgando los disfraces que nos queramos ir poniendo sino que observa atenta nuestra aquello que realmente somos. Igual que Krishna reconoce a los Pandava desde el público el océano reconoce al agua en el río, el viento reconoce los espacios entre la roca, el principio y el fin se reconocen cuando se encuentran en el medio, la teoría se reconoce en los filósofos y el sonido se reconoce en las sílabas, así como la muerte y los nacimientos se reconocen en el tiempo.

Al lector que, como yo, se pregunta cuándo aparecerá Krishna en el Mahabharata, este ya lo está esperando, con la mirada abierta.

 

¿Existe el libre albedrio?

Los Pandava son los protagonistas del Mahabharata; son cinco hermanos, y se casan todos con una misma mujer. A ella esto le parece bien y le gusta la idea desde el primer momento, pero su padre y su hermano mayor se sienten algo confundidos: «Está decretado que un hombre tenga varias esposas, pero nunca hemos oído que una mujer tenga varios maridos», se queja el padre de la princesa; «¿Qué le pasa a tu inteligencia?» llega incluso a preguntarle el rey al hermano mayor, cuestionando sus facultades mentales[1].

-«El sendero del Dharma (el orden universal) es sutil, no conocemos su dirección»- responde el Pandava. Y a continuación entra a la sala el sabio Vyasa -«porque así le apetecía»- y le hace una señal al rey confundido para hablarle a solas.

Vyasa es el narrador del Mahabharata, y el texto aprovecha cada una de sus apariciones para recordarnos, una vez más, que Vyasa llega a los lugares «porque le apetece» y después de intervenir en la acción de la historia (siempre de manera propicia) continua su camino «yendo hacia donde le pareció bien». El aroma que envuelve a Vyasa es el de la absoluta libertad. Como el espíritu de un infante que acaba de aprender a correr, junto a la calma de un anciano. Y estos dos detalles, la ligereza de Vyasa más la respuesta del mayor entre los Pandava al rey: «el sendero del Dharma es sutil y misterioso», son  avisos de la explicación que dará Krishna a Arjuna, el tercer hermano entre los Pandava, antes de iniciar la batalla total del Mahabharata. Explicación que se recoge en el capítulo más comentado del Mahabharata, que se llama algo así como “la canción del señor”, y es más conocido por su nombre sánscrito, la Bhagavat Gita.

Volviendo a Vyasa y el rey (el padre de la princesaa que está a punto de casarse con cinco príncipes) lo que el sabio le explica al monarca, a solas, es una historia:

Vyasa le cuenta al rey que en la antigüedad los dioses organizaron un gran sacrificio en el bosque. Yama, el dios de la muerte, hijo del sol, era el encargado del ritual y mientras Yama centraba toda su atención en el sacrificio las personas no morían. La población humana aumentaba sin parar y los dioses de las direcciones comenzaron a incomodarse. «Desde que los mortales son inmortales no hay más diferencia entre nosotros y ellos», le dicen los dioses a Brahma, su creador. «No os preocupéis», responde Brahma, “cuando Yama termine el sacrificio tendréis todos mucho poder y los humanos quedarán debilitados; ayudadle a terminar y todo irá bien».

Los dioses vuelven tranquilizados hacia el terreno donde está teniendo lugar el sacrificio. Por el camino, les sorprende ver una flor de loto dorada bajar flotando por el Ganges. Indra, el rey de los dioses, se sorprende y decide subir hacia la fuente del río para investigar; Allí ve una doncella radiante como el fuego, con medio cuerpo en el agua, llorando. Cada lágrima que cae de las mejillas de la dama se convierte en una flor de dorada cuando toca con las aguas del río y las flores bajan lentamente sobre la corriente. Indra queda ensimismado y se dirige a la joven. Ella le agradece el haberse interesado por quién es y le pide que la siga.

Caminando tras ella, Indra llega al rey de los montes, la cima del mundo, donde ve un joven atractivo jugando a los dados, rodeado de chicas jóvenes y bellas como él.

Indra se dirige al joven y le dice: «Yo soy el rey de los dioses. Este universo me pertenece y el mundo está bajo mi mando. Soy el señor de todo lo que hay».

Pero el joven no le hace caso y sigue inmerso en el juego. Indra se pone furioso y repite lo que acaba de decir con un tono más firme. El joven de repente lo mira y sonríe, e Indra queda totalmente paralizado. Como un pilar.

Cuando termina la partida el joven le dice a la doncella que ha traído a Indra, la que lloraba flores doradas sobre el Ganges: «tráemelo, me aseguraré de que el orgullo no vuelva a entrar en su corazón».

En el momento en que lo toca la chica Indra cae al suelo, sin fuerzas, y el joven le dice: «entra en esta cueva y espera allí con los otros».

Indra se arrastra hacia el agujero en la roca que el joven le señala y, antes de entrar, puede ver dentro de la cueva a cuatro dioses radiantes como él. Indra se entristece y pregunta si ahora se quedará allí como ellos. El señor de las montañas le mira enfurecido y le grita: «¡me has insultado!», a lo que los miembros de Indra pierden la fuerza y se queda meciéndose al viento, ante la cueva, como una hoja o una higuera sacudida por la tormenta.

Indra se arrepiente y suplica que se le muestre la manera de salir de esta situación, pero el Señor de la Montaña ya no está con ánimos de calmarse y le dice que los que actúan como él ya no encuentran la salida. «Los otros fueron como tú y lo volverán a ser. Entra y quédate con ellos, no hay duda de que vuestro destino será el mismo. Vosotros cinco naceréis en una matriz humana; cometiendo hazañas extremadamente violentas mandareis una multitud de personas a la muerte y volveréis a alcanzar el mundo de Indra por vuestras acciones». Al unísono, los Indra anteriores responden: «Iremos desde el mundo de los dioses al de los hombres. La salvación es difícil de conseguir allí. Dejemos que los dioses del Dharma, el viento (Vayu) y los Ashvins nos lleven hacia nuestra madre humana». Oyendo esto, el último Indra en unirse al grupo dice que con su semen creará un hombre que pueda cumplir esta misión. «Será mi hijo y se unirá a los otros cuatro». Esto le agrada al Señor de la Montaña (que no es otro que Shiva) y decreta que la bella mujer que lloraba en el Ganges, la más bella en todos los mundos, que no es otra que la misma Lakshmi, la diosa de la belleza, nazca como la esposa de los cinco en el mundo de los humanos.

Tras contar esto, Vyasa le otorga un instante de visión cósmica al padre preocupado y este ve a sus cinco futuros yernos elevarse a cinco cúbitos de altura, adornados con guirnaldas, coronas y joyas, radiantes como las llamas del sol; vestidos de oro. También ve junto a ellos a la mujer suprema, a la divina Lakshmi.

Pero esta no es la única historia que Vyasa cuenta:

En una ermita en el bosque vivía la hija de un gran asceta que era bella y pura pero no podía encontrar marido. Por sus austeridades agradó a Shiva, que se le apareció y le preguntó qué era lo que quería. «Me gustaría tener un marido dotado en todos los aspectos», a lo que el dios accedió con gusto y le dijo «tendrás cinco excelentes maridos».

-«¡Pero Shiva, yo solo deseo un marido!», responde ella asustada.

– «tú me has pedido cinco veces un marido, y será tal como has dicho. Tendrás muy buena fortuna y todo esto te pasará en un mismo nacimiento”.

«Así es como es esta chica, con la forma de una diosa, ha llegado a ser tu hija”, termina diciendo Vyasa, y tras esta visión de los designios superiores el rey queda tranquilo y bendice la boda.

Esto, en la forma colorida y brillante que tiene el relato de Vyasa, es lo mismo que apunta la Bhagavat Gita, y no consiste en ninguna enseñanza esotérica, o un dogma psicodélico que el devoto ha de aceptar ciegamente, sino más bien una humilde observación de la realidad, que en un lenguaje más lógico y sobrio el filósofo holandés Baruch Spinoza, uno de los santos patrones del ateísmo, también argumentaba en el siglo XVII, desde la lluviosa Ámsterdam, en la obra llamada Ethica, ordine geometrico demonstrata , conocida popularmente como La Ética de Spinoza: Lo que llamamos libre albedrío es más bien nuestra ignorancia de la cadena de eventos históricos, y familiares, y las reacciones químico-emocionales que nos han llevado a elegir aquello que creemos que hemos elegido libremente. Cuando nos decidimos entre un helado de fresa o uno de vainilla, o cuando queremos casarnos con uno, cinco o ningún hombre, lo que decide es la combinación de un carácter adquirido en una determinada situación histórica, social y familiar con un mar de condiciones que desconocemos; porque la comprensión de la mente humana es limitada.

En el lenguaje del filósofo indio Shri Aurobindo, en un comentario a la misma Bhagavat Gita: «existe un plano mucho más elevado que el libre albedrío[2]». Las decisiones que creemos que tomamos no las toma ese “yo” que creemos que somos. Están tomadas desde hace eones, en esferas más sutiles de lo que podemos entender. En el lenguaje de Spinoza serían atributos y modos los nombres de estos planos más sutiles, en el Mahabharata es el mundo de los dioses y las vidas pasadas.

Aurobindo diferencia entre Voluntad y Elección (Will / Choice). Una cosa es la elección personal (vainilla o fresa) y otra es la voluntad infinita. Lo que mueve a los cinco Pandava para casarse todos con Droupadi es la Voluntad Infinita, algo que va más allá de la elección. Por esto el hermano mayor contesta a su suegro que «los caminos del orden universal (Dharma) son sutiles». Y esto es algo sobre lo que se puede filosofar durante siglos, pero en este post quiero hablar de dioses y dragones, no de modos y atributos.

Los dioses y los dragones son las formas que simbolizan la Voluntad Infinita para la visión limitada de nuestra consciencia. Hay una canción de rock cuya letra me gusta porque habla de la misma temática de este post. Describe la infancia del cantante de una manera que se vuelve casi un manifiesto poético sobre la importancia de la visión interior en la vida. Traducida por mí, la canción dice algo así como: «Éramos niños jugando al sol, [éramos] una sensación de libertad corriendo. Nunca sabíamos qué hora era, solo cuán sublime era todo a nuestro alrededor. Nuestro rumbo era determinado por cada uno de los astros que nos atañe; Mamá sabía exactamente dónde estábamos y la tierra se iba formando desde abajo. Un dragón mostraba el camino a tomar. Derramándonos nos filtrábamos hacia el centro; subiendo por combustión, despegando y observándonos a la vez». La canción sigue pero se entiende la idea. Existe la concepción todavía (una idea en retroceso, pero que sigue resistiendo) de que el niño es como un autómata que aprende por imitación a caminar y hablar para poder conseguir alimento y sobrevivencia. Para mí, nada más lejos de la realidad. Nunca he conocido un niño que me diga: «estoy corriendo para fortalecer las piernas». El niño corre para ganar La Carrera, para llegar a la cima del monte que solo él ve. ¿Acaso desaparece el monte con la edad adulta? Para mí no, es otra falacia. Seguimos subiendo el monte que solo puede ver la mirada interior, pero lo llamamos de otra manera. El dragón que marca el camino en la canción es la Voluntad Infinita.

La mirada infantil es la mirada de una mente mucho más armonizada con el cuerpo que la adulta, es una fantasía menos disociada de los impulsos físicos. De niños corremos para perseguir un dragón, porque corremos junto al sentido de la vida. En el Mahabharata, Vyasa y los Pandava son adultos que no hablan desde una mente disociada. Su lenguaje es el lenguaje simbólico de la intuición, de esa denominación estridente que me he inventado para este post: Voluntad Infinita. Spinoza lo llamaba Dios, directamente. Krishna, en la Bhagavat Gita, dice que es él mismo. Esta es la fuente de la ligereza de Vyasa, quien va y vuelve cuando le da la gana y camina por donde le apetece, pero su aparición siempre es transcendente. Porque camina en armonía con la voluntad del universo. ¿Es el ser humano adulto capaz de llegar a la misma armonía con el todo que un niño, pero de una manera más consciente? Yo creo que sí.

 

[1] Todo lo que cito en este escrito se encuentra en el Vaivahika Parva

[2] The Bhagavad Gita, With Text, Translation and Commentary in the Words of Sri Aurobindo, Sri Aurobindo Divine Trust, 2014 pp97-107

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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