Amor en la guerra

En una de sus vidas p En una de sus vidas pasadas, siglos antes de haber nacido como príncipe, y haber recordado el camino de la liberación para todos los seres, el maestro espiritual conocido como Gautama Budha, fue una codorniz. En una de sus vidas pasadas el Budha nació como cría de codorniz, en una zona selvática que se secaba mucho durante los meses más calurosos, y sufría incendios regulares. Y pasó que el bosque se incendió, también, cuando el Budha era todavía una cría que vivía protegida en su nido, sin poder hacer uso de sus tiernas piernas y alas.

Con el corazón roto, los padres de Budha tuvieron que salir volando para salvar su vida, dejando a su cría en el nido. Y la cría de codorniz pensó:

-Si tuviera el poder de usar las alas volaría hacia la seguridad. Si pudiera usar mis piernas me escaparía. Mis padres, temiendo la muerte, han huido para salvarse; no tengo protector ni guardián en el mundo, ¿qué puedo hacer?

Pero entonces pensó también:

-Antes de mí han existido seres que han demostrado la eficacia de la bondad y la sinceridad. Mediante la tranquilidad, y la sabiduría, se llenan de compasión y paciencia. Su amabilidad y bondad se extiende a todas las criaturas y es así como encuentran todas la manera de liberarse del rencor, el odio, la frustración, el dolor y la angustia. Hago el voto de liberar a todas las codornices, y el resto de las criaturas, abandonando el miedo y el rencor.

Desde entonces, dicen, ese rincón del bosque en el que aquella codorniz hizo su voto es inmune al fuego. Porque el voto de Budha renace cada generación en algunos corazones, como una cría de codorniz en medio del fuego de la pasión, el miedo y la confusión. Mientras haya corazones que continúen el voto de liberar a todos los seres el fuego no podrá pasar.

En una vida pasada Budha fue Krishna, y Krishna fue Dios. Krishna participó activamente en la guerra de Kurukshetra; en aquella batalla de 18 días en la que participaron, junto a Krishna, todos los dioses, los titanes, los espíritus furiosos y heroicos junto a todos los guerreros de la tierra. En aquella cruenta batalla el mundo perdió algo de su claridad, y olvidamos de dónde venimos. Así empezó esta era de la confusión, en la que nadie cree a nadie.

El Mahābhārata es la historia de aquella batalla de la caída, pero cuando recordamos esa batalla lo hacemos para recordar a Krishna. Porque recordar a Krishna es recordar la vía de la liberación de todos los seres. Recordamos la batalla de Kurukshetra para recordar al amor, en la guerra.

El Mahābhārata es un relato muy largo, que fue narrado en un ritual de 12 años, al inicio de esta era nuestra de la confusión. El Mahābhārata es un relato narrado entre altares llameantes; en el fuego, como quien dice. Pero mientras continue el voto de recordar a Krishna, el fuego no podrá quemar al amor.

Esta es la última entrada dedicada a la pregunta propuesta para este sexto año de Respirar el Mahābhārata, de cómo reconocer a Krishna en el mundo contemporáneo. La próxima entrada será el manifiesto de este año, tal como he venido haciendo hasta ahora, y el próximo 12 de diciembre estrenaremos el sexto capítulo de Respirar el Mahābhārata, llamado “El amor en la guerra”.

Lo que proponemos este año es un acercamiento no linear al argumento del Mahābhārata:

Al acudir al evento te encontrarás con un espacio físico que habitarás durante dos horas. Una instalación que puedes explorar, y que comunicará contigo de maneras distintas.

En algún momento pasarás a un espacio íntimo donde recibirás una narración personal del Mahābhārata, basada en el tarot del Mahābhārata que hemos venido desarrollando los últimos seis años junto a la taróloga Gisele Cornejo.

A medida que transcurra el tiempo tu relación con el espacio cambiará, tu relación con el Mahābhārata también, y quizá tu relación con tu propia humanidad. Es así como se abre el portal del Amor en la guerra: la joya invisible del corazón del Mahābhārata, que es la guía de nuestra humanidad.

La entrada se dará a dos grupos de 12 personas, uno de 17.00 a 19.00 y otro de 19.00 a 21.00. Puedes elegir tu horario e inscribirte escribiendo a: respirarelmahabharata@gmail.com

¿Quién inventó el Mahabharata?

El sociólogo Michel Certeau escribió sobre el mito que es “un discurso no experimental que autoriza y reglamenta unas prácticas»[1] . Y no pretendo discutir los matices de las ideas de Michel Certeau, pero es interesante aislar esta frase porque expresa una manera de ver el mito que está muy difundida, pero el planteamiento de este proyecto/blog es precisamente el contrario: El mito expresa, en forma de narración, algo que es experimentado por todos, pero es demasiado sutil para ser definido.

Porque el mito no define, sino que es un cuento que inspira y apunta hacia un tipo de consciencia que no es mental. El mito no define, pero sí es experimentable. De hecho, estamos viviendo el mito todo el tiempo, aunque nuestros pensamientos no nos lo permitan ver.

Que muchas prácticas rituales se reglamenten en base a mitos es cierto, pero eso -y el abuso político ligado a las normas- no significa que el mito sea inventado por una ni por varias mentes; o que no sea experimental.

El Mahābhārata habla de una realidad. De nuestra realidad. Pero de un aspecto tan sutil de ellaque ni siquiera se puede señalar. Porque el Mahābhārata habla de la raíz de la realidad.

¿Y cuál es esta raíz? ¿Dónde está? ¿Qué nombre tiene? Yo no podría decirlo. Pero el Mahābhārata sí lo hace: La llama el fin del universo, y aquello que lo crea. La gloria, y la manifestación del universo. Esta raíz es Krishna.

El hilo argumental de este sexto año de Respirar el Mahābhārata ha sido el desarrollo de la pregunta de cómo encontrar a Krishna en el mundo moderno. En la entrada pasada compartí la historia de las campesinas (Gopi) que tienen que desnudarse para encontrarse con Krishna, y pensé que para llegar a Krishna tengo que desnudarme yo, en lugar de buscarlo fuera. ¿Pero qué queda cuando uno se desnuda de sí mismo?

Pues los sentidos, y el espacio inmensurable que los contiene. La consciencia, en la que se manifiestan todos los mundos. Un misterio incomprensible, y el lugar en el que se pueden manifestar las características de un animal, o de un amado. Un palacio del deseo, abismo de destrucción o fuente de la vida.

Todo esto es Krishna. Y Krishna nació en la tierra para continuar su historia. Para salvar al planeta. Para salvar todos los mundos. El Mahābhārata no es ninguna historia inventada. Es el relato de algo que recordamos, sin saberlo del todo. Algo que recordamos sin entender qué es lo que recordamos. Porque pasó antes de las concepciones que tenemos ahora del mundo; antes de la historia registrable, antes de que naciera esta humanidad como la conocemos. El Mahābhārata nos recuerda eso que olvidamos cada vez que pensamos.

Este escrito está inspirado por el fragmento 61 de Bhishma Vadha Parva, en el Mahābhārata.

Con la siguiente entrada vamos a cerrar este sexto año de Respirar el Mahābhārata, y prepararnos para el estreno del sexto espectáculo. Si lees esto antes del 13 de Noviembre, y estás cerca de Barcelona, puedes asistir al ensayo general en la sala del colectivo cultural CRA’P, el próximo 13 de Noviembre. La entrada al ensayo general es gratuita, y haremos un pequeño debate con vermut para compartir impresiones.

El estreno del 12 del 12 tendrá lugar en la sala Equilibrium Yoga, en Barcelona.


[1] citado por Mabel Moraña en Pensar el cuerpo; historia materialidad y símbolo, Herder, 2021.

Les amantes de Krishna

La percepción humana tiene un movimiento que es centrífugo y centrípeto a la vez. La descripción empírica, el detalle (ej. Estoy mirando una hoja en blanco, escribiendo con un bolígrafo, respirando, etc.) corresponde a un movimiento de dispersión, a un alejamiento del centro. A una descripción objetiva se le pueden sumar detalles constantemente, pero el despliegue de este tipo de mirada exterior tiene integrado un movimiento contrario, hacia un centro interno, que es igual de inalcanzable: ej. Escribo porque quiero compartir mi pasión por el lenguaje iniciático del Mahābhārata, el contenido del Mahābhārata inspira al oyente la maravilla y la curiosidad por el sentido de la vida, la vida humana es el regalo más grande y una responsabilidad con el universo, etc.

La percepción y la conceptualización van unidos. La interpretación que hacemos de lo que vemos afecta la manera como vamos a percibir el entorno, y viceversa. Ambas acciones son parecidas a un movimiento: la percepción externa disgrega en detalles todo lo que toca, y la conceptualización construye mundos, dentro de más mundos, en nuestro interior. Sin embargo, hay algo que no se mueve cuando percibimos y conceptualizamos; porque siempre seguimos “aquí”.

En el lenguaje mítico del Mahābhārata, y sus suplementos, se diría que hay un círculo de chispas luminosas que viran a una velocidad inconcebible alrededor de un centro oscuro. La luz tiene un movimiento centrífugo, y se expande hacia todas las direcciones, pero nunca puede desprenderse del centro oscuro, porque es absorbida por su negrura sin fondo.

En un plano más mundano, el centro oscuro fue Krishna. Dios. Todo lo conocido, y a la vez el océano en el que se disuelven todas las formas, pero nacido en el cuerpo de un adolescente atractivo. Un cuidador de vacas, que tiene a todo su poblado embelesado.

Las chispas que bailan a su alrededor fueron las campesinas (gopi) que tuvieron la bendición de conocer a Krishna en vida. Las que bailaban en coro a su alrededor cada noche, extasiadas por los sonidos de la flauta que tocaba, por el brillo de su mirada, por la fortaleza de sus hombros, el vigor de su cintura y el misterio de su sonrisa.

De día, las campesinas recuerdan los encuentros nocturnos con Krishna mientras trabajan, y cuando llega la tarde se bañan juntas en el río. Hablan de Krishna; de su belleza, de lo seductores que son sus movimientos; de sus juegos. Ellas también son adolescentes, y están descubriendo el mundo, alrededor de Krishna. Se están descubriendo a sí mismas, a su belleza y su atractivo también, con Krishna: Una piensa en las flores que se pondrá en el pelo esta noche, y el contraste que hace su color con el de su piel, otra piensa en el aroma que más le favorece y otra en cómo atarse el vestido sobre la cintura.

Comparten juntas su entusiasmo.

Pero, cuando las gopi deciden volver a la orilla descubren que sus vestidos han desaparecido. No tienen con qué taparse para salir del río.

Sorprendidas, y algo alarmadas, buscan con la mirada a su alrededor. Entran en las aguas del río para ver si la corriente se ha llevado las telas a otras orillas, pero no encuentran nada. En cambio, lo que oyen, sorprendentemente, es la risa de Krishna, que se ha subido a la rama de un árbol con todas sus ropas.

-Si queréis recuperar vuestras ropas- les dice -tendréis que salir, una a una, y pedirme vuestro vestido saludándome con las manos juntas ante el corazón.

Cuando uno anhela encontrarse con el misterio, y comprender algo de la vida, del mundo, tiene que atreverse a quedar desnudo ante uno mismo, como las gopi ante Krishna. La mezcla de miedo, vergüenza, rabia, excitación y felicidad que sintió cada gopi al postrarse desnuda ante su amado es equivalente al tránsito por el que tiene que pasar quien busque reconocer a Krishna en el mundo moderno.

Mi propósito para este sexto año de Respirar el Mahābhārata fue buscar la manera de reconocer a Krishna en el mundo, y ahora que se acerca el fin del año pienso que hay un punto en el que uno ya no puede cuestionar más la realidad. La parte de Krishna que transciende la realidad es imperceptible e inconcebible, el resto -la parte perceptible de Krishna-, es la realidad misma. Y para abrirse a la realidad, a lo que hay, tengo que desnudarme, como las gopi. Desnudarme de mis prejuicios, y de mis preferencias, para quedarme a solas con Krishna.

Como dijo Rumi: “¿Por qué digo él, si él soy yo y yo soy él? Si, todo es él, yo estoy contenido en él…

Aún si estamos lejos de él, corporalmente, cuando nos desnudamos del cuerpo y del alma los dos somos una sola luz. Si ya soy él, ¿qué es lo que me queda buscar? Yo soy él, así que es de mí mismo de quien hablo. Ciertamente, aquello que buscaba era yo mismo”.

Pero, ¿qué queda cuando me desnudo de mí mismo? Seguirá en la próxima entrada.

Este sexto año de Respirar el Mahābhārata es significativo, porque a partir del próximo 12 de diciembre vamos a pasar a la segunda mitad de este voto, y porque está empezando el cambio que venía esperando. Cuando en 2015 presenté el espectáculo de narración del Ramayana en 8 horas sentí que para seguir narrando el Ramayana tenía que acercarme también al Mahābhārata, pero no quería repetir la formula que habíamos encontrado con el Ramayana. Sentí que el Mahābhārata tenía un sabor (rasa) distinto al Ramayana, y pedía otro tipo de acercamiento. Ahí apareció la idea de este voto de 12 años de Respirar el Mahābhārata. Uno de los propósitos iniciales fue el de dejarse transformar por el Mahābhārata, y después de seis años siento que empieza a pasar.

El próximo 12 de diciembre presentaremos el evento de Respirar el Mahābhārata 6, llamado “El amor en la guerra”, por razones que explicaré en las próximas entradas. El evento consiste en la entrada a una instalación poética, en el que los visitantes podrán pasear, ver un video, escuchar unos audios, relajarse en una zona para jugar y leer, mientras son llamados para una lectura personalizada del tarot del Mahābhārata.

La idea de hacer un tarot del Mahābhārata está presente desde el primer año de Respirar el Mahābhārata, pero recién en este año ha salido el primer esbozo, que hemos desarrollado con la taróloga Gisele Cornejo. Se trata de 78 cartas que corresponden a las 78 del tarot, tanto a los arcanos mayores como los menores, que sirven de puente entre la simbología del Mahābhārata y la del Tarot. La motivación tras esta idea es la de expresar el Mahābhārata con un lenguaje sincero y cercano, sin faltar el respeto a la tradición que nos lo ha legado. Desarrollaré más este tema en las próximas entradas, pero si quieres venir al encuentro del 12 de diciembre ya puedes reservar tu lugar en el enlace que se ofrece la página principal. La entrada estará limitada a 3 grupos de 12 personas. Ya puedes escoger tu horario.

¿Para qué sirve el arte?

Los Daityas fueron los descendientes de Diti: la diosa de los límites. Antes del gran olvido tenían sus lugares, sus planetas, con palacios voladores que usaban para visitar la tierra, donde tenían bases, o reinos, en los que aterrizar.  En la tierra les esperaban cultivos, súbitos y emisarios; pero todo eso fue antes del olvido.

Los Daityas tuvieron un rey, de nombre Bana, quien tenía una hija que se llamaba Usha, como el amanecer. En la tierra vivía en un palacio que tenía las paredes cubiertas de decoraciones entrecruzadas como laberintos naturales. Había cientos de lámparas doradas, colgadas de todos los techos, y los jardines estaban llenos de balsas y piscinas decorativas en las que jugaban las aves y las flores. Y una noche, cuando la princesa amanecer dormía en su lecho de madera tallada, soñó que la visitaba, en aquél mismo dormitorio, un joven con una cara aniñada, inocente y bondados.

-Recuerda – le decía el joven. -Recuerda cuando te llamabas Tillotama. Eras una bailarina celeste. Tu cuerpo era libre como el agua en el río, y estabas enamorada de uno de los rayos del sol. Hacíais el amor en el bosque, y disfrutabais con tanta intensidad que vuestros gemidos esparcían las nubes.

No os disteis cuenta de que allí cerca meditaba el asceta Durvasa. Llevaba tanto tiempo sin moverse que había quedado cubierto por un hormiguero.

Tus gemidos interrumpieron su concentración, y el sabio se enfureció tanto que te maldijo. Él te condenó a nacer como Daitya: como heredera del linaje rebelde, ególatra y ambicioso de los hijos de Diti, la diosa de los límites. Pero antes de ser una Ápsara (bailarina celeste) estabas en todas partes, fuiste potencialidad pura (Shakti), y brillo (tejas); esplendorosa, no había nada que pudiera frenar tu expansión. Y yo era tu brillo y tu poder. Despierta de este sueño que te hace creer lejana de mí. Despierta de tu olvido-

Y con esas últimas palabras el sueño se desvaneció. La princesa Usha despertó en su dormitorio perfumado con jasmín, pero no podía olvidar aquella cara aniñada que le había hablado en el sueño.

Se pasó los días siguientes pintando un retrato de aquella cara, y no descansó hasta que consiguió representar la misma mirada bondadosa. Los artesanos de la corte hicieron copias, que se llevaron mensajeros y espías, vestidos de mendigos, monjes, guerreros, comerciantes y cónsules, por todos los reinos de la tierra. Y encontraron a quien buscaban. El chico del sueño, el joven con la cara aniñada y dulce, era el nieto de Krishna, de nombre Aniruddha, “el que no se puede constreñir”.

La princesa amanecer (Usha) y el príncipe ingobernable (Aniruddha) se casaron y tuvieron como hijo a Vajra. Fue él, Vajra, quien siguió recordando a su bisabuelo cuando cayó el olvido sobre la humanidad y llegó esta era de la confusión en la que estamos viviendo. Vajra siguió recordando a sus ancestros, y mostró a quien quisiera ver los bosques en los que había crecido Krishna, los mares en los que se había hundido Dvaraka, junto al desaparecido clan de los Vrishni, el río que cruzó el padre de Krishna para salvar a su hijo, y todos los lugares que fueren relevantes para ese avatar.

¿Deberíamos creer, entonces, según esta historia, que la energía creativa (shakti), unida al esplendor (tejas) de la creación, emana arquetipos divinos (avatares); algunos de los cuales, como Krishna, o su nieto Aniruddha, nacieron en la tierra en tiempos pasados, anteriores al recuerdo de las piedras?

Dicen que Gautama Budha dijo que el apego a las doctrinas sobre el yo es uno de los obstáculos de la liberación. Convencerse de que hay una manera de explicar la aparición del yo, del mundo, y de la realidad, es como una cárcel mental. La explicación que nos hacemos del mundo nos puede terminar atrapando. No nos confiemos demasiado y recordemos que si esta historia nos parece imposible es solo porque no encaja con nuestra manera de explicarnos el mundo, pero si nos convence esta historia, vale la pena recordar, también, que si lo hace es solo porque encaja con nuestra manera de explicarnos el mundo. No deberíamos dormirnos sobre nuestra visión personal de las cosas. Pero, ¿por qué deberíamos hacer caso de algo que pudo haber dicho, alguna vez, un supuesto maestro espiritual cuya existencia histórica no podemos demostrar?

Deber, lo que se dice deber, no debemos. Nadie nos obliga. Ni a pensar en lo que dijo Budha,  ni a tomarnos en serio esta historia que acabo de contar. Pero hay un sentido interior, que reconoce una verdad cuando la oye, o cuando la ve, o cuando la piensa. Hay un sentido interior que reconoce el camino en la oscuridad. Este sentido interior está más allá de cada inspiración, y de cada expiración. Se llama Antarayama, en sánscrito, y es una encarnación de Krishna. Las buenas historias nos lo recuerdan, más allá de los detalles y las imágenes que evocan. Más allá de las palabras, y más allá de la inspiración.

Los textos que se han usado para esta narración son Ahirbudhnya samhita, Lakshmi tantra samhita, sermón 22 de Majhima nikaya (Sermones medios del buda) y Srimad bhagavata purana, canto X. Se considera que la visión esotérica de la cadena de relaciones que lleva desde la creación del mundo hasta la experiencia de alma personal, que desarrollan el Ahirbudhnya Samhita, y Lakshmi Tantra samhita, y en cierta medida partes del Srimad Bhagavata Purana, están relacionados con el discurso llamado Narayaniya, que Bhishma desarrolla en el canto 66 del Bhishma Parva, en el Mahābhārata. Quien quiera investigar más puede examinar tanto estas fuentes como su propio corazón.

La infinita compasión de Krishna

Recuerdo que cuando yo tenía siete años vi un anuncio en la televisión que me emocionó, porque avanzaba el estreno de una nueva serie de dibujos animados que parecía la bomba. Se llamaba “los osos amorosos”, y, según decía el anuncio, la serie iba a girar en torno a unos osos mágicos que vivían en las nubes y solucionaban problemas en el mundo. Cada oso tenía un color diferente y un don único, dibujado en su panza. Los osos emanaban rayos de colores cuando activaban su don, lo cual me incendió de expectativas ante una fiesta de colores, amor y felicidad. Recuerdo que estuve esperando el día del estreno con impaciencia.

Cuando por fin llegó el momento nos reunimos ante la televisión mi hermana y yo. Era una tarde de invierno oscura, pero el entusiasmo iluminaba nuestras pupilas. El capítulo comenzó, y vimos a los osos amorosos sobre las nubes, cuando uno de ellos se acercó a un telescopio en forma de estrella con el que apuntó a la tierra para buscar problemas que resolver. Y yo, como niño, empecé a pensar ¡¿cómo lo harán?! ¡Hay tantos problemas! Guerras, bombardeos, niños sin hogar, niños que mueren de hambre… Problemas que los adultos no saben resolver, ¿¡Qué soluciones encontrarán los osos amorosos!? Las expectativas eran muy altas. Pero grande fue mi shock, cuando el telescopio se paró sobre una casa unifamiliar de ensueño, en un barrio limpio y ordenado con aceras cubiertas de césped. Se trataba de un suburbio soleado en Estados Unidos, donde había un niño que iba al dentista con su mamá, para que le colocaran unos correctores de ortodoncia. La crisis consistía en que el niño tenía miedo de que se rieran de su dentadura en la escuela, y los osos amorosos bajaron de los cielos para ofrecerle apoyo moral.

Yo, personalmente, me sentí traicionado en el fondo de mi alma. ¿Con todos los problemas reales que había en el mundo, aquellos seres mágicos solo podían ver las penas de un privilegiado? En mi corazón dolido comparaba el barrio de casas con jardin que salía en la serie con los bloques del barrio donde vivíamos nosotros, de los cuales muchos no tenían luz en la escalera, y para visitar a un amigo yo tenía que subir a su casa tanteando las paredes. Poco antes de aquella tarde yo había visto a un niño de mi escuela llorar en la calle mientras la policía se llevaba esposado su padre. Más allá de mi barrio había atentados, tanques que derrumbaban casas y los niños que morían de hambre en tantos países…  Lo sentí como un desprecio personal. A los osos amorosos no les importábamos los feos y sucios, pensé. Aquellos osos no eran amorosos, eran malvados. Y nunca más quise saber nada de esa serie, y les guardé rencor a sus protagonistas durante años. Cuando veía alguna pegatina o juguete de los osos amorosos lo miraba con desdén, y tristeza, e indignación.

Pero ahora, con la mirada de un adulto, pienso que aquel niño que fui yo se equivocó. El sufrimiento no tiene jerarquía. Y no lo digo para relativizar ninguna tragedia, pero creo que si no tenemos compasión con el niño que tiene miedo a que se rían de él, tampoco la tendremos verdaderamente con el resto del mundo. El sufrimiento es sufrimiento, y no es justo para nadie que decidamos que su sufrimiento vale menos que el de otro.

Y cuento esta anécdota para ilustrar los juegos sutiles de la encarnación divina llamada Krishna durante su vida, tal y como se narran en los relatos antiguos:

 Krishna fue dios nacido en el mundo, y de bebé preocupaba a su madre comiendo tierra. En una ocasión, cuando ella le retaba y le hacía abrir la boca para escupir la suciedad que estaba masticando, Krishna mostró a su madre la visión del universo entero dentro de la boca. La madre entendió entonces que estaba ante Dios, o el misterio del universo, encarnado como su bebé, y le pidió que volviera a su forma de infante.

En la entrada pasada, también, escribí sobre la muerte de Krishna, y comenté, de pasada, que antes de morir Krishna pidió que los mensajeros fueran a buscar a su amigo Arjuna. Krishna sabía que tras su muerte el reino que gobernaba se hundiría bajo el mar. Dio la orden de que las mujeres, los niños y los pocos supervivientes a la matanza de los hombres del clan, emigraran a la ciudad de Arjuna, y que fuera él mismo quien los protegiera durante el camino.

Arjuna llegó a tiempo para organizar el éxodo, pero en el trayecto unos vaqueros fueron victimas de su propia lujuria y avaricia, y decidieron asaltar la caravana para secuestrar a las mujeres. Arjuna invocó entonces a sus armas mágicas, pero descubrió que ninguna bajaba del cielo, porque Krishna había muerto, y los tiempos ya eran otros. Había empezado Kali Yuga, la era oscura (más sobre esto en la próxima entrada), y las armas mágicas (Astra) ya no bajaban del cielo.

 Arjuna usó entonces su arco, pero, por primera vez en su vida, se quedó rápidamente sin flechas. Cuando Krishna vivía la aljaba de Arjuna no tenía fondo, y podía sacar de ella cientos y miles de flechas sin quedarse nunca sin munición. Ahora Arjuna se había convertido en un guerrero humano. Se quedó sin flechas, y cuando quiso atacar a los saqueadores con la espada, descubrió que sus brazos se habían quedado sin fuerza. Arjuna fue abatido como una molestia en el camino, y desde el barro vio impotente como los asaltantes hacían lo que querían con la caravana.

Si Krishna es Dios, sabía lo que iba a pasar. ¿Y por qué hizo que su amigo Arjuna pasara por aquella tragedia? ¿Y por qué Dios permite que los bebés se pongan enfermos, y que los padres pasemos miedo? Parece cruel, e insensible pensarlo, mucho más decirlo, que los juegos (lila) de Krishna incluyen tanto al bebé que preocupa a su madre cuando come tierra, como al guerrero que manda a su amigo a la derrota. Pero no lo estoy diciendo para despreciar el sufrimiento de Arjuna, sino para enaltecer la heroicidad de su madre. Sufrimiento es sufrimiento, de cualquier tipo. No nos toca juzgar el de nadie. Nadie merece sufrir, y sin embargo el sufrimiento existe. Krishna viene a mostrarnos que no es ajeno a ello. El universo no es ajeno a ningún sufrimiento, porque para el infinito nada es pequeño ni grande, todo existe con la misma magnitud. <<El universo infinito está siempre delante de tus ojos. Infinitamente grande, e infinitamente pequeño; no hay diferencia.>> Así canta el Shin Jin Mei, el “poema de la fe en el espíritu”, del maestro Sozan. Los ositos amorosos, en cierta manera, también eran una encarnación de Krishna, y mi mirada de niño no supo ver su enseñanza. Rezo para que los ojos nunca se me cierren más a la compasión, y cuando lo hagan, que pueda ser compasivo conmigo mismo, y rectificar. Postraciones ante Krishna, y ante su incomprensible compasión sin fin.

Krishna: más allá de la oscuridad

Vio a quienes habían sido los más valientes entre los héroes yaciendo en el campo de batalla. Habían huesos y mechones de pelos desparramados entre charcos de sangre. Miles de cuerpos en todas partes. Elefantes, caballos, carros y guerreros cubiertos de sangre. Cuerpos sin cabeza, y cabezas sin cuerpo. Chacales y cuervos desafiantes, y espíritus oscuros (rakshasa) volando sobre el lugar.

Cuando las esposas de los guerreros llegaron, bajaron de sus carros lujosos llorando, y se dispersaron por el lugar buscando a sus amados. La reina Gandhari las vio llegar, ella ya estaba caminando entre los cuerpos, y se dirigía a Krisha (quien la había traído hasta allí) igual que el alma habla con el corazón en los momentos de desesperación:

-Mira a todas estas viudas, Pundarikaksha («ojos de loto», uno de los nombres de Krishna), despeinadas y chillando como águilas. Son esposas y madres de los héroes que han sido muertos. Esos guerreros brillaban como el fuego y llevaban armaduras doradas, tenían gemas incrustadas que ahora están siendo desgarradas por bestias carroñeras. Ve, con tus propios ojos, este campo de batalla.

Todos estos guerreros que mi hijo comandaba son ahora como fuegos apagados. Todos ellos merecen descansar en lechos blandos y limpios, pero yacen destruidos sobre la tierra. En vida eran alabados por bardos, y ahora los rodean los horribles aullidos de los chacales. Sus brazos y piernas eran untados con sándalo y aloe, pero ahora reposan en el polvo. Cuervos están arrancando sus pendientes. Muchos eran guapos, y ahora yacen desfigurados. Algunos siguen sujetos a sus armas como si fueran mujeres asidas a su amante en la cama.

Las caras de todas estas mujeres afligidas son bellas como el loto, pero están marchitas. Unas lloran y otras se han cansado, y solo observan melancólicas el horizonte. Algunas corren de un lugar a otro. Parecen ausentes unas de las otras, como si no se conocieran. Se golpean las cabezas con sus manos delicadas. Fijando una cabeza cortada sobre un cuerpo, se dicen: -No es él, debe estar en otra parte. – Están perdiendo la cordura, juntando manos y pies que han sido arrancados por flechas.

Algunas pasan de largo un cuerpo decapitado y devorado por las bestias, sin darse cuenta que es el de su marido. Oh, Krishna, otras se golpean la cabeza y el pecho cuando reconocen a sus padres y hermanos. Pero la tierra permanece impasible bajo los barrizales de sangre y carne que la cubren.

Entonces la reina Gandhari reconoció a su hijo Duryodhana, y cayó al suelo como una enredadera cortada.

Hrishikesha (“señor de los sentidos”, otro de los nombres de Krishna) se acercó a ella, y mientras lloraba sobre su hijo Gandhari le decía:

-¿Cómo es que mi corazón no estalla en mil pedazos? ¿Hay algo más difícil para mí, ahora, que seguir viva?

Sé que mi hijo ha sido injusto y cruel. Intenté aconsejarlo, pero no me escuchó. Intenté disuadirlo de esta guerra, pero no me quiso escuchar. Ahora veo a las esposas de mis hijos, y las de sus enemigos, corriendo entre los cuerpos con los pies ensangrentados, espantando buitres, abrazadas a sus cuerpos, apartando sus melenas ensangrentadas con los dedos, como si los quisieran despertar. Todas te llaman: -Era guapo como tú, Krishna, y tenía tu misma mirada, -dicen – pero ha sido abatido.

Oh Krishna, mis hijos y los Pandava[1] siempre han sido maliciosos unos con los otros, oh Janardana, (“el que otorga los nacimientos”, otro de los nombres de Krishna) ¿por qué has ignorado la escalada de su destrucción? Eras capaz de hacerlo. Podías haberte hecho escuchar. Oh Madhusudana (“destructor del demonio Madhu”, otro de los nombres de Krishna) has ignorado intencionadamente la destrucción de nuestro clan. Recogerás los frutos de lo que has hecho. Serás difícil de asir, pero yo te maldigo: Igual que mis hijos y sus primos se han masacrado, así se va a masacrar tu gente.

Después merodearás por el bosque y enfrentarás una muerte humillante. Las mujeres de tu clan sufrirán igual que las del nuestro.

Y habiendo escuchado esto, dicen, Krishna sonrió un poco, y contestó, con su voz profunda, que según dicen sonaba como el retumbar de truenos en la lejanía:

-Oh bella Gandhari. Nadie más que yo, puede destruir a los Vrishni (el clan de Krishna). Oh mujer noble (kshatriya). Yo conozco lo que ya ha sido decidido. Acabas de actuar de acuerdo a lo que ya había sido decretado. Los Yadava (la familia de Krishna, sinónimo de Vrishni) no pueden ser muertos por ningún otro clan, ni por dioses ni demonios.  Pero encontrarán su destrucción en manos de sí mismos.

Y así, con una sonrisa, Krishna recibió la maldición sobre su clan. Porque dicen que la tierra estaba abrumada por el peso de los reyes. No podía sostenerlo más, y suplicó ayuda a los dioses. Entonces nació Dios en el mundo, con el cuerpo de Krishna, para hacer desaparecer a los guerreros de la tierra. Y así, con la maldición de Gandhari, Krishna pudo completar su labor. Porque su clan era el único que había sobrevivido a aquella guerra apocalíptica.

El hijo de la reina Gandhari fue un rey avaricioso, celoso, mentiroso y orgulloso, pero ¿quién sería el desalmado que le dijera eso a una madre cuando sufre la pérdida de su hijo? En la hora del luto no se hacen reproches, pero en medio del dolor más insoportable Krishna escucha. Camina entre la destrucción escuchando los lamentos de todos los corazones. Y hay algunos que dicen que es mentira, que no hay nada ahí, más que sangre bombeando, pero no lo saben. Nadie lo sabe.

Lo único que puedo decir, es que en esta sociedad en la que vivimos escucho mucho hablar de la necesidad de “tocar con los pies en el suelo”, de ser objetivos y calculadores, para sobrevivir. Pero no se habla lo suficiente de la necesidad de “echar un cable al cielo”, de “abrir las alas a las estrellas”, o “el corazón a Krishna”. Porque en muchas ocasiones hace falta tener “la cabeza en el cielo” para sobrevivir, emocionalmente. Tanto como tocar de pies en la tierra.

El sabio que entienda esto ya no tendrá miedo, ni si todos los mundos se destruyeran. (Anu Gita, Mahābhārata)


[1] Los enemigos de los hijos de la reina Gandhari, y también sus primos. La guerra fue esencialmente entre ellos, aunque involucrara a todos los reinos de la tierra.

¿Cómo murió Krishna? (Segunda parte)

Dicen que cuando los hombres de su clan se mataron los unos a los otros, en una borrachera salvaje, el príncipe Krishna estaba solo. Se encontraba meditando en el bosque, bajo la mirada de la luna, rodeado de aromas de la tierra y susurros de las plantas.

Entonces llegó a él Daruka, su fiel auriga, para informarle de la tragedia. Y Krishna sonrió, esa enigmática sonrisa que servirá de hilo conductor para las próximas entradas de este blog. Después Krishna ordenó a Daruka que partiera: Lo mandó a convocar al héroe Arjuna, para que viniera a proteger la ciudad de los ataques de los bandidos, que llegarían cuando supieran que en la ciudad de Krishna ya no quedaban guerreros.

Aquella noche terrible, cuando volvió a quedar solo, Krishna caminó hasta el mar, donde vio a su hermano sentado bajo un árbol. Cuando Krishna llegó al lugar Bala Rama, el hermano, abrió la boca y salió de ella una serpiente blanca gigantesca, con mil cabezas, que se deslizó hacia las aguas sin hacer ningún ruido. Y Krishna no se inmutó. La noche seguía tan negra como hacía unos minutos, pero nada era igual. Para el mundo. Aunque para Krishna las cosas marchaban como tenían que marchar. El príncipe se adentró en el bosque hasta encontrar un lugar tranquilo, y allí se sentó, concentrando toda su atención en el interior del cuerpo, meditando en sus dientes, su paladar, la lengua, el cuello, la garganta, el corazón, las arterias y las venas dentro de su corazón. Una sola vez se movió Krishna, pero cuando ya comenzaba a amanecer. Justo en aquel momento pasó por el lugar un cazador, quien según dicen se llamaba vejez (Jara).

El cazador confundió el movimiento del príncipe entre los matorrales con la agitación de una gacela. Disparó, y mató a Krishna.

Así murió el príncipe Krishna, acompañado de su hermano Bala Rama. Pero Bala Rama, dicen, fue la encarnación en la tierra de la serpiente Sesha. Una serpiente infinita (ananta) hecha de todos los residuos (sesha) de la realidad. Una serpiente compuesta por los restos encadenados de todo lo que ha existido alguna vez, y todo lo que existe, que se desliza lenta y velozmente a la vez, infinitamente, en todas partes. Y sobre esta serpiente descansas tú, que lo permeas todo (vishnu), Oh Krishna. Porque, aunque la historia cuente que moriste, todos sabemos que “tus manos y tus pies alcanzan todas las direcciones, y tus ojos, cabeza y caras miran hacia todas partes[1]”.

Esta historia responde, en parte, a la pregunta de una lectora de este blog, quien preguntaba cómo murió Krishna. Pero queda más por responder: ¿Por qué Krishna atrajo la maldición letal sobre su propio clan? ¿Y por qué sonríe? De esto seguiremos hablando en la próxima entrada y así, por partes, seguimos profundizando en el tema de este año de Respirar el Mahābhārata, que es cómo llegar a Krishna sin confundirse.


[1] Cita del canto llamado Anu Gita, una “segunda Bhagavad Gita” que se encuentra en el capítulo del Mahābhārata llamado

¿Cómo murió Krishna?

Habían pasado 36 años, desde la guerra de la vergüenza, cuando llegaron los malos augurios: vientos huracanados traían lluvias de piedras, las aves volaban en círculos contrarios al sentido de la tierra, la corriente de los ríos volvía hacia atrás, las cuatro direcciones se cubrían de niebla, polvo tapaba el disco solar, la luna y el sol se veían siempre rodeados de una aureola negra y roja y por todas partes caían meteoritos como carbones incandescentes.

El rey entendió, entonces, que Krishna estaba partiendo.

Unos pocos supervivientes de aquella guerra innombrable, que había cosechado las vidas de los guerreros de la tierra, fueron los Vrishni, el clan al que pertenecía Krishna.

¿Y quién eres tú Krishna? ¿Qué significa tu nombre estrellado? Cuenta la historia que el clan de los Vrishni estaba marcado por una maldición, y dicen que fuiste tu, Krishna, quien la había llevado sobre ellos.

Años atrás el campamento de los Vrishni fue visitado por los sabios Nárada, Vishvamitra y Kanva. Los guerreros de la asamblea recibieron a los tres sabios con un juego que les costó la vida. ¿Por qué? Dicen que el destino lo sabe.

¿Y cuál fue ese juego? Dicen que a los Vrishni se les ocurrió vestir a uno de sus guerreros de mujer y presentarlo así a los sabios:

-Esta joven está en su período más fértil del mes – dijeron los guerreros, embriagados de humor -es la obligación de uno de vosotros, oh sabios ilustres, dejarla embarazada.

Pero a los sabios no les gustó nada la broma, y respondieron con una maldición:

-Este guerrero, vestido de mujer, quedará embarazado y dará a luz a una vara de hierro que será la muerte de todos vosotros. Excepto Krishna y su hermano Bala Rama. Porque sois todos crueles e insolentes.

Después Bala Rama llegará al océano y descartará allí su cuerpo. Cuando Krishna se siente a descansar en el bosque será atravesado por la flecha de un cazador. –

Se cuenta que los ojos de los sabios estaban rojos de furia cuando emitieron esas palabras. Krishna se retiró a sus aposentos sin decir nada.

El guerrero que se había vestido de mujer dio a luz a una vara de hierro, que los Vrishni convirtieron en un polvo fino de hierro que vertieron al mar.

Pero años después, cuando llegaron los malos augurios, los Vrishni vieron como el disco arrojadizo de Krishna, un arma que le había sido entregada por el dios del fuego, volvía volando al cielo. Los caballos de Krishna, que eran rápidos como el pensamiento, huyeron de la ciudad cabalgando sobre las aguas hasta perderse en el horizonte marítimo.

Y se cuenta que los guerreros Vrishni intentaron salvar la situación peregrinando juntos a un santuario frente al océano, pero se les ocurrió llevar con ellos distintos tipos de licor. Los Vrishni se emborracharon frente al santuario, en la noche fatal de su extinción, y con la intoxicación llegó la discordia, y con la discordia llegó la pelea, que desencadenó en una batalla campal.

El misterio, cuentan, es que en su furia los Vrishni arrancaban pedazos de hierba del lugar, y cada brizna se convertía en una vara de metal.

El polvo maldito que habían volcado en el mar había alimentado la vegetación de la costa, y se dividió en miles de bastones, con los que los Vrishni se exterminaron unos a otros. A excepción de Krishna, y su hermano Bala Rama, que no habían participado en el festín.

Esa misma noche Bala Rama abandonó su cuerpo frente al mar, y Krishna murió al día siguiente en el bosque. De esto hablará la entrada que viene. ¿De qué manera trajo Krishna esa maldición sobre su linaje? De eso hablaremos también, en próximas entradas. ¿Y por qué son relevantes estos detalles sobre la muerte de Krishna? Pues la verdad es que nunca llegarán a ser del todo relevantes mientras los sigamos viendo como la historia que contó alguien sobre alguien. Porque Krishna es la última verdad filosófica, el que hace que todo pase (prabhu), el sostén de todo lo que existe (nivasa), lo más cercano a todos los corazones (suhrut) y la semilla (bija) de todo lo que existe. Si pensamos en Krishna como un “ello”, un concepto abstracto, o un “él”, un ídolo de piedra, estamos viendo al mundo, a todo lo que nos rodea, y a nosotros mismos, como un concepto, o un pedazo de tierra. Si descendemos por este camino ninguna historia acabará siendo relevante para nada. Pero si nos atrevemos a dirigirnos a Krishna en segunda persona, y preguntar a nuestro corazón, a cada árbol y a cada instante ¿tú quien eres, y qué necesitas expresar? Esta historia nos hablará del sentido de la vida.

La búsqueda de lo real

Allí fuera hay un mundo objetivo: el de todas las cosas iluminadas por los rayos del sol. Allí fuera, una pared es una pared y el fuego quema. Allí fuera, está el cosmos, desplegándose hacia las entrañas del infinito. Y aquí dentro, hay un mundo interior: tiene formas y nombres, pero sus paredes son maleables y su fuego nunca quema. Entre el infinito y lo objetivo, hay un mesocosmos que enlaza todas las posibilidades: es el lugar donde las formas brillantes que danzan sobre un tronco se llaman fuego, y este fuego es un dios, que enlaza el tronco seco con la respiración de nuestro cuerpo, y con en el sol, y el ritual, y la poesía.

El ser humano se mueve y se desplaza por y mediante este mesocosmos. Gracias al mundo intermedio reconocemos el espacio que nos rodea; reconocemos nuestra relación con nuestro hogar. Porque nuestro hogar es un lugar físico y otro lugar interior. Mediante el mesocosmos reconocemos nuestra relación con nuestra aldea, nuestra familia, nuestra raza y el planeta.

Pero en el mundo intermedio uno se puede perder, dando vueltas alrededor de los propios pensamientos. Porque la dirección aquí no se encuentra con la mente, ni ninguno de los sentidos, sino mediante la acción. La acción desinteresada, la entrega, es la guía para ir reconociendo el pulso vital que nos llama a atravesar las aguas fantasmales en las que se diluye el tiempo, y en él todas las formas del mundo objetivo.

Mahābhārata, es el nombre de una gran historia, que habla de cómo encontrar esta dirección. Para hacerlo, el Mahābhārata nos cuenta la historia de aquellos que vivieron antes que nosotros; la humanidad anterior:

El Mahābhārata nos habla de un mundo en el que las cosas eran distintas, y nos habla de cómo murieron los héroes (kshatriya) que defendían al mundo de bandidos. Nos habla, el Mahābhārata, de una humanidad que conoció a los reyes (kshatriya), aquellos seres que vivían por hacer lo correcto y proteger la justicia. Pero, dice el Mahābhārata, que llegó una era misteriosa y oscura en la que los Kshatriya se convirtieron en una carga demasiado pesada. La tierra rogó por ayuda, con un plañido que fue escuchado en todos los mundos. Y nació Krishna, y su contraparte femenina Krishná: también llamada Droupadi, la oscura, nacida del fuego. Entre los dos se encargaron de que murieran todos los hombres kshatriya, en una guerra total, que quedó narrada en los cantos del Mahābhārata.

Este gran canto iniciático que se llama Mahābhārata es lo que estoy narrando en doce años. Dejándome transformar por el Mahābhārata, entregándole la mayor parte de mi tiempo y mis pensamientos entre el 2016 y el 2028. Y este sexto año se lo dedico a Krishna, porque es el centro del Mahābhārata, junto a Krishná. Porque el Mahābhārata dice que allí donde está Krishna está la victoria (jaya). Solo que, si Krishna y Krishná fueron quienes destruyeron a los Kshatriya, ¿a qué tipo de victoria se refiere el Mahābhārata?

Cuando Krishná (Krishnā), instiga a sus cinco maridos como fuego en sus entrañas; cuando los insta a ir a la guerra contra sus primos, en nombre de la justicia, y la venganza, ella sabe que esa guerra que está avivando será la destrucción de todos. Y cuando en medio de la batalla Arjuna, quien fue el más poderoso entre los kshatriya, sintió que no debería participar de esa guerra corrupta, Krishna lo animó a hacerlo, aun sabiendo que esa guerra significará la desintegración de todos los clanes. Y cuando, al final de esa guerra terrible, Krishna animó al héroe Bhima a luchar de manera deshonesta, y ganar con un golpe bajo el último duelo de la batalla, sabía que se ganaría una maldición. Y esa maldición fue la que lo destruyó a él, a Krishna, y a todo su linaje. En la próxima entrada explicaré mejor este fragmento, que todavía no ha aparecido en el blog, sobre la muerte de Krishna y algunos de los sucesos que llevana ella; pero lo que importa ahora es que eso era precisamente lo que Krishna buscaba. Krishna provocó su muerte, y la de su linaje, porque también fue un guerrero, y su clan (los Vrishni) debía desaparecer como los otros.

Así, ¿cuál es la victoria de Krishna?  Porque con la desaparición de los reyes comenzó nuestra era. Ahora nadie nos protege de los bandidos. Las guerras siguen existiendo, pero ya no son batallas, sino saqueos, y el fuerte esclaviza al débil para venderlo en el matadero. Así es la era de los bandidos coronados. Pero Krishna, y Krishná, siguen existiendo. Porque ellos sostienen todas estas formas que llamamos universo; con una pequeña parte de sí mismos. En medio de la confusión, en medio del paisaje fantasmal de las fantasías y los deseos, sigue estando Krishna. Y allí donde está Krishna está la victoria. Pero para estar con Krishna, y llegar a la próxima victoria, habrá que dejar ir alguna cosa. Así como la humanidad anterior tuvo que renunciar a los héroes, para seguir a Krishna, esta humanidad nuestra tiene que renunciar a algo. ¿Qué se nos está pidiendo que renunciemos, para que comience la era siguiente?

La próxima humanidad, se cuenta en el mismo Mahābhārata, será perfecta. La humanidad que nos suceda, recuperará la era de la luz, donde todos sabrán lo que tienen que hacer, y lo harán. ¿Qué es lo que tenemos que dejar ir, para dar paso a la próxima humanidad?

Si te interesa la relación de Krishna con el mesocosmos, tal y como se describe en la Bhagavad Gita, probablemente el texto filosófico más conocido del Mahabharata, puedes seguir los encuentros que estoy haciendo sobre el tema para La estrella de la devoción, un colectivo dedicado al arte religioso contemporáneo. Los encuentros se pueden seguir en vivo o en diferido, escribiendo a: respirarelmahabharata@gmail.com

Hay una guerra en el cielo

Más allá de los confines del mundo, y más allá de todo ciclo temporal; allí donde rugen las tormentas de lo indefinido; los dioses colaboraron una vez -esa sola vez- con sus enemigos eternos.

Los dioses (que brillan como el amanecer, la amistad, el fuego, el oro y la sinceridad) colaboraron con los Asura, quienes avarician el poder y controlar la vida. Juntos, por aquella sola vez, los enemigos unieron fuerzas para remover las aguas cósmicas que conectan todos los mundos: para extraer de ellas una esencia. Igual que se bate la leche para producir mantequilla, o se frota la madera para encender un fuego, así giraron juntos las aguas cósmicas los Dioses y los Asura.

Así lo cuentan las memorias antiguas. Y en el momento en el que el elixir de la inmortalidad salió de las aguas universales terminó la colaboración de Dioses y Asura. En el momento en el que vieron al elixir salir de las aguas, los Asura se abalanzaron sobre él y comenzó una guerra que continúa todavía. En todos los mundos, en todos los tiempos, hay una lucha absurda por la verdad. Porque así es la mente de la confusión: cada vez más inquisitiva, y a la vez más pequeña. La mente de la confusión es como un pequeño cuchillo para cortar el mundo a pedazos. Y así es como la división se posa sobre nosotros como un bochorno húmedo y pesado. Como un malestar compartido.

El Mahābhārata es un gran libro, claro como el agua limpia. Habla del ser humano, de nuestros miedos y anhelos, del sufrimiento y los dioses que nos guían. De los espíritus invisibles, del hombre, la mujer, y de la atracción y el miedo que nos tenemos. Y en el Mahābhārata hay un capítulo que se llama Bhagavad Gita: el canto de la fuente universal, donde Dios le habla a un guerrero para que deje de sufrir. Y lo que le dice es cristalino: que no se pierda en pequeñeces y confíe, más allá de la comprensión. Y por mucho que intentemos cortar la facilidad de este mensaje, y lo diseccionemos en opiniones, contextualizaciones  e interpretaciones parciales enfrentadas todas entre todas, la realidad siempre nos excederá. La realidad nos engulle, nos sostiene y nos pare. A la realidad no le afectan nuestros cuchillos, nuestras barreras, ni nuestros gritos, porque también forman parte de ella.

Entre lo que es cierto, y lo que sé; entre lo que entiendo, y lo que hay; entre mi idea, y la tuya; entre lo cercano y lo inalcanzable; entre lo que está y lo que no. Entre el bosque y el verano, entre la abeja y el sendero, entre la sombra y el aroma de una flor. Entre la lluvia y la tierra. Entre el pájaro y el horizonte, o entre la nube y el cielo, se regocija aquello que no puede morir.

En esta entrada es un intento de expresar la tristeza que me causan todas las discusiones innecesarias, y las tomas de poder intelectual, cada vez que decidimos que somos nosotros quienes entendemos “de verdad” como deberían ser las cosas. O cómo debería leerse un texto sagrado como la Bhagavad Gita.

El texto está influenciado por una narración oral del Mahābhārata que he escuchado durante los pasados quince días, a manos de Uma Jimenez, y el poema místico-erótico del autor medieval Jayadeva, llamado Gitagovinda. Poema que narra los dolores y placeres de Krishna y su amada Radha, así como las compañeras de esta.

Este sexto año de Respirar el Mahābhārata está basado en la búsqueda interior de Krishna. Si quieres participar, o recibir también los videos que estoy haciendo en paralelo sobre los elementos mitológicos de la Bhagavad Gita, y la descripción iniciática que Krishna hace de sí mismo en ella, puedes escribir a respirarelmahabharata@gmail.com

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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