La infinita compasión de Krishna

Recuerdo que cuando yo tenía siete años vi un anuncio en la televisión que me emocionó, porque avanzaba el estreno de una nueva serie de dibujos animados que parecía la bomba. Se llamaba “los osos amorosos”, y, según decía el anuncio, la serie iba a girar en torno a unos osos mágicos que vivían en las nubes y solucionaban problemas en el mundo. Cada oso tenía un color diferente y un don único, dibujado en su panza. Los osos emanaban rayos de colores cuando activaban su don, lo cual me incendió de expectativas ante una fiesta de colores, amor y felicidad. Recuerdo que estuve esperando el día del estreno con impaciencia.

Cuando por fin llegó el momento nos reunimos ante la televisión mi hermana y yo. Era una tarde de invierno oscura, pero el entusiasmo iluminaba nuestras pupilas. El capítulo comenzó, y vimos a los osos amorosos sobre las nubes, cuando uno de ellos se acercó a un telescopio en forma de estrella con el que apuntó a la tierra para buscar problemas que resolver. Y yo, como niño, empecé a pensar ¡¿cómo lo harán?! ¡Hay tantos problemas! Guerras, bombardeos, niños sin hogar, niños que mueren de hambre… Problemas que los adultos no saben resolver, ¿¡Qué soluciones encontrarán los osos amorosos!? Las expectativas eran muy altas. Pero grande fue mi shock, cuando el telescopio se paró sobre una casa unifamiliar de ensueño, en un barrio limpio y ordenado con aceras cubiertas de césped. Se trataba de un suburbio soleado en Estados Unidos, donde había un niño que iba al dentista con su mamá, para que le colocaran unos correctores de ortodoncia. La crisis consistía en que el niño tenía miedo de que se rieran de su dentadura en la escuela, y los osos amorosos bajaron de los cielos para ofrecerle apoyo moral.

Yo, personalmente, me sentí traicionado en el fondo de mi alma. ¿Con todos los problemas reales que había en el mundo, aquellos seres mágicos solo podían ver las penas de un privilegiado? En mi corazón dolido comparaba el barrio de casas con jardin que salía en la serie con los bloques del barrio donde vivíamos nosotros, de los cuales muchos no tenían luz en la escalera, y para visitar a un amigo yo tenía que subir a su casa tanteando las paredes. Poco antes de aquella tarde yo había visto a un niño de mi escuela llorar en la calle mientras la policía se llevaba esposado su padre. Más allá de mi barrio había atentados, tanques que derrumbaban casas y los niños que morían de hambre en tantos países…  Lo sentí como un desprecio personal. A los osos amorosos no les importábamos los feos y sucios, pensé. Aquellos osos no eran amorosos, eran malvados. Y nunca más quise saber nada de esa serie, y les guardé rencor a sus protagonistas durante años. Cuando veía alguna pegatina o juguete de los osos amorosos lo miraba con desdén, y tristeza, e indignación.

Pero ahora, con la mirada de un adulto, pienso que aquel niño que fui yo se equivocó. El sufrimiento no tiene jerarquía. Y no lo digo para relativizar ninguna tragedia, pero creo que si no tenemos compasión con el niño que tiene miedo a que se rían de él, tampoco la tendremos verdaderamente con el resto del mundo. El sufrimiento es sufrimiento, y no es justo para nadie que decidamos que su sufrimiento vale menos que el de otro.

Y cuento esta anécdota para ilustrar los juegos sutiles de la encarnación divina llamada Krishna durante su vida, tal y como se narran en los relatos antiguos:

 Krishna fue dios nacido en el mundo, y de bebé preocupaba a su madre comiendo tierra. En una ocasión, cuando ella le retaba y le hacía abrir la boca para escupir la suciedad que estaba masticando, Krishna mostró a su madre la visión del universo entero dentro de la boca. La madre entendió entonces que estaba ante Dios, o el misterio del universo, encarnado como su bebé, y le pidió que volviera a su forma de infante.

En la entrada pasada, también, escribí sobre la muerte de Krishna, y comenté, de pasada, que antes de morir Krishna pidió que los mensajeros fueran a buscar a su amigo Arjuna. Krishna sabía que tras su muerte el reino que gobernaba se hundiría bajo el mar. Dio la orden de que las mujeres, los niños y los pocos supervivientes a la matanza de los hombres del clan, emigraran a la ciudad de Arjuna, y que fuera él mismo quien los protegiera durante el camino.

Arjuna llegó a tiempo para organizar el éxodo, pero en el trayecto unos vaqueros fueron victimas de su propia lujuria y avaricia, y decidieron asaltar la caravana para secuestrar a las mujeres. Arjuna invocó entonces a sus armas mágicas, pero descubrió que ninguna bajaba del cielo, porque Krishna había muerto, y los tiempos ya eran otros. Había empezado Kali Yuga, la era oscura (más sobre esto en la próxima entrada), y las armas mágicas (Astra) ya no bajaban del cielo.

 Arjuna usó entonces su arco, pero, por primera vez en su vida, se quedó rápidamente sin flechas. Cuando Krishna vivía la aljaba de Arjuna no tenía fondo, y podía sacar de ella cientos y miles de flechas sin quedarse nunca sin munición. Ahora Arjuna se había convertido en un guerrero humano. Se quedó sin flechas, y cuando quiso atacar a los saqueadores con la espada, descubrió que sus brazos se habían quedado sin fuerza. Arjuna fue abatido como una molestia en el camino, y desde el barro vio impotente como los asaltantes hacían lo que querían con la caravana.

Si Krishna es Dios, sabía lo que iba a pasar. ¿Y por qué hizo que su amigo Arjuna pasara por aquella tragedia? ¿Y por qué Dios permite que los bebés se pongan enfermos, y que los padres pasemos miedo? Parece cruel, e insensible pensarlo, mucho más decirlo, que los juegos (lila) de Krishna incluyen tanto al bebé que preocupa a su madre cuando come tierra, como al guerrero que manda a su amigo a la derrota. Pero no lo estoy diciendo para despreciar el sufrimiento de Arjuna, sino para enaltecer la heroicidad de su madre. Sufrimiento es sufrimiento, de cualquier tipo. No nos toca juzgar el de nadie. Nadie merece sufrir, y sin embargo el sufrimiento existe. Krishna viene a mostrarnos que no es ajeno a ello. El universo no es ajeno a ningún sufrimiento, porque para el infinito nada es pequeño ni grande, todo existe con la misma magnitud. <<El universo infinito está siempre delante de tus ojos. Infinitamente grande, e infinitamente pequeño; no hay diferencia.>> Así canta el Shin Jin Mei, el “poema de la fe en el espíritu”, del maestro Sozan. Los ositos amorosos, en cierta manera, también eran una encarnación de Krishna, y mi mirada de niño no supo ver su enseñanza. Rezo para que los ojos nunca se me cierren más a la compasión, y cuando lo hagan, que pueda ser compasivo conmigo mismo, y rectificar. Postraciones ante Krishna, y ante su incomprensible compasión sin fin.

El campo en el que nos encontramos

Antes de que este mundo naciera, hubo otro. Para que pudiera comenzar esta era confusa, en la que nos cuesta distinguir entre el engaño y la verdad, tuvo que terminar otra. Antes de nosotros hubo otra gente, distinta. Esa era terminó, con una gran guerra. Mejor dicho, en una batalla. Una sola batalla a la que acudieron todos los guerreros del planeta. Tantos, que llenaban esplanadas y bosques. Tantos, que en el resto de la tierra solo quedaron los ancianos y los niños.

El Mahābhārata es el relato gigantesco que cuenta lo que se pueda recordar de aquella batalla y aquella era anterior a la nuestra, tan distinta que nos costaría comprenderla con la mente de hoy. Y en aquella batalla estuvo presente Krishna, la personificación de la fuente universal de la que mana todo lo que existe, existió y está por existir. Y en medio de la batalla Arjuna, un guerrero invencible, pasa por una crisis existencial (tal vez bajo el peso de la transcendencia del evento en el que estaba participando) y cuestiona a Krishna sobre el sentido de la vida.

Hace unas semanas publiqué en este blog una recapitulación de las preguntas que Arjuna hizo a Krishna en medio de aquella batalla de la que venimos todos, que son las preguntas que aparecen en el fragmento del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita. Elegí redactar solo las preguntas de Arjuna, sin las respuestas de Krishna, porque me pareció que cuando se leen juntas se puede ver la coherencia que tienen y cuán vigentes siguen siendo como expresión de la duda, maravilla, miedo y curiosidad del humano ante la profundidad del mundo en el que nace.  La entrada se puede leer aquí, e incluye todas las preguntas que Arjuna hace, desde el verso 1 hasta el 14. El texto no termina ahí, el fragmento tiene 18 partes, pero yo terminé el texto en la pregunta que hace Arjuna en medio del canto 14, porque a partir de esa pregunta hay un cambio sustancial en el diálogo. En esta entrada quería comentar este cambio:

Ante la visión de la magnitud del conflicto en el que está formando parte; en el cual Arjuna se está enfrentado en una lucha a muerte con sus familiares, maestros y amigos, este se cuestiona el sentido de toda empresa. El mundo, el cuerpo, la vida, todo es transitorio así que ¿por qué luchar? Y ¿qué sentido puede tener la vida, si es tan corta y tenemos tan poco control sobre nuestras acciones? A esto Krishna responde trazando en esquema del cuerpo como un campo en el que confluyen sentidos con mente, consciencia y discernimiento. Un cuerpo que se enmarca, también, dentro de otro cuerpo mayor, que es social y ceremonial; y Krishna explica cómo el cuerpo ceremonial está acompasado con el ritmo del universo. La existencia, el mundo, el cosmos, -explica Krishna- es un rito, en el que todos participamos, y el centro del rito es él: Krishna. Y a continuación Krishna explica qué es lo que nos aleja de la visión del centro (la ignorancia y sus causas), y qué nos acerca (la entrega y la conciencia, libre de prejuicios, de los procesos que envuelven el centro). Entonces Arjuna pide ver este centro, que es Krishna, y Krishna le otorga una visión directa, que el texto no describe sino que relata la reacción de Arjuna ante la visión. Lo que se nos describe es la mirada de Arjuna, y sus reacciones ante la visión. Después, Krishna se describe a sí mismo en palabras, usando toda la simbología de la cosmogonía que enmarca el Mahābhārata: Se nos describe la mirada del Mahābhārata, para ver en ella el reflejo de Krishna.

El ser humano, concluye Krishna, es un campo compuesto por emociones y sensaciones. Este campo está enmarcado en el universo, que es otro campo de fenómenos que aparecen y desaparecen, nacen y mueren en todas partes. No dejarse confundir por todos estos movimientos lleva más allá de la duda destructiva que está corroyendo a Arjuna.

Y aquí viene la pregunta clave, que cambia las reglas de juego. La pregunta en la que me vi obligado a terminar el texto que redactaba la duda de Arjuna. La pregunta es: ¿Y dónde encuentro a alguien que me enseñe a hacer este trabajo? ¿Quién me puede guiar? ¿Cómo reconozco a la persona que me pueda mostrar en lo concreto, en la práctica del día a día, a redirigir la mirada?

Esta pregunta lo cambia todo, porque a partir de ahora Arjuna ya no está elevando sus preguntas al silencio del cielo estrellado. A partir de esta pregunta Arjuna va a recibir una respuesta, y para recibir una respuesta hace falta un cambio de actitud radical. Hace falta empezar a escuchar, y a confiar en lo que se escucha. El texto que compartí en la entrada anterior sirve como resumen de la duda humana a lo largo de los siglos, pero lo que viene a partir de la pregunta clave de Arjuna, en el verso 14.21 de la Bhagavad Gita, es otra cosa. Y las próximas preguntas que hará Arjuna a Krishna tienen que ver con esta otra forma de escucha y la nueva relación con Krishna que se ha iniciado tras el giro. ¿Es posible hacer este giro también en nuestra era, la era de la confusión? ¿Se puede ir más allá de la duda metódica sin caer en la complacencia? ¿existe un punto medio entre la duda y el fanatismo?

En el fragmento del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita Krishna le confiesa a Arjuna que está en todo, y en todas partes, pero no es las apariencias. Y esto es lo que me importa ahora, porque la pregunta que me hago este año es cómo no confundirme y reconocer a Krishna. ¿Cómo reconocer a lo que queda de Krishna en esta era de la confusión? (que, no lo olvidemos, llevará al renacer de la sabiduría). Porque, aunque Krishna sea la razón de existir de todo, no está en lo que veo, ni en mi mirada. O, visto de otra manera, está en ambos. Y para ver a Krishna es necesario ir más allá de la duda, pero sin caer en la inocencia de creerse las propias opiniones. ¿Cómo hacer esto? No lo sé, pero lo que propongo es la narración de esta búsqueda a través de nuestras invenciones y nuestros fantasmas colectivos. El arte como rito basado en el ritmo universal que palpita bajo nuestras discrepancias. Porque en el centro del rito está Krishna, el enigma sanador.

El miércoles 21 de Abril comienza un nuevo bloque de la práctica de narración meditativa que vengo ofreciendo para el colectivo CRA’P. Los encuentros son online, y en ellos indagamos en la narración meditativa como herramienta transformación, así como todos los temas tratados en esta entrada: arte ritual, espacio interior y exterior, la búsqueda, etc. En cada encuentro narro la historia de la fase lunar de esa noche (según la tradición astrológica sánscrita), seguida de una meditación guiada sobre el mismo tema y cerrando con un espacio de debate, o silencio, en el que compartimos lo vivido. Puedes conectarte a un encuentro de prueba o recibir la grabación:

NARRACIÓN MEDITATIVA TRADICIONAL DE LA INDIA

Preguntas que todos nos hemos hecho

<< ¿Qué es el poder? ¿Qué es el éxito?

¿Me interesan los placeres en la vida, si he de ser injusto para conseguirlos?

¿Por qué buscar alimento y seguridad, enfrentarme al dolor y a la tristeza, y verme expuesto a la injusticia, ¿si mis esfuerzos se desvanecerán de todas maneras cuando expire mi último aliento?

No sé exactamente qué es lo correcto, ni cuál es la mejor manera de vivir, pero cuando  decido vivir de una manera determinada no soy consistente y hago cosas que considero que están mal. ¿Por qué actúo así, como si fuera en contra de mi voluntad? Las ideas se arremolinan en mi mente como hojas al viento.

¿Qué es la vida? No entiendo este existir (esta transformación continua) ni comprendo dónde se origina ni hacia dónde va.

¿De qué sirve este cuerpo transitorio y finito? ¿Qué voy a hacer cuando llegue la hora de la muerte? El universo es un enigma que ningún tipo de inteligencia es capaz de analizar. ¡Ai, mundo en movimiento! lo eres todo. Te mides a ti mismo usando tus propias medidas, que son los elementos de este universo en transformación, que eres tú mismo; y todos formamos parte de ti. ¡Esta es mi suplica! ¡Ayúdame! ¿Cómo me puedo dejar de sentirme separado del mundo y de la vida? Veo mi cuerpo, mis piernas, brazos y dedos. Veo el cielo, veo ramas, raíces y hojas en cada planta. Veo las estrellas y el sol, y veo el fuego que todo lo consume. Veo como todo esto que vive es calcinado por la muerte y vuelve a renacer. Tengo miedo. No entiendo.

¿Cómo aprovechar mejor esta vida? ¿Es mejor abstraer lo que me pasa, y reflexionar sobre el sentido último de todo, o estaría mejor entregándome a la pasión por una imagen santa o una revelación sagrada que canalice mi fe? ¿Es mejor creer en un Dios con nombre o en el Todo? Me gustaría comprender la sustancia de las cosas y esa esencia que parece que sostenga todos los cuerpos. Me gustaría conocer la estructura del universo y su sentido.

 ¿Cómo encuentro alguien que me enseñe a vivir?>>

Este texto en cursiva está basado en las preguntas que Arjuna, un guerrero en crisis, plantea a Krishna en el capítulo del Mahābhārata llamado Bhagavad Gita[1]. El nombre del capítulo, Bhagavad gita, se puede traducir por “el canto de Bhagavan”. Gita significa canto, y todo el Mahābhārata es un gran canto épico, pero en este capítulo Krishna ofrece elaboradas respuestas a las preguntas existenciales de su interlocutor. De ahí el nombre: “el canto de Bhagavan”, que podrámos leer también como «el canto de Krishna», porque Bhagavan es otro de los nombres de Krishna.

Bhagavan es un epíteto usado para designar a reyes y líderes. Se puede traducir como “señor”, pero la etimología de la palabra Bhagavan deriva de la palabra bhaga, basada en la raíz bhaj, que tiene significados relacionados con la acción de dividir, dispensar o repartir abundancia. Se llama bhagavan al dispensador de bienes, al líder, o rey, porque se entiende que el líder posee y reparte la abundancia del reino. Bhagavan se usa también como uno de los nombres de Dios, porque es quien otorga la abundancia al mundo, o es el líder de todos los líderes.

De manera más figurativa se puede entender bhagavan como la fuente, o manantial, de abundancia universal. Porque bhagavan es algo que emana y reparte continuamente plenitud. Así que, dado que Krishna en el Mahābhārata representa a Dios nacido en forma de hombre, podríamos traducir Bhagavad gita también como: “el canto de la fuente universal”.

La Bhagavad gita es un diálogo, incluido en el Mahābhārata, que describe las preguntas que hace un individuo en crisis a la fuente universal; al manantial que se refleja en nuestra mirada, que rebasa y vierte las formas del mundo.

Y hay mucho más que decir, o sentir, sobre este tema, pero todavía no se me ocurre una manera ordenada de encararlo. Lo dejo aquí por esta vez, pero el viaje continúa.


[1] Todas las preguntas que Arjuna hace a Krishna se pueden encontrar en los versos: 1.22,1.25, 1.28 a 1.39, 2.4, 2.6 y 2.7, 2.54, 3.1 y 3.2, 3.36, 4.4, 5.1, 6.33 a 6.39, 8.1, 8.2, 10.12 a 10.18, 11.1 a 11.3, 11.20 a 11.31, 11.37, 12.1, 13.1 y 14.21 de la Bhagavad Gita. Hay dos preguntas más, en los versos 17.1 y 18.1, que no están incluidas en este texto porque tienen una dimensión diferente.

Lo que realmente importa

La palabra siempre está relacionada con la interpretación. Más aún la palabra escrita. ¿Y cuántas interpretaciones podría dar de sí un texto que supera las siete mil páginas? Tantas como daría de sí la vida. Este texto es el Mahabharata, la épica más larga conocida.

Hay quien ve en el Mahabharata un documento histórico. Hay quien ve en él un conjunto de leyendas folclóricas, pero también es un texto filosófico, metafísico o teológico. Hay quien considera el Mahabharata como una recopilación selvática de narraciones populares con temática dispar, pero también hay quien reconoce en el Mahabharata una estructura clara y cohesiva[1] o, por otra parte, quien reconoce en el Mahabharata líneas narrativas paralelas[2]. Y no existe un consenso sobre su antigüedad. El Mahabharata es vasto, y sobrepasa al lector. Como la vida sobrepasa a quienes la vivimos.

Como la vida, el Mahabharata presenta enseñanzas en forma de incongruencias. O, mejor dicho, paradojas. Como por ejemplo el presentar una sinfonía de personajes que predican la acción justa, el deber y lo correcto mientras el mundo se derrumba a su alrededor, y todos acaban fallando de alguna manera al deber, al mundo y a sí mismos.

El Mahabharata es la historia de una guerra. La historia de un desastre que nadie consigue evitar un desastre en el que participa el universo entero: Los dioses, los demonios, los seres serpentinos que viven en ciudades escondidas dentro de las entrañas de la tierra, los humanos, por supuesto, y el resto de animales que son víctimas de estos excesos, como los caballos y los elefantes que mueren en la batalla, o todos aquellos que mueren en los bosques incendiados.

También participan en la guerra de la que habla el Mahabharata Krishna y Arjuna. Dos personajes con muchas capas, que permiten muchas lecturas, de cuya relación ya escribíhace unos meses, y seguro que volveré a escribir a lo largo de este acto creativo de 12 años. Pero de lo que quería escribir esta vez es de una de estas pequeñas paradojas del Mahabharata que son tan importantes.

Cuando la guerra ya es inminente, Krishna, guerrero invencible y príncipe del clan de los Yadava, promete que no va a luchar en el conflicto que se avecina. Krishna regala las tropas que comanda, con todas sus armas, a uno de los bandos en conflicto. En el otro bando está Arjuna, el amigo de Krishna. Y Arjuna pide a Krishna que sea el auriga de su carro de combate.

Cuando están a solas, Krishna pregunta a Arjuna:

-No tomaré parte en la batalla. ¿En qué estabas pensando cuando me elegiste?

A lo que Arjuna responde:

-No hay duda de que tú solo podrías eliminar a todos nuestros enemigos, ¡Oh suprema entre las personas! Pero yo también sería capaz de terminar con todos ellos sin ayuda de nadie. Tus actos son famosos en este mundo y tu fama ya te envuelve. Yo también deseo ser famoso y esta es la razón por la que te he elegido. Siempre ha sido mi deseo que condujeras mi carro. Lo he deseado durante muchas noches y deberías satisfacer mi deseo.

Arjuna quiere que se le recuerde. Y se le recuerda. Seguimos hablando de él. Este blog está dedicado a su historia. Pero la paradoja radica en que no recordamos a Arjuna por sus hazañas bélicas. No se haría un voto de 12 años como este para describir únicamente las victorias de Arjuna en una batalla. Por muchos guerreros poderosos que mandara al otro mundo. No se seguiría traduciendo, comentando, interpretando y enseñando el Mahabharata a lo largo de tantos siglos si solo hablase de las victorias bélicas de Arjuna.

Arjuna es famoso porque fue sobre su carro donde Krishna le reveló el mayor de los secretos del universo. En aquel carro famoso que condujo Krishna se escuchó recitar la Bhagavad Gita, uno de los pilares espirituales de la humanidad. Un texto filosófico, ético y místico, que sigue encendiendo la esperanza en los corazones más asustados. Sigue siendo el faro para los corazones más confundidos. Un manual que apunta a la doctrina más secreta, el arte de vivir.

La paradoja está en que, aunque el Mahabharata hable de una guerra, y de la caída de un mundo, lo leemos como un escrito espiritual.

Antes de empezar la batalla Arjuna -ese guerrero que se veía capaz de derrotar solo a todos los ejércitos-, se derrumbó en medio de su carro cargado de armas. Y Krishna, ese auriga que había prometido no luchar, le dijo que se levantara porque su conducta no estaba siendo la adecuada para un devoto. El mundo es más de lo que ven nuestros miedos, le reveló Krishna a Arjuna. Recuerda, instó Krishna a Arjuna, lo que realmente importa. No te pierdas entre las ramificaciones que despliegan las interpretaciones de esta realidad. Y Krishna ofreció una guía para hacerlo: La Bhagavad Gita. Esta guía que seguimos estudiando juntos.

La paradoja está en que el gran guerrero Arjuna se hizo famoso porque se asustó.

Más que sus hazañas bélicas, lo que ha quedado de Arjuna para la posteridad es la consecuencia de su fragilidad. Cuando se rindió a su fragilidad Arjuna pudo escuchar las enseñanzas de Krishna. La fragilidad abrió el pecho de Arjuna a la fe, el verdadero sostén, motor y destino de la humanidad. Por esto seguimos hablando de él, porque esto es lo que buscamos realmente. No nos engañemos más.

 

 

[1] Por ejemplo Vishwa P.Adluri, en Frame Narratives and Forked Beguinnings: Or, How to Read thr Ādipārvan (Journal of Vaishnava Studies).

[2] Ver, por ejemplo, la introducción de James L.Fitzgerald al artículo The Rāma Jāmadagnya ‘Thread’ of the Mahdbharata a new survey of Rāma Jāmadagnya in the Pune Text.

Viaje hacia el centro de la tierra

Nárada es, fue y será, una y otra vez, y de nuevo, una vez más, el hijo de la causa del Big Bang. Nace y renace con cada explosión.
Vyása es el nombre del poeta místico que nos cantó la historia de nuestros orígenes, a la humanidad; y lo hizo antes de la prehistoria.
Se dice que, en una ocasión, un discípulo de Vyása le habló al rey sobre un encuentro entre Vyása y Nárada. Vyása le preguntó a Nárada si sabía quién era el arquitecto supremo del universo, y si sabía si este era eterno o universal, y si se creaba a partir de un solo foco o de varios.
Nárada, se cuenta, le respondió a Vyása que esto mismo le había preguntado él a su padre Brahma, quien es la explosión de energía infinita que impulsa nuestro viaje por el tiempo.
-Me sentía anegado en este mar de formas y apariencias (māyā)- le confesó Nárada a Vyása -Mi corazón estaba agitado por las dudas, y le hice estas preguntas a mi padre, quien me contestó:
-Cuando abrí los ojos en el mundo me encontré sentado entre miles de pétalos de luz y allí donde alcanzaba mi mirada solo veía agua oscura.
Esto sobre lo que estoy sentado es como una flor de loto, pensé, y la flor de loto hunde sus raíces en la tierra para extender su tallo a través de las aguas.
Así que buceé en las aguas sobre las que flotaba siguiendo el tallo del loto que me servía de asiento (āsana). Pero las aguas eran oscuras y aunque pasara años buceando no llegaba al fondo.
De repente, escuché una voz en mi interior que me dijo:
-¡Crea!
Pero yo no entendía qué podía crear, y con qué elementos, si a mi alrededor solo veía negrura líquida.
Entonces aparecieron en las aguas dos demonios sombríos como la duda que agitaron el tallo que me sostenía y me arrastraron al fondo de las aguas con una velocidad vertiginosa. Parecía que me llevaran hasta el fondo de los fondos y pensé que me iba a pasar la eternidad así, entre sus garras. Pero de repente tocamos fondo y pude reconocer a mi alrededor la silueta de un ser enorme; un cuerpo que abarcaba todo lo que existía; que dormía.
Aterrizamos sobre el muslo de este enorme ser durmiente y había allí otra figura, en postura de meditación, que parecía ajena a nosotros. Pero de repente apareció en medio de la oscuridad una luz brillante como nunca había visto. Aunque cerrara los ojos y los cubriera con las manos nada cambiaba, seguía viendo el brillo de la luz con la misma intensidad. Y su forma era como la del cuerpo de una mujer.
Y nos habló:
-Desprendeos de la pereza y haced vuestro trabajo de creación, preservación y destrucción.
Y oyendo la voz suave de la diosa respondimos los tres:
-Oh madre, pero no hay tierra aquí, no existen los elementos, ni los sentidos ni las cualidades.
-Abandonad el miedo y subid a este carro- nos dijo -os mostraré algo maravilloso.
Y nos subimos a una plataforma decorada con gemas variadas, cubierta de perlas y rodeada del sonido de tintineantes campanadas. Esta plataforma se elevó sobre los cielos y se puso a volar sobre las aguas.
Nos quedamos asombrados cuando de repente volamos sobre una tierra firme que apareció en medio de las aguas. Era un lugar que resonaba con el sonido de los pájaros cuco y abundaban los árboles fruteros, los bosques y los jardines. Habían grandes ríos, lagos, cascadas, estancos pequeños, mujeres y hombres.
Vimos una ciudad rodeada de una muralla divina con varios templos y palacios en su interior, así como otros edificios magníficos.
A continuación vimos un rey brillante salir a cazar al bosque.
El aeroplano que nos llevaba se elevó a gran velocidad y llegamos a un jardín en el que solo había dicha (Nanada). Allí vimos la vaca de la abundancia universal (Surabhi) descansando a la sombra de un árbol.
Vimos ninfas a su alrededor, jugando y bailando. Habían cientos de espíritus jugando con el viento, los árboles susurraban rezos y agradecimientos.
Entonces el carro volvió a elevarse y en un parpadeo nos encontramos en el centro de la expansión cósmica (Brahmā loka), donde fuimos saludados por cientos de dioses.
Allí mis compañeros de viaje, el que lo abarcaba todo (Viṣṇu) y el que meditaba en silencio (Śiva), se sorprendieron de ver otro Brahma igual que yo. Estaba rodeado de las cuatro caras del conocimiento (Veda) y serpientes traslúcidas.
-¿Quién es este Brahma eterno, me preguntaron?
-No lo sé, – les dije. -No lo conozco. ¿Quién es él?¿Quién soy yo? Vosotros también sois dioses, decídmelo vosotros.
Pero antes de que me contestaran seguimos volando y llegamos al monte Kailasa, donde entre sonidos de tambores vimos otro Shiva cabalgando el toro de la tierra y, antes de que pudiéramos preguntarnos nada, el carro nos apartó de ahí con la fuerza del viento y nos encontramos en la corte de la belleza.
El lugar emanaba una maravillosa manifestación de poder, y nuestro compañero se sorprendió mucho al ver allí otro Vishnu, con cuatro brazos, cabalgando el ave que cada amanecer vuelve a robar el elixir de la inmortalidad a los dioses (Gāruḍa / Gāyatrī)
Nuestro transporte se siguió elevando y vimos un océano de néctar (Sudhā Sāgara) con olas que jugaban sobre su superficie, y vimos en su centro una isla de gemas (Mani-Dvīpa) y árboles en flor. Resonaba en ella el zumbar de las abejas e instrumentos musicales armoniosos.
Y desde nuestra plataforma, vimos en la distancia un diván, cubierto de joyas y perlas, y en él había una mujer divina sentada, con una tela roja y la piel cubierta de sándalo.
Parecía más bella que millones de diosas de la belleza juntas. Nunca habíamos visto una forma igual.
-Incluso los pájaros en este maravilloso lugar entonan la sílaba mística Hrim… Hrim… Hrim… – nos dijimos.
La mujer tenía el color del sol naciente y estaba adornada con todos los atributos de la naturaleza.
Estaba rodeada también de mujeres jóvenes con cuerpos que eran llamas doradas.
-¿Quién es esta mujer?- Nos preguntamos -¿Cómo se llama? No la podemos reconocer desde esta distancia.
Y mientras decíamos esto ella abrió de repente mil ojos, y mil manos, y mil pies, o algo así nos pareció a nosotros, porque no había lugar que su presencia no alcanzara. Y de repente Vishnu, por su inteligencia, llegó a la conclusión y dijo:
-¡Ella es la gran diosa- inalcanzable y eterna!¡Ella es la plenitud!¡Es la causa de todos nosotros! Es inconcebible para el intelecto. Es eterna y no eterna. Es la fuerza de voluntad del Yo universal. Es la creadora original del universo.
Durante la destrucción del universo es ella la que atrae hacia su corazón todos los cuerpos sutiles (liṅgā śarīra) para jugar.
A su alrededor se disponían todas sus potencias (vibhutis), como si fueran todas reflejos y sombras de la Diosa, en forma de riquezas (śrī), consciencia (Buddhi), fortaleza (Dhritti), memoria y amor (smṛti), fe (śrāddha), inteligencia (medha), compasión (dayā), modestia (lajjā), avidez (tṛṣṇā), perdón (kṣaṇa), rigor (akṣaṇa), brillo (kānta), paz (Śānti), sueño (nidrā), entumecimiento y pesadez (tandrā), vejez (jarā), falta de vejez (ajarā), conocimiento (vidyā), ignorancia (avidyā), deseos (sprihā), fuerza (śakti), debilidad (aśakti), grasa (vasā), tuétano (majjā), piel (tvak), vista (dṛṣṭi), palabras justas e injustas (satyāsatya vākyasatyāsatya vākya) y los 35 millones de canales energéticos del universo (Nādi) – todos estaban allí a su alrededor.
-¿Ves Brahma?- ella se dirigió hacia mí : -¿Qué sustancia puede haber en el mundo que no esté conectada a mí? Yo soy todas las formas. En esta creación soy una, y mucho. Penetro toda sustancia y soy siempre la causa. Soy el frescor del agua y el calor del fuego; soy el brillo del sol. Así, y de muchas otras maneras, manifiesto mi poder. Soy el frío de la nieve. Sin mi poder la tierra no podría sostener ni un solo átomo; mucho menos los seres vivos.
Soy el océano, soy la nieve y soy el palpitar de tu corazón. Yo cuido los velos de la realidad.
Esto le dijo la diosa a Brahma, o algo que sonaba a esto. Brahma se lo contó a Nárada, por lo que sabemos. Nárada se lo contó a Vyása, en la orilla del Ganges. Lo escucharon las aguas y se lo contaron al viento. El viento lo sopló en los oídos de Arjuna, en la cima de los mundos, en un lugar del Himalaya, y a Arjuna le pareció suficiente; y volvió a casa.
-¿Pero quién es Arjuna y qué hacía en la cima del mundo? Si quieres leer esto continúa a la entrada anterior.

El umbral

El Mahabharata cuenta la historia de cinco hermanos, como cinco sentidos, que se casaron juntos con una mujer que nació de las llamas de un fuego sacrificial.
El mundo la llama, todavía hoy, la oscura (Kṛṣṇā).
El mayor de estos cinco hermanos fue el hijo del dios Yama.
Yama es el umbral, el umbral que cruza la vida cuando abandona un cuerpo.
Los servidores de Yama guían la vida allí donde los sentidos no pueden percibir ningún objeto. Por esta razón a Yama se le llama también el rey del orden universal (Dharmarāja), como a la muerte: el umbral que nada puede eludir.

¿Quién sino el hijo de Yama, el rey del orden universal, había de proclamarse emperador de la tierra?

Cuando el hijo de Yama decidió proclamarse emperador universal mandó a sus hermanos a conquistar las cuatro direcciones. A partir de aquel momento el lugar donde se sentaba el hijo de Yama, el rey del Dharma sobre la tierra, iba a convertirse en el centro del mundo. Y para ello las cuatro direcciones tenían que rendirle tributo.
Entre los hermanos de Yudisthira, el hijo del dharma, Arjuna era el tercero. El padre de Arjuna fue Indra, el rey de los dioses, dueño de los sentidos, de la lluvia y el relámpago. Arjuna partió hacia el norte.
Desde el centro de la India Arjuna atravesó la zona que hoy se llama Rajastán. Arjuna siguió por el actual Punjab y luchó con fuerza contra todos los reinos de los pies del Himalaya.
Arjuna venció a todos los reyes que se encontró en el camino. Las tropas de Arjuna se encontraron con guerreros de la China siguiendo los pies del Himalaya hacia el este y llegaron a la bahía de Bengal, donde los atacaron guerreros que venían del océano. Estos guerreros del mar lucharon contra Arjuna ocho días seguidos y, viéndolo sin cansar, su rey le dijo a Arjuna:
-Oh guerrero de brazos poderosos, descendiente del linaje de los Kuru, este refulgente valor es apropiado de ti.
Soy amigo de Indra y estoy a su altura en la batalla, pero no puedo enfrentarme a ti. ¿Qué puedo hacer por ti?
-El rey Yudisthira, hijo del Dharma, se va a coronar emperador del mundo y quiero que le rindas tributo. Eres amigo de mi padre, Indra, y no quiero obligarte; por favor hazlo por tu propia voluntad.
-Lo haré. ¿Y qué más puedo hacer por ti?
Arjuna continuó hacia el norte y, protegido por Kubera, el dios que protege los duendes y tesoros escondidos, Arjuna penetró y conquistó el interior de las montañas.
Arjuna continuó más al norte. El sonido de las ruedas de los carros y las pisadas de los elefantes subiendo el Himalaya hacían temblar la tierra.
El invencible rey de la montaña salió a frenar el avance de Arjuna con un ejercito cuádruple pero al ver que el príncipe no podía ser vencido le ofreció sus riquezas y ayuda en la próxima campaña.
Con ayuda del rey de la montaña Arjuna venció, una a una, las tribus independientes que vivían en las alturas; a los nómadas de las montañas.
Las banderas de las tropas de Arjuna ascendieron por los senderos escarpados y subyugaron a cinco reinos más.
Usando una ordenación circular de sus tropas Arjuna conquistó la bella ciudad de Abhisari, en lo que actualmente es Kashmir; así como Simhapura, la ciudad del león.
En otro frente tropas selectas de Arjuna conquistaron a los Kambojas, en la zona del actual Tíbet. Arjuna venció después a los bandidos del Noreste y a los que vivían en los bosques.
La batalla fue tan terrible como la guerra entre los dioses (Deva) y los titanes (Asura). De ella extrajo Arjuna como bote ocho caballos con el color del pecho de los loros y otros con el color del pavo real, o ambos colores.
Habiendo conquistado toda la sierra del Himalaya ese toro entre los hombres estableció su base en las cimas blancas de las montañas. A partir de allí, ascendiendo los picos blancos, Arjuna llegó al lugar que habitan los kimpurushas, quienes viven 10.000 años. En la batalla contra ellos murieron muchos nobles (kshatriyas), pero Arjuna terminó ganando y extrajo su tributo.
Arjuna llegó a un acuerdo con los guardianes de los secretos, que vigilan los senderos nevados, y pudo así acceder a los lugares sagrados de los Rishi, los sabios de las estrellas.
Ascendiendo más, Arjuna alcanzó Manasa, las alturas de las potencias mentales, y se atrevió a atacar Hataha, la región perdida que queda permanentemente protegida por los Gandharva, los caballeros de las nubes.
Victorioso, Arjuna extrajo de Hataha caballos del color de las perdices, y con pecas; con ojos como los de las ranas.
El gran vencedor de ogros, hombres y espíritus, llegó así a la región de Harivarsha, el límite físico de la India. Arjuna llegó al lugar donde se unió la placa tectónica australiana con la placa euroasiática.
Viéndolo venir salieron a su encuentro, como materializados desde ninguna parte, los guardianes de la región. Eran gigantes en forma, enormes en su valor y energía.
-Oh Arjuna, – le dijeron, -eres incapaz de conquistar esta ciudad; de ninguna de las maneras.
Si deseas tu bienestar vuelve por donde has venido. Ya has tenido suficiente. Todo humano que accede a esta ciudad ha de morir. Oh valeroso humano, estamos contentos contigo. Tus conquistas son muchas. Esta es la tierra de Uttara Kuru y aquí no puede haber ninguna guerra. Oh Arjuna, incluso si entras, aquí no serás capaz de ver nada con tus ojos humanos. Oh tigre entre los hombres. Oh descendiente del linaje de Bharata.

(Continuará en la siguiente entrada…)

El mundo como oblación

Cuando digo fuego pienso en llamas, en calor y luz. Pienso en la parte visible del fenómeno fuego; pienso en el calor, o el sonido del crepitar de los materiales que se consumen en una hoguera. Pienso en lo perceptible del fuego.
La llama de una vela es un flujo continuo de moléculas pasando por una transformación química, igual que la mente es el resultado de un flujo de pensamientos pasando por una transformación.
¿Qué es entonces, en esencia, el fuego?¿Dónde empieza?¿Cómo se llega, desde la expansión de la materia universal por el frío y omniabsorbente espacio hasta la formación del sol, una pelota monstruosa de materia en llamas?¿Y desde el sol a los planetas que lo circunvalan?¿Y del magma del centro de la tierra a la vida?¿Y de la vida a las historias que nos contamos?
El fuego no lo es todo, pero parece que tampoco falta en ninguna parte.
El fuego tiene coordenadas. Aire y material para consumir. El material para consumir es el mundo. ¿Y qué es el mundo?
Los pensamientos, las fantasías, las emociones, las sensaciones, todos los objetos, los fenómenos meteorológicos, los agujeros negros y mucho, mucho más. Todo forma parte del mundo. El mundo es un flujo, un río terrible que tiene corrientes que fluyen en todas las direcciones. Así lo describe un discurso del Mahabharata (Moksha Dharma Parva 239-245)
Los cinco sentidos son cocodrilos que viven en el río y la mente, -continúa el discurso del Mahabharata- y la resolución, son sus diques cubiertos con la maleza de la avaricia y la confusión. El deseo y la rabia son otros reptiles.
Mientras la verdad constituye los vados sagrados para cruzar el río (tirthas), la falsedad forma sus olas. La furia es el barro de ese gran río supremo; se apila desde lo inasible y desliza velozmente por sus aguas. Este río fluye hacia el océano de la vida y su útero son los mundos ocultos; fluye desde el nacimiento de uno y en este mundo perceptible sus torbellinos son imposibles de cruzar.
El universo no es femenino, masculino ni neutro; no experimenta ni pena ni dicha. Es el pasado, presente y futuro. Quien entiende esto es como una vaca que retorna a su corral y no ha de volver a nacer.
Espacio, viento, luz, agua y la tierra, como quinto; la existencia, la no-existencia y el tiempo, se encuentran en todos los seres a través de estos cinco elementos.
Los intervalos son el espacio y el sentido del oído es formado por ellos.
El movimiento de entrada y salida de la energía es constituido por el viento; el sentido de tacto es su esencia.
El calor y el brillo en la mirada son la luz, sus cualidades son el calor en el cuerpo.
Los desechos líquidos, flujos y grasa, pertenecen al agua. El sentido del sabor y la lengua representan las cualidades del agua.
Huesos, dientes, uñas, vello corporal, pelo, venas, arterias, piel y todos los objetos sólidos son la esencia de la tierra. La nariz representa el sentido del olfato. El sentido asociado con el aroma representa las cualidades de la tierra.
Cada elemento acumula las cualidades del anterior, en este orden, y los sabios saben que todo fluye en el agregado de los cinco elementos.
El mundo es eterno pero a causa de sus cualidades no es eterno en los seres vivos. La energía del mundo se encuentra en el corazón de todos y, aunque no se pueda ver en sus cuerpos, es firme como el relámpago.
Todas las caras y matices que menciona el Mahabharata, todas las facetas del mundo, se mezclan en los remolinos del ensordecedor torrente de la existencia y fluyen sin límite, volcados como oblación, sobre la llama de la vida.

Todos los escritos de este blog representan el diario de un viaje de exploración del contenido del Mahabharata. La parte más importante de este proyecto es la narración oral del contenido del Mahabharata, que puedes ver acudiendo a los estrenos de los doce espectáculos del proyecto, cada 12 de Diciembre, o a alguna de las actividades asociadas, que puedes ver anunciadas en el apartado Próximos eventos, en la parte superior de la página.

Pintura de Mamani Mamani

 

La llave al mundo de la imaginación

El Mahabharata es una gran historia. Un historia tan grande que se puede permitir hablar de nuestros orígenes más profundos, aquellos que nunca pasaron pero siempre son. Los orígenes de nuestros sueños.

El Mahabharata es la historia de una guerra civil, que involucra a toda la humanidad, a los dioses, los titanes (Asura) y a todos los mundos intermedios.

¿Y cuáles son estos mundos intermedios? La tradición moderna de la que somos herederos no incluye relatos de los mundos intermedios. Hablamos del mundo, de lo cuantificable, o de lo transcendente: esa fosforescencia dorada tan elusiva que nos orienta hacia la belleza en el arte, en algunas ocasiones, o hacia un respiro de vigor interior, en otras. Sobre un plano intermedio entre estos dos polos no solemos hablar, y mucho menos de los seres que lo habitan.

Lo que me encuentro, sin embargo, en los encuentros de narración que tengo el placer de conducir, es que la gran mayoría de preguntas que el público hace se refiere precisamente a ese plano. Probablemente por ser más desconocido, y también por la fascinación que produce.

En la entrada pasada escribí sobre el fuego. Sobre el fuego real y el simbólico. De hecho la diferencia entre los dos es difusa pero ya habrá tiempo de hablar de esto en este tercer año; en este post quiero mencionar otro símbolo muy recurrente, igual de hipnótico que el del fuego, y directamente relacionado con la historia central de este tercer año del proyecto, que compartí hace quince días, la historia de la quema del bosque Khandava. El símbolo del que hablo es el de la serpiente.

¿Por qué están relacionadas las serpientes con el bosque Khandava? Porque el bosque en cuestión no era cualquier bosque, sino la capital del reino de las serpientes. El reino de los Naga, en sánscrito. La quema del bosque conllevó también la destrucción de la ciudad de las serpientes y sobre ese terreno calcinado se irguió Indraprastha, una de las capitales del clan de Arjuna, el héroe involucrado en la quema del bosque.

De repente la historia cobra matices mucho más cercanos. Antiguos como la misma humanidad. Igual que el fuego, las historias de conquista y reconquista acompañan a la humanidad desde que es humanidad.

Solo que en este caso el terreno es re-conquistado no a otro clan humano sino a los Naga, unos seres enigmáticos que viven en el mencionado plano intermedio.

«¿Qué son los Naga?» Es una de las preguntas que más me han hecho a la hora de narrar el Mahabharata. Y todavía no sabría responderla con autoridad.

Además, me pregunto, ¿Cómo es un reino de los Naga? Y si en el bosque que quemó Arjuna había una ciudad Naga, ¿por qué no la describe el texto? ¿Era subterránea? ¿Invisible?

No considero este interés una mera coquetería intelectual, más bien intuyo que explorando estos senderos del Mahabharata es como uno puede aprender de las enseñanzas que el texto ofrece sobre las profundidades de la consciencia humana. En este caso, buscando descripciones del reino de los Naga en el Mahabharata, me he encontrado con grandes enseñanzas sobre el arte de la narración, que a la vez son enseñanzas sobre el funcionamiento de la imaginación humana.

La novia Naga de Arjuna

Sí, en uno de sus viajes Arjuna tiene una romance con una hija de la raza de los Naga, con quien tiene además un hijo que le ayudará en la batalla final[1]. Pero ahora no quiero detenerme en esta relación sino en el momento en el que se describe el reino de ella.

Arjuna está haciendo abluciones en las aguas del Ganges, al norte, cuando de repente «sus brazos poderosos son arrastrados por Ulupi, la hija del rey de los Naga -quien podía viajar donde quería- al fondo de las aguas. Allí Arjuna se encuentra un fuego perfectamente construido, al que ofrece reverencias de manera que el fuego se siente satisfecho[2]».

Esto es todo. Pero es más que suficiente. ¡Qué paleta de colores se abre con esa simple descripción! No hace falta mucho más. ¿Quién no ha visto el fuego en medio de las aguas, y las sombras que lo rodean, al leer esta frase? La imaginación humana no necesita demasiado para ponerse en funcionamiento, y los Naga precisamente viven en el plano de la imaginación. Es como si el Mahabharata mostrara el mínimo necesario para activar la imaginación; la llave, al desnudo, del mundo de la fantasía.

En otra ocasión, en los meros inicios del Mahabharata, se habla de un practicante espiritual que quiere llevar a su maestro unos pendientes dorados que codicia Takshaka, el mismísimo rey de los Naga. El practicante sabe que tiene que ir con cuidado y está atento, pero en el camino ve un mendicante acercándose hacia él. El mendicante se vuelve a veces invisible y después vuelve a aparecer. El practicante siente la necesidad de ayudarlo y deja los pendientes en el suelo para traer algo de agua. En ese momento el mendicante se convierte en Takshaka, el rey de los Naga, quien agarra los pendientes y desaparece en un gran agujero en el suelo, entrando en el mundo de los Naga.

El practicante lo sigue, y cuando lo reciben las serpientes los adora diciendo «Oh serpientes, que adornáis las batallas, llovéis como nubes llevadas por el viento y cargadas de relámpagos. Bellos y con muchas formas, cubiertos de pendientes multicolores, brilláis como el sol en el cielo», y de esta manera sigue alabando el linaje de los Naga pero se da cuenta de que nadie le va a devolver los pendientes. Entonces ve dos mujeres tejiendo una tela en un telar. Hay hilos blancos y negros en el telar. También ve una rueda siendo girada por seis chicos y un hombre guapo. Así que el estudiante los saluda usando un mantra que conocía: «Seis chicos giran una rueda con 360 ejes, moviéndose perpetuamente en un ciclo de 24 divisiones. Dos mujeres jóvenes, representando al universo, tejen continuamente con hilos negros y blancos, creando mundos y seres del pasado y el presente. ¡Oh señor del relámpago! Oh, protector de los mundos; oh gran alma vestida de negro, que llevas la verdad y la no verdad al mundo, ese que en los tiempos ancianos consiguió su montura sobre el caballo, que era otra forma del dios del fuego, en las profundidades de las aguas. Siempre te saludo, señor del universo. ¡Oh señor de los tres mundos![3]».

«Estoy satisfecho con tus saludos» responde el hombre apuesto. «Pídeme lo que quieras».

«Quiero dominar a los Naga» responde el estudiante espiritual.

A lo cual el hombre atractivo le dice «Sopla por el ano de este caballo», y cuando el estudiante sopla, por todos los orificios del caballo sale un fuego intenso que quema a los Naga y los hace salir de la cueva. El estudiante reconoce los pendientes en el suelo y así los recupera.

Enigmático.

Suerte que más adelante el Mahabharata documenta el momento en el que el estudiante puede hacerle llegar los pendientes a su maestro, y le pregunta por las cosas que vio en el mundo de los Naga:

«Las dos mujeres son Dhata y Vidhata, hijas del sacrificador original. Los hilos negros y blancos representan la noche y el día. La rueda con doce ejes es el año con sus doce meses, los seis niños son las seis estaciones. El hombre apuesto es el dios de la lluvia, el caballo es el fuego»

Y todo esto estaba en la cueva de los Nāga. Así que volvemos al principio:

¿Dónde viven los Naga?

[1] Sobre este elemento recomiendo tener en cuenta la entrada que escribí sobre la descendencia entre humanos y seres del plano intermedio, hace algo más de un mes.

[2] Khandava Daha Parva 1

[3] Poushya Parva 1

Año 3, elemento fuego.

Arjuna y Krishna son dos príncipes modélicos; fuertes y eficientes guerreros, justos, imponentes por la fuerza de su musculatura, la nobleza de su postura y el brillo que emana su mirada. Son primos y son personajes centrales, sino protagonistas, del Mahabharata. Pero esto al inicio de la obra todavía no lo sabemos.

Arjuna y Krishna están de paseo con su séquito y paran a la orilla de un lago en el bosque que se llama Khandava. Juegan en el agua con las doncellas que los acompañan, se persiguen, se empujan y al rato, cansados, se acuestan sobre la hierba en un tramo apartado de los carruajes y las tiendas de colores.

De repente, como aparecido de ninguna parte, se encuentran a un anciano delgado y alto, vestido con una tela de tono cobrizo. Tiene el pelo largo, recogido en un moño, y una barba igual de larga, de tonos rojos y anaranjados. La piel muy morena y la mirada encendida.

El anciano les explica que es Agni. Su nombre, Agni, según el diccionario de sánscrito Monier Williams, deriva de la raíz ag, que significa agitación, y significa el número tres, fuego del estómago, fuego sacrificial o el dios del fuego.

Agni está en un apuro. Tiene hambre y quiere, desde hace tiempo, comerse el bosque Khandava, pero Indra no se lo permite. Indra, etimológicamente, está relacionado con los cambios lunares, las mareas, el número uno sobre el dado, una gota – que puede ser una gota del elixir de la inmortalidad, y mitológicamente se le representa como el portador del rayo.

En un principio, hace varios eones, los dioses estaban regidos desde las profundidades de los cielos nocturnos por Varuna, un dios lejano que gobierna desde un palacio de mil puertas que solamente se puede visitar en esa parte que uno siempre olvida del sueño. Más tarde Indra, por el valor de sus proezas, desbancó a Varuna y se irguió como el rey de los dioses. Así lo cuentan los cantos más antiguos. Y era Indra, el dios del relámpago y la lluvia, el que protegía personalmente el bosque en el que se encontraban Arjuna y Krishna, por su amistad con el rey de las serpientes, que tenía su residencia en ese mismo bosque.

Siempre que Agni ha querido consumir al bosque de Khandava Indra se lo ha impedido,  apagando sus llamas con lluvia. Pero con la  fiereza de Arjuna y Krishna de su lado, y sus conjuros de combate, Agni podría quemar el bosque, digerirlo, mientras los dos guerreros pongan Indra a raya.

A cambio, les ofrecerá armas mágicas, más poderosas de lo que nunca habían soñado.

Así que lo que sigue a esta propuesta es una matanza:

Las llamas del fuego suben varios metros hacia el cielo y evaporan la lluvia torrencial que cae sobre ellas. Arjuna y Krishna, riendo según documenta el texto, disparan hacia el cielo conjuros que dispersan y debilitan la furia de las nubes, y decenas y decenas de flechas con punta de hierro contra los animales que intentan escapar. Agni quiere consumir todo el contenido del lugar. La condición es que nadie, o nada, consiga huir. El texto describe el horror y la desesperación de los animales con un detallismo que recuerda los peores holocaustos de la historia. La grasa derretida de las bestias se derrama a chorros sobre las rocas que quiebran y explotan a causa del calor.

Del bosque no queda nada.

Pero queda el rencor. El rencor del rey de las serpientes, Takshaka, quien se vengará en el futuro matando al nieto de Arjuna.

Hay mucho que decir sobre el bosque de Khandava. De hecho todo este tercer año del proyecto Respirar el Mahabharata girará en torno a esta capítulo del Mahabharata. Por ahora, podemos dejarlo en que a causa del incendio en el bosque Khandava conocemos el Mahabharata. El rey de las serpientes pierde su familia en el incendio. El rey de las serpientes se venga matando –quemando- al nieto de Arjuna. El bisnieto de Arjuna se venga organizando un ritual mágico que dura 12 años, con el objetivo de quemar, allí donde se encuentre, hasta la última serpiente del mundo. A lo largo de esos 12 años, unos de los sacerdotes presentes narró todas las historias que conocemos como el cuerpo de la tradición oral india. Desde la creación del mundo, al nacimiento de la raza humana y los primeros milenios de la historia hasta llegar al mencionado ritual. Historia que hoy hubiéramos olvidado si no fuera por esa transmisión.

Las historias se cuentan mejor frente al fuego, porque en sus crestas podemos ver las formas que la imaginación interior proyecta sobre los tonos danzantes de las llamas. Y llevando la idea un poco más lejos, ¿y si todo lo que vemos fueran llamas de una realidad danzante y mutable sobre las que proyectamos las historias que nos contamos? Una realidad que es tan injusta como bella, dulce y dolorosa.

Hay mucho más que decir sobre el bosque Khandava, y quedan muchos meses hasta el estreno del tercer espectáculo de Respirar el Mahabharata, el próximo 12 de Diciembre.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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