Entre el sueño y la realidad

En una era anterior a la nuestra, cuando nadie podía imaginar el tener que dejar su tierra para sobrevivir, comenzaron a acumularse en el horizonte nubes oscuras cargadas de sangre. Los tiempos estaban cambiando, y quien debía haber sido el emperador mundial se encontraba en el exilio. Él, sus cuatro hermanos, y las esposa de todos ellos, tuvieron que convertir el bosque en su nuevo palacio.

Durmiendo sobre las raíces en el suelo, el emperador del mundo tuvo un sueño. Ciervos se acercaron a él en señal de saludo. Temblaban. Miraban.

Esperaban.

Y el soñador, ese dios entre reyes, preguntó:

-¿Quiénes sois y qué deseáis?

Tenían las voces ahogadas en llanto:

-Somos los ciervos que quedan de este bosque. Por favor, continúa tu viaje y encuentra otro lugar en el que vivir, oh rey. O todos moriremos. 

Tus hermanos son tan valientes, y habilidosos en el uso de las armas, que han reducido a los que somos naturales de este lugar hasta dejar unos pocos de nosotros en vida. Es la hora de dejar de perseguirnos, o la semilla que queda no brotará en nuestro linaje.

Permítenos crecer bajo tu favor.

Permite que el éxtasis de la vida se materialice en nuestro linaje, igual que se materializa en tu linaje humano el recuerdo del origen de todos los seres.

El ave que come grano vuela a la luz del sol e inspira el canto del poeta. Así la vida se funde en la inmortalidad. No destruyas este equilibrio que une a los dioses con las plantas.

Y el rey, de nombre Yudisthira, aunque exiliado y destronado, seguía preocupándose por el bienestar de todas las criaturas.

-Será como decís – contestó, en el sueño, y cuando despertó se reunió con sus hermanos. En la hora en la que el brillo tenue de la aurora desvanece la visceralidad de la noche anunció:

-Los ciervos me han dicho que son pocos los que quedan, y deberíamos mostrarles compasión. Han hablado con sinceridad, y han expresado el lenguaje de los cielos. Con las bocas de los ciervos me ha hablado el corazón del universo.

Deberíamos mostrar compasión a los naturales de la floresta. Ellos forman parte del mismo entramado de luz que todos nosotros. Hemos vivido de ellos casi dos años, ahora la vida ha de fluir. Si ellos desaparecen, lo haremos también nosotros.

Vayamos al bosque Kamyaka, más allá del desierto, cerca del lago Tirabindu, allí hay muchísimos ciervos. –

Así fue como los sueños se volvieron reales, porque cuando los sueños hablan del entramado que todo lo conecta, son reales, como la vigilia. Porque la realidad es una, y lo abarca todo; lo que varía es la intención con la que la navegamos.

Esta entrada consiste en la redacción en castellano del fragmento del Mahābhārata llamado Mŗigasvapnabhaya Parva, mezclado con elementos extraídos del canto IX.83 del Rig Veda, dedicado a Soma, y los comentarios al respeto de Sri Aurobindo. La decisión tiene que ver con la relación del ciervo con el elixir misterioso Soma, y con la manera de narrar, y la actitud, en la que me posiciono en este quinto año de Respirar el Mahābhārata. La siguiente entrada, pensada para el 15 de noviembre, continuará el concepto iniciado en esta, y la entrada que viene después (1 de Diciembre) ya corresponderá al manifiesto del quinto año. Así, si las condiciones lo permiten, se cerrará este quinto año de Respirar el Mahābhārata, un año convulso pero muy significativo en cuanto a posicionamiento interior. El 12 de diciembre se estrenará el quinto espectáculo de Respirar el Mahābhārata, este año pensado para formato presencial y online. Pronto publicaré más información al respeto.

La herida del universo

Las ganas de escribir, las ganas de vivir, las ganas de ver un día más el mundo. La voluntad de hacer lo correcto, de actuar de la mejor manera posible para el entorno; el impulso de ir más allá de lo conocido, y más allá de uno mismo, se siente como un constante empuje mudo. Un impulso. Un calor que incendia nuestra vida. Y a esto, en sánscrito, se le llama Shri. Se usa como uno de los nombres de la diosa, Shri, que da vida al cosmos. Al cosmos, entendido no solamente como asteroides y supernovas, sino también como las ideas, los recuerdos, el tiempo y lo innombrable. Todo es empujado por Shri, la diosa.

Cuando Shri nació solo había Prajápati, el ser original. Ella nació como el relámpago, rompiendo la noche. La hija madre. Ella se empujó a sí misma, desde siempre, hacia siempre, hacia el siempre.

De ella se dividieron los dioses. Pero cuando vieron la abundancia de la luz que los impelía, la plenitud de Shri, su madre, los dioses se dividieron y saquearon a la diosa. Se llevaron entre todos a sus cualidades.

Sávitar, el dios de la luz del amanecer, quien desplaza al sol por el cielo, y quien emite el bien y la vida entre los seres, se llevó para sí el empuje de Shri.

Sarásvati, la diosa del aprendizaje y las artes, se llevó para sí la palabra sagrada de Shri.

Tvástar, el arquitecto de los dioses, se llevó de Shri las formas del ser, y con ellas cristaliza todas las configuraciones del universo.

Todos los rayos de la luz que emanaba de Shri se los llevó para sí Pushan, y desde entonces él pastura el ganado luminoso de los dioses.

Indra, el rey de todos los dioses, quien hace llover las impresiones de los sentidos sobre la consciencia de la humanidad, robó de Shri el sacrificio mismo.

Briháspati, el maestro espiritual de los dioses, le quitó a Shri la sacralidad.

Varuna, el dios que observa todos los actos desde las profundidades insondables de las aguas cósmicas, se llevó el poder de Shri.

Agni, el dios que arde en todas partes y muestra sus crestas amarillentas allí donde se le invoque – el dios al que muchos llaman fuego – robó a Shri su ferocidad.

Por último, Soma, el dios cíclico, quien se consume y se regenera periódicamente; el guardián de la inmortalidad, le robó a Shri su realeza.

Así se repartieron las cualidades de Shri por el universo. Así fue saqueada la diosa madre por sus propios hijos. Y el recuerdo inconsciente de esa injusticia original reverbera en nuestras células todavía. Tiene que hacerlo, porque con ese acto nació también la crueldad. Con el saqueo de Shri se quebró la luz y entre sus rayos apareció la oscuridad. La rabia, el rechazo, el afán de justicia, de arreglar las cosas nació también de Shri. De su saqueo.

Pero <<la enemistad no se salda con otra enemistad>>. Así nos lo recuerda Yudisthira en el Mahābhārata: <<La victoria engendra más enemistad entre los vencidos. La enemistad renace en cada generación>>

¿Cuándo comenzó el conflicto? ¿Desde cuándo venimos clamando venganza? Tal vez saberlo ahora ya sea imposible. Desde el origen, tal vez. Desde el saqueo de Shri.

¿Queremos, entonces, seguir alimentando la enemistad? ¿Puede haber justicia sin venganza?

La ceremonia religiosa, el ritual, es Víshnu. Así lo cuentan también las historias del origen. Víshnu es lo que permea todo. Sostiene todo sin estar limitado por ello. El tiempo se sostiene en Víshnu, la vida, la oscuridad y la luz. Víshnu es el ritual, y el complemento de Shri.

El ritual, cuando se hace bien, reúne a todos los dioses. Alrededor del ritual se sientan Sávitar, Sarásvati, Tvástar, Pushan, Indra, Briháspati, Varuna, Agni y Soma. El ritual, cuando se hace bien, reúne al empuje vital con la palabra sagrada y la forma, que refleja los rayos de la luz. Para hacer bien el ritual hay que sacrificar algo, y así se hace presente lo sagrado. El ritual es poder, y fuego -vital o visible-. El ritual es la esencia de la realeza, y es Vishnu. Cuando se hace bien, el ritual reúne de nuevo todas las cualidades saqueadas a Shri. El ritual reúne a la madre cósmica con sus hijos. Reúne al universo. ¿Pero qué es el ritual? ¿Cómo sanar esta herida del universo, que se ha saqueado a sí mismo?

Quien lo sepa que lo diga, y ojalá sepamos escuchar.

La historia del saqueo de Shri proviene del Śatapatha Brāhmaṇa (5.4.5.2), tuve la oportunidad de narrarla el pasado encuentro de un curso llamado Shri, nueve encuentros para restaurar la dignidad del femenino. Puedes ver información en este: enlace.

Si quieres oir esta entrada leída, puedes apretar en este enlace.

La semilla cósmica

 ¿Qué vino antes, el huevo o la gallina?

De alguna manera, el huevo siempre ha estado. Toda la bóveda celeste parece la pared interna de un gran huevo lleno de estrellas, que, a su vez, parecen otros huevos de luz. Porque un huevo es una semilla. Una semilla de gallina. Así como el piñón es la semilla del pino y el óvulo la semilla del humano.

La gallina es la transición entre huevo y huevo. El huevo es la imagen del cosmos; del todo. Y dentro del todo crece y se enrosca el árbol invisible del ADN, o el código, pulso, lenguaje, misión o destino de toda partícula. El árbol cósmico y sus ramificaciones, algunas veces visibles a la mirada humana, y otras no. Comprensible, en parte. Es la transición entre presente y presente.

El dharma, tan sutil que no se puede hablar de él, es lo que decide que un piñón se convierta en pino, y que el pino se convierta en más piñones. El dharma decide las órbitas de los planetas y el desarrollo de todas las semillas del universo. El dharma hace florecer los almendros cuando llega la hora y hace que respire el cachorro humano al nacer.

El fruto del dharma es el ser humano. El dharma nos guía con su mano invisible a través de la vida.

El dharma es convulso, en esta era confusa que nos ha tocado vivir (Kali Yuga). Hubieron tiempos en los que las cosas estaban más claras. <<El trabajador (sudra) trabajaba. El comerciante (vaishya) vivía vendiendo bienes. Matar era el medio de vida de los nobles (kshatriya), mientras pedir limosna era la conducta de los Brahmanes (sacerdotes). Un kshatriya mataba a otro kshatriya. Como el pez vive de otro pez y un perro mata a otro perro.

¡Oh dios! Observa cómo cada uno sigue el dharma decretado. Ese ha sido siempre el dharma malvado de los kshatriya. -afirma Yudisthira, el rey filósofo, en el Mahabharata (Bhagavat Yana Parva I)- Pero hemos nacido kshatriya. Es nuestro dharma, aunque sea adharma.

¡Oh señor del universo! La disensión siempre está presente en una pelea. Siempre se pierden vidas en una batalla. La fuerza, o la planificación, no garantizan ni la derrota ni la victoria. La vida y la muerte no son determinadas por un ser y hasta que no llegue el momento adecuado uno no encontrará ni la felicidad ni la infelicidad. [Así como el capullo de la flor de almendro no se abrirá antes de la primavera]. Uno puede matar a muchos, y muchos se pueden unir para matar a uno solo. Un cobarde puede matar a un valiente, y un infame podrá matar a un héroe. La victoria puede ser de cualquier lado. Cada lado puede enfrentar la derrota.

¿Dónde está el asesino que no pueda ser asesinado? El vencedor también sufre pérdidas, porque siempre se perderá algún ser querido ante el otro lado. Y después de matar a otros nos sobrelleva el arrepentimiento. Además, los que sobreviven reúnen sus fuerzas para destruir a quienes queden del otro lado para terminar así la enemistad futura. La victoria engendra más enemistad a causa de la desdicha de los vencidos.

El que renuncia a la victoria y la derrota es feliz y vive en paz, pero el que ha creado enemistad duerme miserablemente. No tiene alivio mental. Como si viviera en una casa llena de serpientes.

El que extermina a todos, tiene mala fama entre los seres. La enemistad no se pacifica y permanece por mucho tiempo. En cada nueva generación quedan quienes la quieren retomar, ¡Oh noche extensa! La enemistad nunca se salda con otra enemistad. ¡Oh alma! La enemistad crece y se fortalece, como el fuego con las oblaciones. No hay excepción a esto, y la paz permanece inalcanzable. Esta es la mancha permanente en aquellos que buscan establecer su superioridad. La virilidad es una fuerte debilidad del corazón. Uno solamente puede alcanzar la paz cuando la aparta de su mente.>>

Así de pequeño es el hombre, en medio de la humanidad.

La guerra es guerra, y la paz es paz. Como el huevo es huevo y la gallina es gallina.

El conflicto permanece. Si lo soltáramos dejaríamos de discutir con el universo, aunque este no dejaría de morir y renacer a cada instante.

El sendero del dharma es sutil- no es un dictado. Comprender lo correcto, comprender el universo, no es posible, porque la comprensión es un fenómeno más del universo y, como tal, tiene fecha de caducidad. Como todos los fenómenos. La comprensión puede ser útil cuando aparece, pero al siguiente instante los planetas ya se han movido, las alineaciones han cambiado, el huevo se ha quebrado y ya es gallina; la comprensión se ha desfasado y ya no encaja con el entorno. La comprensión antigua se ha convertido en molestia.

Si el huevo es huevo, ¿cómo puede ser gallina? Y si la semilla es semilla, ¿cómo puede ser pino?

Si el universo está en guerra, ¿puede haber paz? O si el universo está en paz ¿puede haber guerra? Conocemos la paz, y conocemos la guerra. Entonces, el universo, ¿está en guerra o está en paz?

¿Qué vino antes, el huevo o la gallina? Sutiles son las ramificaciones del dharma.

Escrito en Ibiza. Gracias a Cristina, Jon, Axel y Jesus por la generosidad.

la inefabilidad del dharma

Ānandavhardana fue un filósofo que vivió en el Kashmir del siglo ocho de la era común. A él se atribuye el tratado de teoría de la literatura llamado Dhvanyāloka, que se traduce como “luz sobre el arte del dhavani”.

¿Y qué es dhvani? Pues de eso va el tratado, precisamente. Sería difícil explicar en breve el significado de la palabra dhvani sin simplificar demasiado. Para hacerlo, sería importante mencionar que desde el siglo ocho o nueve tenemos constancia escrita de que en los reinos del territorio que ocupa hoy la India había reflexión y debate sobre la cuestión de que el arte no representa al mundo. No se puede hablar del mundo como si fuera un objeto exterior, porque todos nosotros somos mundo, y los colores son mundo, los sonidos y las palabras. Lo que sí puede hacer el arte es evocar, por resonancia emocional, una vivencia compartida del mundo.

Esta cuestión se vuelve más compleja con la poesía, o toda expresión que dependa de la lengua, porque las palabras son duales. Cualquier lenguaje basado en palabras es un sistema dual de diferenciación entre opuestos, empezando por dentro-fuera, arriba-abajo, delante-atrás, y continuando hasta bien y mal, o todo lo que se nos pueda ocurrir. El mundo, sin embargo, no es así. Nosotros somos luz, y somos oscuridad; el mundo, lo tenemos dentro y fuera. ¿Cómo usar el lenguaje, entonces, para evocar al mundo? Mediante Dhavani.

¿Pero qué es dhvani? Dhvani son contenidos lingüísticos contradictorios, que evocan, por resonancia, una experiencia que va más allá de la dualidad de las palabras. Un ejemplo, expuesto por el mismo Ānandavhardana, dice:

La suegra duerme aquí, y yo aquí,

Mira bien, viajero, ahora que hay luz.

Pues de noche, cuando no puedas ver,

no deberías caer en mi cama.

En este caso, el verso nos indica la situación: un visitante, y una habitación, en la que duerme la familia. Lo que evoca el verso, sin ponerlo literalmente, es la invitación velada al viajero/lector. Esta evocación es dhvani. Se produce por contraposición de elementos, y el tratado llamado Dhvanyāloka, junto a sus comentarios posteriores, deducen cómo se produce esa evocación/dhvani, que es capaz de transcender la dualidad del lenguaje.

Pero si bien el ejemplo citado es esclarecedor, este tipo de evocación es superficial, casi un pasatiempo. Porque estamos en el mundo para vivirlo. ¿Hacer el amor con la pareja de nuestro/a anfitrión/a es vivir el mundo? ¿Sería eso aprovechar la vida y nuestro nacimiento humano? Lo dudo, pero dejo la pregunta abierta.

Dejo la pregunta abierta porque así lo hace el Mahābhārata también. Así lo hace la vida. Si nos preguntamos qué es lo correcto, y cuál es la mejor manera de vivir, la vida no nos responderá una respuesta clara. Las consecuencias de nuestros actos son difíciles de discernir. A menudo parece que las acciones que consideramos reprochables tengan recompensa y lo correcto se vea castigado. Y no lo digo como lamento, ahora solamente estoy observando la razón de por qué un texto moralista, uno que afirme que el engaño sea incorrecto, por ejemplo, no será del todo creíble: porque la vida no nos demuestra necesariamente lo mismo. Cuando planteamos a la vida la pregunta de qué es lo correcto, la pregunta queda abierta. Y sin embargo, hay algo que todos intuimos que es lo mejor, tanto si nos atrevemos a reconocerlo como si no. Está ahí fuera, o dentro. Está en la vida, pero no habla en términos categóricos sino que se intuye. Se siente. Se evoca. Como dhvani, en la poesía.

Porque el ejemplo citado, el poema sobre la invitación erótica, es un entretenimiento útil para ilustrar la capacidad de evocar que tienen las palabras. Pero cuando nos preguntamos sobre el sentido que pueda tener el uso de la palabra parece que la vida exige un compromiso mayor que el pasatiempo erótico.

Si nos responde, la vida, estas preguntas que le hacemos sobre el sentido, lo hace por evocación; por dhvani. Así también lo hace el Mahābhārata. Porque el Mahābhārata no es una representación de la vida, el Mahābhārata es la vida. A eso me refiero siempre cuando digo, en encuentros de narración o aquí, en este blog, que el Mahābhārata no es un objeto. El Mahābhārata no se puede estudiar, es el Mahābhārata el que lo estudia a uno. El Mahābhārata es tan vasto, en volumen y en profundidad, que cualquier afirmación sobre el Mahābhārata se diluye en sus aguas como se diluye en la vida toda afirmación sobre la condición de la existencia.

El argumento del Mahābhārata, como la vida, contiene mucho erotismo. Amores frustrados, hijos no reconocidos, pasión, agresión sexual, no falta nada. Aparecen los infiernos y los paraísos del amor, pero, como en la vida, también hay mucho más. Se habla mucho de dharma en el Mahābhārata. Porque seguir el dharma es la manera correcta de vivir. ¿Y qué es el dharma? Pues resulta que el dharma es tan sutil, que no se puede hablar de él. Y sin embargo, parece que todo el Mahābhārata sea una enciclopedia sobre el darma. Sobre lo correcto, que es tan sutil, que las palabras no lo alcanzan.

¿Existe acaso, una forma más realista que esta para hablar de lo correcto?

Lo que propongo es leer el siguiente discurso de Yudisthira (rey destronado e hijo, precisamente, del dios dharma) observando lo que el texto evoca en nosotros, más allá de lo que dice:

<<Cuando un hombre es nacido y cuidado en un linaje noble, pero codicia las posesiones de otros, la avaricia destruye su sabiduría. Cuando la sabiduría es destruida también se pierde la modestia. Cuando la modestia es destruida, el dharma es restringido. Cuando el dharma se destruye se destruye con él la prosperidad. Cuando la prosperidad es destruida el hombre muere. La falta de prosperidad es como la muerte para un hombre. Familiares, aquellos que le deseaban el bien, y los brahmanes, se partan del que no tiene riquezas como los pájaros abandonan volando el árbol que no tiene frutas.

Cuando un hombre ha caído y sus parientes se alejan de él es como el aliento vital abandonando el que ha muerto. Shambara [no se sabe muy bien quién es Shambara] ha dicho que no hay nada peor para un hombre que la situación donde no puede ver cómo pueda encontrar comida, hoy o mañana. Se dice que las riquezas constituyen el dharma supremo. Todo se establece en la prosperidad. Los ricos viven en este mundo. Los que no poseen riquezas están muertos. Si uno recurre a su fuerza bruta y le roba a otro hombre sus riquezas, con ello uno también destruye su dharma, su sostén (artha) y su placer (kama). Habiendo alcanzado ese estado, hay quien prefiere la muerte. Algunos se refugian en aldeas e incluso en los bosques. Algunos merodean buscando su propia destrucción. Algunos enloquecen. Otros caen bajo el control de sus enemigos. Otros se convierten en esclavos, para obtener las riquezas de otros.

Para un hombre, la destrucción de su prosperidad es peor que la muerte. La prosperidad es la fuente del dharma y del placer (kama). La muerte es el eterno dharma del mundo. Es el fin de todos los seres y no hay excepción. [Nótese lo contradictorias pero evocadoras que son estas dos afirmaciones seguidas] Es el fin de los seres y no hay excepción ¡Oh Krishna! [Krishna es el interlocutor de Yudisthira en este discurso] Un hombre que ha sido pobre de manera natural no sufre tanto como el que ha poseído fortuna, y prosperidad, y ha disfrutado de la felicidad, pero desciende a un estado inferior. Cuando uno enfrenta grandes dificultades a causa de sus propios crímenes, uno culpa a Indra y al resto de los dioses, pero nunca las propias acciones. El conocimiento de todos los textos sagrados no puede disminuir ese sufrimiento. A veces se enfada con sus sirvientes, otras critica a quienes le desean el bien. Siempre está sujeto a la rabia y pierde sus sentidos. Quedando bajo el poder de la confusión, recurre a la crueldad. De estos actos malvados, resultan los nacimientos de padres incompatibles, signo de la era de la confusión.

¡Oh Krishna! La sabiduría sola es el despertar. El ojo de la de la sabiduría puede salvar a un hombre así. Cuando un hombre recupera su sabiduría busca los textos sagrados. Cuando se centra en los textos sagrados recupera el dharma y la modestia se convierte en su mayor ayuda. Un hombre modesto evita el mal y su prosperidad aumenta. Cuando obtiene prosperidad se convierte realmente en un hombre. Siempre está establecido en el dharma y tiene el alma tranquila. Siempre se ocupa de actos buenos y no sigue lo que no es dharma (adharma). Su inteligencia no se aplica al mal.

Quien no tiene modestia no es ni hombre ni mujer. El que es modesto satisface a los dioses, a los ancestros y a sí mismo. Se vuelve inmortal a causa de esto. Este es el objetivo de los que cometen actos puros. >> (Bhagavat Yana Parva I)

Esta es la mitad del discurso de Yudisthira, y quiero reservar la segunda parte para la próxima entrada. Lo compartido aquí ya contiene suficiente contenido para reflexionar. Sobretodo pensando en lo que evoca, más allá de lo que dice.

Las contradicciones de este texto son muy interesantes. Los textos sagrados no alivian el sufrimiento, pero son parte del camino hacia la modestia. La sabiduría no viene de los textos sagrados, pero lleva a ellos. La muerte es inevitable, pero el que tiene modestia se vuelve inmortal. Entre todos estos conceptos resuena lo que el texto evoca en cada uno. Y eso que evoca está más allá de las palabras. Así de sutil es el sendero del dharma, así de sutil es lo correcto y así de misteriosa es la vida. La palabra no es la realidad, pero la vida resuena en ella.

Aquí nos quedamos esta vez. Está todo dicho, y a la vez queda todo por decir. En quince días seguimos con la segunda parte de este discurso.

Lecturas:

Emily T. Hudson Disorienting Dharma: Ethics and the Aesthetics
of Suffering in the Mahabharata
, Oxford Press, 2012.

The Dhvānyaloka of Ānandavardhana with the Locana of Abhinavagupta, Harvard oriental series, 1990.

El mapa para atravesar la confusión

Se ha dicho, y se sigue diciendo, que hay un Ser, único, que es real y siempre existe; un estar, inconcebible, de una voluntad que por su mero querer materializa todos los mundos: los universos subatómicos que esconde la materia, las grandes corrientes de energía en movimiento, los planetas, ecosistemas, galaxias e incluso el abismo infinito que todo lo puede absorber: el caos. Los humanos somos los testigos de este Ser. Su creación más preciada.

El aroma de la tierra en la noche, el sonido del viento y los grillos, la luz de las estrellas y el efecto de la luna sobre el mar. El conocimiento de las plantas, el calor del sol y la frescura que ofrece la sombra. Todos estos elementos son la casa de la humanidad. Los bosques y los animales que los pueblan, las extensas llanuras, las montañas, los lagos, los mares insondables y el misterioso fuego, son nuestros referentes. Los humanos somos la mirada que tiembla ante el mundo. Somos los héroes, los elegidos; la raza que transita el horror de pensar en la muerte. Somos los compañeros de los dioses. De las plantas. De los elementos que componen la vida.

Los humanos percibimos todas las frecuencias del universo y podemos interpretarlas en acciones. Las manos, y la voz, de los humanos, interactúan con el tiempo y la materia, tejiendo el destino. La voluntad, mediante la inteligencia humana, configura y transforma nuestro entorno. Somos la raza que transforma el planeta. Allí donde hay humanos hay fuegos encendidos. Las urbes humanas compiten con las estrellas y desde las alturas refulgen sobre la piel de la tierra como incendios controlados.

Somos un propósito, en forma de animal. Un animal social, intelectual, creativo, artístico, tecnológico. No sabemos dónde están nuestros límites, si es que los tenemos. Hemos modificado el planeta y estamos modificando nuestra raza; nuestra animalidad. Hemos descubierto cómo liberar la energía escondida en los átomos, a modificar nuestras condiciones fisiológicas innatas. ¿Hasta dónde podemos llegar? No lo sabemos. ¿Qué buscamos? Tampoco. Es la vida la que nos mueve. El crecimiento.

Nos maravillamos creyendo en un destino incomprensible, en un puerto de llegada, que queda allende las estrellas, más allá del conflicto y del tiempo. Mientras tanto, mientras no alcancemos ese puerto huidizo, nos zarandean las pulsiones de los cuerpos que habitamos: Dolor y vergüenza en la infancia, angustia y perplejidad en la juventud, melancolía en la edad adulta y miedo en la vejez. Olas de emociones que transforman de un día para otro, sino de un hora para la otra, nuestra manera de ver el mundo. Una y otra vez.

¿Y cómo puede, un humano, preguntar qué es el ser humano? ¿Quién le responderá y en qué lenguaje? ¿En el de las plantas? ¿En el lenguaje de los ciclos cósmicos? El piar de los pájaros al amanecer y el mugir de las vacas en una noche oscura, ¿serán respuestas a la pregunta de qué es el humano? ¿Lo serán los truenos?

Para entendernos, nos miramos en el espejo y el espejo nos devuelve un signo de interrogación: la imagen de una cara que pregunta. Piel, cejas, frente, arrugas, mejillas suaves o peludas y pupilas negras. Una nariz, un mentón, y un fondo. Tras la cara. Un paisaje, interior o exterior – no importa. Un baño, con ventana o no. Signos de un entorno que acoge esa cara que mira.

Todo esto confunde al humano.

Así se lo contó la pitón gigante a Yudisthira; así se lo contó la pitón gigante al hijo del orden universal:

-Yo me confundí a causa de mi prosperidad. Estaba intoxicado. En tiempos pasados solía vagar por los cielos a bordo de mi carro celestial. Intoxicado con mi vanidad, no pensaba en otra cosa. Las grandes consciencias iluminadas (brahmanes y rishis), los espectros nocturnos (rakshasa), los guardianes astrales (gandharva), dioses (deva), serpientes invisibles (naga), músicos celstiales (kinnara) y todos los residentes de los tres mundos me rendían tributo. El poder de mi mirada era tal que al ser que yo mirara podía robarle la energía. Miles de sabios con la consciencia realizada cargaban mi palanquín. ¡Oh rey! Un día, cuando el rishi Agastya me estaba llevando, pateé su cabeza por orgullo e impaciencia. Enfurecido, el destino pronunció estas palabras: <Que sea tu orgullo destruido, y te conviertas en una serpiente sin extremidades>. Ese día caí desde mi supremo carro celeste (vimana). Perdí todos mis ornamentos. Y mientras caía, cara abajo, vi que ya me había convertido en una serpiente depredadora. Entonces supliqué a Agastya: -¡Por favor libérame de esta maldición! ¡Por favor, perdona mi falta!.

Entonces Agastya se llenó de compasión y me dijo: -Oh señor de los humanos! El rey del orden cósmico (dharmaraja), Yudisthira, te liberará de esta maldición cuando los frutos de tu insolencia y brutalidad se hayan descompuesto.

Ver el poder de su energía despertó una gran maravilla en mí. Oh rey, por esto he querido hablar contigo. La sinceridad, la autoconsciencia, la entrega a un bien mayor, rehuir la violencia y elegir siempre la bondad es lo que nos hace más humanos, no el nacimiento ni el linaje.

Así habló la pitón Nahusha, según la historia. Así lo cuenta el Mahabharata. El Mahabharata, la narración del sendero hacia la divinidad, dicen algunos. Las historias de los dioses; la historia del universo y sus elementos; el mapa para atravesar la confusión; el relato de la voluntad humana; la historia más larga, más colorida y más espeluznante jamás contada. El orden que ilumina el caos y el caos que nos libera del orden.

 

¿Pero quién es esta pitón gigante llamada Nahusha y quién es el rishi Agastya? ¡No te pierdas las próximas entradas para conocer su increíble historia! ¡Se te van a poner los pelos de punta!

 

Poco a poco nos estamos acercando al cierre de este cuarto año de Respirar el Mahabharata. La investigación de este año está siendo enfocada en el rol del azar, o caos, en el mundo. La razón de ello es que la historia que marca la narración de este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es el juego de dados fatal en el que Yudisthira pierde su reino.

El evento que estoy preparando para este cuarto capítulo de Respirar el Mahabharata es un taller del juego de Lilah. Cuando sea el momento explicaré mejor la relación entre el juego, el Mahabharata y el azar. De momento, confío en que el lector interesado pueda sacar sus propias conclusiones, o disfrutar simplemente de cada historia de este blog por sí misma.

El taller de Respirar el Mahabharata 4 se estrenará el próximo 12 de diciembre en la sala del colectivo CRA’P.

Sobre el propósito humano

Bailar el Mahabharata. Cuando bailas una música en vivo es como si no supieras cuál será el siguiente sonido, o si el ritmo cambiará o no, pero bailas lo que suene. Bailas la sorpresa y bailas la continuidad.

La realidad, nos sorprenda más o menos, siempre es la misma. Estamos en ella; somos realidad. Bailamos realidad.

Como una canción nueva, la realidad nos sorprende con matices que ya conocíamos. Como cartas de una baraja, siempre las mismas pero en sucesión sorprendente.

¿Y qué es lo que nos sorprende? Lo inesperado. ¿Pero qué puede ser inesperado si todo es, y será, siempre, ad aeternum, la misma realidad? La sorpresa, vista así, desde lo metafísico, es un juego de escondite con uno mismo. Juego a sorprenderme con las caras que la vida me muestre aunque que, detrás, está la misma vida de siempre.

Y hay una historia que habla de todo esto. Dice que el mundo va para peor. ¿Alguien lo duda? Que estamos confundidos. ¿Alguien lo duda? Y que todo está perdido, y a la vez ganado. ¿Alguien lo duda? Esta historia nos dice que los seres humanos venimos de la luz, y que la luz nace de la consciencia universal.

Seres vivos que vivieron en otros planetas, planos, mundos, lugares, que los nuestros, dejaron al sol con nosotros para que nos cuidara. Y el sol tuvo dos hijos: el/la padre/madre de la humanidad (Manu) y su hermano/hermana que vive en todos los mundos y los limita, usando al tiempo como herramienta. Este es Yama -o Yami, en femenino- quien pone y mueve los umbrales de lo posible y lo concebible, en cada momento y cada lugar. El/ella baraja las formas. Con estas formas nacemos y desaparecemos. En Manu, nuestro ser común, que es hijo/a del sol; descendiente de la luz, que emana de la conciencia universal; la que expande la realidad.

Esto, cuenta la historia, es lo que hay. La música que bailamos.

El rey de la baraja, Yamaraj (raja es rey en sánscrito), el que mueve los límites, tuvo un hijo humano. Así lo cuenta también la bíblia: “los hijos de los de arriba tuvieron hijos con las hijas de Adán” (Génesis 6:4). Este hijo se llamó Yudisthira. Tenía la visión de su padre y sabía por ello que todo estaba perdido. Y ganado. Por eso accedió Yudisthira a participar en una partida de dados amañada. Una partida en la que perdería todo su reino. Y con ello se perdería también la paz en la tierra; y la memoria de aquellos tiempos; y las criaturas que entonces vivían. Pero a la vez se ganaría todo.

¿Qué es lo que se ganaría? Esto. Esto que tenemos. Esto que nos queda, que es la realidad.

¿Y qué es la realidad? La realidad es lo que existe. Lo que hay. Aviones, tierra, miedo, periódicos, teorías, contrateorías, amor, contratos, sexo, enfermedad, dinero, colores, sonidos, palabras, alegría. De todo esto, hay. Todas estas palabras existen. La ignorancia, también, existe. El futuro, por ejemplo, es algo de lo que ignoramos los detalles, pero existe. Y también existe la sorpresa. Algo que ya existe nos puede sorprender gracias a la ignorancia.

Hay un momento en el Mahabharata en el que un rakshasa -un ser que toma la forma que quiere y vive establecido de manera permanente en la furia- toma la forma de un bramán mendicante, de un sabio sin posesiones ni hogar, y se acerca a los protagonistas de la historia. Se acerca a los hermanos de Yudisthira, el hijo de Yama, el rey de la baraja.

El rakshasa, en la forma de un bramán, pasa unos días con Yudisthira, sus hermanos y su esposa, charlando sobre filosofía y compartiendo las ceremonias diarias. Pero cuando ve el momento adecuado el rakshasa escapa con las armas de los protagonistas.

En ese momento Yudisthira atrapa al espíritu y lo inmoviliza con su peso.

-Aves, animales, rakshasas, gandharvas y yakshas (diferentes seres invisibles, para los que nuestro vocabulario no tiene palabras, a menos que recurramos a alguna jerga ocultista, donde encontraremos equivalentes como elementales, entidades astrales parásitas o guardianas, etc.), todos reciben su sustancia de los humanos y así lo haces tú. Si nuestro mundo sufre, también sufren los mundos de los dioses y los ancestros. Ellos prosperan con la devoción y las ofrendas rituales. Nosotros somos los guardianes de todos los reinos. Oh tú, que vives de los humanos. Habíamos visto como mirabas nuestras armas, pero como habías tomado la forma de un bramán y no nos habías ofendido ni en palabra ni en actos no teníamos razón para actuar contra ti, aunque desconfiáramos.

Y este comentario de Yudisthira está en la línea de lo que el hijo de Yama responde siempre cuando se le pregunta por qué accedió a apostar todo su reino a los dados y por qué no se venga de los que organizaron esa partida, que estaba amañada: porque todo está perdido, y a la vez ganado. Porque la era que viven Yudisthira y su familia está por terminar. Y todo cambiará de forma, y los ríos serán distintos y nadie puede saber cómo serán los dioses y el resto de seres que viven de los humanos. Quedará la humanidad, en la tierra. Hasta el fin, que será un principio.

Y esta humanidad, de la que viven todos los seres ¿Qué es? Yo no lo sé. Pero lo sabemos todos. Las historias sagradas (Mahabharata, Purana) hablan de samkalpa. Y samkalpa, en sánscrito, es la unión de sam y kalpa, siendo kalpa una palabra que une significados relacionados con repetición cíclica y ritual. Kalpa puede ser un eón, estaciones del año, festividades y ceremonias que se repiten en fechas concretas. Sam, por otra parte, es un prefijo que significa juntar y unir. Samkalpa se usa también, como compuesto, para referirse a un propósito. Una directiva de acción, que marcará cierto patrón en el actuar de una persona.

Si esto es la humanidad, como dicen las historias sagradas, somos un propósito del cosmos, que reúne ceremonialmente cuerpos, costumbres y sociedades, que sostienen a los dioses, los ancestros y todos los seres invisibles. Dentro de la danza cósmica, un propósito, nos mueve a ser humanos. Esto es lo que tenemos. Este propósito mueve la baraja de posibilidades; siempre las mismas pero en sucesión sorprendente.

 

 

El proceso de este cuarto año del propósito de narrar el mahabharata durante 12 años está centrado en la indagación en el sentido del azar. Para hacerlo me baso, además del contenido del Mahabharata, en el fantástico juego de Lilah y sus significados. Esta entrada está influenciada por el sentido de las casillas 4, 42 y 63. El próximo 12 de Diciembre se estrenará el cuarto capitulo de esta performance de 12 años, que tendrá la forma de una partida grupal al juego de lilah, en forma de taller y narración oral. El estreno será en la sala del colectivo CRA’P, que está apoyando este proyecto con una residencia artística.

Sobre lo que nos conviene hacer

En la entrada pasada de este blog empezó una buena historia, que prometí continuar. Escribí sobre una aventura que comenzaba con los cuatro protagonistas del Mahabharata y su esposa, junto a un guía, disponiéndose a entrar en un lugar especial, que les exigía máxima atención. Ahí, el lector atento, habrá podido ver que algo fallaba en mi narración, pues los protagonistas del Mahabharata son cinco, y no cuatro.

Volvamos un poco atrás para explicar esta situación:

El Mahabharata es, ante todo, nuestra historia. El Mahabharata cuenta quiénes somos, como humanidad, y de dónde venimos. El Mahabharata cuenta la historia de la crisis que trajo consigo este velo de olvido que nos afecta, que está estrechamente ligado a la duda. La duda, que deriva en desconfianza, hace que olvidemos nuestro origen porque, aunque nos lo cuenten, lo veamos o lo sintamos, no nos lo creemos. Esa crisis conllevó una guerra. Una guerra universal en la que participaron seres de todos los planetas.

El Mahabharata cuenta la historia del último emperador de la tierra, uno de los pocos en la historia que han sido dignos de llevar este título. El Mahabharata cuenta cómo ese emperador perdió su reino en una larga partida de dados amañada. Y ese emperador destronado se llamó Yudisthira, y siempre iba acompañado de sus cuatro hermanos. Cinco hermanos, en total, como los cinco dedos de la mano, o como cinco sentidos. Cinco hermanos que se casaron, todos, con una misma mujer.

Estos seis siempre iban juntos, y cuando Yudisthira, el mayor, perdió su reino de manera injusta, los cinco hermanos se prepararon, junto a su esposa, para una guerra que sabían que se iba a convertir en un conflicto sin precedentes. Los hermanos sabían que necesitaban de toda la ayuda disponible y por ello el tercero en nacer, el más hábil entre los cinco, de nombre Arjuna, se ofreció para viajar a los mundos de los guardianes luminosos (Deva), que quedan allende los cielos, pero son accesibles por portales escondidos en montes, bosques y ríos. – Arjuna aceptó el riesgo de un viaje de esas características para traer las armas superiores que estos seres poseían. Armas capaces de destruir la tierra si no se usan correctamente.

Este fragmento que quiero narrar corresponde a lo que se cuenta de cuando los cuatro hermanos que se habían quedado en la tierra, y su mujer, fueron informados de que Arjuna, el hermano que falta, se disponía a bajar de los mundos que había ido a visitar. Arjuna iba a regresar descendiendo desde la cima del monte Gandhamādana, cuya cima llega a los palacios brillantes de los guardianes de la inmortalidad y su falda queda cubierta por los fascinantes bosques de Kubera, guardián del portal hacia el cielo, señor de las cuevas y los espíritus. Esas eran (y son) tierras en las que los humanos no eran bienvenidos. Bosques de difícil acceso, que inquietan al guía de los protagonistas:

-Para acceder a estas tierras tenemos que estar muy atentos- dice el Mahabharata que dijo el guía.

¿Y qué significa estar atento? Son estos momentos en los que esta historia parece estar dando pistas de lo más importante. Señales que apuntan a aquello que hemos olvidado como humanidad.

Para atravesar los bosques de los espíritus furiosos (rākṣasa) y los elementales (yakṣa) es necesario ser consciente de los propios pensamientos. Si los Pandava pensaran lo primero que les viniera a la cabeza o siguieran cada pensamiento pasajero se perderían. No debían temer a los seres invisibles y era necesario que controlaran el hambre y la sed, porque si no lo hicieran quedarían a merced de los rākṣasa, los merodeadores nocturnos que pueden poseernos cuando estamos desprevenidos.

Otra cosa, importante, que la situación requería de ellos era ser fiel a sus votos. Si habían decidido hacer algo tenían que ser consecuentes con ello. Si decidían por decidir se perderían en el bosque. Y Precisamente por esta razón se adentra el grupo entero en el lugar y no solo Yudisthira, el destronado emperador mundial, quien en un primer lugar propone adentrarse en las tierras de Kubera con los gemelos, los hermanos menores de la familia, y que su esposa se quedara acampando junto al segundo hermano, Bhīma, el hijo del viento.

-Ella no se quedará fuera del bosque porque también ha tomado la decisión de ir al encuentro de Arjuna. Y yo, he tomado el voto de protegerla allí donde vaya. Si no podemos usar nuestros carros para transitar estas montañas llenas de cuevas iremos a pie. Y si el terreno es demasiado escarpado yo la llevaré a cuestas. Esto es lo que he decidido. – Dijo Bhima.

Entonces Krishná (Kṛṣṇā), «la oscura», conocida también como Droupadi, rió y dijo: -Viajaré por mi cuenta, no os preocupéis por mí.

-Siendo fieles a nuestros votos podremos cruzar el monte Gandhamadana- dijo el guía -Hagámoslo juntos.

Es con esa actitud que los cuatro Pandava entraron en las tierras de Kubera, al encuentro de su hermano. Vieron tierras ricas en elefantes y plagadas de aves y tribus de cazadores que les saludaban al pasar.

-Oh Bhima, hijo del viento- dijo Yudisthira, el hermano mayor- Oh gemelos, oh Krishnā, hija del rey Drupada y descendiente del reino de Panchala, escuchad: No existe nada en los seres que sea realmente destruido. Al monte de Kubera no puede entrar nadie que no haya sido fiel a su palabra, ni nadie cruel o avaricioso, o que no haya calmado sus impulsos.

Así llegaron al monte Gandhamadana, al monte de aromas que desquician. Y vieron una nube de polvo elevarse, una masa de hojas secas y tierra que subía hacia el cielo como un muro. Y quedaron cubiertos por una tormenta violenta, de viento y lluvias torrenciales.

Su mirada quedó envuelta en oscuridad y había tanto viento, y polvo, que no podían comunicarse lo que pasaba por sus mentes. Ni siquiera podían verse unos a otros. Los golpeaban piedras y escuchaban troncos de árboles desgarrarse y espetar.

– ¿Se está cayendo el cielo? ¿Está quebrando la montaña? – Se preguntaba cada uno por separado. Seguían el camino tanteando con la mano y agarrándose a troncos de árboles, termiteros e incluso las rocas rotas en el suelo.

Abrazando fuerte a Krishnā, Bhima encontró refugio bajo las raíces de un árbol. El emperador destronado, Yudisthira, y el guía que los acompañaba, tuvieron que acurrucarse en el suelo en posición fetal y Sahadeva, uno de los gemelos, se sentó pegado a un montículo de tierra para proteger la llama del fuego sagrado, que él transportaba.

Cuando el viento se calmó cayó lluvia incesante de los cielos. La tierra se deshacía y ríos marrones, llenos de restos, fluía desde todas partes hacia el océano. Cuando la intensidad de la lluvia se calmó la tierra empezó a absorber el agua hacia sus profundidades. Y el sol reapareció.

Entonces, cuando volvieron a ponerse en ruta, Droupadi, Krishnā, la esposa de los cinco, se abrazó a sí misma y sus muslos temblaron y no fueron capaces de sostener su peso. Nakula, uno de los gemelos, fue el primero en verla desmayar y corrió a sostener la caída de su cuerpo.

La tristeza cayó sobre los hermanos como un coro sordo de seres invisibles. Ellos eran nobles y ella una princesa. Su vida debía transcurrir entre cojines bordados. ¿Qué vida le estaban dando a su esposa, que yacía cubierta de tierra en el suelo? ¿Y cómo habían llegado ellos a encontrarse a las puertas de ese apocalipsis inminente?

Los ascetas que viven en los bosques se acercaron al grupo y empezaron a entonar cantos de protección y cura. Bhima, el hijo del viento, estaba de rodillas.

-¿Papá?

Se escuchó en el aire.

-¡¿Papá?!

Era una voz gutural con la potencia del trueno.

-¿Qué haces aquí?

Era la voz de Gatotkacha, el hijo medio rakshasa de Bhima.

En un momento del Mahabharata, que ya ha sido reescrito en este blog, Bhima, el segundo hermano entre los Pandava, los hermanos protagonistas, se enamoró de una rakshasa, uno de los espíritus coléricos de la oscuridad, que se lo llevó durante años a volar y hacer el amor sin forma. De noche, siempre, porque esa es la hora de los espectros. De día, durante el horario propio de los humanos, Bhima vivía con sus hermanos, su madre y su esposa humana. De noche volvía con su amada del otro lado. El hijo que tuvieron se llamó Gatotkacha y fue uno de los seres más poderosos en la tierra, por ser hijo de un espíritu de la furia, una rakshasa, y Bhima, hijo de una reina humana con el dios del viento. Gatotkacha vivía y jugaba en el plano de los rakshasa, en las tierras de Kubera, a los pies del monte Gandhamadana, cuyas cimas conectan con los planetas de los Deva, los guardianes luminosos.

-¿Por qué habéis entrado en estas tierras? – rugió Gatotkacha. Y rió, feliz de encontrarse a su padre por sorpresa.

-Yo os puedo llevar a cuestas- se ofreció Gatotkacha -Os llevaré volando hacia la ermita de Badari, donde conversan Nara y Narayana. Allí estaréis seguros…

 

… Si quieres saber cómo continuarán las aventuras de los Pandava y qué pasará en la ermita de Badari, no te pierdas la próxima entrada dentro de quince días.

 

Esta entrada viene a responder la pregunta que me ha hecho, a raíz de la entrada pasada, una lectora del blog y seguidora de esta performance, quien ha hecho el voto de seguimiento de 12 años, sobre las condiciones que debían cumplir los Pandava para cruzar los bosques de Kubera.

Esta entrada está basada en un fragmento del Mahabharata recogido en Tirtha Yatra Parva 145, con la influencia de las casillas 15, 42 y 71 del juego de Lilah. El viaje por el simbolismo de las casillas del juego de Lilah, el azar y el destino, de este cuarto año de Respirar el Mahabharata, está pensado para desembocar en un taller basado en el juego de Lilah, que está programado para estrenarse el próximo 12 de Diciembre en la sala del colectivo CRA’P en Mollet del Vallès, Barcelona.

Sobre la sangre

He leído en el Mahabharata que el mundo es infinito. O esto me ha parecido entender, que el mundo existe siempre. La humanidad también. Pero la humanidad nace y muere, renace y se extingue, y vuelve a nacer. El mundo, por su lado, también. El mundo explota, se desintegra, se inunda, se quema y vuelve a brotar. Por esto no tiene fin. La muerte siempre existe y la vida también. Tiene sentido.

Levanto la cabeza y abro un momento los ojos, después los cierro y escucho el sonido que me atraviesa, y siento ese impulso en la barriga que me empuja a hacer, a respirar, a querer. Siento que existo. No sabría cómo explicarlo de otra manera. El universo existe, ahora. Y ahora es siempre.

Pero el mundo se destruye también. Lo veo. Lo sé. Sé que las personas esconden monstruos. Y una persona te puede salvar la vida. Lo sé.

Me siento como si caminara al borde de un precipicio. A cada paso veo una puerta retorcida y fea que lleva al infierno y a su vez siento que algo me llama; no sé ni qué es ni hacia dónde me atrae, pero lo siento en todo el cuerpo. El sendero por el que avanza este llamado sigue un curso que ni las almas más grandes de la tierra pueden entender. Esto también lo he leído en el Mahabharata. Y tiene sentido. Porque todos sabemos que vivimos pero ¿quién conoce las razones profundas de su vivir?¿Quién sabe, realmente, cuál es su destino y qué futuro le espera?¿Quién conoce los resultados que tendrán sus acciones?

En el Mahabharata leí, ya hace unos años, que vivimos en una era en la que nadie sabe lo que tiene que hacer. Y tiene sentido. Gastar dinero, viajar, cantar, quemar incienso, drogarme, arriesgar la vida, meditar, ayunos y excesos orgiásticos, fanatismo, cinismo, la arrogancia y la duda, ¿dónde me han llevado? Al mismo sitio. A la vida. Y esta vida sigue empujando, hacia el mismo lugar desconocido. El enigma sigue siendo el mismo.

Pero en el Mahabharata he leído, también, que hubo una era en la que quedaban en el mundo personas que sí sabían lo que se tenía que hacer. Pero esa era pasó. Aquellas grandes personas son hoy cenizas y solamente nos queda su leyenda. Y lo que catalizó la caída de aquella era mejor fue la humillación de una mujer.

Ella fue la esposa del emperador del mundo, que era justo y sincero. La llaman, en el Mahabharata, por el nombre de su linaje: Draupadi, hija del rey Drupada, o Pancali: la que viene del reino de Pancala. Cuando la leyenda quiere ser más personal la llama Krishnā, la oscura. Por el color de su piel, y quién sabe si por algo más.

Ella era todavía emperadora del mundo cuando fue arrastrada por su larga cabellera negra con tonos azulados hacia el centro de una asamblea de hombres. Vestida con una sola tela fina, manchada por su menstruación. Y aun así, parecía un león rodeado de gacelas. Su mirada era la que más miedo causaba en aquella sala.

Su esposo, el emperador, se acababa de jugar todo su reino (el mundo) en aquella misma sala, minutos antes de que la hubieran forzado a entrar. El emperador del mundo se jugó a sus hermanos, apostando, y a sí mismo. Y perdió. Después sus contrincantes le instigaron para jugarse a su esposa.

-¿Si se perdió a sí mismo, de quién era señor cuando me apostó a mí?

¿A quién perdió antes el emperador, a sí mismo o a mí? preguntó Krishnā, la oscura, hija del rey Drupada, nacida en el reino de Pancala. Y nadie supo responder con propiedad.

Hubieron voces en la sala -cuenta el Mahabharata-, idas y venidas, promesas y amenazas; y se desencadenó una guerra, como nunca se había visto. Y murió el conocimiento de lo correcto. Pero la pregunta nunca fue contestada. Sigue abierta, como un acertijo que contiene la llave a la comprensión de esta fuerza que nos sigue empujando hacia la vida. Tal vez la llave para comprender esta sangre de humillados, estafadores, santos y asesinos que corre por nuestras venas humanas.

Esta entrada, está basada en la descripción de la apuesta de Yudisthira con su tío Shakuni en  en el fragamento llamado Dyuta Parva del Mahabharata.

En este cuarto año de Respirar el Mahabharata estoy basando el desarrolla del cuarto espectáculo en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada contrasto un fragmento del Mahabharata con tres casillas del tablero y después de 15 días de reflexión sobre ello comparto el escrito resultante. Así, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 41, 43 y 19.

Esta entrada también está influenciada por el reto que me propuso Jorge Ariza, de escribir sobre la relación entre voto y espacio sagrado.

El centro de todos los mundos

Hubo un tiempo,
en el que rechazaba mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas,
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba para los peregrinos,
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el amor.
Da igual a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.

El corazón de este poeta medieval tiene seis caras. Como un cubo. En la primera cara pastan las gacelas, en la segunda se busca en silencio la vía hacia el cielo, en la tercera se traen ofrendas a las mil caras de la divinidad, hacia la cuarta dirige todo el planeta plegarias, en la quinta se guardan las letras del misterio insondable y en la sexta la revelación de Gabriel. El corazón de Ibn Arabi tiene seis caras, como un dado.
La mano del jugador lanza el dado y el cuerpo del jugador mueve el brazo que lanza el dado. La fuerza vital del jugador mueve su cuerpo y esa fuerza vital vive del alimento y el aire que brotan del mundo. El jugador se sostiene en el mundo y el mundo en el universo. El universo es todo y es el universo quien lanza el dado, mediante el jugador.
Lo que mueve el universo es su corazón.
El corazón es un órgano que recibe y manda vida, en términos materiales. En términos alegóricos corazón significa centro. El corazón del universo, el corazón de una enseñanza, es el centro; la esencia.
Si algo une las seis caras del corazón del poeta es que todas se refieren a lo sagrado; desde de la sagrada naturaleza, jardín de vida, a la sagrada revelación. Lo sagrado es lo que une al universo. En lo sagrado se encuentra la humanidad. En el interior del corazón tenemos todos el mismo acceso a la vida, la misma entrada al universo.
El monarca sentado en un trono con joyas y marfil incrustado tiene un corazón y el ermitaño sentado sobre una roca tiene un corazón.
El monarca ungido con sándalo tiene un corazón y el mendigo cubierto de barro tiene un corazón. Quien viste caras telas de seda tiene un corazón y quien viste harapos tiene un corazón.
El rey reparte comidas con todo tipo de sabor por la generosidad de su corazón y cada uno de los comensales tiene un corazón. Cada uno de los cocineros, con sus pendientes relucientes, tiene un corazón. El guerrero que conquista reyes, dioses y serpientes tiene un corazón. Los derrotados tienen un corazón.
Cuando todas las caras del cubo están conectadas el corazón es uno. La furia los separa. La rabia le fue entregada a la humanidad para la destrucción del mundo. Los que están confundidos creen que la rabia es energía, pero quien está sobrellevado por la rabia difícilmente podrá mostrar su verdadero poder cuando el momento lo requiera.
El ser humano puede encontrar su auténtica energía cuando no está atado a la rabia. La rabia bloquea el perdón y sin el perdón no habrá paz entre la gente. El nacimiento de cada ser depende de la conciliación. Es a causa de que existan personas con capacidad de conciliación que los seres siguen naciendo y continúa la existencia.
La conciliación es la luz del conocimiento. Todos los textos sagrados nacen de una conciliación profunda con la realidad. Quien comprenda esto podrá conciliarse con el funcionamiento del mundo. La conciliación es la expansión universal hacia todas las direcciones. La conciliación es la verdad, la conciliación es el pasado y el futuro. Todo ascetismo es conciliación. La conciliación es pureza. La conciliación sostiene el cosmos. Los que pueden llegar a la conciliación son los que comprenden el mundo y el sentido de los ritos. La conciliación es la verdadera energía. La conciliación es la verdad de los que son sinceros. La conciliación es generosidad. La conciliación es fama. La conciliación es la única vía hacia el corazón. El corazón es la vía hacia el brazo que lanza los dados del destino. La conciliación une a todas las facetas de la vida y convierte cada instante en una puerta abierta hacia el mundo.

***

Esta entrada es una reflexión sobre la discusión que tiene Yudisthira con su esposa Draupadi y su hermano Bhima en el desierto.  El debate gira entorno a la palabra sánscrita Kṣamā, que suele traducirse por perdón o paciencia y, por el contexto y la etimología de la palabra, traduzco como conciliación o perdón. El último párrafo del texto está basado en el discurso del sabio Kashyapa sobre Kṣamā, que Yudisthira cita a sus opositores, en Kairata Parva 27 a 31.

 

 

Sabhā

La arqueología, y la historia, son disciplinas que caminan de la mano del mito.
El arqueólogo reúne restos de objetos cotidianos, esqueletos, armas, telas, y analiza el tipo de desgaste que han sufrido. El historiador, cuando puede, reúne escritos que hayan sobrevivido de la misma época, o pinturas, esculturas o joyas, y juntos -el historiador y el arqueólogo- componen una historia: Si estos antepasados se desgastaron así es porque comieron de esta manera; y si comían así es porque su economía sería esta, y su economía era esta porque creían en tales y tales cosas.
El cuento que componemos los que estudiamos el pasado es nuestra manera de habitar lo desconocido. Porque, al final, muchos cuentos son una proyección de la sombra del narrador. A menudo nos contamos nuestros miedos y nuestras esperanzas.
Uno de los mitos históricos que nos gusta contar, y escuchar, es el de la evolución de la cultura a lo largo de los siglos como si fuera análoga a la maduración de un ser humano. Desde los tanteos y balbuceos de la prehistoria, seguida de una infancia animista y supersticiosa, pasando por la temible adolescencia, feudal y fanática, hasta llegar a la juventud tecno-materialista.
Un mito creado, según algunos, a lo largo del siglo XIX, en Europa, para justificar el colonialismo. Pero esta última interpretación no deja de ser, a fin de cuentas, otro mito. Un cuento más.
Un cuento bonito, y relacionado con esta visión de la cultura como una evolución personal, es el de los hombres prehistóricos caminando encorvados, sin asear, vestidos con pellejos mal atados y gruñéndose unos a otros con agresividad. Esto se interpreta así porque estos ancestros nos han dejado pocos objetos materiales y se interpreta que la humanidad madura; desde una semi bestialidad simiesca a la postura erguida del dentista. Pero, también puede ser, que las vestimentas que se han desintegrado con el paso de los milenios fueran elegantes y bellos tejidos de tonos blancos y cenefas doradas. Y puede ser que estos ancestros, antes de acurrucarse acostados en cuevas, vivieran en bellas construcciones de madera tallada – hoy desaparecidas. En el Mahabharata, por ejemplo, se cuenta que cuando los nobles deseaban reunirse permitían primero que los astrólogos eligieran el lugar y, en el momento apropiado, se construía con ayuda de los arquitectos, carpinteros y escultores, una amplia y ornamentada cabaña de madera en la que cabían decenas de personas. Cabañas que incluían en su interior, como ornamentación, incluso pequeños y delicados jardines con estanques, poblados de peces.
Cuando terminaba la reunión, que podía durar semanas, el séquito de músicos, bailarines y luchadores de exhibición se retiraban y se desmantelaba la cabaña sin dejar ningún residuo.
¿Y si nuestros antepasados prehistóricos caminaban erguidos, aseados y peinados, y hablaban sobre Dharma, el orden y sentido del universo, entre ellos, pero gruñían más bien poco?
Yudisthira, el mayor entre los Pandava, rey del orden (Dharmarāja), es un gran gobernador, rey de reyes, quien recibe en su sabhā (cabaña de reunión) a Narada, un misterioso y respetado místico, quien abre frente al rey su percepción sutil y permite que Pandu, el difunto padre del rey Yudisthira, hable por su boca desde las tierras del humo, donde viven los ancestros que ya han abandonado la tierra:
-Hijo, estás preparado para organizar el sacrificio de los reyes (rājasūya). Puedes conquistar la tierra; tus hermanos te apoyan. Realiza el gran sacrificio de los reyes y alcanzarás le Sabhā de Indra (el lugar de reunión de Indra), el rey de los dioses. Su sala de reuniones es luminosa como el sol. Tiene mil millas de ancho y diez mil quinientas millas de longitud. Tiene cincuenta millas de altura y puede volar como una nube. Tiene muchas habitaciones y asientos; es preciosa y está adornada con árboles celestiales. En el centro podrás ver al rey de los dioses Indra junto a su esposa Indrani, quien a la vez es Shri y Lakshmi; lleva corona y aros rojos en los brazos. Es adorado por los magos (sidhas) y brillantes espíritus de las tormentas (maruts). Todos los dioses le rinden allí respeto; las aguas divinas y las yerbas, la fe misma, la sabiduría, las nubes cargadas de lluvia, los vientos, el trueno, las estrellas y los planetas , los himnos sagrados se reúnen también a su alrededor. Las ninfas y los músicos celestiales bailan y cantan, entretienen a Indra con himnos y rituales. Los grandes reyes del pasado se reúnen allí con carros flamantes de distintos tipos, adornados con guirnaldas, igual que los místicos de los orígenes, quienes visitan la sabhā del rey de los dioses en carros como la luna.
Más allá de esta sabhā estaría solo la sabhā de Brahmā, el creador, el abuelo y pastor de la luz. Esta ya es mucho más difícil de describir porque cambia continuamente de forma. No se pueden conocer sus dimensiones. No es ni fría ni calurosa. En el momento en el que uno entra en ella desaparece todo hambre y fatiga. No la sostienen pilares, no se descompone y brilla más que la luna, el sol o la cresta del fuego. Allí se sienta el abuelo de los mundos quién, con el poder de las apariencias, él solo, crea continuamente a todos los seres.
Con el se reúnen todos los místicos, la energía, el cielo, el conocimiento, la mente, el viento, el agua, la tierra, el sonido, el tacto, la forma, el sabor y el olfato, la raíz de la creación en el mundo, la luna con las constelaciones, el sol y sus rayos, las estaciones, la resolución y el aliento. Muchos más, demasiado numerosos para nombrar, se reúnen allí con él, que se auto-crea – el orden, el deseo, la dicha el odio, el ascetismo y el auto-control. Los mantra, los textos sagrados, todos los ancestros, la copa de la inmortalidad, por no hablar de todos los dioses y todas las lenguas. La perseverancia, el estudio, la sabiduría y la inteligencia, la fama, el perdón, los himnos de alabanza, sus comentarios y las contra argumentaciones en forma corpórea. Los minutos, segundos y horas están allí con él; el día, las noches, los crepúsculos, meses, estaciones, años y eones; toda la rueda del tiempo, que es eterna e indestructible. Los demonios, los duendes, los titanes, las aves, las serpientes y los animales. Todos adoran al gran abuelo; Dios mismo lo adora allí en su sabhā, que está llena de valakilyas, místicos luminosos y minúsculos como brasas que flotan en el aire. Están los nacidos de útero y los que no lo son. Todos bajan sus cabezas ante el ilustre e inmensamente inteligente Brahmā, el abuelo de los mundos, que se crea a sí mismo y es inmensamente radiante y bondadoso hacia todos los seres, el alma del universo.
Oh hijo, tú puedes alcanzar estos mundos con tu sacrificio, además de conquistar toda la tierra, pero se dice que esta ceremonia esta plagada de obstáculos. Místicos melifluos (brahma rakshasas), destructores de sacrificios, están al acecho de brechas en el ritual. Una guerra lo puede seguir, llevando a una gran destrucción. ¡Oh señor de los reyes! Reflexiona sobre esto y haz lo que sea bueno para ti.

Fuentes:
Mahābhārata, sabhā parva, 7-11
Dardo Scavino, Las fuentes de la juventud, Genealogía de una devoción moderna, 2015

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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