Manifiesto del séptimo año: Aceptar lo desconocido

Cuando empecé el voto de dedicar 12 años a preparar una narración digna del Mahābhārata me motivaban, principalment, dos cosas: Una, la convicción de la importancia de defender los encuentros de narración oral en el siglo XXI. Influenciado, sobre todo, por un artículo de Walter Benjamin traducido al castellano como El narrador, donde el autor define de una manera precisa la diferencia entre:

 a) información (ej.: Se está quemando un edificio en el barrio), que tiene una utilidad inmediata y puntual – Esta misma información no tendrá la misma relevancia en un futuro cercano, cuando haya terminado el fuego y el edificio haya sido rehabilitado.

b) la novela, donde la voz del autor conduce las emociones y pensamientos el lector para hacerle partícipe de una visión del mundo personal y aislada.

c) la narración como acto social, donde el narrador comparte algo que ha visto u oído. El narrador comparte una experiencia traída de viajes lejanos o de recuerdos secretos de la comunidad, exenta de análisis e interpretaciones psicológicas, para compartir con la comunidad la maravilla y el debate sobre las misteriosas manifestaciones de la vida.

La narración, para que sea tal, no debería determinar sino abrir posibilidades, y preguntas. La narración tiene sentido en el encuentro con el otro, en el debate y, en mi opinión, sobre todo, en los silencios compartidos. Y aquí entra mi segunda motivación: El encuentro con el Mahābhārata.

Cuando digo Mahābhārata me refiero a toda la tradición de narración india, extendida a gran parte de Asia del sur. Quiero decir también Ramayana y Purana, o toda recopilación de historias incluida en esa tradición, que contiene ese tesoro invaluable en su interior, que tanta maravilla y asombro produce.

Hay muchas maneras de hablar de este tesoro, cada año me encuentro describiéndolo de una manera distinta. En este séptimo año del voto de narrar el Mahābhārata en 12 años lo describiría como la consciencia de la palabra como resonancia.

Se me ocurre, para describir esta frase que acabo de escribir, tomar prestado algo de la teoría musical indostaní. En esta tradición los músicos improvisan tocando con la mayor precisión posible determinadas notas escogidas. La combinación de las notas elegidas para la ocasión producirá una resonancia, que emitirá el sonido común de la escala seleccionada. Existe una lista de escalas (llamadas raga), y cada raga tiene su sonido. Eso es, un solo sonido, que se produce con la combinación de unas notas determinadas. Porque si tocamos una nota sin esperar a que la anterior desaparezca en el silencio, el sonido de las dos se funde en uno solo. La combinación de todas las notas de un raga forma un solo sonido, pero no solo esto, sino que el sonido de un raga se entiende como una entidad viviente. Tocar bien un raga es invocarlo, y el raga se hace presente con el sonido.

Para que los músicos conozcan el raga, para que aprendan a reconocer su presencia, esta tradición artística ha desarrollado estrofas meditativas (dhyánas, de nombre) que describen con palabras el sonido de un raga determinado. Por ejemplo, el raga llamado Todi: “La heroína camina sola con su vina (instrumento de cuerda) en la mano, entre los árboles del bosque, rodeada de las gacelas, a las que ha cautivado con su música” o “con el cuerpo delgado, jazmines frescos brillantes y las extremidades uncidas con alcanfor de Kashmir, rechazando una gacela en el límite de un claro del bosque, sosteniendo una vina, brilla Todi” y “su cuerpo delgado brilla como la escarcha, o la flor de jazmín, y está untado con pasta de sándalo y alcanfor; cautiva las gacelas en el bosque con su vina, así es Todi[i]. El sonido de este raga es el de la mañana, se describe de esta manera y se toca así, como así, así o así.

Esta concepción de la palabra como evocación, de algo real, que se hace presente cada vez que se describe, pero no se puede terminar de describir ni aprehender por ningún sentido, es la misma que la del Mahābhārata. A esto me refiero con la palabra como resonancia. Las historias del Mahābhārata son reales, pero hablan de un sonido, o un color, o un sabor, o una sensación: de algo cuya presencia se evoca con la narración, pero no puede ser asido conceptualmente, ni refutado, ni definido, porque los argumentos se disuelven en ello como burbujas de jabón en el agua. Y lo maravilloso es que los mismos narradores originales del Mahābhārata eran conscientes de ello mientras lo transmitían.

No digo que en el primer año del voto (2016) yo hubiera descrito esto con las mismas palabras que uso ahora, pero esta maravilla era lo que me motivaba a proponer este voto de narración. Ahora bien, soltarse realmente a esta conciencia de la palabra como evocación de algo no terminado, indefinible e inconcebible, implica abrirse a lo desconocido, y esto no siempre es fácil.

En los encuentros de narración me gusta decir que cuando más aprendo del Mahābhārata menos me parece que lo conozco, pero aunque lo proclame con alegría, y admiración, no quiere decir que siempre lo disfrute. El encuentro con lo desconocido puede producir una gran angustia. La sensación de estar caminando por un terreno ignoto, después de siete años, me ha sobrepasado en estos últimos diez o doce meses. Por miedo a lo desconocido me he agarrado a interpretaciones literalistas del texto y me he angustiado cuestionando si tenía sentido narrar el Mahābhārata a pesar de no ser hindú, ni haber nacido en la India.

He compartido esta duda con expertos en el tema, de origen hindú o no, y he leído estudios sobre nacionalismo, mito hindú e identidad, pero no puedo decir que he llegado a ninguna conclusión¡. Lo único que puedo decir , y este es el manifiesto de este séptimo año, es que siento que me he enredado excesivamente en la interpretación de la historia, o en eso que Walter Benjamin decía que no formaba parte de la narración. Porque el Mahābhārata es una narración, y lo que evoca es un campo en el que podemos encontrarnos tod@s. Este campo es el campo de lo desconocido; el campo abierto en el que los caminos desaparecen como olas en el mar. Más que un mapa, programa o esquema, lo que propone el Mahābhārata es una evocación, como un plano onírico multicolor que se modifica ante la mirada, pero no deja de apuntar a la realidad. Este gran desconocido puede asustar, cuando estás solo. Por eso es tan importante la compañía. Por eso es tan importante el encuentro presencial, la narración en grupo. Las siete mil páginas del Mahābhārata, leídas en soledad, como una novela, pueden angustiar, pero narrar su historia en grupo es evocar junt@s nuestra realidad compartida. Aquello en lo que se disuelven las palabras y los conceptos, que paradójicamente se evoca con sonidos, colores, sensaciones, sabores y aromas, pero está más allá de ellos.

El manifiesto de este séptimo año es una defensa de lo desconocido. No olvidemos que, en última instancia, no sabemos nunca de qué estamos hablando, pero escuchando nos encontramos.

Por esto te invito a venir, escuchar y opinar, en la narración de este séptimo año de Respirar el Mahābhārata. Volver a los orígenes significa para mí volver a narrar el argumento entero del Mahabharata sin más artificios que la luz de las velas.

Volver a los orígenes es volver a la sala de CRA’P, que es el lugar donde más versiones de la narración del Mahābhārata he estrenado y presentado.

Dado que este año el día 12 cae en lunes, haremos la narración el domingo 11 por la tarde. Cada participante recibirá una vela que podrá encender el día 12. El domingo narraré el Mahābhārata, y hablaré de la participación de Krishna, teniendo en cuenta lo desconocido, que se abre entre las palabras. El ritmo será pausado, habrá tiempo para descansar, tomar té y meditar, porque el objetivo es compartir el espacio, el tiempo y lo desconocido.

Para inscripción en información: info@cra-p.org


[i] Citado por Klaus Ebeling en Ragamala Painting, Ravi Kumar, Basel, Paris, New Delhi, 1972, pp.122 Y 128

Escuchar al planeta

En esta entrada he querido compartir la última entrevista que tenía grabada para la serie de entradas que respondían de ¿Qué es la repetición, y qué es una experiencia? Pero lo extraño es que he perdido tanto el fichero de audio de la grabación como la transcripción que ya hice de ella en la libreta que uso para escribir estas entradas.

No puedo repetir las palabras exactas que se dijeron, pero un recuerdo que me queda de aquél encuentro es que fue a la orilla del mar, y cuando escuchaba la grabación se oía de fondo el sonido repetitivo de las olas disolviéndose sobre la orilla. Lo cual me recuerda que las palabras son una parte del sonido del mundo, o el sonido de la naturaleza. Los compartimientos que las palabras abren, dividen y reorganizan en nuestra mente son uno de sus efectos, pero en un plano más general las palabras son sonido, como el de los truenos o el de las olas del mar llegando a la playa.

Durante el catorceavo día de la horrenda batalla de Kurukshetra, el guerrero Arjuna estaba furioso y ansioso por matar al enemigo que acababa de acorralar y asesinar a su hijo. Arjuna disparaba cientos de flechas hacia el elefante que cabalgaba el rey Jayadratha; una de ellas atravesó la barriga de un ave que sobrevolaba el lugar, de manera que cayeron de ella cuatro huevos.

La tierra cubierta de sangre sostuvo la caída de los huevos con esponjosidad, de manera que los cuatro se salvaron. Después otra flecha de Arjuna cortó la cuerda que sostenía una enorme campana colgando del cuello del elefante de combate de Jaydratha. Esa campana cayó sobre los huevos, cubriéndolos, y los protegió durante lo que quedaban de aquella cruda batalla.

Cuando todo terminó, un asceta peregrino se acercó al campo de batalla para hacer las ceremonias de defunción a los cuerpos que yacían en el suelo. El sabio oyó el piar de los cuatro polluelos dentro de la campana, y los liberó.

Años más tarde el sabio Jamini se cruzó con los mismos polluelos, ya convertidos en grandes aves, y pudo reconocer en su canto enseñanzas sobre lo que oyeron aquellas aves en el campo de batalla; en Kurukshetra. Escuchó el canto de las decisiones de los últimos guerreros de la era anterior; el canto de Krishna, el sostén de la realidad; el canto de la despedida de la humanidad anterior, y el canto del nacimiento de nuestra era.

¿Y quién sabe cuántos pájaros más aprendieron aquel canto, y cuántos lo siguen repitiendo? Los recuerdos no están necesariamente relacionados a un solo sentido. Podemos olvidar la cara de alguien, pero recordar su olor, o olvidar las palabras de alguien, pero recordar la sensación que nos dejaron.

Hay muchas maneras de recordar nuestro origen. El Mahābhārata apunta hacia él, pero no solo con las palabras sino también con lo que resuena entre ellas.

Y esta es la última entrada del séptimo año de Respirar el Mahābhārata. La próxima será el manifiesto, con el que termino cada año, y el día 12 de Diciembre tendremos el ritual de narración anual.

Este año el día 12 de Diciembre es lunes, así que hemos decidido hacer un encuentro de narración el domingo 11 de Diciembre, de 16.00 a 20.00 aproximadamente, que dará pie a un cierre ritual que haré en privado, y podrá hacer cada uno de los participantes del encuentro, en algún momento durante el lunes 12 de Diciembre.

Este año volveremos a las raíces del proyecto, y narraré el Mahābhārata de principio a fin, con mención especial de Krishna y la Bhagavad Gita. El ritmo será pausado, habrán espacios para descansar, una meditación, y un círculo de debate. Este es el año en el que uso menos artificios de los siete; todo se reducirá a la narración y a la presencia. Al encuentro humano. Espero que puedas venir.

Dirección: CRA’P Carrer d’Anselm Clavé, 67, 3r, 08100 Mollet del Vallès, Barcelona

Machismo y tradición

Este blog está dedicado al Mahabharata, y el Mahabharata es una historia arcana, que trata de una guerra, así que hablemos, pues, de enfrentamientos, y feminismo.

En esta entrada voy a hablar de un triángulo que se compone de Mahābhārata, el yo lector, y feminismo. Porque es un tema que aparece a menudo y que me parece actual, e importante. Y, además, este tema sirve para continuar con la línea que comenzó en la entrada anterior, que es la indagación en la esencia de la fe.

Empecemos por el feminismo. No me veo capacitado para dar una definición del feminismo porque sé que hay varias maneras posibles de hacerlo, pero puedo apoyarme en este pie del triángulo que acabo de mencionar en el párrafo anterior, que es el yo sujeto que opina y elige: Entiendo el feminismo en sus variadas expresiones como el pedido de un cambio en las relaciones personales, sociales, políticas y económicas; y un cambio en nuestra relación con el poder. Antes que definir a un feminismo en tanto a objeto, es suficiente tener en cuenta que hay una parte de la sociedad que no se siente cómoda con una manera nuestra de funcionar. Para mí esto, en sí, me basta para prestar atención al pedido, y por esto me sigue sorprendiendo la respuesta que ofrecen los también variados movimientos anti-feministas, que optan por descartar estos pedidos a priori, usando argumentos sofistas y tergiversaciones. Es una opción que no tiene sentido, porque cuando alguien está expresando malestar, incluso dolor, la única opción es escuchar sus necesidades e intentar ver qué se puede hacer al respecto. ¿Qué sentido tiene ignorar el sufrimiento de nadie? El desprecio no lo hará desaparecer.

Y volviendo al Mahābhārata, pero sin dejar de lado el tema del feminismo, quiero mencionar una historia que se recoge en un apéndice a la obra llamado Hari Vamsha, que recoge las historias de la infancia y juventud de Krishna, quien es un avatar divino, o un nacimiento humano de la divinidad en la dimensión terrenal. Porque Krishna creció escondido en un bosque, creció y reclamó su lugar como noble, y participó en la guerra total de la que habla el Mahābhārata, provocando la victoria de sus favoritos, pero también la destrucción de todos los guerreros de la tierra. Porque las acciones de Krishna fueron un misterio, enraizadas tanto en la luz como en la oscuridad, o más allá de ambas. ¿O acaso alguien cree que puede entender a la razón de ser de todas las cosas?

Krishna fue ambiguo en la guerra, incomprensible, en ocasiones; tanto como lo fue en sus juegos de juventud.

Cuando Krishna vivía en el bosque tocaba la flauta de noche y todas las campesinas abandonaban sus hogares para buscarlo en la oscuridad, hasta encontrar entre los árboles la fuente de aquel sonido hipnótico. Y entonces bailaban a su alrededor, y cada una se sentía que Krishna tocaba solo para ella, igual que todas sentimos una relación especial con la vida, y el mundo, y todo lo que hay.

De día, las campesinas se sentían enamoradas de Krishna, y compartían entre ellas su admiración. Así fue que, en una ocasión, cuando las jóvenes del poblado se estaban bañando juntas en el río, hablaban de cómo se iban a preparar para el encuentro nocturno con Krishna: una contaba sus métodos para producir maquillaje atractivo de los pigmentos naturales de su entorno, otra hablaba de la combinación de aromas de las flores que iba a elegir para ponerse en el pelo, y así sucesivamente. Pero, de repente, las chicas se dieron cuenta de que sus ropas habían desaparecido y ya no las esperaban en la orilla.

Es extraño, porque estaban lejos de la corriente, y no hay viento”, se decían entre ellas las campesinas, cuando escucharon juntas la risa de Krishna encima de su cabeza.

El atractivo, deseado y amado compañero, de quien estaban hablando juntas, y a quien cada una anhelaba para sí en secreto, se había llevado sus ropas a escondidas, y ahora las provocaba desde una rama diciéndoles que nos se las devolvería. La única manera de recuperar sus ropas, les decía Krishna, era salir del agua desnudas y postrarse ante él con las manos en el corazón.

Namasté: te reconozco y te saludo, alma suprema. Mi alma se refleja en la tuya, sin florituras innecesarias, desde el fondo del corazón hasta el fondo del universo. Mi alma se entrega desnuda: Esta historia tiene una lectura mística y transgresora, como la enseñanza de Krishna a su compañero Arjuna en medio de la batalla: una hoja, o un poco de agua, ofrecidos con sinceridad, me agradan más que los rituales más complejos.

Como almas místicas, las campesinas desean llegar a Krishna, encarnación de la divinidad, mediante la belleza de sus ritos, preparaciones y ceremonias, pero lo que él les pide es sinceridad, o “desnudez”. Pero, aparte de esta lectura mística, lo que me he encontrado más de una vez es que esta historia despierta polémica cuando la cuento en público. Porque antes que un acto de sinceridad interna, o de entrega a la fe, por parte de las campesinas, lo que se ve es un acto abusivo por parte de Krishna. Porque, como me dijo una persona muy cercana en una conversación sobre el tema:

Si no hemos sido nosotras mismas, todas conocemos a alguna mujer que, en algún momento, ha tenido que quedarse expuesta, e incluso desnuda y no por propia voluntad, ante un hombre. Entiendo que la asociación que despierta esta historia pueda ser negativa.

Son leyendas que representan un momento de la historia”, oigo a menudo; porque “expresan una visión patriarcal del mundo”. Y a mí, como decía al inicio de este escrito, me parece importante escuchar las necesidades del otro. En este séptimo año de respirar el Mahābhārata me he planteado romper el voto de 12 años, y dejar de narrar estas historias, pensando en la posibilidad de estar difundiendo ideas chovinistas y enfoques jerárquicos, impositivos, y abusivos de la espiritualidad. Porque no creo en el orgullo, ni en la sensación de superioridad de nadie sobre nadie. Ni creo que el abuso se puede justificar de ninguna manera. Pero no he roto el voto, porque sigo teniendo fe en estas historias.

Así que, volviendo al tema de la fe, y la redención a la que llegó la terrible historia del rey Harischandra, que terminé de contar en la entrada anterior, siento que si Krishna nos recuerda la liberación, esta se puede encontrar en cualquier lugar, también en el mayor de los sufrimientos.

Una historia oral no dicta una manera de pensar, sino que abre un ágora atemporal, en la que varias generaciones pueden encontrarse para debatir y reconsiderar su lugar en el mundo. No creo que la historia de la guerra del Mahābhārata, o de los juegos abusivos de Krishna, prediquen copiar sus formas externas. Lo que proponen es mucho más abierto.

La pregunta que estos debates me llevan a hacerme es ¿Por qué me parecen tan significativas estas historias, sabiendo que no comulgo con un aparente mensaje abusivo? Y no creo que pueda responder todo esto en este escrito, pero como un primer acercamiento se me ocurre empezar escuchándome a mí mismo, y preguntarme sinceramente cómo me enamoré tan profundamente de ellas. Y yo diría que una de las razones fue sentir que no estaban cerradas a ningún aspecto de la realidad. Que como historias de fe, y de redención, hablan sin tapujos de la guerra, de la crueldad, y de la sexualidad en todas sus facetas. Y en todos estos matices está Krishna; no porque promulgue lo orgiástico, la crueldad o la violencia, sino porque la puerta de la redención nunca se cierra. En el cementerio, como Harischandra y su esposa Shaivya llorando su hijo muerto, en la guerra, y en el abuso, hay una salida. Parece incluso irreverente decirlo, o insensible, pero es necesario. También para quienes queremos vivir para que el mundo sea más justo, es importante recordar que el cambio no depende solo de nosotros, y que la salida siempre es posible, tanto si pensamos que sabemos cómo alcanzarla como si no, no depende solamente de nosotros. Es importante, porque si pensamos que la solución a los problemas de la humanidad, como la guerra y el machismo, depende solo de nosotros, caemos en el fanatismo o en la depresión. Y hay algo más, que nos excede, que es lo único que nos salvará. Lo que nos pide, probablemente, es que seamos sinceros y sepamos escucharnos de verdad, a nosotros y a los demás.

No te pierdas la próxima entrada, donde continuaremos este tema con la pregunta de ¿Cómo se escucha al planeta?, partiendo de un ejemplo del Mahabharata

Y recuerdo que se está acercando el 12 de Diciembre, la fecha en la que se estrena el próximo capítulo de la narración de 12 años del Mahabharata. Este año el 12 de Diciembre cae en la lunes, así que haré el estreno el domingo 11 de Diciembre por la tarde, con una narración meditativa nueva, que tendrá un carácter ritual y culminará con un acto ritual que realizaré el 12 de Diciembre solo.

Si quieres asistir al estreno de la próxima narración, que es el resultado de todo este séptimo año de crisis y vuelta a las raíces de la motivación original de este voto, puedes guardarte la tarde del domingo 11 de Diciembre. Iré compartiendo más información a medida que se acerque la fecha.

Sobre la fe, primer acercamiento

Una experiencia es algo que no se puede compartir. Aunque pueda enumerar los eventos que me llevaron a vivir una experiencia, o pueda describir las sensaciones que tuve, o, incluso, reproducir las condiciones que me llevaron a esa experiencia, la experiencia en sí seguirá siendo personal, interior, intransferible e incomunicable. La experiencia está enraizada en el misterio de la subjetividad. Las condiciones externas son objetivas, pero la vivencia interior que producirán estas condiciones será subjetiva.

En las últimas entradas de este blog he venido compartiendo las respuestas que varias personas han dado a la pregunta de qué es la repetición, y qué es una experiencia. Mi interés en esta cuestión nació de la lectura diaria de la parte central del Mahābhārata, en la que se repiten, durante cientos de páginas, descripciones casi idénticas de los detalles de la batalla de Kurukshetra. Es fascinante la extensión de este fragmento; y hasta donde yo sé es un caso único en la historia. Si alguien recitara el texto de la batalla del Mahābhārata podríamos estar horas escuchando, en repetición, gestos bélicos parecidos. Quizá 18 horas, como los 18 días que duró la batalla. Y es por lo exageradamente grande que es la extensión de este fragmento, y lo exageradamente repetitivo que es, que siento que hay detrás una intencionalidad. Como si la repetición nos llevara a una experiencia personal e intransferible, que nos puede llevar a cuestionarnos el sentido de la repetición.

Repetir algo es poner atención. Porque, dependiendo de como se vea, todo lo que existe es repetición. Si lo pensamos, tanto los procesos cósmicos como los gestos, los patrones de conducta, los ciclos biológicos, botánicos y meteorológicos son todos repetición continua. Cada gesto que hagamos será la repetición de algo que ya hemos hecho anteriormente. La diferencia, es que cuando queremos repetir algo voluntariamente hacemos un esfuerzo de atención. La diferencia no está en repetir o no, sino en repetir con o sin consciencia. Como contó Pelva Naik hace unos meses: «La repetición es continuación (…), solo por repetición algo puede evolucionar. La evolución pasa en la repetición; es inherente a ella«. Y la experiencia, pienso, sería la vivencia interna de la evolución.

Eso que llamamos “yo” es una repetición de procesos biológicos y mentales con los que la consciencia se identifica. Por ejemplo, cuando dormimos no siempre somos conscientes de ser “nosotros”, y sin embargo hay un cuerpo que sigue repitiendo funciones, en el cual despierta por la mañana la consciencia de ser “yo que despierto”. Hay cosas que hacemos, pero nos decimos “no parecía yo” y en cambio otras con las que nos gusta identificarnos y decimos: “yo soy así”. Este tipo de consciencia subjetiva (“yo soy”) florece en medio de la repetición y está relacionada con la experiencia, porque la experiencia es subjetiva.

Esta es mi respuesta a la pregunta ¿qué es la repetición, y qué es la experiencia? Me queda en el archivo una última respuesta, que me dieron dos personas muy sabias; espero poderla compartir pronto, pero quiero dar hoy la mía, para cerrar la historia del rey Harischandra, que se ha venido contando en las últimas entradas. Al final de este escrito volveré a hablar de la batalla del Mahābhārata:

El rey Harischandra estaba sufriendo penurias a causa del mago llamado Vishvamitra, quien estaba poniendo a prueba su voluntad. Después de haber perdido su reino, la esposa de Harischandra y su hijo habían pasado a vivir como sirvientes de Vishvamitra, y él, el propio rey, estaba sirviendo al dios del Dharma (sin saberlo) como carroñero, recogiendo restos de cadáveres en el crematorio.

Para colmo, el hijo del rey y la reina murió, mordido por una serpiente enviada por Vishvamitra. Harishchandra se encontró a su esposa llorando el cuerpo del hijo de los dos, en el campo de cremación, pero habían cambiado tanto, estaban tan demacrados, que no se reconocieron. Y cuando al fin lo hicieron el dolor fue insoportable.

Pero entonces llegó la redención: El rey y la reina se acogieron a la gran diosa, pidieron refugio en su mirada afilada y las millones de formas que hablan en su honor, porque no hay una separación entre la estatua, el nombre, la realidad y la Diosa. Una alga bajo las aguas, un rayo de sol, semillas secas guardadas para la próxima siembre, un corazón que late o una corona, son la Diosa. Y los cielos se abrieron, y bajaron todos los deva (los rayos de la fuente de la abundancia) quienes felicitaron al rey y la reina por haber pasado las pruebas sin perder la integridad. Por ello los invitaban al cielo. Pero entonces los monarcas argumentaron que el pueblo tenía que compartir un porcentaje de los méritos de sus reyes, y por ello todos los súbitos de Harishchandra y su esposa Shaivya pasaron diez años viviendo en los palacios celestiales.

Y la verdad es que tenía un par de páginas más escritas. Las entradas de este blog las escribo en una libreta, sobre todo en viajes de tren y en cafeterías, haciendo tiempo entre una cita y otra. Antes de publicarlas las paso a ordenador. Ahora, después de haber pensado durante quince días en esta entrada, y haber reescrito varias veces un texto sobre el final de esta historia, me doy cuenta de que en realidad, es el momento de callar. Si sigues este blog y has llegado hoy conmigo al final de esta historia del rey Harishchandra y su esposa Shaivya, quedémonos juntos con la invocación a la Diosa. Que cada un@ sienta en su corazón la redención de Harischandra y Shaivya, y en la próxima entrada podemos continuar este tema, compartiendo otra historia del maravilloso baúl de sorpresas que es el Mahābhārata.

¿Qué es más real, lo subjetivo o lo objetivo?

La historia bíblica del llamado a Abraham para sacrificar a su hijo Isaac, igual que la historia del rey Harishchandra que vengo compartiendo en las entradas anteriores de este blog, remiten ambas a un punto de intersección en el paso el sacrificio humano/animal, al ritual simbólico.

En la historia del rey Harischandra el monarca desea tener descendencia y el dios Varuna le promete cumplir su deseo, con la condición de que se le ofrezca en sacrificio al primogénito. Y a partir de ahí podemos reconocer en la historia un juego de contrastes entre la dimensión transpersonal y la experiencia subjetiva personal: Cuando el rey ve nacer a su hijo queda prendado a él como individuo y es incapaz de sacrificarlo, a pesar del prospecto de tener más descendencia después. El rey suplica, una y otra vez, pasar por los ritos de nombramiento del hijo, del primer corte de pelo, de su introducción en sociedad y de su primera instrucción espiritual. El argumento del rey/padre es que hasta que su hijo no pase por esos ritos no sería una persona completa, y por tanto el sacrificio no sería real, porque no estaría sacrificando realmente a su hijo, como pedía el dios, sino a un ser anónimo. Porque detrás de estas palabras se esconde, primero, el intenso lazo emocional de padre a hijo, y segundo, la pregunta que subyace a esta historia, y también al Mahābhārata; y que es parte de la motivación del voto de 12 años que ritualiza este blog: ¿qué es lo que hace que el humano sea humano?

Cuando el hijo del rey Harischandra llegó a la edad de recibir su instrucción espiritual fuera de casa, en la preadolescencia, decidió huir para salvar su vida – otra decisión con motivación subjetiva, que contrasta con el deber universal (sobre esta decisión escribí algo en la entrada pasada)

El rey Harishchandra fue maldito entonces con la enfermedad de la gota, por haber fallado al dios Varuna en sacrificar a su primogénito, y, desesperado por el dolor, recurrió a un recurso extremo: Un brahmán (sacerdote) del reino aceptó vender su hijo mediano para ejecutar el sacrificio.

Los sacerdotes reales dictaron que un hijo comprado se convierte en un hijo legítimo, por tanto apto para sacrificar, y encontraron a un brahmán empobrecido, desesperado por poder alimentar al resto de su familia. El brahmán aceptó vender a su hijo Sunashepa pero este, una vez atado al poste sacrificial, lloró con tanta angustia que ninguno de los sacerdotes reales fue capaz de llevar a cabo el sacrificio – de nuevo por la conexión empática, y subjetiva, con la víctima-. Y, en aquel momento, uno de los sacerdotes dirigió al rey unas palabras que hablaban, una vez más, de la bisagra entre el sacrificio literal y el simbólico: “Lo que está escrito sobre los sacrificios animales está pensado para las personas con inclinación hacia los objetos de los sentidos, para atraerlos hacia la vida ritual (…) Quien compadece a todos los seres, se contenta con lo recibido y calma sus sentidos, agrada a la divinidad”.

El equilibrio entre lo personal y lo transpersonal es sutil. El contexto en el que se expresa el dilema del sacrificio humano de Sunashepa, la victima comprada, parece ser el de una sociedad basada en el ritual estricto, pero resulta que dentro de toda esta transpersonalidad la compasión tiene suficiente peso como para transgredir la norma – “para agradar a Dios”, ¿Porque, qué sentido tiene el ritual cuando deja de agradar a Dios?

A continuación la historia cambia ligeramente de dirección: el rishi Vashishtha y su competidor Vishvamitra se encontraron en los cielos de Indra y discutieron sobre los logros del rey Harishchandra. Es decir, de sus méritos personales: Vashishtha defendía que el rey había sido justo y ecuánime con sus súbitos, mientras Vishvamitra opinaba que había sido un tramposo, que engañó al dios Varuna. Así empezó otra historia con ecos bíblicos, en este caso con la historia de Job, cuando Vishvamitra apostó todos sus méritos místicos con Vashishtha a que demostraríala maldad del rey Harishchandra acosándolo con una vía tortuosa de calamidades:

Vishvamitra creó un demonio en forma de jabalí que empezó a destruir los bosques del reino. El rey organizó una partida de caza para atrapar al monstruo, pero la ferocidad del enfrentamiento lo dejó aislado de sus soldados y extraviado. Entonces Vishvamitra se apareció ante él tomando la forma de un eremita renunciante, ofreciendo al rey solaz, baño y consejo. Harishchandra quedó profundamente agradecido y ofreció regalar al ermitaño “lo que le pidiera”. Así que Vishvamitra creó la ilusión de un chico y una chica jóvenes, y dijo a Harishchandra que para casar a aquella pareja le pedía como regalo de bodas el reino entero. Harischanddra aceptó, para ser fiel a su palabra, con el convencimiento de que aquello era lo último que podía perder, pero Vishvamitra añadió entonces que como impuesto por la transacción el rey le debía también dos medidas y media de oro, quedando así Harischandra en deuda con Vishvamitra, porque sin su reino ya no tenía ningún tesoro del que extraer aquella cantidad.

Por compasión por él, y para que su marido no tuviera que faltar a su palabra, la esposa de Harischanra le propuso entre lágrimas que la vendiera a ella como criada, y pagara así su deuda. Un sacrificio hecho por amor, que afectó tanto al rey que se llegó a desmayar. Por amor a su esposa, el rey se negaba a ponerla en venta, pero oír como lloraba de hambre su hijo (quien había vuelto de su escondite) hace que los dos se decidan. Otra vez, el poder de la empatía personal frente al deber de defender el reino.

Entonces Harishchandra, muy a su pesar, anunció en un cruce de caminos que estaba vendiendo a su esposa, y Vishvamitra, de nuevo, fue quien apareció en el lugar, en forma de un anciano esta vez, buscando una criada para todas las labores del hogar. El anciano procedió a dejar su pieza de oro en el suelo y llevarse a la reina tirándole del pelo, pero el hijo se puso a llorar de pena. El dolor de madre e hijo (personal, subjetivo, único) era tan intenso que ella suplico y convenció al anciano de comprar también al niño, alegando que no sería capaz de concentrarse y trabajar.

Antes de partir, la reina prometió al rey que se volverían a ver, y Harischandra dijo que el dolor de perder a su hijo y esposa era superior al del exilio y la ruina. Pero lo pagado por la reina y el príncipe no sumaba la deuda de Harishchandra y como no tenía otra manera de pagar, aceptó que  Vishvamitra lo vendiera a Yama – el dios del dharma, u orden universal, así como el guía de las almas entre los mundos- quien, para la ocasión, había tomado forma en este plano la forma de un hombre con el pelo enmarañado y la barriga caída, dientes largos y que emitía un olor asqueroso.

Vishvamitra recibió del extraño individuo riquezas incontables y la deuda del rey quedó saldada, pero Harishachandra tenía de servir a su nuevo amo, recogiendo pedazos de mortaja en un crematorio donde escuchaba durante todo el día el llanto de familiares y amigos lamentando la partida de sus queridos. Entre la descripción de los cuerpos quemados desintegrándose y los gritos de desesperación volvemos a ver el contraste entre la vida vista como proceso biológico y el poder de las relaciones personales.

Como dice Jana Rasó, psicóloga, arte terapeuta y formadora de yoga: la repetición es algo que sucede y sucede, y sucede, de manera que puede ser automática: como una muletilla de consciencia, como cuando repetimos la lista de compras de camino al supermercado para no olvidarla– Eso que decimos que somos, es una repetición de elementos. Repetición de gustos, patrones y recuerdos que llamamos “yo”. Repetición de patrones que llamamos “hijo”, “pareja”, “padre o “madre”. Y cuán importante es esta repetición.

Una experiencia – continuando con la cita de Jana Rasó- es el poder estar presente a las sensaciones que provoca (o suceden) en una acción concreta – Y ahí está la importancia de prestar atención a la experiencia de la repetición personal. En la tensión entre la conceptualización de lo transpersonal, y la experiencia de lo personal, por muy ilusoria que esta sea, está el poder de la vida.

Todo fenómeno es una condensación de repeticiones en el tiempo. La vida de un ser sensible es la condensación de un soplo en el tiempo. Mientras el soplo dura se repiten los ecos de un ser, cuando el soplo pierde fuerza se dispersa la vida en recuerdos, historias, grabaciones… hasta la disolución total. ¡Pero cuán importante es este paso por el tiempo!

Cuando se pierde el camino aparece la virtud;

Cuando se pierde la virtud, aparece la humanidad;

Cuando se pierde la humanidad, aparece la justicia;

Cuando se pierde la justicia, aparecen los ritos.

Pues los ritos

Son lo superficial de la lealtad y la fidelidad,

Son el origen del desorden.

(…)[1]

Pero el Mahābhārata nos dice que es itihasa (“así pasó”):  nos está recordando que no es de palabras de lo que nos está hablando, sino de “lo que pasa”, y no son “personajes” los que mueren en él, sino seres como nosotros, diferentes, pero auténticos, que exceden las palabras y las clasificaciones.

El Mahābhārata parece un proceso de aprendizaje, para vernos en la mirada de ese campo (kshetra) de pluralidad, donde lo subjetivo es tan real como lo objetivo, y el equilibrio entre ellos es un delicado y precioso instante. En este instante se esconde la verdad (Satya) que secretamente anhelamos.

El Mahābhārata, esta gran historia de la humanidad, habla de la caída desde la verdad hasta el desorden, y del renacimiento de la verdad en el desorden. El ritual es una misteriosa bisagra que confunde, y a la vez recuerda de dónde venimos y a dónde queremos volver.

Dentro de quince días compartiré el final del calvario de Harischandra y su esposa, con otra respuesta original a la pregunta de qué es la repetición, y qué es la experiencia. Mientras tanto, si te interesa bucear en la vivencia física e estas historias maravillosas te recomiendo dar un vistazo al curso que estoy ofreciendo gracias a la escuela Equilibrium Yoga.

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[1] Daodejing 38, citado por Chantal Maillard en Las venas del dragón, Confucianismo, taoísmo y budismo, Galaxia Gutenberg, 2021, pg106

¿Qué deberían repetir los hijos de sus padres?

La repetición es una herramienta para integrar el Arte en nosotros, y la experiencia es una huella, una impronta en el alma, que nos hace mejores artistas”. Así explica qué es la repetición, y qué es una experiencia, Jorge Ariza, quien es un hombre generoso y atento, historiador del arte especializado en simbología medieval.

Esta respuesta se la grabé en audio la última vez que nos vimos y al hacer la transcripción he decidido escribir Arte en mayúsculas, porque sospecho que cuando Jorge dijo “arte”, en su respuesta, se refería al gran Arte. Al Arte universal, o acto creativo continuo. Porque, cuando prestamos atención, podemos ver que todo lo que somos es creatividad. La hoja que se seca y se convierte en nutrientes para el suelo o el niño que cambia de forma, crece y aprende nuevas maneras de relacionarse con el mundo. Toda esta transformación continua es creatividad. La idea que tenemos de quienes somos se va transformando, a medida que vivimos, y cuando cambia la idea de quienes somos, cambia la idea que tenemos del mundo. Nuestra interpretación se transforma, y el mundo se vuelve distinto, porque todo esto que llamamos realidad está hecho de pura creatividad.

La repetición, acción tras acción, generación tras generación, célula a célula, teje este gran acto creativo.

En la historia que vengo relatando en las últimas entradas el rey Harischandra fue posponiendo el sacrificio de su hijo a Varuna, hasta que el hijo tuvo criterio propio y huyó. Rohitasva, el hijo de Harishchandra, se refugió en un ashram -en una comunidad espiritual-, en un bosque lejano. El rey no sabía dónde estaba su hijo y por tanto no lo podía sacrificar. Pero las noticias sí llegaban al ashram de Roshitashva, y el hijo supo que su padre había enfermado de gota, por no cumplir su palabra y no haber podido ejecutar el sacrificio que se le pedía. El hijo sintió entonces pena por su padre, le dolía que su padre estuviera pasando por aquél calvario y decidió volver al palacio para ofrecerse como sacrificio, y liberar así su progenitor del dolor. Pero para su sorpresa se apareció ante él Indra, el rey e los dioses, y le pidió que cambiara de opinión.

-Tu padre está ofuscado por el dolor y no dudará en sacrificarte para conseguir su alivio personal. Sería más práctico que esperaras su muerte, y volvieras entonces al palacio, para ser coronado.

Y volviendo a la cuestión del Arte, y la Creatividad, que ha introducido el Dr. Jorge Ariza, es importante parar para decir algo sobre Indra, y liberar algo de la coherencia que tiene comprimida en sus palabras esta historia:

Pensemos en los deva como corrientes que agitan esta realidad maleable. Como corrientes marinas en el océano, pero en este caso corrientes que agitan los procesos de transformación naturales, sociales y psíquicos. Corrientes que dan forma tanto a las hojas de las plantas como a las estrellas, igual que introducen burbujas en el agua. Corrientes que une unen una forma con otra mediante el deseo. E Indra es quien dirige todas estas corrientes: el rey de los deva. Los sentidos se llaman Indriya, en sánscrito, porque pertenecen a Indra. Todo lo que percibimos y concebimos forma parte de la red de Indra (Indra jāla), un conglomerado, o red, de diamantes que se reflejan entre sí. Cada diamante de esta red refleja todos los otros, aunque de manera fragmentada.

Todo lo que concebía el hijo del rey con gota, Harischandra -lo que pensaba sobre sí mismo, y sobre su padre, y sobre el sufrimiento, era parte de esta red fragmentada de colores, sonidos, aromas, sensaciones, sabores, ideas, juicios, recuerdos y fantasías de la que formamos parte todos. Indra es el origen de este entramado. Su rey. Y, a la vez, Indra forma parte de esta red igual que nosotros. Fue esta voz la que le dijo al príncipe Rohitashva que un hijo no debería sacrificarse por su pare.

La repetición es lo que permite integrar al Arte en nosotros. La repetición nos integra en la red de Indra. Un día tras otro, respiración tras respiración, y generación tras generación. Un gesto repite en anterior. Pero si el próximo gesto desaparece, si el ritmo termina, porque un pulso absorbido por el anterior, no hay repetición; y no hay arte.

Como padre, no me gustaría que mi hija tuviera que remendar mis errores, o cargar con mis fobias y mis sufrimientos. Mi hija repetirá muchos de mis patrones, porque son los que aprenderá, pero los deva, las corrientes que mueven la realidad, la llamarán a ir más allá de sí misma, y espero que sepa aprovechar su ímpetu para superar mis limitaciones.

Por la libertad de todos los hijos, sobrinos y huérfanos, y por el bien mayor, deseo que aprendamos a repetir aquello que nos libera, y no nos dejemos engullir por el pasado. Que la experiencia de la liberación sea la que deje la mayor impronta en Nuestra alma, para que la podamos repetir.

En la próxima entrada veremos qué hizo el rey Harischandra para liberarse de su maldición, sin la ayuda de su hijo Rohitashva.

Y si te interesa profundizar en la vivencia física de las historias existenciales del Mahabharata, o te has preguntado cómo memorizarlas o aplicarlas, te recomiendo el curso que estoy ofreciendo en la sala Equilibrium Yoga en Barcelona:

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Rituales de paso

Una experiencia es algo que cala muy hondo y, aunque sea algo que no entiendas enseguida, vuelve; y al volver, da sentido a algo que puedas estar redescubriendo, pero en su momento no supiste reconocer como algo que dio sentido al hecho de hacer, o de estar, o de vivir. Una experiencia puede pasar desapercibida a nivel mental, pero aflorar después y convertirse en una experiencia, para dar la sensación de estar repitiendo algo que estemos viviendo[1].

Lo que experimentamos no es lineal, es algo que tiene muchos planos, y a veces los planos se encuentran. De repente algo hace que aquello que había pasado vuelva a aflorar, pero como ya estamos en otro lugar, en otro momento de nuestra vida, eso que ha vuelto a aflorar nos llega como una experiencia. No como un déjà vu, sino como algo que nos hace conectar con alguna memoria profunda. Quizá una memoria nuestra, o quizá otro tipo de memoria…

…Cuando Harischandra, el hijo de Trishanku (el rey de quien terminé de hablar en la entrada anterior) se encontró con dificultades para tener hijos acudió a Vishvamitra, y Vishvamitra le recomendó meditar a solas en el bosque sobre el dios Varuna.

Entonces la atención del rey volvió hacia la libertad original (Aditi), madre de todos los dioses. Y vio el tiempo, que hace fluir todas las aguas. El tiempo, que hace que salga leche de las ubres, y florezcan las plantas. Ante su mirada interior, el rey Harischandra vio como el tiempo lo controlaba todo, sin derramar una gota de sangre.

El rey vio en las profundidades de su cuerpo como Varuna desplegaba las dimensiones del habla y el ritual, y abría los caminos para que pasara el sol.

Vio los ojos de Varuna, brillando como las estrellas de la noche, observando el ímpetu de cada persona, y vio la disponibilidad de Varuna para acudir a toda suplica sincera[2].

Entonces llegó caminando un anciano con su bastón, vestido como un asceta peregrino.

El anciano paró ante el rey y se presentó como Varuna, el dios de las profundidades, guardián de la dirección cardinal del ocaso.

-Si quieres tener descendencia, deberás sacrificar para mí a tu primogénito.

Poco después la reina quedó embarazada y hubieron grandes celebraciones en la corte, con generosas donaciones fluyendo hacia todos los súbitos.

El día del nacimiento del príncipe primogénito, el mismo anciano mendicante apareció en la corte, pero el rey le dijo que antes de tener nombre es como si el bebé no hubiera nacido, y pidió a Varuna que volviera en un mes, cuando terminara la ceremonia de nombramiento del hijo, quien recibió el nombre de Rohitashva (caballo rojo).

Ese día volvió Varuna.

Pero el rey dijo al dios que su hijo no tenía dientes, y eso lo hacía inepto para ser sacrificado.

Cuando aparecieron todos los dientes del hijo Varuna volvió, pero Harischandra le pidió que esperara a que le hicieran el primer corte de pelo, porque hasta entonces todavía no llegaba a ser un niño.

-¡No pongas más excusas! Gritó Varuna con los ojos enrojecidos de furia. Es el apego al amor filial lo que te impide cumplir con tu palabra, y con el destino del niño. ¡No te confundas!

El día de la ceremonia del primer corte de pelo del príncipe, Varuna apareció usando la forma del mismo asceta renunciante. El rey cayó de rodillas ante él, y después de recibirlo con ofrendas, honores e himnos laudatorios, el rey dijo a Varuna que “como bien sabría”, la infancia se completa con el rito de paso (upanayana) en el que el niño recibe el cordón sagrado y los deberes de un ser humano adulto. Es entonces cuando está preparado para las enseñanzas espirituales, y para plantearse su participación en el mundo. Un humano sacrificado antes de ese momento no sería una ofrenda valida.

-No deberías mentir, no es propio de tu linaje – dijo Varuna, pero se apiadó de la angustia del rey, y acordó volver cuando el niño cumpliera diez años, y recibiera el cordón sagrado (upavīta).

Varuna se mostró enfadado, pero aceptó esperar, una vez más. De esta manera el rey y la reina ganaron unos años de tranquilidad, pero a medida que se acercaba la ceremonia de paso su angustia fue en aumento. Y el día del recibimiento del cordón sagrado, y de la entrada del príncipe al mundo adulto, por supuesto que Varuna acudió.

De rodillas, y con la cabeza postrada ante los pies del anciano, el rey suplicó con todas sus fuerzas.

-Deja que nuestro hijo termine la formación con su gurú. Como bien sabes, el inicio de la vida adulta debería hacerse con un período de formación con el maestro espiritual de la familia. Te lo suplico, no dejes que mi hijo abandone este mundo sin conocer, por lo menos, la manera de liberarse de las ataduras del miedo a la muerte.

Y para Varuna diez años o diez segundos tienen un peso parecido. Lo importante es el cumplimiento de la palabra, y era este límite con el que el rey Harischandra estaba jugando, con el de no llegar a cumplir su palabra.

Varuna aceptó esperar un poco más, avisando al rey de que no intentara evitar su destino. Pero, durante su formación fuera de casa, en las instalaciones (ashram) para la instrucción de su gurú, el príncipe, que era un niño inteligente, pensó en las idas y venidas de Varuna que había presenciado a lo largo de su vida. El príncipe entendió la situación y, asustado, huyó, para salvar su vida.

Cuando terminó el período de instrucción del príncipe Varuna entró al palacio caminando, en el cuerpo del mismo anciano delgado, pero se encontró al rey solo, avergonzado, anunciándole que el niño había desaparecido.

Y dado que Varuna está relacionado con las aguas, castigó al rey con la enfermedad de la gota. Pero ya volveremos al rey Harischandra, en próximas entradas, y también terminaremos la historia de su hijo, Rohitashva.

Esta historia recuera, entre otras cosas, que los rituales con los que marcamos el paso de la vida no nos evitarán que esta termine. El hijo del rey, igual que el rey, tendrá que entregar su cuerpo de todas maneras, haga lo que haga. Igual que todos nosotros. Pero, sin embargo, repetir estas ceremonias es importante. La repetición es algo que en sí mismo no se puede reproducir; a medida que repites vas transformando lo que pasa – por lo tanto no hay algo que esté igual. Cuando intentamos repetir una experiencia la manera como la entendemos nunca será la misma dos veces, porque hay algo de nosotros que cambia. Reconocemos que hay algo que se repite, algún tipo de memoria, o sensación, está ahí, pero la manera como lo vivimos es siempre algo que es diferente a como lo estaremos viviendo en el momento. Por otra parte, el ejercicio de repetir es importante porque te obliga, o te permite, ser concreto – y al ser concreto algunas cosas se destilan: hay cosas que quedan y permean, y nos van transformando, y otras que puedan quedar atrás y desaparecer.

¿Qué es lo que permea, y queda, de todos estos rituales de transición, que se repiten generación tras generación, de manera más o menos consciente?

Todos terminamos desapareciendo en las profundidades de la noche, o en las aguas de Varuna, si se quiere. ¿Qué es lo que queda, de generación en generación? No sé si es algo que se pueda expresar con palabras. O no de manera directa. Por esto son tan útiles estas historias, que hablan de eras antiguas con formas extrañas, pero que a la vez nos son tan cercanas como la sangre que se arremolina en nuestro corazón.

En la próxima entrada seguiremos con la historia de Rohitashva, el hijo que escapó, y más desventuras de Harischandra, en busca de más claridad en este bosque de experiencias y vivencias que se repiten y hacen eco entre sí.


[1] Quien ha respondido en esta entrada a la pregunta ¿Qué es la repetición?, y ¿qué es una experiencia?, ha sido Toni Cots, maestro, viajero y experto en teatro espiritual y el uso tradicional del cuerpo y la máscara como conexión entre mundos.

[2] Las imágenes de esta meditación sobre Varuna están basadas en las descripciones de los himnos dedicados a este dios en el Rig Veda, libro 5, cantos 5, 41, 61 y 82

El despliegue de la realidad

La repetición es aquello que pasa una y otra vez, de forma reiterada, puede ser infinita o finita[1].

Según mi hija de casi cuatro años, repetición es pintarse las uñas.

La experiencia es una vivencia que se ha integrado. La experiencia, o vivir algo, según mi hija Sarah Luna, es una estrella.

Cuando el mago Vishvamitra invocó a los dioses para elevar al rey Trishanku en cuerpo a los cielos, ninguno de los brillantes (deva) acudió al llamado. Pero Vishvamitra, con el ceño fruncido, ordenó a sus ayudantes seguir con el ritual. Las incantaciones, y las oblaciones, seguían y, aun sin la aprobación de los deva, el cuerpo de Trishanku empezó a elevarse y ascender por los mundos sutiles. Por la fuerza de Vishvamitra Trishanku acabó apareciendo en los cielos de Indra, el rey de los luminosos, quien, cuando vio a aquel transgresor, lo golpeó con un destello cegador que hizo caer el cuerpo de Trishanku, cabeza abajo, de vuelta al plano terrenal.

Al ver aquello Vishvamitra entró en cólera y, haciendo un uso prodigioso de sus poderes mágicos empezó a crear en la dirección meridional nuevas constelaciones (Nakshatra) y nuevos servidores divinos (gaņa). A medida que Trishanku caía invertido aparecía un cielo paralelo a su alrededor. Nuevos mundos, y nuevos planos, semejantes a los existentes. Y Vishvamitra amenazó con crear él mismo una nueva dinastía de deva, con un nuevo Indra, o rey de los deva, que aceptara a Trishanku en sus cielos.

Entonces Indra, y sus acompañantes, aparecieron ante Vishvamitra en postura de súplica, y le hablaron en un tono apaciguador:

-Entiéndenos Vishvamitra. El cuerpo de Trishanku es impuro. No está preparado para vivir en los cielos. Lo que pretendes es forzar la realidad, no será provechoso para nadie. No puedes romper el mundo por el capricho de una persona.

Y Vishvamitra entendió, y recapacitó, pero no podía faltar a su palabra y fallar a Trishanku. Así que Vishvamitra dejó a Trishanku brillar, así como estaba, en los cielos del sur. Trishanku (cuyo nombre significa “tres bultos”, o “tres clavijas”, por una deformidad de su cabeza que lo hacía parecer como si tuviera tres cuernos) se convirtió en la constelación más fija e los cielos del sur, la que apunta hacia la dirección del polo antárctico.

Los pueblos que crecieron bajo los cielos del sur relacionaron la constelación de Trishanku con la pisada del ñandú, o súri, el ave que se denomina también avestruz. En diferentes narraciones del mismo evento se cuenta que el avestruz huyó de un cazador hacia llegar al “país de arriba”, y refugiarse junto al río celestial (gaṅgā, vía láctea) desde donde desciende, en forma de alimento, a la tierra, a medida que el fondo oscuro en el que flotan las estrellas consume el brillo de la vida.

La constelación de cuatro estrellas relacionada con la pisada del ñandú, o Trishanku, por el proceso de precesión de la tierra, se podía ver desde el hemisferio norte en épocas bíblicas (s. XI-VII aec), y hasta el primer siglo de la era común. Plinio el viejo, el militar y “geógrafo” romano, la menciona en su Historia natural, como una constelación que en su época se podía ver todavía desde Egipto.

En La divina comedia, relato de un viaje místico por los mundos sutiles, comparable al del rey Trishanku, el autor relata su descenso por los círculos infernales hacia la dirección “inversa” al cielo, por cuyo fondo salió al cielo del purgatorio, donde distinguió “cuatro estrellas vistas por los primeros humanos”. Desde ese lugar ascendió el narrador de La divina comedia hacia los pies del trono divino.

Cuando en 1505 el marinero portugués Hernando Magallanes aprendió la utilidad naval de esta constelación de cuatro estrellas como indicador del polo sur de la tierra, la bautizó como “cruz del sur”, influenciado por la lectura de La divina comedia, que seguía siendo un texto de referencia en su época.

Ahora, desde las estrellas australes, quiero recordar la razón de ser de este blog, que es la narración en 12 años del Mahābhārata. Y recuerdo, también, que en este séptimo año de Respirar el Mahābhārata toca pasar por la minuciosa y extensa descripción de la batalla de Kurukshetra, el cruento evento de destrucción total que terminó con todos los guerreros de la tierra. Como dije en una de las primeras entradas de este año, no quiero caer en banalizaciones injustas de la guerra, una experiencia que escapa la comprensión emocional: para no repetirme transcurro historias paralelas, como estas vivencias de Vishvamitra que estoy compartiendo. De fondo, sin embargo, continua la guerra. Y hay algo importante en esta historia de Trishanku en relación a la guerra: la relación de la creatividad interior con la materia. El ascenso o descenso por los 14 planos de la realidad (cielos e infiernos), tiene que ver con el mundo imaginal, que es tan interno como externo, y la fuente de la materia.

En el Vastu Sutra Upanishad (5.21) los alumnos de Pippālada, experto en construcción de espacios e imágenes sagradas, le preguntan por la naturaleza de los 14 planos. Pippāladda invoca primero a Rudra de los cien pelos diciendo ¡Oh Rudra, aparta mi miedo, Rudra de las cien cabezas; calma mi miedo!

¡Alabanzas a ti, en forma de toro de cien pelos, quien eres la materialización del Dharma!

Después Pippālada explica que la palabra con la que se hacen los rituales es el mantra. El mantra produce dhvani, una “resonancia” interior por la que se aparecen los atributos divinos, o los atributos de la realidad profunda de las cosas. Los rishi son quienes ven estos atributos. Las características de estos atributos son las del orden cósmico (ŗtam). Según estos atributos los rishi toman forma en el mundo de las personas. De estos atributos se forman los arquetipos (rūpa) y en ellos aparece la naturaleza de las cosas (bhāva). De la naturaleza interna la cualidad, de la cualidad la acción y la práctica religiosa (ācara). De la práctica religiosa el método (upāya), del método (o la repetición) la acción ritual. Con la acción ritual se encuentra el sentido, con el sentido aparecen las formas de los deva, de las formas se derivan las imágenes. De la comprensión de la forma nace la producción de imágenes.

Las estrellas, y todo lo que vemos, son una puerta a la raíz de la creatividad que tenemos en nuestro interior, y esta creatividad necesita una regulación ritual, para recibir la dedicación y la atención adecuadas. No hay nada que no tenga su origen en la creatividad, y nada de lo que existe no ha pasado antes por el mundo imaginal, el de las formas sutiles. También la guerra. Porque que antes de la guerra física viene la crítica, el desprecio, el orgullo, la diferenciación, la acusación, y otras divisiones internas que cristalizan en acciones contrarias a la paz. Para poder colaborar entre hemisferios, y entre la tierra y la humanidad, no podemos “romper la realidad”; no podemos ir en contra del mundo. Lo que nos une, y nos separa, como humanidad y como terrícolas, son las narraciones que nos hacemos sobre nosotros, nuestra familia, país, comunidad religiosa y terrestre.  

Porque nada de esto es como nos lo explicamos exactamente, no somos lo que nos pensamos que somos, y el país y la comunidad son una convención, con el poder de destruir o salvar al planeta. Y quien rige todo esto no es ninguno de nosotros. Tampoco los deva.

Oh Rudra, toro con mil cuernos, ilumina mis pasos. Liberame de mis obsesiones y permíteme volver a mi propósito real.


[1] Quien ha respondido en esta entrada la pregunta de ¿qué es la repetición? Y ¿qué es una experiencia? Es Daniel Majá, ilustrador, practicante de yoga y buscador espiritual, con quien estamos desarrollando un proyecto que iré anunciando a medida que avancemos en él.

¿Cómo se ven los dioses?

Continuando con las personalidades mencionadas en la entrada anterior de este blog, y con la historia que comenzó en ella:

Vishvamitra, el rey que había descubierto que las capacidades espirituales podían ser superiores a los del poder físico material, comenzó una severa práctica energética y ritual. Así, tras años de ascetismo riguroso, ganó poderes mágicos espeluznantes como el dominio de los elementos naturales. Obtuvo visión de la expansión universal, que brilla en el interior de nuestra mirada y nos habla mediante los pensamientos. “Te has convertido en alguien que realmente ve el poder de los reyes, en un rajarishi”. Así habló la voz de la expansión universal (brahmā) al corazón de Vishvamitra. Pero Vishvamitra no quedó satisfecho, porque seguía compitiendo con el vidente de videntes (Mahārishi) Vashishtha.

Entonces llegó al refugio de Vishvamitra el rey Trishanku. Trishanku acudía a él tras ser rechazado por Vashishtha, porque aquel rey había pedido al sacerdote de sacerdotes que oficiara un ritual para elevarlo al cielo en vida, y con el cuerpo que tenía.

Trishanku, tras ser rechazado por Vashishtha, había recurrido a los hijos del mismo sabio, y estos se habían enfurecido con él, por pedirles algo que su padre ya le había denegado. Por esta razón el rey Trishanku se presentaba ahora ante Vishvamitra, porque había oído que este sacerdote real estaba enemistado con el linaje de Vasishtha.

Vishvamitra aceptó el reto, y se reunieron, para a asistir su llamado, numerosos rishi (ascetas renunciantes) quienes temían sus recién adquiridos poderes mágicos. Todos aceptaron, por miedo, participar en aquel ritual reprobable. Todos, menos los hijos de Vashishtha.

La ceremonia se ejecutó a la perfección; se entonaron los sonidos exactos en cada momento preciso, y se hicieron los gestos necesarios. Se ofreció soma, o néctar de la inmortalidad, extraído de la unión del mundo vegetal con el mundo creativo. Pero ningún deva acudió. A pesar de que los deva (ángeles, o “dioses”) se alimentan de soma, y dependen de los rituales humanos para acceder a él… no vinieron.

Y antes de seguir con la historia, me gustaría detenerme en esta imagen.

¿Qué significa que los dioses no acudan a un llamado? ¿Cuándo están los dioses, y cuándo no? ¿Cómo entender esto con la mentalidad moderna?

Vamos a explorar esta cuestión desde lo poético, mediante el relato que contó el rishi Agastya al príncipe Rāma, hace dos eras:

En una ocasión en la que los deva principales acudieron a alimentarse de Soma, se acercó al lugar de la ceremonia Rāvana, un ser terrible, extremadamente poderoso, rebosante de furia y ambición desbocada. Los deva le tenían tanto miedo a la actitud belicosa de Rāvana que Indra, el rey de los dioses, se escondió en el cuerpo de un pavo real. Y Yama, el dios del dharma, se escondió en el cuerpo de un cuervo. Kubera, el dios de las riquezas, se escondió rápidamente en el cuerpo de un lagarto; Varuna, el dios de las profundidades, se escondió en el cuerpo de un cisne, y el resto de dioses se escondió en otros animales.

Así se escondieron los guardianes de las cuatro direcciones; el este se convirtió en un pavo real, el norte en un reptil, el oeste en un cisne y el sur en un cuervo. Y cuando el peligro pasó los deva agradecieron a quienes les habían cobijado regalándoles dones especiales:

Indra, el guardián del este, le dijo al pavo real que ya no temería más a las serpientes, que su plumaje estaría decorado con ojos, como los mil ojos de Indra que se abren en todas partes.

-Cuando yo haga llover- dijo Indra -te llenarás de dicha.

Yama, el guardián del sur y de la armonía universal, liberó al cuervo de la mayoría de los sufrimientos que padecen el resto de aves:

-La maldición de la muerte no te perseguirá- dijo Yama al cuervo -y vivirás mientras nadie te cace. Y todos los ancestros que viven en mis dominios (las tierras de los ancestros) se sentirán aliviados del hambre, junto a sus descendientes, cada vez que tú comas en la tierra.

Varuna, el dios de las profundidades en las que se pone el sol, dijo al cisne:

-Escucha mis palabras forjadas en la dicha: tu tinte será encantador, suave y parecido al disco lunar; y recordará a la espuma inmaculada. Cuando te acerques a las personas siempre serás precioso de ver, y como signo de mi gratitud alcanzarás una complacencia inigualable.

Entonces Kubera, el señor de las riquezas, y de todos los minerales del interior de las rocas, le dijo al lagarto:

-Tu color brillará como el oro. Estoy satisfecho contigo. Tu cabeza no se deteriorará y mantendrá el brillo de mi satisfacción.

Así se lo contó Agastya a Rāma, y así lo recuerda la naturaleza de todos estos animales, desde hace milenios y milenios.

La naturaleza se repite en cada generación, y en esta repetición nace la evolución. Con la naturaleza se repiten las cualidades de los dioses. “La repetición ritual es una expresión temporal de un suceso que acontece en el eterno presente. Como quitar un trozo de papel que está varias veces doblado; plegado sobre sí mismo es el eterno presente, y al desplegarlo se ven los agujeros repetidos en la expresión temporal [1] .

Cuando hablamos de dioses nuestra mente los puede imaginar como sombras de una geometría enigmática trazada sobre los horizontes de la consciencia, pero ante nuestros ojos son los colores del pavo real, la magnificencia del cisne y los movimientos eléctricos del lagarto.

¿A dónde nos lleva este conocimiento? A experimentar los dioses en el entorno natural:

Partiendo de la base de que todo conocimiento está dentro nuestro porque estamos ya dentro de la divinidad, se podría decir que la experiencia, -y entendiendo ex como “hacia fuera”, y haciendo una etimología peculiar de peri como “piros”, fuego- sería como una salida hacia fuera de este fuego interno, siendo el fuego como no mero calor, ni luz, sencillamente, sino como esclarecimiento. Podría entenderse como que en la experiencia es sacar hacia fuera la comprensión, o el esclarecimiento, que ya permanecía en potencia dentro nuestro”.

Así es como en el océano podemos ver a Varuna, sin que Varuna sea el océano, o a Indra en el pavo real, sin que el pavo real sea Indra. Porque el mundo en el que vivimos no es solamente material, ni psicológico (que es una extensión de lo material).

Hay una parte importante de nosotros que no conocemos, y esta parte, precisamente, es la que lleva el timón de nuestras vidas – nos guste o no.

Continuaremos en la próxima entrada…


[1] Las frases en cursiva son la respuesta que dio Mariano a la pregunta ¿Qué es la repetición? ¿Y qué es la experiencia? Mariano es un lector de este blog, pero no sé prácticamente nada de su currículo vital. Lo que sé es que mantenemos una correspondencia regular extremadamente inspiradora.

¿Para qué nos contamos una historia? Segunda parte: ¿de dónde llegan las fuentes?

En la música clásica indostaní se tocan pocas composiciones escritas; es más habitual que los músicos improvisen con diferentes escalas, o grupos de notas, llamadas raga. Los raga están relacionados con momentos de la jornada, porque cada combinación de notas tiene una resonancia específica, que es la más afín a un momento del día. Por ejemplo, una combinación de notas bajas y agudas afín a los últimos instantes de la tarde, cuando no es ni de noche ni de día, o notas bajas, que se tocan con un ritmo pausado, para los días de lluvia. De esta manera músicos y oyentes integran el sonido con la sensación (rasa) del momento.

¿Pero, quién decidió qué sonidos se tocan en cada momento? Los humanos que estuvieron vivieron antes que nosotros, ¿inventaron las combinaciones de notas idóneas para cada momento del día, o lo aprendieron del entorno?

Se dice que en el origen de los tiempos las raga emergieron de la matriz del universo como el sonido de los cinco elementos. El raga Deepak (dípak) apareció resonando con el fuego. El elemento tierra apareció resonando con el raga Shrí. El elemento agua apareció resonando con el raga Megh. El cielo, o éter, algunos dicen que resonaba con el raga Malkauns y otros con Bhairav, mientras el viento energético universal resonaba con el raga Hindol.

Cada uno de estos raga se casó con seis ragini, o seis raga femeninos, y tuvieron hijos. Estos hijos formaron tribus, o clanes (jati), que son todas las familias de raga que existen en la música clásica indostaní. Lo cual quiere decir que en el sonido también se pueden reconocer linajes, si sabemos escuchar.

Por otro lado, una historia que nos cuenta el Mahābhārata -una historia que empezaré a transitar lentamente a partir de esta entrada- es la del enfrentamiento del rishi Vishvamitra con el gran rishi Vashishtha:

Antes de llamarse Vishvamitra, y convertirse en un rishi, o sabio visionario, Vishvamitra fue rey. Por su parte Vashishtha es un rishi de nacimiento, y uno de los referentes más importantes de rishi, porque nació directamente de la mente de la expansión creativa universal (Brahma)

Por sus aptitudes, Vashishtha se encargaba de cuidar a la vaca de la abundancia (Nándini, o Kámadhenu), de cuyas ubres emana todo lo que nutre al mundo. – Vishvamitra vio la vaca que cuidaba Vashishtha y la deseó para sí. –  Vishvamitra robó la vaca a Vashishtha usando su fuerza física superior.

Cuando la vaca le preguntó a Vashishtha por qué permitía que la secuestraran, este contestó:

-Él es un guerrero, su poder está en su fuerza. Yo soy un renunciante espiritual, mi poder está en la paciencia.

-Pero, ¿si no quiero estar con él, tengo derecho a liberarme? – preguntó la vaca de la abundancia.

-Puedes hacer lo que quieras – dijo Vashishtha.

Entonces la vaca de la abundancia universal parió guerreros de varias razas, que no existían hasta entonces, como los Yavana, que hay quien relaciona con los antiguos griegos, o los Mlecha, que somos todos los «bárbaros» que no hablamos sánscrito.

La vaca se liberó, gracias a aquellas tropas que lucharon por ella contra Vishvamitra. Y la historia continúa, y seguirá en la próxima entrada, pero hoy quería detenerme aquí, en la pregunta:

¿En qué momento se dividen las supuestas razas y culturas de la tierra?

Como con el sonido, ¿existen linajes que corresponden a matices distintos de la humanidad?

De alguna manera, la historia de Vashishtha y Vishvamitra es también la historia de la discordia. Porque diferenciar es separar, y la diferenciación llegó junto a la discordia. El camino de retorno sería, como en la música, la armonización, donde cada tono tiene su lugar en resonancia con los demás.

No lo sé del todo, pero siento que no hay mucha diferencia entre los linajes humanos y los del sonido, y que indagando en la diferencia entre el lenguaje humano y el sonido abstracto se disuelven las separaciones mentales de la discordia. ¡Oh diosa de los grillos! Pechos azules y mirada sin fondo. Dulce miel del sol. Brisa que nos acaricia desde el fondo de los tiempos. Cada vez que siento el viento, me dice: -Yo he acunado a todos tus ancestros, desde la India hasta el Sáhara.

La historia sobre los linajes de los raga se la escuché a la maestra de dhrupad Pelva Naik, en un encuentro personal, que pudo tener lugar gracias a Eulalia Cuixart de Sangitarasika, donde le pude preguntar en persona la pregunta que va a marcar las próximas entradas de este año: ¿Qué es la repetición, y qué es una experiencia?

Su respuesta (transcrita y traducida por mí del inglés):

-Una experiencia es algo que no se deriva de la memoria, está en el momento; es en el momento, cuando experimentas algo. Es un acto de recibimiento, ante todo. Es un proceso muy integrativo. También muy emocionante. No solamente una memoria, es nuevo y fresco, renace en cada momento. Es sensual, en el sentido de que la experiencia depende de los cinco sentidos. Es material, y a la vez el espíritu se reconoce en ella. La experiencia mayor tiene lugar en la rendición personal.

-La repetición es continuación. Algo no estancado; no muerto. Como un fluir. Energético y cíclico. Todo es cíclico, solo por repetición algo puede evolucionar. La evolución pasa en la repetición; es inherente a ella. Pasa continuamente.

La repetición es muy importante.

Si te han interesado las historias de los raga te recomiendo venir el próximo 28 de Julio a la presentación del espectáculo de música narrada, o narración musicalizada, que hemos desarrollado este invierno junto a Abdul Karim, músico de flauta bansuri tradicional.

Dependiendo de la hora en la que toque presentar el espectáculo, y de las condiciones atmosféricas, presentamos uno u otro raga. Con la palabra, presento el raga, las historias del sonido, del Aum, del lenguaje, y el arquetipo que representa el raga que oirás tocar. Así música de flauta clásica indostaní y palabras se funden en algo que va más allá del análisis y la comprensión.

28 de Julio, 20.00 a 21.15

Sala Equilibrium Yoga, Ronda Universidad 33 3-2b, Barcelona.

10 euros

Reservas e información: Michael.gadish@gmail.com  

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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