La semana pasada me hice una pregunta a raíz de un comentario del Mahabharata, en el cual un personaje hablaba de una ceremonia llamda svayamvara (de “auto-elección”) en la que, para casarse, una princesa elegía un marido entre varios candidatos. El comentario en cuestión llamaba esta ceremonia «una ceremonia la que los instruidos recuerdan y los reyes elogian».

¿Acaso existió una época anterior al Mahabharata en la que las mujeres elegían a sus pretendientes? Me preguntaba la semana pasada. ¿Acaso se trata de una era anterior, en la que el orden social era diferente, y que la anciana historia del Mahabharata recuerda?

Dos días después, el mismo Mahabharata me responde. Leo que una mujer[1]habla con su marido y este le dice que «en tiempos antiguos las mujeres iban descubiertas. Caminaban por donde querían y eran independientes. Permanecían solteras toda la vida y no le eran fieles a ningún hombre. Eso no se veía como contrario al Dharma, porque aquél era el Dharma de aquellos tiempos antiguos. Sin deseo ni rabia, este Dharma anciano lo siguen practicando los animales. La práctica de este Dharma ancestral está sancionado hoy por los sabios (Maharshis). Este Dharma se sigue practicando en la región del norte de Kuru. Ese Dharma eterno es conveniente a las mujeres, oh tú que tienes sonrisas tan bellas. La práctica que se sigue ahora fue impuesta más tarde. El Dharma actual es el de los humanos, y nos separa de los animales»[2].

Cuando leo estas palabras me parece que el Mahabharata habla de una despedida doble; de dos sociedades que se van. Por una parte, el lejano mundo del que habla el pasaje que acabo de citar y por otra, el mundo de normas sociales que sostuvieron por un tiempo una sociedad justa pero han dejado de funcionar. Por una parte, el Mahabharata habla del final de un tipo de civilización y por otra, siento que en nuestro días también, aferrarse a una división de roles tradicional ya no es viable, aunque no queda claro cuál es la alternativa.

Con esto en vista es muy interesante la historia de Amba, una princesa despechada, que también mencioné hace quince días, porque es la historia de un impulso, de un ímpetu, atrapado entre cuerpos y normas. Su historia puede servir como reflexión sobre la cuestión de hacia dónde va este ímpetu en la época actual y cómo dirigir este ímpetu hacia un lugar que no sea el campo de batalla, si es posible.

Amba es una princesa que fue secuestrada junto a sus hermanas por un noble guerrero célibe[3], que quería esposar a Amba con su hermanastro, el rey. Es decir, el noble célibe quería coronar a Amba como reina de su reino. Sin embargo Amba le hace saber a su secuestrador que ya estaba enamorada de otro rey, que su corazón ya había hecho una elección, y el guerrero célibe decide, en una decisión que parece noble por su parte, dejarla ir en busca de su amado.

Aquí es donde comienza el conmovedor periplo de Amba, porque al dirigirse hacia su amado este la rechaza, aludiendo que ya no puede estar con ella después de que haya pasado por la corte de otro rey. Dice que tiene miedo al guerrero que la secuestró, y a las habladurías de los demás. Amba le responde con toda la sinceridad de su corazón que no fue feliz cuando fue secuestrada por aquel «destructor de enemigos»: «Después de ahuyentar a los señores de la tierra, me secuestró por la fuerza y yo lloraba. Oh querido, yo te amo, ámame también. Soy inocente. El Dharma no aprueba el abandonar a aquellos que te quieren. He venido a ti después de obtener permiso de mi secuestrador, el que nunca se retira del campo de batalla. He obtenido su permiso y he venido aquí ante ti. Él ni si quiera me quería para si mismo sino para su hermano; le ha dado mis hermanas y yo he quedado libre. Nunca he deseado otro hombre que tú. Oh tigre entre los hombres, juro por mi cabeza que nunca he deseado otro hombre que tú. Juro por mí misma que estoy diciendo la verdad.  Quiéreme. Una mujer se ha presentado ante ti por su propia voluntad».

Pero nada de esto sirve ante el príncipe y cuando asume la situación, Amba, con lágrimas en los ojos y la voz ahogada por el llanto, le dice: «Habiendo sido repudiada por ti, iré donde quiera. Voy a ir con los virtuosos, porque donde está la virtud está la verdad». Y así comienza el primer paso de la búsqueda de Amba. La princesa peregrina, sola, por el bosque, y pasa la noche en la ermita de unos ascetas, a quienes cuenta su historia.

«Debería darle vergüenza al creador», dice Amba, y pide que se le den ejercicios ascéticos por hacer, porque siente que debe expiar acciones terribles que debe haber hecho en otras vidas para llegar a sufrir lo que está sufriendo en esta. No le interesa volver con su familia, dice, porque estos la han rechazado también. «Cuando vuelva me criticarán», les dice, «me perderán el respeto».

Pasando el tiempo con Amba, escuchando su historia, los ascetas sienten que lo que le ha sucedido es una gran injusticia. El tono de Amba comienza a teñirse con matices de despecho y los ascetas le recomiendan hablar con Parashurama, un asceta guerrero, encarnación furiosa y violenta de Vishnu, famoso por haber extinguido 21 generaciones de guerreros en su juventud, conocedor de todas las  técnicas guerreras además de los ataques mágicos. Parashurama pasa por el lugar esa noche, precisamente, con el pelo largo y pegado en rastas, vestido con cortezas de árbol y la mirada encendida. Viene seguido de sus discípulos, con un arco colgado al hombro y sujetando un hacha de guerra.

Amba llora y le cuenta a Parashurama que está inmersa en un océano de barro y tristeza. El asceta se compadece de su cuerpo delicado, de su situación, y le pregunta si prefiere que convenza al amado que la rechazó o que calcine al guerrero que la secuestró  con el calor de sus armas. Y aquí Amba toma la decisión que marcará su destino. Dice que su secuestrador es la razón de su infelicidad y es por su culpa que está merodeando sin rumbo, en este estado de suprema miseria. Él es avaricioso e insolente, dice, y que desde el día en que la secuestró ella tomó la resolución mental de verlo muerto.

La desolación de Amba lleva a su protector a luchar contra su secuestrador. El problema es que uno de los contrincantes es un avatar, Dios mismo, nacido en la tierra en forma de asceta furioso, y el otro tiene como madre al río Ganges y como padres a los ocho elementos. Ninguno de los dos puede morir. La batalla dura varios días, la sangre de ambos guerreros fluye como resinas de árboles arrancados por un ciclón, las flechas doradas vuelan como llamas y son tantas las que cubren el cielo que ni el viento tiene espacio para pasar entre ellas, mucho menos el sol. El campo de batalla se oscurece y el calor de la batalla incendia todas las flechas en el aire, de manera que los dos guerreros luchan entre las cenizas; arrojan lanzas como meteoros, la tierra tiembla, los chacales aúllan, se desencadenan tormentas y terremotos, los tambores suenan con tonos terribles a pesar de que nadie los golpea, el cielo se convierte en una gran masa de energía, los dioses y sus enemigos gritan de dolor y sus mensajeros se aparecen ante ambos contrincantes para convencerlos de que dejen de luchar.

Parashurama, el asceta guerrero, reconoce ante Amba que su poder no es suficiente para vencer a su secuestrador en la batalla y ella, con los ojos rojos otra vez, pero a causa de la rabia ahora, jura que irá allí donde pueda vencer en la batalla a su odiado enemigo.

Amba llega al río Yamuna y permanece de pié en sus aguas por un año entero, sin comer. Por un año más sobrevive comiendo una hoja al día. Llena de rabia, permanece sobre la punta de los dedos doce años durante los cuales su ascetismo calienta los cielos. Peregrina hacia las tierras donde viven las almas ascendidas, los que poseen poderes (siddhas),  camina hacia los bosques de los dioses, de ermita en ermita, hasta que el río Ganges, en forma de mujer, se levanta ante ella y le pregunta «Oh desafortunada, ¿por qué estás pasando por todo este dolor? Contéstame con sinceridad». Y Amba expone su motivación: «Mi enemigo no puede ser vencido en la batalla, pero yo pasaré por las más extremas austeridades hasta que lo pueda destruir. Vagaré por la tierra buscando la forma de matar este rey, aún si obtengo este fruto en otro cuerpo». Y el río le responde «Oh, preciosa. Estás siguiendo un camino torcido, doncella. Este deseo tuyo es imposible de satisfacer. Si sigues el voto de la destrucción de este rey, si abandonas tu cuerpo en este voto, te convertirás en un río desviado que solamente lleva agua durante la época de las lluvias. Tendrás lagunas terroríficas que nadie querrá conocer. Solo fluirás durante las lluvias y permanecerás seca durante ocho meses. Tendrás cocodrilos espantosos en tus aguas y serás aterradora para todos los seres». Pero la fuerza que mueve Amba no se calma con estas palabras y la princesa sigue esforzándose en su búsqueda hasta que se convierte, efectivamente, en un riachuelo siniestro como el que le describió Ganges. La mitad del cuerpo de Amba se convierte en agua, agua semi-estancada plagada de cocodrilos, y la otra mitad de su cuerpo sigue siendo el de una doncella. «Solamente por la muerte de mi enemigo alcanzaré la paz», decía Amba, «He sido privada de la opción de tener un marido. No soy ni mujer ni hombre. No desistiré hasta que venza a mi enemigo en la batalla». La fijación y la disciplina de Amaba en su búsqueda personal fueron tan grandes que acabó encontrándose a Shiva sosteniendo su tridente en el fondo del bosque. En su desesperación, Amba escucha como la voz de Shiva le promete que podrá matar al rey que tanto odia. Shiva le promete que volverá a nacer en otro cuerpo, pero recordando toda su historia. Nacerá primero como mujer y será una gran guerrera, experta en todo tipo de armas, pero se convertirá en hombre, y acabará venciendo al ser que tanto odia.

Habiendo escuchado estas palabras Amba se levanta, recoge leña para encender una pira y se estira dentro de la hoguera para abandonar su cuerpo.

En otro reino, un rey que no podía tener hijos y consiguió satisfacer a Shiva con muchas ceremonias. Shiva le prometió que tendría una hija, que se convertiría en hijo, y sería un gran guerrero. Así, cuando poco después nació Shikandi, con la memoria de Amba, el rey la educó en todas las técnicas de guerra, como si fuera un príncipe varón, y además mintió a todos sus consejeros anunciando ante el reino que Shikandi era el heredero masculino de su reino. Solo la reina y el rey sabían que el príncipe era en realidad una niña vestida de chico. Shikandi se convirtió en alumna excelente de esgrima, tiro al arco y artes marciales. Aprendió incluso a usar mantras destructivos y armas mágicas. Shikandi, apoyada por sus padres, retrasaba el momento de casarse pero el reino, y los reinos vecinos, empezaban a murmurar, a sospechar, a preguntarse cuál sería el problema. Confiando en las palabras de Shiva, y en que al final todo se iba a arreglar de algún modo, Shikandi fue casada con la princesa de un reino vecino. Cuando inevitablemente la princesa se dio cuenta de que Shikandi tenía cuerpo de mujer la princesa se sintió engañada y mandó mensajeros a su padre, que declaró inmediatamente la guerra al reino de Shikandi.

Shikandi se entristeció mucho por el destino que había traído sobre su reino y decidió escapar sola hacia el bosque, para morir. Dejó sus residencias para alejarse hacia un bosque profundo y apartado, un bosque que todo el mundo eludía porque lo dominaba por un Yaksha al que temían. La casa del Yaksha estaba hecha de ladrillos y enyesada. Estaba llena de humo y grano seco. Tenía muros altos alrededor y una verja.

Shikandi entró en el lugar y ayunó en el patio durante varios días, secando su cuerpo. Cuando el Yaksha salió de su casa tenía los ojos del color de la miel. «¿Qué es lo que quieres pedirme?» le preguntó el Yaksha «Soy el servidor del dios de las riquezas, puedo conseguir todo lo que me pidas, aunque parezca imposible». Shikandi le explicó toda su historia y le habló del peligro que corría su reino, del poder del monarca de armadura dorada que les había declarado la guerra, y le exigió «conviérteme en un hombre para salvar mi reino, has prometido que puedes hacer todo lo que te pida».

El Yaksha se lo pensó y le dijo a Shikandi que podían encontrar una solución pero haciendo un pacto. Él podía prestarle a Shikandi su órgano masculino por un tiempo, con la condición de que Shikandi se lo devolviera cuando terminara de convencer a su esposa y a su suegro de que era un hombre. «Puedo merodear el cielo y tomar la forma que quiero» le dice el Yaksha «llevaré tu órgano femenino por un tiempo, salva a tu familia, pero no intentes engañarme». Y Shikandi, aliviada, responde al ser que merodea la noche que le devolverá su órgano sin falta, cuando pasen los problemas.

Cuando volvió a su reino en un cuerpo masculino, los mensajeros hicieron su trabajo, se comprobó la sexualidad de Shikandi y su esposa y el reino quedaron satisfechos. Sin embargo en estos días el dios de las riquezas, Kubera, señor de todos los Yakshas, se encontraba volando en su carro encima del bosque siniestro en el que Shikandi había depositado su sexo femenino. Kubera se encontró a la residencia del Yaksha decorada con muchos colores, con muchos tipos de guirnaldas diferentes. Estaba el grano seco y también toldos hechos de hierbas aromáticas. El lugar estaba adornado con telas y banderines, olía a incienso delicioso, había suministros de grano, carne y licor. El dios de las riquezas exclamó con su  voz profunda que el lugar estaba muy bien decorado pero se preguntó por qué el yaksha no salía a saludarlo. El Yaksha se avergonzaba de salir porque ahora tenía las fromas de una mujer, le explican los espíritus que le acompañan. Ante esto Kubera se enfada, por alguna razón que el texto no especifica, y condena al Yaksha a permanecer en esta forma femenina hasta la muerte de Shikandi.

De esta manera Shikandi siguió viviendo en cuerpo de hombre, hasta enrolarse en la gran batalla del Mahabharata, en el lado contrario al de su enemigo, que no es otro que Bhishma, el enigmático rey renunciante que prometió antes de luchar que «no apuntaría con sus flechas a ninguna mujer, o a nadie que haya sido mujer anteriormente, que tenga el nombre de una mujer o la forma de una mujer». Bhishma siguió todo el periplo de Amba con la ayuda de espías, sabía perfectamente quién era Shikandi y lo estaba esperando, porque Bhisma podía morir solo cuando él lo decidiera, y tomó la decisión de que fuera Shikandi quien lo matara en la batalla.

Las decisiones de Bhishma, el enemigo de Amba y Shikandi, son un tema para otro día. Esta entrada está dedicada a Amba y Shikandi. Su historia es la de un impulso, un ímpetu atrapado entre cuerpos y entre normas. Un deseo que danza entre cuerpos diferentes, forcejeando con una estructura social. Mi pregunta es hacia dónde va este ímpetu en la época actual. ¿Qué es lo que buscaba Amba? Al amor me parece que renunció muy pronto, y la venganza, ¿por qué le importó tanto? ¿Qué fue lo que más le dolió, la separación de su amado, el despecho o la humillación? ¿Qué dolor alimentó esa transcendental fidelidad al voto de venganza? Y qué fue este ímpetu, ¿masculino o femenino?

A Bhishma, el secuestrador y víctima de Shikandi, se le conoce como “el del voto terrible”, porque hizo el voto de renunciar a la descendencia y no lo levantó ante nada. Con esto en mente, podemos decir que Amba fue su media naranja; Amba “la del voto terrible”. Y Bhishma no dejó de seguir a Amba con sus espías. Amba no dejó de pensar en Bhishma. Su historia es la historia de una relación, tal vez porque al final todo está relacionado. Todo está en relación con todo y no podemos apartar nada del mundo, lo que podemos hacer es elegir bien cómo relacionarnos con ello. Puede ser esto, y puede ser mucho más. Disculpas si la conclusión es algo ligera, solo quiero terminar este escrito de alguna manera. Si has visto otra cosa en la historia de Amba, Shikandi y Bhsihma, estás invitado/a/@ a dejar tu comentario.

[1] Se trata de Kunti hablando con Pandu

[2] Sambhava Parva 112-113

[3] Se trata de Bhishma