Estamos llegando más o menos a la mitad del proceso de preparación de la performance del primer año del proyecto Respirar el Mahābhārata. Digo, de entrada, estamos, porque a pesar de que yo sea el impulsor de este proyecto, me cuesta mucho decir “estoy llegando a la mitad”, esto es, me cuesta hablar en singular. Me cuesta porque me siento tan acompañado por todas las personas que me están ayudando e inspirando, que referirme en singular a este proyecto me parece erróneo. Y esta declaración no es una cuestión de humildad, ni falsa ni sincera, sino realismo. En esta entrada quería hablar precisamente de esto.

Llegando a la mitad del proceso de preparación de la performance del primer año me encuentro arreglando ya el material que quiero presentar, para pasar a partir de ahora a trabajar más los detalles de la presentación. El espíritu de este primer año del proyecto es, dicho poéticamente, el de plantar la semilla que tendré que cuidar los años a venir. Y la semilla de este proyecto del Mahābhārata son los Pandava, los cinco hermanos (más uno) que rotarán a su  alrededor la gran guerra del Mahābhārata (soy consciente de la tautología).

Desde un punto de vista linear, los Pandava nacen pasadas 300 páginas de la traducción inglesa del original, pero desde un punto de vista mitológico siempre están. Las primeras historias del Mahābhārata se encaminan todas al nacimiento de los protagonistas y ante todo, a la simbología tras el nacimiento del abuelo ¿paterno?: Bhisma.

Ahora, ¿quién es Bhisma y por qué pongo bajo signo de interrogación el que fuera el abuelo paterno de los Pandava? Sobre Bhisma se han publicado artículos e incluso estudios monográficos largos[1], así que para no convertir este escrito en una sopa indigerible voy a mencionar únicamente detalles de la simbología de su nacimiento y algunas pinceladas de la trascendencia de este personaje en el Mahābhārata. Que Bhisma sea el abuelo paterno o no de los Pandava no lo pongo en cuestión solo yo, sino que se considera uno de los puntos de quiebre en el orden del clan de los Pandava; en parte una de las razones de la guerra del Mahābhārata.

Bhisma hace el voto de celibato en su juventud, de forma vitalicia, y promete que servirá a quién esté en el trono como si fuera su propio padre. Bhisma no tiene descendencia y cuando muere su padre y sus hermanos no es Bhisma quién asegura la continuidad del linaje en la cámara nupcial con las dos reinas sino Vedavyāsa, el Rishi que recopiló la historia del Mahābhārata y las historias de los dioses. ¿Descienden entonces los Pandava de su abuelo?

Bhisma, por otra parte, es un personaje semi-divino, como muchos en el Mahābhārata, y uno de los héroes más importantes de esta épica: Bhisma puede morir cuando quiere, por ejemplo, y Bhisma, además, es fuente de sabiduría espiritual: Cuando Arjuna, uno de los Pandava, vence a Bhisma en la batalla, en el dolor de haber matado a su abuelo recuerda las razones por las que no quiso luchar en esa guerra (para los más entendidos: es en este momento donde el texto del Mahābhārata introduce la famosa Bhagavad Gitā, a modo de flashback de Arjuna). Tras ser vencido Bhisma, dado que puede elegir el momento de su muerte, queda clavado a la tierra por las 25 flechas de Arjuna, pero no muere hasta el próximo solsticio de invierno y cuando termina la guerra los cinco Pandava se acercan a él y Bhisma les cuenta desde el suelo el secreto del origen del mundo. Sus palabras están documentadas en el Mahābhārata y del estudio de este discurso esotérico se desarrolla una interesantísima escuela de pensamiento místico/filosófica india llamada Pāñcarātrā.

De esta manera, con la mención del detalle astrológico de la muerte de Bhisma y la escuela esotérica Pāñcarātrā, me acerco a la simbología tras el nacimiento de Bhisma, que es lo que más me ha estado interesando en estas pasadas semanas de Mayo 2016.

Los padres de Bhisma son un rey celestial y un río, primero. Ganga, es el río Ganges en el plano material y una diosa que emana belleza en el plano ideal. En el plano ideal una ráfaga de viento levantó las telas que le servían de ropa a Ganga, “blancas como los rayos de luna” y todos los dioses bajaron la mirada menos Mahabhisa, un rey celestial, que quedó encantado con las formas de Ganga. Por esa osadía, Brahmā le hace nacer en el mundo material. Así, el rey celestial escoge el cuerpo de quien va a ser también un rey excepcional en la tierra y nace como el rey Shantanu, padre de Bhisma. Ganga, sin embargo, ha quedado enamorada también de Mahabhisa, el rey celestial.

Oportunamente, los ocho Vasu han sido enviados a nacer en la tierra también, por una osadía, también, y buscan un nacimiento especial. Ganga escucha su necesidad y decide aparecerse en la tierra para que los 8 Vasu puedan nacer de ella. Cuando el rey Shantanu, la encarnación terrenal del rey celestial Mahabhisa, está mirando las aguas del Ganges, ve salir del agua el cuerpo desnudo de una mujer que le parece la más atractiva que ha visto en vida. El cuerpo terrenal de Shantanu no recuerda a Ganga pero se siente inmensamente atraído hacia ella y los dos tienen un hijo: Bhisma, que reúne las cualidades de los 8 Vasu.

Aquí algunos entendidos sabrán que estoy omitiendo detalles de la historia, pero lo hago para que el escrito sea legible. Toda historia del Mahābhārata está trenzada con muchas otras y en algún punto siempre hay que seleccionar. Existen diferentes variantes de esta historia, además, y yo prefiero en este caso elegir la versión del propio Mahabharata, según la cual Bhisma recoge en su nacimiento una octava parte de cada Vasu.

¿Y quiénes son los Vasu? Sigo con la simbología. Los Vasu son, desde un punto de vista mitológico, ayudantes de Indra. Indra es el rey de los dioses. Indra, más que un individuo, es un cargo, que ocupan entidades diferentes en cada era cósmica. Indra es la posición de rey de lo divino y sus ayudantes se llaman Vasu, una palabara que podría traducirse también como “recipientes” o incluso “sedimentos”. Cada uno de los Vasu representa un elemento, o cualidad del universo: La tierra (soporte), el fuego (energía vital), el viento (o aire que respiramos), espacio (o expansión), el sol (o la eternidad), el “padre” cielo (marido de la tierra) y las estrellas (en concreto Dhruva, la estrella polar y único astro que parece inmóvil visto desde la tierra).

Hay cierto paralelismo entre esta óctuple división de las cualidades de este antepasado tan central de los Pandava y los ocho dioses relacionados con el rey ideal, según el código de Manu, el mítico tratado sobre el orden terrenal: el Sol, la Luna, el Fuego, el Viento, Yama o la ley universal, Kubera o la riqueza, Varuņa o las relaciones entre los elementos e Indra. También la recurrencia de divisiones óctuples en las filosofías indias da que pensar, y la lectura meditativa de los tratados filosóficos Chāndogya Upanișad y Bŗhadāraņyaka Upanișad, en los que se describe la presencia de los ocho Vasu en todo cuerpo humano, o toda manifestación material, por extensión; pero lo que quiero hacer aquí no es ponerme a disertar sobre los Vasu sino preguntarme algo que tiene importancia más inmediata: ¿por qué me interesa a mí tanto esta descripción mágica/esotérica/mitológica del ser humano?

Sobre el significado de los Vasu seguiré indagando, y escribiré más sobre ello y hablaré de ello en la performance del primer año de este proyecto pero antes, quiero preguntarme, ¿Por qué me afecta esta alegoría, que a fin de cuentas no deja de ser una representación fantástica?

Si dijera que me creo, de manera literal, que hace miles de años nació en la tierra un tal Bhisma, descendiente del río Ganges y un rey celestial, con las cualidades de las estrellas y la luna, me estaría mintiendo a mí mismo. No me lo creo de la misma manera en que me creo que me he dejado las llaves en casa cuando no las encuentro en el bolsillo. Ahora bien, si me pregunto si me creo que existe una historia sobre el ser humano, en la que aparece un personaje que fue célibe toda su vida, que podía morir cuando quería y era la encarnación de los ocho Vasu, y que esta historia es cien por cien real, la respuesta es sí. Sí creo que el Mahābhārata habla de la realidad, y que todo lo que se cuenta en esta historia es real, desde el punto de vista del Mahābhārata.

Cuando leo sobre los ocho Vasu siento que esta historia va sobre mí. Siento que tengo los elementos de la tierra, el aire y el fuego en mí, es decir, que tengo que cuidar qué respiro, qué consumo y qué bebo porque mi cuerpo es un equilibrio delicado. Siento que mis estados de ánimo cambian como la luna o el sol en el zenit y que este equilibrio delicado entre sentidos y consciencia que es la idea que tengo de mi cuerpo está siempre en expansión y depende del entorno tanto como lo transforma. Todo esto no lo leo en el texto, el texto del Mahābhārata me inspira a vivir estas palabras, a investigar en otros escritos y a que su significado crezca en mí y me transforme. Intuyo que podríamos llamarlo el efecto poético del texto, a esta inspiración que vitaliza tanto, pero no estoy seguro, parte del objetivo de este proyecto de 12 años es investigar precisamente el significado de lo poético en el Mahābhārata.

El símbolo de los Vasu también me inspira en cuanto a presentación del Mahābhārata en forma del formato que se llama “performance”. En inglés “performance” significa acción. El término performance es un saco en el que se puede poner cualquier cosa que uno quiera hacer, en público, en vídeo o como quiera, porque significa esencialmente “hacer algo”, y hacer algo, lo hacemos todos, mientras vivimos. Aquí es donde se une el símbolo con el arte y la filosofía. Todos formamos parte de todo. Mi cuerpo no existe sin el resto del universo. Sin el aire, el calor de la tierra, el agua y los minerales que mi cuerpo contiene, no existo. Y hay algo más, hay algo en la mirada, hay algo en mí que despierta cuando miro la luna, el sol y las estrellas. Hay algo que se expande, cuando leo el Mahābhārata. Mis acciones son la performance de mi cuerpo a lo largo de mi vida. Dentro de la realidad del Mahābhārata, la performance de Bhisma fue su paso por la tierra, sus enseñanzas y sus decisiones.

No me conozco, pero me veo en mis acciones, me veo en mis opiniones, en los reflejos de mi paso por el mundo. Pero lo que yo soy no es nada fijo, soy un fragmento del universo, así que cuando me observo observo al universo en movimiento. Cuando estudio a Bhisma en el Mahābhārata y comparto mis conclusiones en vivo, contando su historia con la mente, la voz y el cuerpo, puedo verme en mis acciones. Entiendo, de esta manera, que compartir el Mahābhārata en vivo es una manera de vernos todos los reunidos. Es por esto que estas historias tienen sentido cuando son contadas en vivo, a la manera tradicional, porque en presencia de otros somos más conscientes de nuestras reacciones a ellas. Y la diferencia entre encontrarnos para contar estas historias o para tomar un té en cualquier otro lugar es el nivel de atención y profundidad que se despierta cuando compartimos estos relatos tan simbólicos, o poéticos. Porque dicho poéticamente: podríamos decir que cuando se comparte el Mahābhārata en grupo están presentes la tierra, el fuego, el viento, el espacio, el sol, el cielo, la luna y las estrellas.

[1] Thakur, I.M. Thus Spake Bhisma, Motilal Banarsidass, Delhi, 1992.