El renacer en el cuerpo

Si caminamos por un bosque y no nos sentimos solos es porque en algunos árboles, o minerales, hay seres vivos y conscientes. Su presencia, y sus miradas, nos acompañan. Hablan  con la voz del viento y del agua. En la península índica y países limítrofes a estos seres se les llama Yaksha. Se dice que cuando salen del cristal, la planta o el lago que habitan viajan sobre palacios voladores que son muy difíciles de ver.

Hubo un Yaksha, de nombre Gaya, que hace milenios escupió desde su palacio volador y su saliva fue a caer justo sobre la cabeza de Krishna. Gaya pudo ver desde el cielo el enfado de Krishna, porque se manifestó sobre la palma de su mano un disco giratorio hacho con la energía sobrante del sol; un arma mágica que Krishna invoca a voluntad cuando va a luchar, que puede cortar todo a su paso y volver a la mano de Krishna.

Gaya fue volando a toda velocidad a la segura ciudad de Indraprasahtha y se lanzó a los pies de la reina Subhadra. El Yaksha suplicó protección y ella le dio su palabra de noble y guerrera de que su marido Arjuna, el arquero más excepcional de la tierra, iba a protegerlo del peligro que lo perseguía. Pero la sorpresa de Subhadra y Arjuna fue enrome cuando vieron que quien venía persiguiendo al Yaksha Gaya era precisamente Krishna, hermano de Subhadra y el mejor amigo de Arjuna. Pero Arjuna ya había dado su palabra de guerrero y, firme en su deber de proteger a Gaya, invoca a su arco Gandiva, que también recibió del dios del fuego cuando le ayudó a quemar el bosque Kandhava junto a Krishna. Krishna y Arjuna se enfrentaron, el arco Gandiva contra el disco Sudarshana, primo contra primo, amigo contra amigo y también Nara contra Narayana, humano contra la divinidad.

El universo se estaba apunto de romper, y por esto Shiva y Brahma se pusieron en movimiento:

-No podemos ir contra la voluntad de Krishna – dijo Shiva -Él es mi espejo, y lo que él decide tiene que pasar.

-Pero podemos dejar que mate a Gaya – respondió Brahma – y tú lo puedes revivir. Así se cumplirá la palabra de Krishna, pero también la de Arjuna.

La vida de Gaya fue separada de su cuerpo por el disco cortante de Krishna, pero volvió a él por la tenacidad de Arjuna, y la intervención de Shiva. Así dicen que pasó, igual que se cuenta que, un par de milenios más tarde, en un pueblo llamado Bet Anyá, cerca de la ciudad de Jerusalén, vivieron dos hermanas llamadas Miriam y Marta, quienes tenían también un hermano, Elazar, que estaba padeciendo una grave enfermedad.

Una parte de ellas estaba preocupada por la salud de su hermano, pero la otra parte estaba tranquila y confiada, porque en aquella época se hablaba mucho en la región sobre un hombre, de nombre Yehoshua, o “salvador” en hebreo, de quien se decía que era el ungido, o el elegido, según la profecía, para salvar a toda la humanidad. Y Miriam y Marta eran cercanas a Yehoshua, habían tratado con él personalmente en varias ocasiones y siempre que sus viajes lo llevaban cerca de Jerusalén Yehoshua pasaba por Bet Anyá a hacerles una visita. Miriam estaba convencida de que en una de sus próximas idas y venidas Yehoshua iba a pasar por su casa e iba a curar a su hermano, pero el tiempo pasó y Elazar murió, sin que hubiera aparecido Yehoshua.

Al tiempo, Yehoshua sí visitó a las hermanas, y estas compartieron con él la fe que habían puesto en su visita, y en su capacidad de curar a las personas, así como el dolor y la decepción por haber perdido finalmente a su hermano. Entonces Yehoshua pidió que lo llevaran a ver la tumba de Elazar y ante su sepulcro lo llamó. Y la maravilla desgarró las expectativas de todos los presentes cuando Elazar se levantó y se acercó caminando a Yehoshua, vivo.

No solo esto, sino que Elazar pudo contar lo que vio en el otro mundo, y dijo que había visitado unos jardines preciosos, donde esperaban todos los difuntos para ser revividos por Yehoshua al fin de los tiempos. Eso dicen. Eso cuentan que pasó.

Esas dicen que fueron las palabras de Elazar (Lázaro, para muchos) sobre lo que vio antes de renacer.

Y no es necesario creernos estas palabras literalmente, sino que la cuestión es cómo cambia nuestra respiración cuando las oímos.

¿Cómo afectan nuestros ánimos?

¿Cómo sentimos nuestros planes y nuestra creatividad?

¿Cómo afectan nuestro estado presente las historias de resurrección?

¿Cómo afecta nuestra manera de ver nuestras preocupaciones?

Es interesante parar para observar este instante, antes de que aparezcan los juicios y las interpretaciones. Hay un suspiro, antes de cada pensamiento, en el que resurgimos, una y otra vez.

Propongo observar este instante, cuando escuchamos, y meditar sobre el universo que abre.   

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