He tenido un sueño: un joven alto y delgado, bello, de piel muy oscura, casi negra, tan oscura -marrón dorado oscuro- que se funde con el entorno. Me habla. No recuerdo lo que me dice pero sí su mirada. Ojos luminosos, de blanco calmado claro y penetrante, alegre e intenso, que contrasta con el entorno.

Este tercer año del proyecto corresponde al año de aparición de Krishna.

Si bien Krishna es todo y es él quien mueve el universo con una danza giratoria atemporal en su bosque secreto más allá de toda coordenada espacial, Krishna es también un personaje del Mahabharata. El Krishna personaje, el primo de los protagonistas del Mahabharata, no aparece hasta bien pasadas unas 400 páginas del Mahabharata.

Krishna es un avatar. Es una persona, pero a su vez es infinito y no podríamos reconocerlo si no limitara su forma a algunas de las cualidades que mejor lo representan. Krishna es como la luna entre las estrellas, como la mente entre los sentidos o la fuerza vital en todos los seres. Krishna es como todas estas cosas pero no es ninguna de ellas en sí. No es meramente la luna, la mente o la fuerza vital; estas cosas residen en Krishna pero él no reside en ellas. Él es como la fuente de los mundos, y está más allá de ellos.

¿Cómo se reconoce entonces algo tan sutil?

El Mahabharata parece dar una pista con la manera como narra la aparición de Krishna en la historia que cuenta.

En el “capítuloDroupadi Parva Krishna aparece por primera vez y no lo hace anunciándose a bombo y platillo, bajo trompetas, tambores y pétalos celestiales que caen de las nubes. Es más, no son los protagonistas quienes ven a Krishna sino que son ellos los que son reconocidos por la mirada penetrante de esta encarnación divina.

Los Pandava, los protagonistas, están en el exilio y disimulando su identidad. Se presentan a un torneo con nombres inventados, un torneo al que acuden nobles de varios reinos, y entre el público destaca la mirada de Krishna, quien reconoce sin dificultad quiénes son realmente estos “extranjeros desconocidos”:

<-El guerrero con la mirada de toro enloquecido que sostiene el arco que mide cuatro cúbitos tiene que ser Arjuna. Si soy el hijo de Vasudeva, no puede haber duda de ello. El guerrero que acaba de arrancar un árbol de sus raíces es sin duda Bhima, ningún otro mortal puede efectuar tamaña hazaña hoy en día. El otro, el que ha salido hace un momento, con la mirada como pétalos de loto abriéndose, delgado y con la mirada de un león poderoso, humilde, justo y con el perfil alargado y brillante, ha de ser Yudisthira. Estoy seguro que los otros jóvenes, cada uno como el general de los dioses, tienen que ser los hijos de los dos Ashvins> le dice Krishna a su hermano Balarama, quien le acompaña como público, y tras el torneo camina hasta encontrarse con los Pandava, saluda al hermano mayor tocando sus manos y pies, y se presenta por primera vez:

≤-Soy Krishna>.

Y explica cómo los reconoció:

≤-Aún si el fuego se cubre, se acaba asomando y se vuelve visible.>

La aparición de Krishna en el Mahabharata es sorprendente, inesperada, como todo lo que hace.

Uno se piensa que busca a Krishna, o que busca la verdad, o lo real en el mundo, cuando al final es el universo el que le está observando a uno. Pero la mirada penetrante del mundo no se entretiene juzgando los disfraces que nos queramos ir poniendo sino que observa atenta nuestra aquello que realmente somos. Igual que Krishna reconoce a los Pandava desde el público el océano reconoce al agua en el río, el viento reconoce los espacios entre la roca, el principio y el fin se reconocen cuando se encuentran en el medio, la teoría se reconoce en los filósofos y el sonido se reconoce en las sílabas, así como la muerte y los nacimientos se reconocen en el tiempo.

Al lector que, como yo, se pregunta cuándo aparecerá Krishna en el Mahabharata, este ya lo está esperando, con la mirada abierta.