Probablemente ya haya mencionado en alguna ocasión la historia fundacional del Mahabharata; la historia que cuenta como el rey Parikshit, nieto de Arjuna, llega cansado a un campamento bosque adentro, en el que pierde la paciencia y con ello también su vida.

Parikshit llega exausto a un refugio en el bosque y se encuentra con un asceta meditando, a quien pide agua. Pero el asceta no reacciona y sigue su meditación. Parikshit se deja engullir por la furia y culpa al sabio de no querer satisfacer sus deseos. El rey se ofende y viendo un cadáver de serpiente en las cercanías, lo levanta y lo cuelga sobre los hombros del asceta, que sigue imperturbable su meditación, ahora con una serpiente muerta reposando sobre sus espaldas.

De repente sale de una cabaña un joven, el hijo del sabio, que cuando ve lo sucedido maldice a Parikshit y lo destina a morir devorado por una serpiente, más concretamente a manos de Takshaka, el rey de las sierpes.

El Mahabharata cuenta cómo accede Takshaka al palacio de Parikshit, cómo se presenta ante el rey abriendo sus fauces y un detalle que llama la atención: el rey mira el ocaso y, satisfecho, dice:

-Hoy es un buen día para morir.

Parece que el narrador del Mahabharata quiso transmitir en este caso la raíz del conflicto de la familia de Parikshit con las serpientes, dando una pincelada del carácter del rey.

Después de haber compartido el Mahabharata con la  humanidad Vyasa, el sabio bardo de los dioses, se sintió vacío y como si todavía se hubiera dejado algo en el tintero. Así se lo hizo saber Vyasa a su compañero Narada, otro de los sabios que conoce íntimamente a los dioses, y este le explicó a Vyasa que se sentía triste porque en el Mahabharata había hecho mucho énfasis en la ética y la teosofía, pero se había dejado de lado la devoción, que es la energía y el sentido de la vida.

Oido esto, Vyasa narra otra série de relatos, que se recopila bajo el nombre de Shrimad Bhagavatam Purana (algo así como “las historias antiguas del honrado señor del universo”), donde Vyasa vuelve a formular algunos de los episodios que ya relató en el Mahabharata, añadiendo nuevos detalles esclarecedores. Por ejemplo, en la introducción, encontramos una explicación de por qué estaba el rey Parikshit tan tranquilo cuando se encontró de frente con su muerte.

Según añade el Shrimad Bagavatam Purana, la obra recién mencionada, cuando el rey entiende que le quedan pocos días de vida reúne a los sabios de la corte para pedir consejo.

No se trata de consejo para esquivar al rey de las serpientes, este es el destino del rey y es inevitable. Siete días, en este caso, se presentan como el poco tiempo de vida que, en un sentido alegórico, nos queda a todos. “La vida pasa veloz como el vuelo de una flecha / os lo ruego, no perdáis el tiempo”, dice un poema japonés medieval. “Hay que solucionar la cuestión de la vida y la muerte”, dice el mismo poema, y en esto están los sabios de esta historia.

A lo que quiero llegar en esta entrada es al encuentro de uno de estos momentos en los que uno tiene que ser creativo y entender con sus propias palabras lo que estas historias ancestrales están proponiendo.

De entrada ¿de qué tipo de solución estamos hablando?¿De aceptar la muerte?¿o de llegar a un tipo de comprensión que supere la muerte? No es fácil de definir.

Pongamos que una manera directa de resumir el texto sería que aparece en la corte del rey el hijo de Vyasa, del autor del Mahabharata y Shrimad Bagavatam Purana, quien dice al rey que lo que le puede traer la liberación (¡¿de la muerte?!) es observar la forma de la Divinidad. A esto sigue una descripción de la forma de la divinidad como macrocosmos mitológico y a continuación, para explicar los detalles de la imagen que ha descrito, que es extremadamente esotérica, el sabio se ofrece a narrar todos los relatos que le enseñó su padre, durante los siete días que le quedan de vida al rey. Esta narración es lo que acaba llevando al rey Parikshit a expresar <Hoy es un buen día para morir> cuando se encuentra con la serpiente.

¿De qué se ha liberado entonces? ¿del miedo?

Siguiendo el ejemplo de las historias tradiciones, voy a ilustrar lo que estoy intentando decir con un relato:

Yo nací y pasé mi infancia en la llamada tierra santa de occidente. La educación que recibí fue estrictamente atea y materialista (materialismo marxista, pero materialismo). En cuanto al linaje, sin embargo, mi padre es de origen judío y mi madre católico. Esto importa, por muy ateo que seas, en una tierra que carga con el epíteto de santa.

Crecí escuchando llamadas a la oración musulmana por megáfono, rodeando sinagogas de camino a la playa y visitando lugares como Belén o la iglesia del santo sepulcro, de los que mi mente infantil recuerda las pilas de crucifijos y camellos de madera que se vendían en la calle. En ninguno de estos lugares me sentía aceptado por quien era; la religión era una mezcla de souvenirs con miradas de desconfianza y dios, el enigma que inspiraba aquel mercadillo de cantos, incienso y violencia, muerte y miedo.

Cuando viajé por primera vez a India (más bien Rishikesh) me pareció encontrarme con el mismo carnaval: cantos mecánicos, incienso, impaciencia por entrar en las ceremonias y personajes dudosos ataviados de túnicas coloridas. La sensación en el lugar me recordaba a menudo Jerusalem, y no en un sentido positivo.

He crecido viendo como la religión miente y especula con lo más preciado: con la energía vital. Promete la paz y una salvación de la muerte a cambio de poder político y económico, de poder para manipular y corromper sociedades hacia la discriminación, la soberbia y la separación. Por esto me cuesta ver cómo una descripción del macrocosmos pueda ser la solución a la muerte, y, sin embargo, la fascinación, la atracción, la búsqueda de la verdad, de lo auténtico, de lo real, parece apuntar siempre a un lugar que si bien está más allá de la ceremonia, el dogma y la religión, para llegar a él es necesario transitar la práctica espiritual.

Lo que me ha movido para llegar a este acto ceremonial de 12 años (Inshallah -si dios quiere- lo cumpliré) es la búsqueda de lo real: como una sensación de plenitud estable que me ha encontrado en algunos intervalos de la vida; transportada por el viento cuando me baño, miro un fuego o sentado sobre una roca. En momentos inesperados. No de dios, ni el hinduismo, ni la India, ni el arte ni la belleza, sino del poder que inspira todas estas palabras. Pero solo se llega a la raíz de un cuento escuchándolo bien.

Y así, contando esta pequeña historia sobre mí, aparezco yo también como personaje en esta gran historia de la humanidad que narramos entre todos. Cumpliendo, descubriendo, el papel que me toca, junto a Parikshit, y las hormigas, la hierba y la brisa que la mueve; junto a las apariencias de la luna y las imaginaciones que inspira, con el sol y el tiempo que nos mueve, entre los ideales que nos susurran las estrellas, como parte de esta energía que quiebra rocas y las lanza por la galaxia en estallidos de luz…

A veces parece que esta historia nunca termina, solo se suceden los capítulos.