El recuerdo es una dimensión especial de esta realidad en la que vivimos. Una dimensión cercana y a su vez inasible; líquida; y también concentrada.

Podemos recordar un texto, o una serie numérica, y volver a repetirlo a través del tiempo. También podemos recordar un evento, pero en ese caso reproducimos más bien la sensación interior, la emoción, que relacionamos con la narración de unos eventos pasados que nosotros consideramos estar relacionados entre sí.

Un parque de atracciones, por ejemplo, es muchas cosas: palomas que picotean sobras de comida que los niños han dejado caer, polvo, ruido de motores, aroma de azúcar quemado, esperanzas de reunión familiar, ansiedad, etc. Pero el recuerdo que nos queda de un parque de atracciones es una cualidad, casi una sensación, que unifica la experiencia en una sola impresión física; un sabor, o sustancia (rasa, en sánscrito). Y este recuerdo depende de cómo hemos llegado al lugar, y desde dónde; en un sentido exterior e interior. El recuerdo es el lugar de confluencia de dos mapas, el del trayecto externo, el del encuentro con las formas del mundo físico, y el trayecto interno, el de las cualidades que atribuimos internamente a las experiencias físicas.

Después, el recuerdo se sigue transformando, y re-transformando, a partir de la interpretación posterior de la experiencia. El viaje continúa, la exploración del mapa se despliega de manera inevitable a causa del tiempo. Crecemos, y recordamos la infancia con dolor y alegría. Se forma el recuerdo de dos parques de atracciones internos: Uno, sombrío, al que no nos llevaron, en el que nos decepcionamos con la vida, por no ser tan intensa, segura, gratificante o justa como nos gustaría. Otro, esplendente, en el que los colores joviales anuncian desde la lejanía la apertura de un vórtice luminoso que hala nuestra atención hacia los armónicos templos luminosos de la dicha universal. ¿Cuál es el parque de atracciones real?

El Mahabharata es también la historia de un choque con la realidad. A los príncipes protagonistas, quienes han nacido para cuidar y volver prósperos sus dominios, se les desmorona el reino entre las manos, a través de una guerra apocalíptica que ni pueden, ni quieren, ni saben cómo evitar.

Al final, quedan los destrozos, el recuerdo y la reflexión. Por esto Yudisthira, el príncipe heredero, pregunta a todos los maestros disponibles a su alrededor, en busca de una respuesta a esto que le ha pasado por encima: La vida.

Yudisthira cuestiona cada detalle de lo que ve. Observa los preparativos de su propia ceremonia de coronación y le pregunta al sacerdote encargado: «-¿Por qué hay cuatro oficiantes en cada ceremonia?»

Parece que su crisis es profunda, y gracias a ello podemos instruirnos los lectores también:

«-Escucha el supremo misterio» responde, atento al estado vulnerable del rey, el sacerdote:

«-el agente, la acción, el instrumento y la emancipación – estos son los cuatro sacerdotes oficiantes que envuelven el universo. Escucha cuáles son los medios que usan: La nariz, la lengua, los ojos, la piel, las orejas como quinta, la mente y la inteligencia – estas siete se conocen como las cualidades asociadas con el agente. Olor, sabor, forma, sonido, tacto como quinta, lo que se piensa y lo que se entiende – estas siete son las cualidades asociadas con la acción. El que huele, el que come, el que ve, el que toca, el que escucha como quinto, el que piensa y el que entiende – estos siete son conocidos como las cualidades asociadas al instrumento. Poseen cualidades, buenas o malas, y son consumidos por sus propias cualidades. La persona que se sabe estar más allá de las siete, y carente de cualidades, tiene motivos para la emancipación. Los entendidos saben que estas cualidades ocupan sus lugares respectivos. Son las formas de los dioses, que siempre disfrutan de las oblaciones. Los ignorantes consumen y desarrollan una sensación de propiedad. Este tipo de persona se cocina para sí misma y siempre es destruida por la sensación de propiedad. (…) Lo que es pensado por la mente, lo que es hablado en palabras, lo que es escuchado por los oídos, lo que es visto por los ojos, lo que es tocado por la piel, lo que es olido por la nariz – estos seis son como oblaciones que deberían ser reguladas por la mente. Estas cualidades deben ser ofrecidas al fuego resplandeciente que brama dentro del cuerpo.[1]»

«-Hay un gobernante, no hay otro» continúa el sacerdote: «-Allí donde voy me emplea siempre el mismo. El gobernante es el ser que está establecido en el corazón, y gobierna desde allí. Yo soy movido por él. Hay un solo maestro, no hay segundo; está en el corazón y siempre es de él de quién hablo. (…)

En una ocasión», sigue contando a Yudisthira el mismo sacerdote: «-las serpientes (naga) fueron a ver al ser primordial, al universo personificado (Prajapati), y le preguntaron: «-¿Qué es lo que sería mejor para nosotros?». El ilustre centro del universo (Brahma, en este caso sinónimo de Prajapati), pronunció la sílaba «Om». Oyendo esto huyeron todas las serpientes hacia direcciones diferentes. Habiendo oído lo que estaba destinado como instrucción para ellas, para su ser, se dispersaron.

La inclinación a morder apareció así entre las serpientes.  Los Asura desarrollaron la insolencia en su conducta. Los dioses fueron reclutados a la labor de ofrecer el auto-control a los sabios (Maharshis). Todos recibieron su instrucción personal a partir de una sola palabra».

Así que así es como es engrana el universo entero en una sola palabra. Como maquinaria de una enorme y compleja noria, en un parque de atracciones incomprensible. Todo engranado y apoyado en el corazón, que es uno solo y está en todas partes, que son el centro del universo.

Lo que comprende esto, cuando se comprende, si se comprende, se ofrece al fuego resplandeciente, intenso, que brama en el interior de nuestro cuerpo. Así es como moramos el parque de atracciones cósmico. El parque de atracciones galáctico. El parque de atracciones Universal.

Todo esto es Om.

[1] Todo el texto que cito en esta entrada proviene del Ashvamedikha Parva 25 y 26, en el Mahabharata.