La llave al mundo de la imaginación

El Mahabharata es una gran historia. Un historia tan grande que se puede permitir hablar de nuestros orígenes más profundos, aquellos que nunca pasaron pero siempre son. Los orígenes de nuestros sueños.

El Mahabharata es la historia de una guerra civil, que involucra a toda la humanidad, a los dioses, los titanes (Asura) y a todos los mundos intermedios.

¿Y cuáles son estos mundos intermedios? La tradición moderna de la que somos herederos no incluye relatos de los mundos intermedios. Hablamos del mundo, de lo cuantificable, o de lo transcendente: esa fosforescencia dorada tan elusiva que nos orienta hacia la belleza en el arte, en algunas ocasiones, o hacia un respiro de vigor interior, en otras. Sobre un plano intermedio entre estos dos polos no solemos hablar, y mucho menos de los seres que lo habitan.

Lo que me encuentro, sin embargo, en los encuentros de narración que tengo el placer de conducir, es que la gran mayoría de preguntas que el público hace se refiere precisamente a ese plano. Probablemente por ser más desconocido, y también por la fascinación que produce.

En la entrada pasada escribí sobre el fuego. Sobre el fuego real y el simbólico. De hecho la diferencia entre los dos es difusa pero ya habrá tiempo de hablar de esto en este tercer año; en este post quiero mencionar otro símbolo muy recurrente, igual de hipnótico que el del fuego, y directamente relacionado con la historia central de este tercer año del proyecto, que compartí hace quince días, la historia de la quema del bosque Khandava. El símbolo del que hablo es el de la serpiente.

¿Por qué están relacionadas las serpientes con el bosque Khandava? Porque el bosque en cuestión no era cualquier bosque, sino la capital del reino de las serpientes. El reino de los Naga, en sánscrito. La quema del bosque conllevó también la destrucción de la ciudad de las serpientes y sobre ese terreno calcinado se irguió Indraprastha, una de las capitales del clan de Arjuna, el héroe involucrado en la quema del bosque.

De repente la historia cobra matices mucho más cercanos. Antiguos como la misma humanidad. Igual que el fuego, las historias de conquista y reconquista acompañan a la humanidad desde que es humanidad.

Solo que en este caso el terreno es re-conquistado no a otro clan humano sino a los Naga, unos seres enigmáticos que viven en el mencionado plano intermedio.

«¿Qué son los Naga?» Es una de las preguntas que más me han hecho a la hora de narrar el Mahabharata. Y todavía no sabría responderla con autoridad.

Además, me pregunto, ¿Cómo es un reino de los Naga? Y si en el bosque que quemó Arjuna había una ciudad Naga, ¿por qué no la describe el texto? ¿Era subterránea? ¿Invisible?

No considero este interés una mera coquetería intelectual, más bien intuyo que explorando estos senderos del Mahabharata es como uno puede aprender de las enseñanzas que el texto ofrece sobre las profundidades de la consciencia humana. En este caso, buscando descripciones del reino de los Naga en el Mahabharata, me he encontrado con grandes enseñanzas sobre el arte de la narración, que a la vez son enseñanzas sobre el funcionamiento de la imaginación humana.

La novia Naga de Arjuna

Sí, en uno de sus viajes Arjuna tiene una romance con una hija de la raza de los Naga, con quien tiene además un hijo que le ayudará en la batalla final[1]. Pero ahora no quiero detenerme en esta relación sino en el momento en el que se describe el reino de ella.

Arjuna está haciendo abluciones en las aguas del Ganges, al norte, cuando de repente «sus brazos poderosos son arrastrados por Ulupi, la hija del rey de los Naga -quien podía viajar donde quería- al fondo de las aguas. Allí Arjuna se encuentra un fuego perfectamente construido, al que ofrece reverencias de manera que el fuego se siente satisfecho[2]».

Esto es todo. Pero es más que suficiente. ¡Qué paleta de colores se abre con esa simple descripción! No hace falta mucho más. ¿Quién no ha visto el fuego en medio de las aguas, y las sombras que lo rodean, al leer esta frase? La imaginación humana no necesita demasiado para ponerse en funcionamiento, y los Naga precisamente viven en el plano de la imaginación. Es como si el Mahabharata mostrara el mínimo necesario para activar la imaginación; la llave, al desnudo, del mundo de la fantasía.

En otra ocasión, en los meros inicios del Mahabharata, se habla de un practicante espiritual que quiere llevar a su maestro unos pendientes dorados que codicia Takshaka, el mismísimo rey de los Naga. El practicante sabe que tiene que ir con cuidado y está atento, pero en el camino ve un mendicante acercándose hacia él. El mendicante se vuelve a veces invisible y después vuelve a aparecer. El practicante siente la necesidad de ayudarlo y deja los pendientes en el suelo para traer algo de agua. En ese momento el mendicante se convierte en Takshaka, el rey de los Naga, quien agarra los pendientes y desaparece en un gran agujero en el suelo, entrando en el mundo de los Naga.

El practicante lo sigue, y cuando lo reciben las serpientes los adora diciendo «Oh serpientes, que adornáis las batallas, llovéis como nubes llevadas por el viento y cargadas de relámpagos. Bellos y con muchas formas, cubiertos de pendientes multicolores, brilláis como el sol en el cielo», y de esta manera sigue alabando el linaje de los Naga pero se da cuenta de que nadie le va a devolver los pendientes. Entonces ve dos mujeres tejiendo una tela en un telar. Hay hilos blancos y negros en el telar. También ve una rueda siendo girada por seis chicos y un hombre guapo. Así que el estudiante los saluda usando un mantra que conocía: «Seis chicos giran una rueda con 360 ejes, moviéndose perpetuamente en un ciclo de 24 divisiones. Dos mujeres jóvenes, representando al universo, tejen continuamente con hilos negros y blancos, creando mundos y seres del pasado y el presente. ¡Oh señor del relámpago! Oh, protector de los mundos; oh gran alma vestida de negro, que llevas la verdad y la no verdad al mundo, ese que en los tiempos ancianos consiguió su montura sobre el caballo, que era otra forma del dios del fuego, en las profundidades de las aguas. Siempre te saludo, señor del universo. ¡Oh señor de los tres mundos![3]».

«Estoy satisfecho con tus saludos» responde el hombre apuesto. «Pídeme lo que quieras».

«Quiero dominar a los Naga» responde el estudiante espiritual.

A lo cual el hombre atractivo le dice «Sopla por el ano de este caballo», y cuando el estudiante sopla, por todos los orificios del caballo sale un fuego intenso que quema a los Naga y los hace salir de la cueva. El estudiante reconoce los pendientes en el suelo y así los recupera.

Enigmático.

Suerte que más adelante el Mahabharata documenta el momento en el que el estudiante puede hacerle llegar los pendientes a su maestro, y le pregunta por las cosas que vio en el mundo de los Naga:

«Las dos mujeres son Dhata y Vidhata, hijas del sacrificador original. Los hilos negros y blancos representan la noche y el día. La rueda con doce ejes es el año con sus doce meses, los seis niños son las seis estaciones. El hombre apuesto es el dios de la lluvia, el caballo es el fuego»

Y todo esto estaba en la cueva de los Nāga. Así que volvemos al principio:

¿Dónde viven los Naga?

[1] Sobre este elemento recomiendo tener en cuenta la entrada que escribí sobre la descendencia entre humanos y seres del plano intermedio, hace algo más de un mes.

[2] Khandava Daha Parva 1

[3] Poushya Parva 1

Año 3, elemento fuego.

Arjuna y Krishna son dos príncipes modélicos; fuertes y eficientes guerreros, justos, imponentes por la fuerza de su musculatura, la nobleza de su postura y el brillo que emana su mirada. Son primos y son personajes centrales, sino protagonistas, del Mahabharata. Pero esto al inicio de la obra todavía no lo sabemos.

Arjuna y Krishna están de paseo con su séquito y paran a la orilla de un lago en el bosque que se llama Khandava. Juegan en el agua con las doncellas que los acompañan, se persiguen, se empujan y al rato, cansados, se acuestan sobre la hierba en un tramo apartado de los carruajes y las tiendas de colores.

De repente, como aparecido de ninguna parte, se encuentran a un anciano delgado y alto, vestido con una tela de tono cobrizo. Tiene el pelo largo, recogido en un moño, y una barba igual de larga, de tonos rojos y anaranjados. La piel muy morena y la mirada encendida.

El anciano les explica que es Agni. Su nombre, Agni, según el diccionario de sánscrito Monier Williams, deriva de la raíz ag, que significa agitación, y significa el número tres, fuego del estómago, fuego sacrificial o el dios del fuego.

Agni está en un apuro. Tiene hambre y quiere, desde hace tiempo, comerse el bosque Khandava, pero Indra no se lo permite. Indra, etimológicamente, está relacionado con los cambios lunares, las mareas, el número uno sobre el dado, una gota – que puede ser una gota del elixir de la inmortalidad, y mitológicamente se le representa como el portador del rayo.

En un principio, hace varios eones, los dioses estaban regidos desde las profundidades de los cielos nocturnos por Varuna, un dios lejano que gobierna desde un palacio de mil puertas que solamente se puede visitar en esa parte que uno siempre olvida del sueño. Más tarde Indra, por el valor de sus proezas, desbancó a Varuna y se irguió como el rey de los dioses. Así lo cuentan los cantos más antiguos. Y era Indra, el dios del relámpago y la lluvia, el que protegía personalmente el bosque en el que se encontraban Arjuna y Krishna, por su amistad con el rey de las serpientes, que tenía su residencia en ese mismo bosque.

Siempre que Agni ha querido consumir al bosque de Khandava Indra se lo ha impedido,  apagando sus llamas con lluvia. Pero con la  fiereza de Arjuna y Krishna de su lado, y sus conjuros de combate, Agni podría quemar el bosque, digerirlo, mientras los dos guerreros pongan Indra a raya.

A cambio, les ofrecerá armas mágicas, más poderosas de lo que nunca habían soñado.

Así que lo que sigue a esta propuesta es una matanza:

Las llamas del fuego suben varios metros hacia el cielo y evaporan la lluvia torrencial que cae sobre ellas. Arjuna y Krishna, riendo según documenta el texto, disparan hacia el cielo conjuros que dispersan y debilitan la furia de las nubes, y decenas y decenas de flechas con punta de hierro contra los animales que intentan escapar. Agni quiere consumir todo el contenido del lugar. La condición es que nadie, o nada, consiga huir. El texto describe el horror y la desesperación de los animales con un detallismo que recuerda los peores holocaustos de la historia. La grasa derretida de las bestias se derrama a chorros sobre las rocas que quiebran y explotan a causa del calor.

Del bosque no queda nada.

Pero queda el rencor. El rencor del rey de las serpientes, Takshaka, quien se vengará en el futuro matando al nieto de Arjuna.

Hay mucho que decir sobre el bosque de Khandava. De hecho todo este tercer año del proyecto Respirar el Mahabharata girará en torno a esta capítulo del Mahabharata. Por ahora, podemos dejarlo en que a causa del incendio en el bosque Khandava conocemos el Mahabharata. El rey de las serpientes pierde su familia en el incendio. El rey de las serpientes se venga matando –quemando- al nieto de Arjuna. El bisnieto de Arjuna se venga organizando un ritual mágico que dura 12 años, con el objetivo de quemar, allí donde se encuentre, hasta la última serpiente del mundo. A lo largo de esos 12 años, unos de los sacerdotes presentes narró todas las historias que conocemos como el cuerpo de la tradición oral india. Desde la creación del mundo, al nacimiento de la raza humana y los primeros milenios de la historia hasta llegar al mencionado ritual. Historia que hoy hubiéramos olvidado si no fuera por esa transmisión.

Las historias se cuentan mejor frente al fuego, porque en sus crestas podemos ver las formas que la imaginación interior proyecta sobre los tonos danzantes de las llamas. Y llevando la idea un poco más lejos, ¿y si todo lo que vemos fueran llamas de una realidad danzante y mutable sobre las que proyectamos las historias que nos contamos? Una realidad que es tan injusta como bella, dulce y dolorosa.

Hay mucho más que decir sobre el bosque Khandava, y quedan muchos meses hasta el estreno del tercer espectáculo de Respirar el Mahabharata, el próximo 12 de Diciembre.

¿Dónde vivimos?

El recuerdo es una dimensión especial de esta realidad en la que vivimos. Una dimensión cercana y a su vez inasible; líquida; y también concentrada.

Podemos recordar un texto, o una serie numérica, y volver a repetirlo a través del tiempo. También podemos recordar un evento, pero en ese caso reproducimos más bien la sensación interior, la emoción, que relacionamos con la narración de unos eventos pasados que nosotros consideramos estar relacionados entre sí.

Un parque de atracciones, por ejemplo, es muchas cosas: palomas que picotean sobras de comida que los niños han dejado caer, polvo, ruido de motores, aroma de azúcar quemado, esperanzas de reunión familiar, ansiedad, etc. Pero el recuerdo que nos queda de un parque de atracciones es una cualidad, casi una sensación, que unifica la experiencia en una sola impresión física; un sabor, o sustancia (rasa, en sánscrito). Y este recuerdo depende de cómo hemos llegado al lugar, y desde dónde; en un sentido exterior e interior. El recuerdo es el lugar de confluencia de dos mapas, el del trayecto externo, el del encuentro con las formas del mundo físico, y el trayecto interno, el de las cualidades que atribuimos internamente a las experiencias físicas.

Después, el recuerdo se sigue transformando, y re-transformando, a partir de la interpretación posterior de la experiencia. El viaje continúa, la exploración del mapa se despliega de manera inevitable a causa del tiempo. Crecemos, y recordamos la infancia con dolor y alegría. Se forma el recuerdo de dos parques de atracciones internos: Uno, sombrío, al que no nos llevaron, en el que nos decepcionamos con la vida, por no ser tan intensa, segura, gratificante o justa como nos gustaría. Otro, esplendente, en el que los colores joviales anuncian desde la lejanía la apertura de un vórtice luminoso que hala nuestra atención hacia los armónicos templos luminosos de la dicha universal. ¿Cuál es el parque de atracciones real?

El Mahabharata es también la historia de un choque con la realidad. A los príncipes protagonistas, quienes han nacido para cuidar y volver prósperos sus dominios, se les desmorona el reino entre las manos, a través de una guerra apocalíptica que ni pueden, ni quieren, ni saben cómo evitar.

Al final, quedan los destrozos, el recuerdo y la reflexión. Por esto Yudisthira, el príncipe heredero, pregunta a todos los maestros disponibles a su alrededor, en busca de una respuesta a esto que le ha pasado por encima: La vida.

Yudisthira cuestiona cada detalle de lo que ve. Observa los preparativos de su propia ceremonia de coronación y le pregunta al sacerdote encargado: «-¿Por qué hay cuatro oficiantes en cada ceremonia?»

Parece que su crisis es profunda, y gracias a ello podemos instruirnos los lectores también:

«-Escucha el supremo misterio» responde, atento al estado vulnerable del rey, el sacerdote:

«-el agente, la acción, el instrumento y la emancipación – estos son los cuatro sacerdotes oficiantes que envuelven el universo. Escucha cuáles son los medios que usan: La nariz, la lengua, los ojos, la piel, las orejas como quinta, la mente y la inteligencia – estas siete se conocen como las cualidades asociadas con el agente. Olor, sabor, forma, sonido, tacto como quinta, lo que se piensa y lo que se entiende – estas siete son las cualidades asociadas con la acción. El que huele, el que come, el que ve, el que toca, el que escucha como quinto, el que piensa y el que entiende – estos siete son conocidos como las cualidades asociadas al instrumento. Poseen cualidades, buenas o malas, y son consumidos por sus propias cualidades. La persona que se sabe estar más allá de las siete, y carente de cualidades, tiene motivos para la emancipación. Los entendidos saben que estas cualidades ocupan sus lugares respectivos. Son las formas de los dioses, que siempre disfrutan de las oblaciones. Los ignorantes consumen y desarrollan una sensación de propiedad. Este tipo de persona se cocina para sí misma y siempre es destruida por la sensación de propiedad. (…) Lo que es pensado por la mente, lo que es hablado en palabras, lo que es escuchado por los oídos, lo que es visto por los ojos, lo que es tocado por la piel, lo que es olido por la nariz – estos seis son como oblaciones que deberían ser reguladas por la mente. Estas cualidades deben ser ofrecidas al fuego resplandeciente que brama dentro del cuerpo.[1]»

«-Hay un gobernante, no hay otro» continúa el sacerdote: «-Allí donde voy me emplea siempre el mismo. El gobernante es el ser que está establecido en el corazón, y gobierna desde allí. Yo soy movido por él. Hay un solo maestro, no hay segundo; está en el corazón y siempre es de él de quién hablo. (…)

En una ocasión», sigue contando a Yudisthira el mismo sacerdote: «-las serpientes (naga) fueron a ver al ser primordial, al universo personificado (Prajapati), y le preguntaron: «-¿Qué es lo que sería mejor para nosotros?». El ilustre centro del universo (Brahma, en este caso sinónimo de Prajapati), pronunció la sílaba «Om». Oyendo esto huyeron todas las serpientes hacia direcciones diferentes. Habiendo oído lo que estaba destinado como instrucción para ellas, para su ser, se dispersaron.

La inclinación a morder apareció así entre las serpientes.  Los Asura desarrollaron la insolencia en su conducta. Los dioses fueron reclutados a la labor de ofrecer el auto-control a los sabios (Maharshis). Todos recibieron su instrucción personal a partir de una sola palabra».

Así que así es como es engrana el universo entero en una sola palabra. Como maquinaria de una enorme y compleja noria, en un parque de atracciones incomprensible. Todo engranado y apoyado en el corazón, que es uno solo y está en todas partes, que son el centro del universo.

Lo que comprende esto, cuando se comprende, si se comprende, se ofrece al fuego resplandeciente, intenso, que brama en el interior de nuestro cuerpo. Así es como moramos el parque de atracciones cósmico. El parque de atracciones galáctico. El parque de atracciones Universal.

Todo esto es Om.

[1] Todo el texto que cito en esta entrada proviene del Ashvamedikha Parva 25 y 26, en el Mahabharata.

El sol, la serpiente y el místico – Surya, naga y dharamaranya

-Abuelo, me has hablado mucho sobre lo que es correcto hacer en la vida, sobre las acciones que llevan al equilibrio, pero ¿cuál es el mejor Dharma? ¿Cuál es la mejor manera de actuar en la vida?

[Inciso: El que pregunta es un rey que para salvar a su reino ha tenido que ganar una guerra que ha resultado catastrófica a nivel humano. El abuelo al que se dirige, está clavado en el suelo por un puñado de flechas, tiene heridas que ya no se podrán curar: se trata de los últimos consejos que dará antes de abandonar el cuerpo. La escena es dramática[1].]

-Cuando son seguidos hay muchos caminos (tipos de Dharma, en el original) que llevan al paraíso y otorgan los frutos de la verdad. El Dharma (el orden universal) tiene muchas puertas y no existe rito en el mundo que no dé frutos. ¡Oh gran descendiente mío! El que se dispone a seguir una modalidad determinada decide que las otras no merecen la pena de ser aprendidas. ¡Oh tigre entre las personas! Hay una historia al respeto, que deberías oír:

Y así, Bhīșma, el abuelo, comienza a contar a su nieto la historia de un místico perteneciente al linaje lunar quién, habiendo alcanzado una vida plena y satisfactoria y habiendo transmitido la pasión por la búsqueda espiritual a sus hijos, se preguntó qué Dharma podía ser superior a sus logros. Se preguntó cómo ir más allá del umbral que había alcanzado. Se cuestionó qué sería lo más beneficioso para el mundo y cuáles podían ser las acciones más correctas, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Un invitado, sabio como él, llegó a la casa del místico. Ambos compartieron sus dudas sobre porque el invitado reconoció estar pasando por los mismos dilemas que el místico:

-Yo tampoco me puedo decidir. El cielo tiene muchas puertas. Unos alaban el liberarse de la influencia de los sentidos, otros hablan maravillas de las ofrendas y sacrificios. Otros se retiran al bosque[2]y otros confían vivir correctamente.[3]Algunos recurren al servicio de un maestro, otros adulan a Yama, el dios que conoce el camino hacia la inmortalidad. Otros han llegado al paraíso sirviendo a sus padres. Otros han alcanzado el paraíso recurriendo a la no-violencia y otros a través de la sinceridad. Otros han penetrado el campo de batalla y alcanzado los cielos siendo muertos en la guerra. Otros han tenido éxito haciendo el voto de unchha (alimentarse exclusivamente de granos caídos de los tallos tras la cosecha, de granos sobrantes) y han avanzado por el sendero que lleva al cielo. Otros han estudiado y han sido fieles a los votos de los textos sagrados (veda). Muchos seres inteligentes han alcanzado el cielo regulando sus deseos. Algunos eran justos y fueron asesinados por gente deshonesta. Hay justos, puros en su alma, que se han establecido en la bóveda celeste. De manera que en este mundo hay muchas puertas que llevan al cielo y han sido abiertas. Tengo la mente confundida como una nube arrastrada por el viento.

Así, continuando la conversación, el invitado le cuenta al místico protagonista de esta historia que su gurú le contó en una ocasión que sobre la orilla del río Gomati existe una ciudad que fue fundada antes de la historia por los habitantes del cielo, a través de los ritos que en su momento hicieron allí. Esta ciudad está poblada por serpientes mágicas y su rey es un ser especial que ayuda a todos los que acuden a él. Su nombre es Padma, loto, y es un sabio poseedor de las mejores cualidades de carácter. No tiene malicia, es sincero, su hablar es suave y siempre agradable, ayuda a quién se lo pida y desciende de un linaje puro como el Ganges, el río que desciende de los cielos.

Los dos hombres continuaron hablando de filosofía toda la noche y por la mañana nuestro místico partió en busca de este excelente rey de las serpientes.

Pasó por grutas maravillosas, diversos centros de peregrinaje y lagos hasta llegar a un sabio, al que preguntó por la serpiente. De allí continuó por el camino que le indicó el sabio. Sus intenciones eran claras e íntegras, de manera que llegó al palacio de la famosa serpiente y exclamó, en la puerta:

-¡Estoy aquí! ¿Hay alguien?

La esposa de la serpiente, bella y educada, salió a recibirlo y le dio la bienvenida.

-He llegado agotado,- dijo el místico- pero tus amables palabras han apartado mi cansancio

El místico preguntó por el rey de las serpientes, a quien había venido a ver, pero su esposa tuvo que decirle que no se encontraba en casa porque se había marchado todo el mes a aguantar el carro del sol.

-Volverá en quince días- le aseguró la esposa.

El místico no dudó en esperar durante quince días sentado en el bosque que yacía ante el palacio de las serpientes.

Mientras lo hacía, muchas serpientes acudieron a él ofreciéndole alimento y techo, pero el místico las rechazó a todas con amabilidad.

Cuando el rey de las serpientes volvió de sus viajes con el Sol su esposa lo recibió y le habló del místico esperando en el bosque como si fuera el mismo destino de la serpiente.

Cuando el rey de las serpientes se acercó al místico este se presentó y le dijo su nombre: Dharmāranya: el bosque del Dharma.

-El carro del sol tiene una sola rueda y tú has trazado su curso con firmeza- le dice Dharmāranya a la serpiente –dime si has visto algo que sea alabable a lo largo del paso del Sol por los cielos.

La serpiente respondió:

-Sabios realizados y dioses residen en sus miles de rayos, como pájaros apoyados sobre ramas en la primavera. El gran viento emerge de los rayos del Sol y bosteza en el cielo. ¡Oh místico! ¿Qué puede ser más maravilloso que esto? El que se llama Shukra (Venus, gurú de los Asura, los enemigos de los dioses) está a sus pies. Cuando llega el monzón hace llover de las nubes en el cielo. ¿Qué puede ser más maravilloso que esto? Durante ocho meses absorbe agua a través de sus puros rayos y cuando es el momento correcto la vierte de nuevo. ¿Qué otra cosa puede ser más maravillosa que esto? La esencia (atman) siempre está establecida en su energía; esta es la semilla de la tierra y sostiene las cosas móviles e inmóviles. El Dios de brazos poderosos es eterno. Pero hay algo incluso más extraordinario que todo esto, escúchalo ahora de mi boca, lo he visto en los cielos resplandecientes:

En tiempos ancianos, al mediodía, el sol solía abrasar los mundos. A esa hora, una entidad fue vista avanzando hacia el sol. Iluminaba los mundos con su fulgor natural. Avanzaba hacia el sol y parecía desgarrar el cielo en el proceso. Los rayos de esa energía resplandecían como ofrendas lanzadas al fuego. Aquella forma era como un segundo sol y no se la podía mirar directamente. A medida que avanzaba la entidad, el Sol extendió y abrió su mano, como mostrándole sus respetos. Separando el cielo, entró el disco solar. Se mezcló con la energía del hijo de Aditi[4], el Sol, y en un instante se fundió en él. Apareció una duda, porque de repente ya no se podía distinguir entre las dos masas de energía. De los dos, ¿quién era el Sol en su carro? ¿Y dónde estaba el acabámos de ver llegando por el cielo?

Como había aparecido la duda en nosotros, le preguntamos al Sol quién era el que había avanzado por el firmamento y unido con él, como si fuera su segundo yo.

-Amigos, nos dijo a todos el Sol. Este no era el dios del viento, un asura o una serpiente. Este era un sabio que ha alcanzado el cielo porque ha seguido con éxito el voto de unchha, comer solo las sobras de la cosecha de grano. Este místico (brahmán en el original) se alimentó de frutas caídas del árbol, hojas secas y aire. Recitó himnos sagrados del Rig Veda y consiguió favores de los dioses. Sus deseos estaban inquietos pero fue fuerte en su decisión. Se alimentó solamente siguiendo el voto de unchha; estaba siempre dedicado al bien ajeno; no fue un dios, ni un gandharva, ni asura ni serpiente, pero por su fortaleza entre los seres las puertas del cielo le han sido abiertas.

Esta es la maravilla de la que fui testigo, oh místico. Ahora aquel brahmán da vueltas en el cielo junto al sol-

Así habló la serpiente y esta historia convence y satisface al brahmán profundamente.

-Los dioses no te son superiores, ¡Oh serpiente! Yo soy tú y tú eres yo. Yo, tú, y todas las criaturas pueden ir siempre a todas partes. He visto la verdad y voy a seguir el voto de unchha.

Así termina la historia que Bhīșma le cuenta a su nieto Yudișțhira. ¿Cuál es la conclusión de la historia? ¿Seguir el voto de unchha? Si fuera así, ¿porque no le responde Bhīșma a Yudișțhira directamente: «- sigue el voto de unchha?»

No me siento capacitado de interpretar las palabras de Bhīșma en el sentido que le damos a veces a la palabra interpretar, que se acerca más bien al interpolar, al poner en boca de Bhīșma mis propias palabras. Yo no sé lo qué es le quiso decir Bhīșma a Yudișțhira, pero sé a dónde me ha llevado a mí reflexionar sobre esta historia durante unas semanas.

Una narración es un conjunto de elementos aparentemente inconexos que evocan en nosotros una continuidad. El higo maduro se desprendió de la rama y ¡chaff!, los elementos de esta frase no se entienden por separado pero leídos en orden evocan una imagen muy clara; este es el poder de una narración. La caída de un higo al suelo es difícilmente describible. Podemos decir el higo cayó, pero no tiene el mismo efecto. Las palabras son útiles y a la vez limitan aquello a lo que se refieren. Y esto pasa de manera más visible con palabras de sentido muy general como Dios o fe. Porque la historia del místico y la serpiente habla de fe, pero para mí nada más limitante que terminar este escrito con una frase como: «Esta historia habla de fe». Porque ¿qué es fe? Fe es fe, pero ¿qué es? ¿Cómo se describe la fe con palabras auténticas? Fe como la fe de la que habla el conocido hadiz: «Todo niño nace según su naturaleza primordial, luego sus padres hacen de él un judío, un cristiano o un zoroastra[5]». La Fe simple y natural, antes de las palabras.

La fe de un niño es acción, es correr hacia la nada sin tener que explicarse antes la razón por la que corre y plantearse el resto de opciones, como ver la televisión o hacer el pino. Cuando toca correr se corre. Así como cuando el místico brahmán escucha la historia de la serpiente elige seguir el voto de uchha. De manera espontánea.

Tozan, el maestro Zen medieval, escribió:

Sin error, sin duda,

Así es el Dharma.

El Budha y los maestros de la transmisión no han hablado de él.

Pero vosotros lo hacéis real ahora mismo.

Por esto os lo ruego, protegedlo con fuerza[6].

 

Creo que el Dharma correcto no se describe con palabras y no es materia de debate ni discusión, sino más bien algo a practicar. Cuando el místico escucha la historia de la serpiente, se pone en acción. Hay muchas puertas al cielo, miles de puertas están abiertas, solo hay que cruzarlas. Y la fe se cruza como el niño corre: corriendo.

La narración de la fe, se ejecuta narrando. Para narrar la fe hay que contar una historia. Esto es algo que estoy entendiendo con el Mahabharata. A menudo me digo: «que mi voto de contar el Mahabharata sea un acto de fe», pero con esta historia he entendido que un acto de fe no es un acto que lleva a la fe, como si fuera una acción especial que tendrá como recompensa la llegada de la fe, sino que un acto de fe es fe en movimiento. Fe en acción. El cauce por el que pasan todos los senderos.

Y con esto no pretendo decir que he solucionado en mí la cuestión de la fe y la duda. Lo que digo es que vale la pena conocer el Mahabharata, y transitarlo es maravilloso.

 

[1] Se trata de una conversación entre Yudisthira y Bhishma, en el capítulo 340 del Moksha Parva.

[2] Dharma de Vanaprashta

[3] Dharma de garhasthya

[4] Aditi, “sin límite”, es la madre de todos los dioses.

[5] Citado por Pablo Benetto en un pié de página en la p.134 de su traducción de El secreto de los nombres de Dios, de Ibn Arabi, para ed. Tres Fronteras, 2012.

[6] Citado por el maestro Zen Lluís Nansen Salas, en Ensenyançes a Lluçà 2, ed. Dojo Zen Barcelona Kannon, 2017.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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