¿Qué es un dios? Cual interrogante resplandeciente, como un fulgor inalcanzable, la palabra Dios arde en el firmamento de nuestra razón.

Porque, no nos confundamos, decir que los dioses son inventos de la humanidad, un recurso para conseguir poder, no es mucho más que un juicio exterior a las personas creyentes, que suele derivar en acusación, incluso, de avaricia o simpleza mental, pero esto sigue sin explicar lo que es un dios. Este tipo de crítica hacia quienes se consideren creyentes puede ofrecer cierta sensación de superioridad intelectual pero sigue sin explicar qué es aquello en lo que creen los creyentes. Decir que los creyentes creen en una falacia tampoco explica en qué consiste esa falacia. Estas son acusaciones que solamente sirven para huir de una reflexión más profunda, y de la confrontación con los límites de nuestra propia capacidad de razonar el mundo.

 

Hace quince días compartí un texto procedente del libro Upasana de Olivia Cattedra: una descripción de la energía universal procedente de los antiguos himnos védicos[1], escrita en primera persona, que reescribí de la siguiente manera: «Yo transito la atronadora existencia[2] entre sus elementos[3], las potencias de la libertad[4] y los dioses que miran desde las estrellas[5]. Soy el centro del poder[6], el fuego que conecta el cielo con la tierra[7]y los ciclos de la naturaleza[8]. Soy el soporte del vino de la inmortalidad, que brota de la piedra sacrificial; soy la base de lo que da forma[9]; de lo que inspira tu viaje[10] y del gozo heredado[11].  (…)»

 

Se trata de la interpretación de un himno que en su versión sánscrita original es mucho más compacto, y a la vez más complejo.

Me explico:

Donde la energía dice: «yo transito la atronadora existencia», lo que está transitando en el original es a Rudra. Rudra es uno de los nombres ancestrales del dios Shiva, literalmente “el aullador”. Rudra es todo lo que existe, es el gran señor de la existencia, y se conocen muchas historias sobre sacrificios a los que Rudra no ha sido invitado, y que han acabado desastrosamente mal. Rudra vive en los márgenes del universo, pero lo sabe todo, lo ve todo, y es todo. Si se margina, si se intenta ignorar, reaparece con furia.

En este caso, una posible traducción hubiera podido ser «yo transito los márgenes ignorados del universo», o sino, dado que el dios del viento es un fiel servidor de Rudra: «yo transito los vientos que aúllan en los márgenes oscuros de la realidad, aquellos que nadie quiere ver pero siguen formando parte de la existencia», uniendo así un significado de la palabra Rudra –aullador- con la explicación del símbolo Rudra. ¿Pero seguiría esto siendo una traducción? Parece más bien una inferencia. Por otro lado la opción literal: «transito el aullador», tampoco sería una traducción con mucho sentido.

Griffith traduce por «transito los Rudras», pero esto implica directamente usar la palabra sánscrita, lo cual se aleja también del propósito de una traducción.

La frase continúa con «y los Vasu». De nuevo, opción 1: dejar la palabra Vasu en la traducción. Problema: Al que no sabe qué son los Vasu la traducción no le sirve de mucho. Los Vasu son entidades que controlan los elementos del aire, fuego y tierra, junto al cielo, el espacio, el sol, la luna y las estrellas. Y esto también está muy simplificado porque si nos ponemos a deshilar con más atención se podría escribir un libro entero solo para explicar el significado de los Vasu. «Yo transito los elementos», es una opción de compromiso. Problema: Que el que lee esta traducción no llega a conocer el nombre de los Vasu y no reconocería, leyendo otro texto que mencionara los Vasu, que el texto en cuestión está hablando sobre los mismos Elementos, personificados, que aparecen en el himno que aquí comento.

Pero no se puede tener todo. Al final, si alguien quiere entrar en profundidad en la simbología tradicional de la India lo más recomendable es estudiar sánscrito, y después los idiomas dravídicos, pero por esta misma regla para entender el mundo deberíamos estudiar todos los idiomas.

Una traducción, en un punto, siempre es una reinterpretación. Esto es inevitable, sobre todo cuando se trata de idiomas antiguos, tan cargados de significado, como pueden ser el sánscrito o el hebreo.

El libro de la creación, por ejemplo, es un tratado hebreo sobre… cosas simbólicas. El mismo título ya es problemático. En la primera estrofa del llamado Libro de la creación aparece una frase que dice algo así como «Dios grabó su nombre con tres sfarim: sfr, sfr, sfr». ¿Por qué no traduzco sfarim? Para ilustrar la problemática. La raíz hebrea sfr puede significar cuenta, número, contar en el sentido de narración, y libro. La frase dice algo así como que el mundo se creó con tres veces una raíz que puede significar estas cosas. ¿Cómo se traduce esto? El hebraísta Manuel Forcano traduce el fragmento como «… lo creó de tres maneras: por la escritura, el número y el relato[12]». El problema es que sfr no significa «manera», pero también reconozco que yo no hubiera sabido salir mejor del aprieto.

Y aquí aparece otro dilema: Lo que traducimos por El libro de la creación, en el original dice Sfr Yezirah, donde Sfr es esta misma raíz con significados múltiples. ¿Por qué no traducir, entonces, por «el cuento de la creación»? ¿Y «las cuentas de la creación»? Todas estas son traducciones posibles, viendo el contenido del enigmático tratado, pero al final el traductor tiene que tomar una decisión, y parece que «libro de la creación» tiene coherencia porque el objeto que tenemos entre manos es, al fin y al cabo, un libro.

En fin, que toda traducción es una interpretación, esto es lo que vengo a decir. Y en el caso de la primera estrofa del Libro de la Creación el traductor tiene la facilidad de que se repite tres veces la misma palabra sfr, con lo que puede usar tres de los significados posibles y quedar como un señor.  ¿Pero qué pasa si la palabra se usa una sola vez?

Cualquier aprendiz de sánscrito, o yoga, conoce el dilema del segundo verso de los Yogasūtra de Patañjali, que dice: el yoga es citta vŗtti nirodha – donde vŗtti viene de la raíz vŗit, que significa girar, moverse, revolverse, y muchas más cosas. Ni– viene a decir dirigir, y rudh– sostener, por lo que nirodha se entiende como «manejo», o «control». «El yoga es el control de los remolinos de la consciencia (citta)» parece una frase un poco forzada y, dada la larga tradición de referirse a los procesos mentales como vŗttis, la traducción de «yoga es el control de los procesos mentales» parece ser la más concreta. Hace poco más de un año leí la traducción, bastante poética, del famoso yogaș citta vŗitti nirodha como «algo así como el puente o la unión comienza frenando, controlando o deteniendo la propensión de la mente a descentralizarse» en un libro poco difundido llamado El Budismo del Tercer Milenio, escrito por Hugo Raúl Cornejo. La traducción me gustó porque la vi coherente con mi propia experiencia de observar cómo funciona mi mente y percibir cuán propensa es a «descentralizarse», y porque me pareció original, y acertada, la manera de incorporar el significado centrífugo de la raíz de la palabra vŗitti al contexto más filosófico del tratado.

Lo interesante para mí es el posterior proceso de descentralización por el que ha pasado mi mente, que me ha llevado a recordar, con el tiempo, esta frase que ahora cito de manera literal al volver a consultar el documento original, como algo parecido a: «yoga es encontrar el equilibrio entre los remolinos … ». Creo que esta modificación en mi recuerdo tiene que ver con que el autor, Hugo Raúl Cornejo, es argentino, y de alguna manera mi inconsciente ha mezclado el recuerdo del momento en el que sentí aprecio por su traducción con un tango conocido, llamado «Los mareados», que canta algo así como que la vida es una borrachera en la que buscamos el equilibrio; un mensaje que relaciono con el concepto de Māyā y mis intentonas de encontrar el equilibrio a través de la práctica de la meditación. En esta borrachera, que es el mundo de las apariencias, ni-rudh es un «controlar hacia», parecido al marinero que flota en medio de un remolino y se aferra al mástil del barco en busca de un centro.

En fin, con todo esto quiero ilustrar cómo una traducción nunca es perfecta, y cómo la mente no retiene las palabras tal cual son sino que recuerda más bien lo que estas le evocaron en el momento de leerlas. A mí me interesa más lo que una palabra pueda evocar, y por ello opto por una traducción poética, seguida de la palabra sánscrita original, como: «sostengo lo que inspira tu viaje» allí donde el original dice «sostengo a Pushan». Porque Pushan es un dios que navega por los cielos y ayuda a los navegantes a encontrar su rumbo. Y esto se puede entender de muchas maneras pero como traductor, intérprete y re-creador, opto por compartir aquello que más me inspira de Pushan: La sensación de que en el cielo navegan señales que ayudan a uno a encontrar el equilibrio entre los remolinos de la vida.

Porque, volviendo al principio, un dios es una condensación de significados – una aglomeración poética. Un dios es un enigma, un interrogante. Los dioses son señales, avisos que parpadean en las fisuras del caparazón racional en el que nos envolvemos y nos muestran el horizonte de un espacio que transciende las creencias a las que nos aferramos.

Si no existe ningún navegante en el cielo, tampoco existen remolinos en la mente, porque la construcción «remolinos mentales» es poética. Pero si no existe la poesía tampoco me creo que la materia se constituye de diferentes núcleos energéticos que giran alrededor de sí mismos y se repelen y se atraen dependiendo de la densidad y la velocidad. Porque si todo lo que somos es átomos, ¿cómo se explica que solamente de la unión de un espermatozoide con un óvulo nace una vida nueva? Si la materia no es más que un juego de átomos ¿por qué no puede un óvulo impregnar otro óvulo?, ¿o un espermatozoide otro espermatozoide? ¿Y por qué nos aferramos tanto a nuestra vida, entonces, si sabemos que todo es una misma energía movida por el azar? ¿Y qué significa el azar? ¿Si el azar no significa nada por qué creemos en ésta palabra?

Lo que quiero decir es que la vida es poesía. Porque nos comunicamos con palabras y las palabras son ambiguas, como la poesía. No vamos por la vida repitiendo lo que nos han dicho palabra por palabra sino que reinterpretamos y volvemos a contar de maneras diferentes aquello que hemos oído o percibido. Toda comunicación es un acto creativo. Traducir es interpretar, igual que cualquier comunicación.

 

En el Mahabharata[13], se explica que «del espacio nace del ego, y el viento nace del espacio. La energía nace de los vientos, el agua es el resultado de la energía y la tierra nace de la condensación de las aguas. Estos son los ocho elementos originales.

Los cinco sentidos de conocimiento, los cinco órganos de acción, los cinco objetos de los sentidos y la mente, como el decimosexto elemento, se forman a partir de la transformación de los elementos originales; el ego, el viento, el espacio, la energía, el agua y la tierra.

Los oídos, la piel, los ojos, la lengua y la nariz son los cinco sentidos. Los pies, el ano, los genitales, la boca y las manos son los cinco órganos de acción. Sonido, tacto, forma, sabor y olor son lo que se puede conocer y penetran la conciencia. La mente va por todas partes; conoce el sabor desde la lengua y se dice que se convierte en palabras. Unida a los sentidos, la mente se ocupa de todo. En sus formas variadas, estos dieciséis deberían conocerse como divinidades.»

Esta es otra manera de usar la palabra, el poder poético de la palabra, para describir el mundo en el que dibujamos nuestra identidad. Aquí parece que los Dioses son algo muy concreto y suficientemente transcendente a la vez. Los dioses serían el contacto de los sentidos con las corrientes elementales; el horizonte de nuestra capacidad de percepción. Los dioses no son nada foráneo a la realidad, pero nada que se explique fácilmente tampoco. Porque ¿quién puede definir el límite del olfato?

 

El tránsito por la realidad es un acto poético. Todas nuestras acciones, todas nuestras percepciones, son aproximativas. El acto artístico no crea nada, solo traduce, reinterpreta la realidad. Hablar de los dioses que surcan el firmamento estrellado no es más que una expresión poética de la misma realidad en la que viran los átomos y los bailarines de tango. Esa realidad que nuestra mente no acaba de acabar de comprender, pero a veces se confunde y cree que lo ha hecho, hasta que se encuentra con otro límite, con otro destello de lo incomprensible en la discoteca de la realidad.

 

***

Esta entrada es la última de este año de Respirar el Mahabharata. La siguiente, el próximo 1 de Diciembre, será un resumen del segundo año del proyecto, y el próximo 12 de Diciembre estrenaremos el segundo espectáculo del proyecto en Respiro Yoga, en Villa Adelina, en Buenos Aires, junto a la actriz y cantante Gisele Cornejo y el grupo musical Surindia.

Si vives en Barcelona y lees esto antes del domingo 19 puedes venir a ver el ensayo abierto del espectáculo que se estrenará en Diciembre en la sala del colectivo CRA’P en Mollet del Vallès.

 

[1] Ŗg Veda X, 125

[2] Rudra

[3] Vasu

[4] Aditya

[5] Vishvadevas

[6] Indra

[7] Agni y Mira-Varuna

[8] Ashvin

[9] Tvastŗ

[10] Pushan

[11] Bhoga

[12] El llibre de la creació, Fragmenta, 2012

[13] Moksha Dharma Parva 203