Anga fue un rey que durante toda su vida sustentó el universo con su energía. Llegó un punto en el que entendió que había cumplido con los deberes hacia su rol social y Anga decidió que el calor que movía su cuerpo ya podía disolverse en la temperatura del universo.

Anga se levantó y entró caminando en un bosque; sin dirección, sin pensar qué camino tomar. Esquivando la vegetación hacia la dirección que le dictara la intuición, el rey se fue alejando de la civilización de manera irreversible y acercándose con cada paso más hacia el silencio de la noche.

Anga no quiso registrar ningún camino de vuelta al mundo político y nadie en la corte supo nunca más dónde se encontraba.

Cuando los maestros que siguen la danza de la tierra con las galaxias se dieron cuenta de que había nadie que protegiera la vida, ungieron como rey a Vena,  el que era hijo de Anga, el rey que había desaparecido en el bosque.

Así, elegido por el viento y las estrellas, Vena se sentó sobre el trono y sintió que en su interior se avivaba el calor más intenso que había sentido en su vida. Cuando los dedos de los sacerdotes acomodaron la corona sobre su frente Vena entendió que él era el ser más importante del universo. El hombre dorado, el rey. Él, y solamente él, se expande por el universo y sus súbitos son puntos de luz y polvo dorado como reflejos del sol sobre la arena. Él era la única religión.

Los videntes que lo habían coronado vieron al rey alejarse de ellos hacia el universo de su imaginación. La mirada de Vena cambió y se perdió; ya no miraba a quien tiene delante sino hacia un horizonte inexistente. El nuevo rey Vena prohibió la religión, los ritos y la filosofía. A partir de su coronación lo único que el rey permitió adorar fue al propio Vena.

-No puedes- le explicaban los maestros al rey –privar a la gente de la posibilidad de crecer y desarrollar su potencial humano.

Las personas nacemos para volver al uno; para volver más allá de nuestro nacimiento; y lo que nos permite hacer este viaje es el ritual y la búsqueda de la transcendencia. La sumisión a un poder terrenal no es el destino de la raza humana.

-Vuestros llantos no me importan. No creo en vuestras quejas y súplicas. Estáis todos confundidos; vuestra debilidad mental os arrastra hacia la locura. No existe nada más allá de mí, yo soy quien rige el orden y el orden soy yo: no existe nada más. Yo soy lo único que deberíais adorar. Soy lo único adorable.

 

-Lo único que tenías que proteger es la vida- le contestaron los maestros –y ahora quieres glorificarte a ti mismo como inmortal. Un lugar donde no mueren los individuos no es un lugar vivo, es lo contrario. Como parte de la gran vida, el rey Vena debe morir.

 

Los maestros decidieron que el rey Vena era una amenaza para el equilibrio del mundo y terminaron con su vida. Porque existen dos tipos de compasión: La compasión personal, regida por el afecto y la emoción, y la compasión cósmica, mucho más enigmática. Los maestros tuvieron que llevar a cabo el misterio de la compasión cósmica, pero la madre de Vena, movida por la compasión personal, se llevó el cuerpo sin vida que había sido su hijo y lo lloró a escondidas mientras los grupos de bandidos y forajidos abusaban de su caótico poder y saqueaban las tierras desamparadas que antaño habían sido un reino.

-Nuestro ascetismo, el calor y la energía que condensamos y canalizamos a través de nuestro cuerpo físico y sutil, vibra acompasado con el pulso del latido universal, pero esto no es suficiente para proteger a las familias que viven a merced del hambre y la violencia. Necesitamos un monarca que sirva de ejemplo. Necesitamos un punto fijo en el que balancear los platos de la justicia.- Así conversaban entre ellos los videntes. -Nosotros no podemos sostener el reino porque no escuchamos el plañir de los pobres,- se decían –necesitamos un descendiente de la dinastía de Anga.

Para recuperar el orden, los sacerdotes amasaron y removieron la profundidad del peso del muslo de Vena, el rey cadáver. Con sus consciencias, que son como la luz de las estrellas penetrando la oscuridad, los sacerdotes penetraron el muslo de Vena y de la masa densa del cuerpo saltó un enano vivo, con la piel muy oscura y con todas las partes del cuerpo en forma de zigzag.

El enano aceptó con un susurro todas las faltas que el rey Vena había tenido en vida y tras clavar una mirada eléctrica en los presentes se giró y se marchó lentamente hacia las montañas. Sus descendientes son las tribus llamadas Nishada, quienes viven en los bosques de las partes elevadas de las montañas.

Con la misma concentración, los sabios siguieron amasando ahora los brazos del cuerpo sin vida del antiguo rey. De la materia de los brazos del rey Vena salió una pareja humana. Las líneas de la mano del hombre dibujaban en su palma caminos que nunca se habían visto y si se comparaban con las líneas de las palmas de la mujer, juntos, los trazos en la piel de las cuatro palmas formaban un dibujo enigmático que evocaba algo cercano y a la vez incomprensible. Cuando tuvieron a la pareja delante los videntes sintieron la vibración de un soplo sordo, fresco, intenso, que permeaba y peinaba todos los átomos de su cuerpo. Cobraron consciencia de que se encontraban ante una porción de la divinidad; ante dos avatares. Se encontraban ante el nacimiento del milagro y la realidad en forma de una pareja humana armonizada de manera interminable.

El hombre recibió el nombre de Prithu (Pŗthu) : expansivo. Porque así como los videntes expanden su consciencia de la expansión constante del cosmos, Prithu nació para expandir la fama de sus acciones y los relatos de sus hazañas están destinados a resonar de generación en generación mientras sobreviva la humanidad.

A la mujer le fue dado el nombre del primer rayo de luz (Archi), el relámpago que separa la luz y la oscuridad para que comience el juego de escondite entre los contrarios.

Prithu expandió los relatos que se contaban sobre sus acciones por el tiempo y el espacio. Su conducta salvó del infierno a su antepasado Vena. Prithu hizo brillar el renombre de su linaje; durante toda su vida tuvo una idea clara de lo que quería hacer y supo sostener con coherencia este ideal apoyándolo con las acciones necesarias.

Viṣņu le prestó a Prithu su disco, una rueda flotante que le permitía discernir bien el camino como una linterna que alumbra el camino de día.

Brahmā le prestó a Prithu una armadura real forjada con estrofas poéticas que sintetizaban la esencia del conocimiento.

Shiva le presto a Prithu una espada sellada con los símbolos cíclicos de la transformación.

Vāyu le prestó a a Prithu dos abanicos para invocar su bendición.

Prithu llevaba sobre el cuello el collar del Dharma, la acción a tono con la realidad, a modo de protección. Llevó durante toda su vida la corona de Indra, el emperador de los seres de luz, sujetó la vara del tiempo y guardó el arco del fuego, cuya flecha apunta hacia el centro del universo. Todo esto, lo supo aprovechar Prithu sentado sobre el trono de la abundancia de Kuvera, quien es el tesorero del oro y la luz.

Cuando los sabios que provocaron el nacimiento de Prithu quedaron deslumbrados por todas las cualidades que lo rodeaban sintieron necesidad de postrarse ante sus pies pero Prithu no se lo permitió.

-Debéis adorar el alma suprema únicamente; – les dijo –a aquello que está en todo y por lo que cada uno de vosotros es especial.

Sin embargo en aquella época, mientras todos los matices de personalidades humanas quedaban deslumbrados ante el ejemplo de Prithu, la tierra dejó de ofrecer grano. El alimento no crecía y las criaturas estaban hambrientas.

A Prithu esta actitud de la tierra le pareció profundamente injusta y esto hizo que subiera por sus ánimos el murmullo de la furia como el sonido de las olas desde el fondo de un abismo. Prithu sujetó el arco del fuego y estiró los brazos tensando la cuerda del arma para  apuntar el filo de su flecha hacia el cuerpo de la tierra. Esta acción y una mirada limpia de todo deje de misericordia fueron lo que aterrorizó a la tierra llevándola al extremo de tomar la forma de una vaca y huir corriendo de la furia del rey.

-¿Cómo puedes matarme? – le gritó la tierra a Prithu con indignación -¿Acaso tus votos reales te permiten asesinar una mujer?

-Seas del género que seas,- contestó Prithu –escondes dentro lo que Brahmā ha moldeado para todos, egoísta. Piensas solo en ti y no dejas a la gente comer, por esto voy a destruir tu matriz.

Pero la tierra muge y suplica:

-Solamente los avaros y déspotas estaban aprovechándose de mi grano, por eso lo escondía, Prithu. Consígueme un ternero adecuado y te prometo que te daré el alimento que guardo en forma de leche. Fluirá de mí el elixir de la vida tanto como lo desees. Y también, oh Prithu, haz planicies en mi cuerpo, y huecos, para que el agua que Indra hace llover sobre mí tenga donde reposar y puedan así beneficiarse de ella todas las criaturas.

Prithu proyectó su cuerpo sutil entonces al plano astral, se encontró allí cara a cara con el arquetipo de la humanidad, con la pareja espacial del hombre y la mujer originales (Manu) y la convirtió en ternero. Prithu ordeñó por primera vez la tierra con sus propias manos para enseñarle al ternero de dónde beber y rompió con sus flechas las montañas, creando los valles, las grutas, los escollos y los estanques de agua. Así es como la tierra pasó de llamarse Medini, o hecha de la sangre blanca (Med) del demonio Madhu Kastabha, a llamarse Prithvi, la que es del rey Prithu.

 

En un principio el ser, la única entidad, no era más que esto. Y deseó: «Que se me permita tener una esposa, para poder tener descendientes. Que tenga riqueza para que pueda realizar ritos». Todo esto es deseo. Incluso si se deseara no se podría obtener más que esto. Por lo tanto, incluso hoy en día un hombre que está soltero también desea: «que se me permita tener una esposa para procrear y riqueza para llevar a cabo los ritos». Y hasta obtener cada una de estas cosas, se considerará incompleto. Ésa es su manera de completarse. La mente es su ser, el lenguaje su esposa, la energía vital su hijo, el ojo su riqueza humana, porque la obtiene a través del ojo, el oído, su riqueza divina, porque tiene noticias de ella a través del oído, y el cuerpo es su (instrumento para el) rito, porque se realizan los ritos a través del cuerpo. (…)
Brihadāranyaka Upanisad, I, IV, 17 – Traducción al castellano proveniente de la edición de Consuelo Martín para la editorial Trotta.
La fotografía adjunta es de David Gilkey.