En la entrada anterior a esta mencioné dos errores que cometí en la entrada de hace 30 días (aquí el enlace), en la que decidí re-escribir la historia de cómo recibió la Tierra su nombre. Creo que lo que llamé en la entrada pasada dos errores son en realidad dos matices de un solo error, que consiste en no contar la historia con sinceridad. Mi intención no es volver a repetir lo que escribí en la entrada anterior sino compartir a través de dos nuevas historias una conclusión a la que he llegado gracias a la reflexión sobre la autenticidad en la mitología.

Las dos historias que quiero compartir consisten en una historia sobre la aparición de Coyote sobre la tierra, según la tradición del pueblo Pima, originario de lo que es actualmente el estado de Arizona en los Estados Unidos, y la explicación del origen de la fiebre en la tierra, tal como se cuenta en el Mahabharata. Ambos, el Coyote y la fiebre, son formas en las que se expresa el Gran Espíritu, o Brahmán; formas que a los humanos no siempre nos gusta ver pero que sin embargo siguen existiendo. La historia de cómo llegaron ambos a ser es muy interesante:

En el caso del Coyote, dicen los Pima que una noche se encontró con Buitre, quien estaba contando una historia de la ocasión en que voló a la Tierra en lo Alto. Muy despacio y deliberadamente, que es la forma en que los buitres narran historias, Buitre contó todos los detalles acerca de su vuelo hacia las nubes, más alto de lo que nunca antes había volado, tan alto que no sabía cómo podría descender. Pero una vez allí encontró una abertura en el cielo, que se asemejaba a la entrada de una cueva.

Coyote estaba tan emocionado que no pudo menos que interrumpirlo. “Cuéntala más rápido, Hermano Buitre”, le pidió. “¿Qué sucedió después?” Todos estaban molestos con Coyote, porque era de mala educación interrumpir una historia, para no mencionar que en ocasiones era un sacrilegio. Fiel a su naturaleza, Coyote no comprendió que su actitud era descortés. No podía contener su emoción acerca de un nuevo lugar que nunca antes había visto. Tal vez iría allí de inmediato, se olvidaría de sus tareas, de su esposa y de sus hijos.

De pie al lado del fuego, en la oscuridad de la noche, Buitre habló de su temor y de su ansiedad mientras se deslizaba con cuidado a través de la abertura del cielo. Una vez que la cruzó, descubrió otro mundo totalmente diferente. Había personas cantando y bailando. Había plantas y animales, muchos de los cuales él nunca había visto antes. Era algo excitante, pero temía que el agujero en el cielo se cerrara y no pudiera regresar al lado de los suyos. Coyote lo interrumpió de nuevo. “Olvida lo demás y llega al final, Buitre, porque has de llevarme allí esta noche. Me tienes que mostrar ese lugar.”

Golpeándose el pecho desnudo, Buitre desafió los malos modales de Coyote. Más despacio que de costumbre habló de cómo, sintiendo que su corazón latía atemorizado, corrió tan rápido como pudo hacia la apertura y saltó a través de ella de regreso al cielo de su propio mundo, donde sus alas atraparon una corriente de viento ascendente que le permitió descender a un lado del fuego, el mismo lugar donde ahora estaba contando su historia. Todos los animales sabían que Buitre decía la verdad, porque los buitres no mienten.

Terminada la historia Coyote se acercó a Buitre y le pidió de nuevo que lo llevara a la Tierra en lo Alto. Buitre no estaba muy seguro de que era buena idea regresar. Y ciertamente no quería llevar a Coyote, pero no sabía cómo decirlo sin ser descortés.

Buitre sabía que a todos los coyotes les gustan los juegos de azar. Les agrada  apostar y hacer trucos con otros. Buitre dijo que llevaría a Coyote a la Tierra en lo Alto sólo si Coyote le prometía no apostar con las Personas del Cielo. Pero Coyote ya contaba con despojar a las Personas del Cielo. Porque no era posible que estuvieran familiarizadas con sus juegos; él tendría la ventaja del experto y ellos no desconfiarían de sus sofisticados trucos. De manera que cuando Buitre le exigió una promesa, Coyote respondió: “Oh sí, por supuesto”, como hacen las personas cuando en realidad no están escuchando.

Buitre le rezó al Viento, pidiéndole que los alzara y los llevara a la Tierra en lo Alto. El Viento llegó y los arrastró rápidamente más arriba de las nubes y a través de la abertura en el cielo hasta la Tierra en lo Alto. Coyote se aferraba con fuerza a la espalda de Buitre, temblando de miedo en esas grandes alturas y tratando de no mirar hacia abajo. Después de un tiempo, ni siquiera podía abrir los temblorosos párpados.

Cuando llegaron y Coyote se bajó de su espalda, Buitre le advirtió que debía estar de regreso en la entrada de la puerta a la hora de la puesta del sol. Buitre le recalcó que eso era imperativo, porque él no podía volar a esa altura con el frío. Necesitaba los últimos rayos del sol para que lo llevaran a salvo allá abajo. Coyote asintió, pero no estaba escuchando. Sólo podía contar el dinero que estaba a punto de ganarles a las Personas del Cielo.

Coyote pasó unos momentos maravillosos. Trató de engañar a todas las Personas del Cielo con sus juegos, pero eran demasiado astutas para él. Había encontrado oponentes dignos de él. Y las Personas del Cielo tenían sus propios juegos de azar que le fascinaron tanto que no se percató de que el tiempo pasaba, hasta que de pronto despertó y estaba oscuro. ¡Se había quedado dormido y había faltado a la cita! De pronto recordó lo que Buitre había dicho acerca de volar de regreso a casa antes de que anocheciera. Estaba atrapado en el cielo y no sabía qué hacer.

Coyote corrió a gran velocidad hacia la abertura en el cielo, pero Buitre ya se había ido. Coyote miró hacia abajo y ni siquiera pudo ver el suelo porque estaba muy lejos. Lloró lágrimas amargas por no haber seguido el consejo de Buitre. Coyote no quería vivir para siempre con las Personas del Cielo. Deseaba desesperadamente regresar a la Tierra, donde sus trucos daban resultado por lo menos para pasar el tiempo. En su frenesí, pensó que lo único que podía hacer ahora era saltar. Aterrorizado como estaba, retrocedió y corrió hacia la abertura. Después se detuvo. Tres veces más corrió y tres veces más se detuvo en seco, jadeando de temor. En el quinto intento, tropezó con una piedra y cayó hacia abajo.

Dos días después, un saco de huesos golpeó el suelo con fuerza. Era Coyote, aterrizando en la Tierra. Estaba tan arriba que, sin alas, el Viento le había necesitado todo ese tiempo para regresarlo a la Tierra.

Prepararon el entierro de Coyote y sus huesos fueron depositados en la ladera de la colina en la forma apropiada, en un lugar sagrado. Se dijeron oraciones. Antes lo acostumbrado era quejarse de los trucos de Coyote pero nadie quería deshacerse de él para siempre. Los animales le pidieron al Gran Espíritu que recogiera los huesos de Coyote y le diera vida de nuevo en algún otro lugar. Cuando terminaron las plegarias y los cánticos, los animales regresaron a sus hogares, tarareando tristemente la última canción para sí mismos. Después de todo, ¿qué sería la vida sin Coyote? Alguien debe desafiar las reglas que no tienen una razón o un significado.

Esa noche, el Gran Espíritu respondió a sus plegarias. El Gran Espíritu tomó los huesos de Coyote y los esparció por toda la Tierra. Cada hueso, cada fragmento de hueso, se convirtió en un coyote. Los animales despertaron al escuchar un molesto clamor justo antes de la primera luz, ¿de qué se trataba esta vez?

En cada colina distante había un coyote aullándole a la luna, implorándole que lo ayudara a permanecer despierto. Y la siguiente noche, cada colina distante tenía un pequeño coyote en ella, aullándole a la luna para que saliera a jugar.

 

En el caso de la fiebre, que aparece cuando menos se la espera igual que Coyote, también pasó algo similar: En los tiempos de la era de la verdad (Satyayuga), cuando todo el mundo sabía lo que tenía que hacer y además lo hacía, los dioses principales estaban asustados y molestos con Rudra; no les gustaban las calaveras que Rudra llevaba puestas como collares, no les gustaban las cenizas con las que untaba su cuerpo desnudo y sobretodo no les gustaba la pandilla de espectros iracundos que acompañaba Rudra a todas partes.

Los dioses decidieron organizar un sacrificio importante, una gran ceremonia, en una de cimas de la misma cordillera en la que meditaba Rudra. Sati (Satī), la esposa de Rudra, se percató del silencio y la sorprendente ausencia de los dioses de sus lugares asignados. Le preguntó a Rudra qué podía estar pasando y este le respondió con calma que los dioses habían ido todos a hacer una gran ofrenda al universo pero a él no le habían invitado porque hacía mucho tiempo habían decidido no ofrecerle nunca la parte de ningún sacrificio y no invitarle tampoco a ninguno. Esto enfureció y entristeció al mismo tiempo a Sati, que estaba convencida de que nadie se merecía más un sacrificio que su marido.

Viendo el malestar de su esposa Rudra se montó sobre su toro y se dirigió hacia al sacrificio rodeado de su turbadora pandilla de espectros.

Llegados al lugar, Rudra y sus engendros desplegaron una orgía de terror, furia y destrucción, apagando el fuego sagrado con sangre de los dioses. Daksha (Dakșa), quién había organizado el ritual, tomó la forma de una gacela, el animal favorito del viento, y huyó aterrado hacia las estrellas. Rudra lo vio alejarse a toda velocidad y saltó hacia el cielo con el arco en la mano. La rabia que sentía produjo una gota de sudor en la frente de Rudra y esta cayó a la tierra produciendo un fuego tan desmesurado que todos los dioses quedaron seguros de que la era perfecta iba a terminar en aquel instante.

Del fuego devastador salió un ser. Era corto de estatura, un enano, y tenía los ojos rojos como la sangre, una barba verde y la piel muy oscura. Dirigiéndose al lugar del sacrificio, consumió y lamió todos los fuegos restantes así como todas las ofrendas del sacrificio. A continuación corrió hacia los dioses, ahuyentándolos hacia todas las direcciones.

En aquel momento, llegando justo a tiempo, Brahma (Brahmā) apareció en el lugar y le prometió a Rudra que a partir de aquel día siempre se le asignaría una porción de cada sacrifico. Al ser que nació de la furia de Rudra Brahma lo llamó Fiebre pero no sabía cómo controlarlo y tenía miedo de que consumiera todo el mundo en su fuego. Brahma le pidió a Rudra que dividiera al ser en muchas partes separadas. Así, contento con su parte en el sacrificio, Rudra distribuyó Fiebre dándole varias formas de enfermedades que residen en la tierra, el agua, los animales y los humanos. Por esto se dice que si alguien se ve afligido por la fiebre debería pensar en la furia de Rudra al ser excluido del sacrificio universal.

 

La similitud entre las dos historias la encuentro yo en que ambas hablan de algo que uno quiere rechazar, que acaba dividiéndose y quedándose entre nosotros para siempre. Las diferencias son las que uno quiera. Quiero decir, volviendo al tema de esta entrada, que cuando escribí la historia del nombre de la tierra intenté mezclar lo que considero el estilo más desenfadado y comprensivo de las historias de la tradición nativa americana con el tono severo que tienen las historias sagradas de la India en general y el Mahabharata en particular. Para ejemplificar esta aparente diferencia de tono he elegido estas las dos historias que comparto en esta entrada. A mí me parece que el carácter tramposo e impaciente del Coyote contrastado con la sobriedad de Buitre da un resultado cómico. El tono de la historia me parece cotidiano, incluso entrañable, y en la historia sobre la fiebre proveniente del Mahbharata el tono se mueve más bien entre lo heroico y lo trágico. La decisión de los dioses, de no invitar a Rudra, es justificada y cobarde a la vez y la furia de Rudra es justificada, y también excesiva. Las historias indias de la India, en este caso y en el 99% de historias que conozco, barajan fuerzas absolutas, mucho más sublimes, que mueven tanto a los dioses como a los personajes humanos  hacia lo “total”, sea trágico o heroico.

Para compartir estas historias con un público secular occidental tengo que ser un poco Coyote, y transgredir algunas reglas, pero tengo que abrirme también a aquello que me afecta en las historias sagradas y que tal vez no quiera ver. Como en la historia de la furia de Rudra y la fiebre, hay algo que yo también escondo de mí mismo e intento rechazar, de la misma manera en que los dioses intentaron rechazar a Rudra de su mundo; pero lo rechazado siempre vuelve y se multiplica, y reaparece fragmentado en todas partes.

Hay algo en el tono del Mahabharata que es, por decirlo de una manera, “sin concesiones”, “total” o “absoluto”. Esto siempre me ha dado miedo, sobre todo por las interpretaciones derechistas y chovinistas de estas historias que a menudo me encuentro. Este tono me asusta porque lo asocio a una actitud intransigente; de confrontación, y no de conciliación. Pero por otra parte, si me observo con sinceridad, he notado meditando sobre esta entrada que yo también, a pesar de ser una persona adulta, me encuentro a veces fantaseando con sensaciones de victoria absolutas, y a la vez ridículas, como que mi equipo de fútbol favorito gane por goleada a sus rivales. Esto que parece una tontería, en realidad es una necesidad de sensación de victoria, que proviene de una actitud sin concesiones también, pero reprimida y sublimada hacia algo banal. Esto me hace pensar que este tono “sin concesiones” del Mahabharata es algo que me atrae, a pesar de no saber cómo digerirlo, y esto es así porque esta energía es necesaria y forma parte del universo, igual que la fiebre de Rudra. Pero el Mahabharata además enseña la manera de dirigir esta energía hacia una dirección más transcendental. El Mahabharata habla de dioses sin escrúpulos y reyes perfectos, mujeres heroicas y reinos que caen a causa de sus excesos. Es la historia del exceso de la vida, que se hincha, disemina y descompone progresivamente hacia la disolución final y vuelve a renacer. Aceptar esta energía descomunal del Mahabharata y poder compartirla manteniendo una actitud comunicativa, paciente, respetuosa y abierta es mi gran ilusión.

El trabajo continua.