El gurú en la era de la reproductibilidad

La raíz verbal lu, en sánscrito, se traduce al castellano por cortar-dividir u otros sinónimos de esta acción. Lavya– derivado de la misma raíz, significaría cosechado, o cortado. La palabra sánscrita Eka se traduce por uno, y el compuesto eka + lavya se podría traducir por “¿una sola cosecha?”, o quién sabe si “un solo corte”.
Por otra parte ekala, en sánscrito, se traduciría por solitario.
Ekalavya, en el Mahabharata, es el nombre de un príncipe del bosque. Un príncipe Nishada, diría el original. Los Nishada son los habitantes del bosque, que viven en los extensos espacios selváticos, desconocidos, que rodean las ciudades. Los Nishada son desconocidos, y diferentes a los habitantes de las ciudades; siguen otro código social.
Todos los reinos de los que habla el Mahabharata encampanas su propia población de Nishadas, pero la épica se centra en las relaciones entre las ciudades, sobretodo su nobleza. Los habitantes de los bosques no trabajan para las ciudades; en el mejor de los casos viven sus vidas sostenidos por la abundancia del bosque y en el peor, cuando el reino no está equilibrado, los Nishada se vuelven bandidos y saquean las caravanas que conectan las ciudades.
Los Nishada tienen su orden social, en el que el Mahabharata no entra porque no le incumbe.
Y parece ser que Ekalavya es príncipe de los Nishada de su área. Pero además, Ekalavya está empeñado en aprender a luchar con el gurú de armas de los Pandava, los protagonistas de la historia.
Hay tantas maneras de leer esta historia, y ninguna será la definitiva.
El Mahabharata es, entre muchas otras cosas, la descripción del fin del orden; el fin de una era en la que todavía habían personas que sabían qué tenían que hacer en la vida. El Mahabharata cuenta cómo se empezaron a mezclar los mundos, como cuando los habitantes de los bosques empezaron a desear lo que guardaban las ciudades.
Ekalavya es rechazado por el gurú de armas con el que quiere aprender, por supuesto, porque no es un habitante de la ciudad. Pero Ekalavya no se rinde y recoge barro pisado por su anhelado maestro, cuando este se aleja, y sin que nadie los sepa moldea una estatua de barro en la forma de “su” gurú, ante la cual entrena, en las entrañas de la selva.
Esta imagen me ha hecho pensar en el libro de Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, que leí hace años, donde el filósofo habla de la pérdida del “aura” (así lo llama él) de la obra reproducida. Es decir, una pintura religiosa, en una iglesia, a la que hay que llegar caminando pasando por un valle y tres puentes, tiene sentido en relación a este contexto: la iglesia, el paisaje que la rodea, las costumbres de la región en la que fue construida, etc. Una fotografía de esta pintura, por muy buena que sea, ya no es la misma pintura. No puede ser lo mismo, aunque se reproduzca en el mismo tamaño que la pintura original. En el momento en el que se cuelgue esta reproducción en un museo de diseño industrial la obra ya no tendrá el mismo “aura”. Igual con la música, la grabación de unos campesinos de Mongolia que cantan, sonando en el dormitorio de un estudiante, es otra cosa que el original, otra experiencia, y cabe preguntarse qué tipo de experiencia y qué tipo de arte.
En el caso de los gurú, en la era de la reproductibilidad técnica, pasa lo mismo. Creo que parte de la vivencia de la relación con un maestro es la búsqueda, el peregrinaje si se quiere, y el encuentro físico. No solo conocer su discurso sino ser visto por él o ella. En la era de la reproducibilidad somos muchos los que tomamos como “maestro” las escrituras de alguien, o las grabaciones en vídeo de sus discursos, sin tener una relación presencial con esta persona. En esto, veo que la historia de Ekalavya es profética, porque predice la era a venir, donde tantos y tantos acabarán practicando ante representaciones de barro. Y no es tan extraordinario que el Mahabharata profetice nuestra era, porque lo que escribe nace de una profunda comprensión de los procesos de ordenación y disgregación de la energía, y cómo esta se coagula en ideas, sociedades, reinos, palacios, museos, personas, cuerpos, etc. Lo que el Mahabharata predice es de sentido común.
Y además el texto no es maniqueo, porque Ekalavya, al final, no se queda sin su enseñanza. Se dice que cuando el corazón llama a un maestro este llega, y Ekalavya acaba encontrándose con la enseñanza de su maestro.
Años tras el rechazo de Ekalavya por su estimado gurú, los Pandeaba se encuentran cazando en el bosque y el perro que mandan a explorar el terreno vuelve, ante su sorpresa, con el hocico cerrado por siete flechas engarzadas como un bozal. Tal proeza de arquería nunca se había visto y Arjuna, el alumno aventajado del gurú de la disputa, se indigna:
-Me dijiste que yo sería el mejor arquero del mundo pero parece que alguien me ha superado – le dice a su maestro.
En este momento el gurú, de nombre Drona, y encarnación de Brihaspati, el mismo gurú de los dioses, se adentra en el bosque para encontrarse con Ekalavya.
-¿Quién te ha enseñado a disparar así- la pregunta.
-Tú, maestro- responde con inocencia Ekalavya, y señala a la estatua de barro ante la cual ha estado entrenando.
-Si es así me debes mi paga (mi ofrenda)
-Lo que me pidas maestro.
-Dame tu pulgar derecho.
Esta escena golpea al lector con la crueldad del mundo, y también ofrece a Ekalavya la oportunidad de realizar un acto heroico, por entregado y desinteresado. Absurdo, desde un punto de vista utilitario, y sublime desde un punto de vista energético.
Ekalavya se corta el pulgar sin dudar y se lo entrega a su maestro. Con esto ha podido participar de la mayor enseñanza que puede ofrecer un maestro, que es la de la entrega total de uno mismo. Ekalavya es capaz de renunciar en un instante a sus dotes de guerrero por el mismo maestro que le debía enseñar a luchar.
Esta anécdota del Mahabharata es tan impactante que se graba en fuego en la memoria del que la conoce, y una de las cosas de las que habla es de la eterna tensión entre el mundo exterior y el mundo interior. En el mundo exterior la acción de Ekalavya es absurda, porque renuncia a los frutos de su entrenamiento. En el mundo interior Ekalavya ha podido efectuar el encuentro con su maestro. El mundo exterior, es el de las formas y las consecuencias; la flor crece porque se plantó una semilla. El mundo interior es el del símbolo; la flor crece porque es feliz. Si las flores crecen solo porque son felices, no sabremos cuándo plantar; y si las flores crecen solo porque se plantan semillas, la vida no tiene sentido.

¿Por qué la tierra se llama la extensa (Prithvi)?

Anga fue un rey que durante toda su vida sustentó el universo con su energía. Llegó un punto en el que entendió que había cumplido con los deberes hacia su rol social y Anga decidió que el calor que movía su cuerpo ya podía disolverse en la temperatura del universo.

Anga se levantó y entró caminando en un bosque; sin dirección, sin pensar qué camino tomar. Esquivando la vegetación hacia la dirección que le dictara la intuición, el rey se fue alejando de la civilización de manera irreversible y acercándose con cada paso más hacia el silencio de la noche.

Anga no quiso registrar ningún camino de vuelta al mundo político y nadie en la corte supo nunca más dónde se encontraba.

Cuando los maestros que siguen la danza de la tierra con las galaxias se dieron cuenta de que había nadie que protegiera la vida, ungieron como rey a Vena,  el que era hijo de Anga, el rey que había desaparecido en el bosque.

Así, elegido por el viento y las estrellas, Vena se sentó sobre el trono y sintió que en su interior se avivaba el calor más intenso que había sentido en su vida. Cuando los dedos de los sacerdotes acomodaron la corona sobre su frente Vena entendió que él era el ser más importante del universo. El hombre dorado, el rey. Él, y solamente él, se expande por el universo y sus súbitos son puntos de luz y polvo dorado como reflejos del sol sobre la arena. Él era la única religión.

Los videntes que lo habían coronado vieron al rey alejarse de ellos hacia el universo de su imaginación. La mirada de Vena cambió y se perdió; ya no miraba a quien tiene delante sino hacia un horizonte inexistente. El nuevo rey Vena prohibió la religión, los ritos y la filosofía. A partir de su coronación lo único que el rey permitió adorar fue al propio Vena.

-No puedes- le explicaban los maestros al rey –privar a la gente de la posibilidad de crecer y desarrollar su potencial humano.

Las personas nacemos para volver al uno; para volver más allá de nuestro nacimiento; y lo que nos permite hacer este viaje es el ritual y la búsqueda de la transcendencia. La sumisión a un poder terrenal no es el destino de la raza humana.

-Vuestros llantos no me importan. No creo en vuestras quejas y súplicas. Estáis todos confundidos; vuestra debilidad mental os arrastra hacia la locura. No existe nada más allá de mí, yo soy quien rige el orden y el orden soy yo: no existe nada más. Yo soy lo único que deberíais adorar. Soy lo único adorable.

 

-Lo único que tenías que proteger es la vida- le contestaron los maestros –y ahora quieres glorificarte a ti mismo como inmortal. Un lugar donde no mueren los individuos no es un lugar vivo, es lo contrario. Como parte de la gran vida, el rey Vena debe morir.

 

Los maestros decidieron que el rey Vena era una amenaza para el equilibrio del mundo y terminaron con su vida. Porque existen dos tipos de compasión: La compasión personal, regida por el afecto y la emoción, y la compasión cósmica, mucho más enigmática. Los maestros tuvieron que llevar a cabo el misterio de la compasión cósmica, pero la madre de Vena, movida por la compasión personal, se llevó el cuerpo sin vida que había sido su hijo y lo lloró a escondidas mientras los grupos de bandidos y forajidos abusaban de su caótico poder y saqueaban las tierras desamparadas que antaño habían sido un reino.

-Nuestro ascetismo, el calor y la energía que condensamos y canalizamos a través de nuestro cuerpo físico y sutil, vibra acompasado con el pulso del latido universal, pero esto no es suficiente para proteger a las familias que viven a merced del hambre y la violencia. Necesitamos un monarca que sirva de ejemplo. Necesitamos un punto fijo en el que balancear los platos de la justicia.- Así conversaban entre ellos los videntes. -Nosotros no podemos sostener el reino porque no escuchamos el plañir de los pobres,- se decían –necesitamos un descendiente de la dinastía de Anga.

Para recuperar el orden, los sacerdotes amasaron y removieron la profundidad del peso del muslo de Vena, el rey cadáver. Con sus consciencias, que son como la luz de las estrellas penetrando la oscuridad, los sacerdotes penetraron el muslo de Vena y de la masa densa del cuerpo saltó un enano vivo, con la piel muy oscura y con todas las partes del cuerpo en forma de zigzag.

El enano aceptó con un susurro todas las faltas que el rey Vena había tenido en vida y tras clavar una mirada eléctrica en los presentes se giró y se marchó lentamente hacia las montañas. Sus descendientes son las tribus llamadas Nishada, quienes viven en los bosques de las partes elevadas de las montañas.

Con la misma concentración, los sabios siguieron amasando ahora los brazos del cuerpo sin vida del antiguo rey. De la materia de los brazos del rey Vena salió una pareja humana. Las líneas de la mano del hombre dibujaban en su palma caminos que nunca se habían visto y si se comparaban con las líneas de las palmas de la mujer, juntos, los trazos en la piel de las cuatro palmas formaban un dibujo enigmático que evocaba algo cercano y a la vez incomprensible. Cuando tuvieron a la pareja delante los videntes sintieron la vibración de un soplo sordo, fresco, intenso, que permeaba y peinaba todos los átomos de su cuerpo. Cobraron consciencia de que se encontraban ante una porción de la divinidad; ante dos avatares. Se encontraban ante el nacimiento del milagro y la realidad en forma de una pareja humana armonizada de manera interminable.

El hombre recibió el nombre de Prithu (Pŗthu) : expansivo. Porque así como los videntes expanden su consciencia de la expansión constante del cosmos, Prithu nació para expandir la fama de sus acciones y los relatos de sus hazañas están destinados a resonar de generación en generación mientras sobreviva la humanidad.

A la mujer le fue dado el nombre del primer rayo de luz (Archi), el relámpago que separa la luz y la oscuridad para que comience el juego de escondite entre los contrarios.

Prithu expandió los relatos que se contaban sobre sus acciones por el tiempo y el espacio. Su conducta salvó del infierno a su antepasado Vena. Prithu hizo brillar el renombre de su linaje; durante toda su vida tuvo una idea clara de lo que quería hacer y supo sostener con coherencia este ideal apoyándolo con las acciones necesarias.

Viṣņu le prestó a Prithu su disco, una rueda flotante que le permitía discernir bien el camino como una linterna que alumbra el camino de día.

Brahmā le prestó a Prithu una armadura real forjada con estrofas poéticas que sintetizaban la esencia del conocimiento.

Shiva le presto a Prithu una espada sellada con los símbolos cíclicos de la transformación.

Vāyu le prestó a a Prithu dos abanicos para invocar su bendición.

Prithu llevaba sobre el cuello el collar del Dharma, la acción a tono con la realidad, a modo de protección. Llevó durante toda su vida la corona de Indra, el emperador de los seres de luz, sujetó la vara del tiempo y guardó el arco del fuego, cuya flecha apunta hacia el centro del universo. Todo esto, lo supo aprovechar Prithu sentado sobre el trono de la abundancia de Kuvera, quien es el tesorero del oro y la luz.

Cuando los sabios que provocaron el nacimiento de Prithu quedaron deslumbrados por todas las cualidades que lo rodeaban sintieron necesidad de postrarse ante sus pies pero Prithu no se lo permitió.

-Debéis adorar el alma suprema únicamente; – les dijo –a aquello que está en todo y por lo que cada uno de vosotros es especial.

Sin embargo en aquella época, mientras todos los matices de personalidades humanas quedaban deslumbrados ante el ejemplo de Prithu, la tierra dejó de ofrecer grano. El alimento no crecía y las criaturas estaban hambrientas.

A Prithu esta actitud de la tierra le pareció profundamente injusta y esto hizo que subiera por sus ánimos el murmullo de la furia como el sonido de las olas desde el fondo de un abismo. Prithu sujetó el arco del fuego y estiró los brazos tensando la cuerda del arma para  apuntar el filo de su flecha hacia el cuerpo de la tierra. Esta acción y una mirada limpia de todo deje de misericordia fueron lo que aterrorizó a la tierra llevándola al extremo de tomar la forma de una vaca y huir corriendo de la furia del rey.

-¿Cómo puedes matarme? – le gritó la tierra a Prithu con indignación -¿Acaso tus votos reales te permiten asesinar una mujer?

-Seas del género que seas,- contestó Prithu –escondes dentro lo que Brahmā ha moldeado para todos, egoísta. Piensas solo en ti y no dejas a la gente comer, por esto voy a destruir tu matriz.

Pero la tierra muge y suplica:

-Solamente los avaros y déspotas estaban aprovechándose de mi grano, por eso lo escondía, Prithu. Consígueme un ternero adecuado y te prometo que te daré el alimento que guardo en forma de leche. Fluirá de mí el elixir de la vida tanto como lo desees. Y también, oh Prithu, haz planicies en mi cuerpo, y huecos, para que el agua que Indra hace llover sobre mí tenga donde reposar y puedan así beneficiarse de ella todas las criaturas.

Prithu proyectó su cuerpo sutil entonces al plano astral, se encontró allí cara a cara con el arquetipo de la humanidad, con la pareja espacial del hombre y la mujer originales (Manu) y la convirtió en ternero. Prithu ordeñó por primera vez la tierra con sus propias manos para enseñarle al ternero de dónde beber y rompió con sus flechas las montañas, creando los valles, las grutas, los escollos y los estanques de agua. Así es como la tierra pasó de llamarse Medini, o hecha de la sangre blanca (Med) del demonio Madhu Kastabha, a llamarse Prithvi, la que es del rey Prithu.

 

En un principio el ser, la única entidad, no era más que esto. Y deseó: «Que se me permita tener una esposa, para poder tener descendientes. Que tenga riqueza para que pueda realizar ritos». Todo esto es deseo. Incluso si se deseara no se podría obtener más que esto. Por lo tanto, incluso hoy en día un hombre que está soltero también desea: «que se me permita tener una esposa para procrear y riqueza para llevar a cabo los ritos». Y hasta obtener cada una de estas cosas, se considerará incompleto. Ésa es su manera de completarse. La mente es su ser, el lenguaje su esposa, la energía vital su hijo, el ojo su riqueza humana, porque la obtiene a través del ojo, el oído, su riqueza divina, porque tiene noticias de ella a través del oído, y el cuerpo es su (instrumento para el) rito, porque se realizan los ritos a través del cuerpo. (…)
Brihadāranyaka Upanisad, I, IV, 17 – Traducción al castellano proveniente de la edición de Consuelo Martín para la editorial Trotta.
La fotografía adjunta es de David Gilkey.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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