Era otra época. Otra manera de vivir.
Los ritmos eran los de las plantas. De la cosecha, la siembra y las lluvias. El compás del ritmo cotidiano venía marcado por las fases de la luna y el desplazamiento de las estrellas errantes.
Las piedras compartían, sin palabras, secretos de laberintos preñados de joyas.
Las raíces en el bosque emanaban aromas parecidos a los de tus axilas, y tus pezones.
Pero en fin, antes de perderme, decir que lo que quiero recordar es la historia de un rey que murió en primavera, porque así lo quiso.
Esta es la historia del rey pálido (pandu). Estaba maldito: moriría si hacía el amor. Lo sabía él y lo sabía su esposa, quien había venido del reino de Madra. Por eso no practicaban el coito. Su amor era presencial. Su sensualidad era la del día a día: los aromas de la madera que se consumía en la hoguera o la sorpresa de encontrar una fruta madura en el bosque. Así eran amantes. Porque (no lo he dicho aún) vivían en el exilio. Residían en la montaña como ermitaños, o salvajes.
Pero eran humanos.
Buscaban el fuego eterno que arde en el centro del océano. Buscaban el calor que destruye periódicamente las estructuras del mundo. Porque a un rey que no puede tener descendencia (está maldito) no le queda más que el ascetismo. Ir más allá de las limitaciones de lo esperado.
O eso pensaban. Eso querían.
Pero llegó la primavera.
¿Y entonces? El rey se encontró con la reina en el bosque. Había un río, creo. Así me lo imagino. Y ya no eran un rey y una reina exiliados. Ni ermitaños. Eran dos personas.
Eran pulso. Y se abrió un enigma entre los dos. Una pregunta fascinante, que ambos necesitaban responder.
-Esta primavera es única. Hay una sola. Nunca más habrá otra.
Míralo con los ojos con los que lo vería el infinito: Tú y yo no nos volveremos a ver.
Es ahora. Solo ahora.
En mi mirada no existe la muerte. En mi mirada no hay principio ni fin.
–Cuéntame tu historia. Quiero oir de dónde vienes. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
Sentir tu piel y tu calor. Tus muslos como parte de tu leyenda. Tus dedos son tu sentido del humor.
El aroma de tu cuello y la firmeza de tu mandíbula son tus secretos, que me averguenza descubrir.
Así son los vientos del deseo que trae la primavera. El rey pálido murió efectuando el acto sexual. La princesa de Madra se fue con él. Pidió ser incinerada con su amado. El fuego fue el mismo que nos calienta ahora. Porque el fuego solamente comprende ahora. Todo es ahora en la dimensión que habita. Nosotros somos los turistas, no él.
Imágen de la entrada: Mike Hinge.
