Oh tú, que lees estas líneas y comprendes la vida más que yo. ¿Qué buscamos las personas?¿Qué es lo que queremos en esta vida?¿Qué deseamos?

Vivir bien, oigo a la gente decir, en los momentos de humildad: Tener un entorno seguro, disfrutar del amor y los placeres de los sentidos. Que no nos falte nada y poder ser generosos. Vivir en paz y que no nos toquen los…

Simple y fácil. Una cabaña cómoda, un par de árboles frutales, vecinos amables y una familia con quien compartir el tiempo. Lo que pasa es que la cabaña se estropea, la madera se carcome y a veces el viento levanta el techo; los vecinos no siempre son de nuestro agrado y el cuerpo envejece, la vida se marcha ante nuestros ojos. ¿Qué hacer?

Esta pregunta se viene respondiendo de era en era, en lenguajes distintos, de dos maneras parecidas. Dos vías paralelas, si se quiere.

Una, la de la comprensión:

Comprender que el mundo no es exactamente como nos gustaría que fuera. Que las cosas no se quedan quietas, todo cambia y no existe un lugar seguro en el que permanecer. Ni siquiera el cuerpo, de hecho. Ni nuestra identidad.

Cada sentido coordina con los demás su manera específica de experimentar los efectos de una realidad que es, en ultima instancia, inasible e incomprensible. El conjunto de estas sensaciones traza, mediante la mente, las ideas que tenemos sobre nuestra identidad personal, y sobre cómo pensamos que es el mundo. Pero estas conclusiones siempre son parciales. Insuficientes.

El tesoro que se ha guardado en India durante siglos es el de la meditación corporal, el método para dar vuelta a los sentidos y observar la propia observación. En profundidad.

A esta vía la podemos llamar, para sintetizar: Sankhya. La vía de la percepción. Es cierto que existen escritos, aforismos del método llamado Sankhya, en sánscrito, pero no debemos confundirlo con un credo. El método de la indagación y el discernimiento, para liberarse de las inercia de la confusión, renace en cada cultura, en cada persona y en cada época distinta con otros nombres. Es una de las vías de la humanidad para enfrentar esta cuestión del tiempo, la muerte y lo desconocido.

La otra vía es la de la narración:

Contar la metáfora de una metáfora de una metáfora, para ilustrar lo inexpresable. Desde el cuento del rey Gilgamesh, quien atravesó los océanos en busca de la flor de la inmortalidad, para rescatar a su amigo Enkidu, hasta los rumores (testimonios) de personas que han viajado a otras dimensiones a bordo de navíos hechos de una tecnología inexplicable.

A esta segunda vía se la llama fe, religión, mitología y de muchas otras maneras, pero tampoco es exclusiva de ninguna cultura. Todos tenemos una manera propia de hilar metafóricamente lo desconocido. Lo llamamos destino, o dios. Lo llamamos suerte.

En sánscrito se acuñó la palabra Ishvara: “el poder, o la capacidad esencial”. Esta palabra se ha traducido a menudo por Dios, pero esto no deja de ser una proyección. Ishvara es la capacidad de acción primordial, la fuente de todo lo que pasa, y también su evolución. Se traduce esta palabra, también, como “señor”.

Como se puede observar, estamos en el terreno de la metáfora. Y, de nuevo, el tesoro que ha guardado India, son la serie de técnicas para afinar la concentración, la salud, la apertura y la atención del cuerpo, para la entrega a Ishvara, sea como lo queramos llamar. A esto se le llama Yoga.

-Oh abuelo, deberías explicarme la diferencia entre Sankhya y Yoga. Oh tú, que lo sabes todo, culmen del linaje de los Kuru. Tú lo sabes todo sobre esta cuestión.

(Así pregunta el rey Yudisthira al omnisciente Bhishma, en el Mahabharata: un relato, que describe las cosas como son)

-Los seguidores del Sankhya alaban esta vía, y los seguidores del Yoga alaban el Yoga. Llevados por sus razonamientos y sentimientos, proclaman la superioridad de su propia escuela. Los doctos del yoga tienen buenas razones para proclamar su superioridad: ¿Cómo puede alguien que no crea en Ishvara liberarse de sus automatismos? Pero los sabios que siguen el Sankhya tienen razonamientos adecuados también: comprendiendo el desarrollo de los fenómenos uno se libera del apego a los objetos materiales. Cuando uno transciende el cuerpo no puede haber otra cosa que emancipación.

Sea cual sea la escuela que uno siga, debería aceptar sus razones. Es así como aprovecharía mejor sus métodos.

-Pero al ser cósmico primordial, lo que habita los cuerpos y las ciudades, el principio consciente del individuo – pregunta otro rey, a otro inmortal, en un apéndice del Mahabharata (llamado Vishnudharmotara purana) -se le describe como carente de forma, olor o sabor y no se le puede oir ni tocar.

¿Así, cómo se pueden hacer representaciones de ello?

-El diseño original del universo (prakriti) y sus variaciones (vikriti) llegan a existir por las transformaciones del alma universal.

El universo tiene un aspecto desconocido, practicamente imperceptible, pero las transformaciones de este aspecto son lo que los sentidos reconocen como su forma. La veneración y el examen del ser supremo son posibles solamente cuando posee forma, y sus manifestaciones deberían venerarse en forma de ritos.

Las armas que la imagen del ser original sostiene no son tales por su verdadera naturaleza, sino los elementos esenciales que componen la realidad:

La caracola en la mano del señor es el cielo y el disco que sostiene con un dedo, el aire.

La maza que sujeta otra de sus manos es el calor y el loto sobre el que se sienta son las aguas.

Estos elementos estarían dispersos y no se reconocerían entre sí si no fuera porque los interelaciona la consciencia universal que brilla en nuestra mirada.

«Detrás de los números y las palabras no hay conocimiento sino amor. El amor libera del poder.»

Imagen: James R. Eads