Te invito las palabras que junto, a continuación, porque esta historia sobre la que llevo cuatro años escribiendo me lleva a descubrir algo nuevo sobre mí mismo cada día, y soy de la convicción de que puede hablar al corazón de todo ser humano.

Lo que se relata aquí son hechos que son históricos, pero sucedieron en una era anterior a la posibilidad de todo registro material. Antes de los antiguos imperios en ruinas, antes de las pinturas rupestres. En una era de la que solamente tienen registro los corazones humanos.

En aquellos tiempos, cuenta la historia, el mundo entero aceptó como emperador a un solo rey. Porque el poder de aquél rey lo permitía, y porque era justo y bajo el sistema de organización que él representaba se vivía bien. Pero el primo de aquel emperador universal le tenía celos y dado que no tenía poder militar ni político para arrebatarle la autoridad por la fuerza, recurrió al engaño. El primo celoso retó al emperador del mundo a una partida de dados; a un juego de apuestas amañado a su favor. El emperador del mundo aceptó jugar, dice la historia, por ser fiel a su palabra, y al destino. La razón por la que el emperador universal aceptó jugárselo todo a una partida que sabía que era amañada es un enigma articulado sobre el que se ha escrito mucho y no voy a comentar ahora, porque es de otra cosa de lo que quiero escribir.

Lo que cuenta la historia es que el emperador universal lo perdió todo. Perdió su reino y su hogar. Quedó exiliado, sin tierra ni pertenecías. Él, sus cuatro hermanos y la esposa que los compartía. Porque los cinco estaban casados con una mujer muy especial, de tez negra como la noche y mirada brillante como el fuego.

Los cinco hermanos fueron exiliados a peregrinar sobre la faz de la tierra mientras el primo tramposo ocupaba su palacio. Desde allí el primo mandaba espías reales para que le informaran de lo que hacían el antiguo emperador exiliado y sus hermanos:

-El mayor de los hermanos -informaban los espías -el que fue justamente coronado como emperador universal, acepta solemnemente su destino y espera pacientemente el fin de su exilio. El tercer hermano, quien es el mejor guerrero sobre la tierra y posee armas secretas que le fueron entregadas por los dioses, se mantiene fiel al mayor y no moverá un pelo si su hermano no se lo prdena. El segundo, sin embargo, quien es grande como dos personas y fuerte como cien, sopla y resopla. Está furioso y le cuesta contenerse.

Él, acostumbrado a las sedas y a los lechos lujosos, duerme ahora sobre la tierra dura, bajo las estrellas. En el palacio, se levantaba cada mañana oyendo las palabras de los bardos alabando su ser, su fuerza y su porte. Esto lo calmaba. Ahora, en la intemperie, se levanta escuchando sus propios pensamientos de venganza y destrucción. Está furioso y su enfado es peligroso. –

Eso decían los espías, cuenta la historia. Y en este pequeño detalle el Mahabharata (que es el nombre de esta gran historia) me hace pensar en la importancia de las palabras. Palabras que pueden calmar; palabras que pueden dañar, enamorar, deprimir o redirigir nuestra atención dispersa hacia la fuente de la energía que nos mueve. Palabras que llevan a la vida y palabras que llevan a la guerra.

Cuidemos nuestras palabras, digo. Cuidemos lo que nos decimos y lo que le decimos a los demás, porque las palabras son armas secretas; son herramientas mágicas y se merecen el correspondiente respeto.