Para leer esta historia (que continua de la entrada anterior) imagínese primero a sus personajes y la situación en la que se encuentran: cuatro hermanos – uno, el mayor, sabio como el destino; el segundo, grande como una montaña y fuerte como el viento. Dos gemelos, bellos como el atardecer en otoño, y una mujer; oscura, dicen, negra como la noche, con mirada de fuego, que está casada con los cuatro. Un personaje más, el guía; un hombre anciano en experiencias. La situación: los cuatro están volando, transportados por un rākṣasa, un descendiente del linaje de la furia.

¿Cómo transporta este ser a los personajes humanos de la historia? ¿Sobre la espalda? ¿En la palma de la mano? ¿En los pliegues de su túnica negra y purpura? ¿En su caballera interminable? ¿O por una modificación quántica de las leyes de la materia y el espacio? Quién sabe. Lo importante es que los protagonistas son transportados, y se ahorran el cruzar caminando los bosques que cubren la falda del monte de los aromas que enloquecen (Gandhamādana), cuyas cimas enlazan este mundo con los planetas de los luminosos (devaloka), los seres a los que llamamos dioses.

Los personajes de la historia están volando, dicen, usando los senderos que usan los siddhas, aquellos que se transportan con sus poderes cada noche hacia los mundos perfectos. Sobrevuelan los montes que son las fuentes de todos los minerales, sobre redes de ríos adornados con monos.

Así llegan los protagonistas a los pies de un árbol jinjolero gigante (en sánscrito, badari). Su tronco es redondo y recto, su copa es redonda y carga frutas llenas de miel. En ese lugar no hay mosquitos. No hay oscuridad, pero tampoco afligen los rayos del sol. Allí no existen ni el hambre, ni la sed, ni el calor ni el frío. A ese lugar llegan la mayoría de las ofrendas que se hacen en la tierra, porque allí conversan Nara y Nārāyaṇa: El humano y la vía que de la que desciende la humanidad. La persona – el semejante – la ficha con la que jugamos al juego de la vida, conversa allí con la mano que la mueve – con el destino, o el origen del azar. A ese lugar fluye el Ganges cósmico, invisible a la mirada material. Fluye desde el origen del universo (bindusara).

Alrededor de ese punto central se establecieron los Pandava y su esposa, los protagonistas de esta saga. Allí esperaron que Arjuna bajara del mundo de los luminosos con armas mágicas.

Allí disfrutaron los cuatro hermanos viendo a su esposa pasear con libertad.

Entonces, por su propia voluntad, una brisa sopló desde el noreste. Panchali, la descendiente del linaje de Panchala, esposa de los Pandava –los legítimos gobernantes del mundo-, vio descender sobre el aire una bella flor de loto dorada que irradiaba una intensa y dulce fragancia divina.

-¡Bhima!- dijo Panchali -¡Mira estas flores brillantes. Han maravillado mi corazón. Quiero traerle un ramo de ellas a Yudisthira. ¿Por qué no me buscas más?

Conociendo los deseos de la reina Bhima se irguió y su torso se recortó contra la silueta de la montaña con el poder de un elefante en celo. Queriendo hacer lo que satisfaga a su amada Bhima comenzó a subir por la montaña; ahí donde no había accedido ningún humano antes.

A su alrededor todo eran árboles, enredaderas y piedras azules. La montaña parecía un brazo de la tierra estirándose hacia el cielo y Bhima lo ascendía. El padre de Bhima (Bhima fue hijo del viento) lo acariciaba con una brisa fresca que aliviaba su cansancio. En los lados descubiertos de la montaña se veía oro y plata entre la tierra, como si el paisaje hubiera sido pintado con los dedos. Donde el agua caía desde las alturas parecía collares de perlas rompiéndose al vacío.

Bhima caminaba rompiendo enredaderas con sus muslos y a su alrededor las esposas de los invisibles espíritus de los elementos y la belleza (Yakṣa y Gandharva), junto a sus esposos, lo señalaban y comentaban sus avances. La tierra temblaba cuando Bhima la pisaba como si fuera el fin del mundo. Los árboles quebraban ante el pechode de Bhima cuando avanzaba. Ante su paso se asustaban los animales, que escapaban en manada hacia todas las direcciones.

Bhima vio pájaros huir por el cielo y sus alas goteaban agua. Siguió el punto de partida de las aves y encontró un lago entre la vegetación, cubierto de lotos y lirios.

Después de bañarse Bhima hizo sonar su concha. El sonido asustó a los leones en sus cuevas, que rugieron todos al unísono. Esto asustó a los elefantes, que tronaron todos sus trompetas en manada.

Hanuman, toro entre los monos, dormía junto a ese lago. Oyendo aquel alboroto empezó a bostezar. Era grande como la bandera de Indra, el rey de los dioses. Cuando bostezaba restallaba con su cola el suelo y los golpes eran como truenos. Las rocas de la montaña resonaban con ese sonido y los pelos Bhima se erizaron.

Queriendo identificar la fuente del sonido Bhima llegó a Hanuman, que dormía sobre la roca plana, en medio del bosque de banianos. Era difícil de mirar porque su pelaje amarillo brillaba como la electricidad y sus gestos eran rápidos como el rayo. Su cara era como la luna brillante. Resplandecía como el fuego y tenía los ojos color miel.

Cuando lo vio, Bhima lo desafió rugiendo tan fuerte que más manadas de animales huyeron despavoridas. Hanuman abrió ligeramente los ojos.

-Me encontraba débil y dormía plácidamente. ¿Por qué me has despertado? ¿No sabes que tu deber es mostrar compasión a todos los seres? Dado que tenemos un nacimiento inferior no conocemos el dharma, el orden universal, pero las personas tienen inteligencia y deberían mostrar compasión a los animales. ¿Por qué actúas con brutalidad en cuerpo, habla y corazón? Estás bendecido por la inteligencia, pero la usas poco en tu infantilidad. ¿Quién eres? Eres un hombre, pero merodeas estas tierras que no pertenecen a los humanos. De aquí en adelante no puedes seguir, estos son senderos reservados a lo más puro. Oh valiente, te freno por compasión. Acepta mis palabras, relájate y come de estas raíces, que tienen el sabor de la ambrosia.

-¡¿Quién eres y por qué has tomado la forma de un mono?!- clamó Bhima -¡Apártate! Es un kshatriya que te lo ordena, un noble y un guerrero.

-Estoy débil y no tengo fuerzas para levantarme- contestó Hanuman -Si tanto quieres pasar salta encima de mí.

-El alma universal (paramātman) permea tu cuerpo- contestó Bhima – y solo se puede percibir con el conocimiento. No puedo insultar el alma cósmica saltando encima de ti. Por la formación que he recibido conozco la eterna expansión y sé que todos los seres provienen de ella. Si no fuera así saltaría encima de ti como Hanuman saltó sobre el océano.

– ¿Y quién es este Hanuman, que saltó sobre el océano?- preguntó Hanuman.

– Hanuman nació en una era anterior a esta y luchó al servicio de Rama, la mejor persona que ha conocido la tierra. La amada de Rama se llama Sita y los dos eran como uno. Sita era el resplandor de Rama y Rama la firmeza de Sita. Cuando caminaban juntos el universo se regocijaba, pero Sita fue secuestrada por Ravana, un brujo que vivía en la ciudad dorada de Lanka, que estaba en medio del mar. Allí Ravana reinaba sobre los espíritus de la furia que le rendían tributo.

Rama esta desolado cuando perdió a Sita y en este estado encontró a Hanuman. Cuando Hanuman vio a Rama por primera vez sintió que volvía a su origen, más allá del tiempo. Por Rama, y Sita, Hanuman encontró la ciudad de Lanka y saltó encima del océano, en una proeza que nunca será olvidada. Hanuman encontró a Sita en Lanka y ayudó a Rama a llegar a ella. Mientras haya ríos y montañas en la tierra se seguirá hablando de Sita y Rama y mientras se hable de Sita y Rama Hanuman seguirá vivo. El gran Hanuman fue hijo del viento -del que transporta la vida por toda la tierra-. Yo también soy hijo del viento y Hanuman es mi hermano. – Eso proclamó Bhima. – Así que mono, aparta de mi camino o encontrarás la destrucción en mis manos.

-Oh poderoso guerrero – contestó Hanuman -Yo soy un mono viejo y no puedo ni levantar mi larga cola del suelo. Por favor, levanta tú mi cola y déjala a un lado para poder pasar. No te molestaré más.

Satisfecho, Bhima cerró las palmas de sus fuertes manos sobre el pelaje de la cola del mono, pero al estirar no fue capaz de levantarla. Era como intentar mover la tierra de su eje sin tener dónde apoyarse. Bhima rugía como truenos y volcanes pero su fuerza no era suficiente para mover la cola.

Exhausto y frustrado, Bhima bajó la mirada avergonzado. Con las manos juntas, ante el corazón, saludó a Hanuman, postrando su cabeza ante el mono, diciendo:

-Oh rey entre los monos. No sé si eres un ser totalmente desarrollado (siddha), un dios o qué tipo de criatura. Por favor, dime quién eres realmente porque tu poder es sobrecogedor.

-Oh Bhima. Si tanto quieres saberlo te diré que yo soy Hanuman, devoto de Sita y Rama e hijo del viento. Yo soy tu hermano; yo estuve en Lanka y luché contra Ravana.

Te saludo hermano.-

Con esto Bhima y Hanuman se abrazaron, llorando de emoción, y Bhima preguntó a Hanuman sobre sus heroicidades, y sobre Sita y Rama, a quienes Hanuman había conocido en persona.

Entonces Bhima pidió a Hanuman:

-Oh hermano, cuando saltaste encima del océano para llegar a la fortaleza dorada que encerraba a Sita tu cuerpo se volvió gigante. Dicen que las plantas de tus pies rompieron las rocas sobre las que se apoyaban y exprimieron sus raíces. ¿Podrías enseñarme esa forma, la misma que tomaste entonces?

-Oh Bhima- contestó entonces Hanuman -No puedes ver la forma que tomé en aquella era con los ojos de esta. El mundo vive una sucesión de eras (yuga) que ven un declinar progresivo de todas las cualidades hasta renacer en la perfección, una y otra vez. El mundo es perfecto y todo funciona en armonía. Todos los seres saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Pero el mundo vive una crisis, inevitablemente, y entra en una era en la que no todos los humanos saben lo que tienen que hacer. Esta entropía lleva a un aumento de la confusión que deriva en una era en la que no todos saben lo que tienen que hacer y entre los que lo saben no todos hacen lo que toca. Esta es la era en la que te ha tocado vivir, la era en la que te encuentras. Estamos al final de esta era y cuando termine, en el mundo no quedará nadie que sepa realmente lo que tiene que hacer. La gente vivirá y tendrá cada vez menos memoria y atención. La tierra será menos fértil y se valorará a las personas por sus bienes materiales. Esa era será barrida por las inundaciones y el fuego y tras ella renacerá una era perfecta de nuevo. Así ciclicamnete. Una y otra vez. Entre una era y la otra todo cambia Bhima. Los ríos de la era anterior, cunado yo salté el océano, no eran los de ahora. El océano era diferente. Los dioses eran diferentes. No puedes ver con ojos de esta era la forma que yo tuve en la otra. –

Así habló Hanuman, dicen, cuando se encontró con Bhima. Y eso pasó en una era anterior a la nuestra, en la que todo era distinto.

Los ríos que cruzaron los protagonistas del Mahabharata eran diferentes. Eran diferentes las montañas, las nubes y el viento. No podríamos ver con los ojos de nuestra era, la era de la confusión, las formas de los héroes de antaño. Pero Hanuman vive. Mientras se cuenten las hazañas de los héroes de las eras antiguas, las hazañas de Sita y Rama, Hanuman vivirá.

¿En qué forma?

 

 

Esta es la conclusión de la descripción de un viaje que comenzó hace tres entradas. Era importante para mí compartir este fragmento del Mahabharata, por la importancia que tiene este encuentro con Hanuman y la conclusión de su conversación con Bhima. El Mahabharata es la historia de alqgo que pasó en otra era, en la que todas las normas eran diferentes. El Mahabharata repite este concepto una y otra vez y no se puede ignorar. Esto abre un debate interesante sobre la literalidad del Mahabharata y cómo se debería escuchar una historia que, de alguna manera, nos recuerda constantemente que habla de lo que no puede hablar porque no lo entenderíamos de otra manera.

Si te interesa la interpretación hermenéutica del Mahabharata, teniendo en cuenta lo que el propio Mahabharata dice sobre sí mismo, recomiendo leer la introducción del libro: Ways and Reasons for Thinking about the Mahabharata as a Whole, de Vishwa Adluri.