Sobre las formas

Para leer esta historia (que continua de la entrada anterior) imagínese primero a sus personajes y la situación en la que se encuentran: cuatro hermanos – uno, el mayor, sabio como el destino; el segundo, grande como una montaña y fuerte como el viento. Dos gemelos, bellos como el atardecer en otoño, y una mujer; oscura, dicen, negra como la noche, con mirada de fuego, que está casada con los cuatro. Un personaje más, el guía; un hombre anciano en experiencias. La situación: los cuatro están volando, transportados por un rākṣasa, un descendiente del linaje de la furia.

¿Cómo transporta este ser a los personajes humanos de la historia? ¿Sobre la espalda? ¿En la palma de la mano? ¿En los pliegues de su túnica negra y purpura? ¿En su caballera interminable? ¿O por una modificación quántica de las leyes de la materia y el espacio? Quién sabe. Lo importante es que los protagonistas son transportados, y se ahorran el cruzar caminando los bosques que cubren la falda del monte de los aromas que enloquecen (Gandhamādana), cuyas cimas enlazan este mundo con los planetas de los luminosos (devaloka), los seres a los que llamamos dioses.

Los personajes de la historia están volando, dicen, usando los senderos que usan los siddhas, aquellos que se transportan con sus poderes cada noche hacia los mundos perfectos. Sobrevuelan los montes que son las fuentes de todos los minerales, sobre redes de ríos adornados con monos.

Así llegan los protagonistas a los pies de un árbol jinjolero gigante (en sánscrito, badari). Su tronco es redondo y recto, su copa es redonda y carga frutas llenas de miel. En ese lugar no hay mosquitos. No hay oscuridad, pero tampoco afligen los rayos del sol. Allí no existen ni el hambre, ni la sed, ni el calor ni el frío. A ese lugar llegan la mayoría de las ofrendas que se hacen en la tierra, porque allí conversan Nara y Nārāyaṇa: El humano y la vía que de la que desciende la humanidad. La persona – el semejante – la ficha con la que jugamos al juego de la vida, conversa allí con la mano que la mueve – con el destino, o el origen del azar. A ese lugar fluye el Ganges cósmico, invisible a la mirada material. Fluye desde el origen del universo (bindusara).

Alrededor de ese punto central se establecieron los Pandava y su esposa, los protagonistas de esta saga. Allí esperaron que Arjuna bajara del mundo de los luminosos con armas mágicas.

Allí disfrutaron los cuatro hermanos viendo a su esposa pasear con libertad.

Entonces, por su propia voluntad, una brisa sopló desde el noreste. Panchali, la descendiente del linaje de Panchala, esposa de los Pandava –los legítimos gobernantes del mundo-, vio descender sobre el aire una bella flor de loto dorada que irradiaba una intensa y dulce fragancia divina.

-¡Bhima!- dijo Panchali -¡Mira estas flores brillantes. Han maravillado mi corazón. Quiero traerle un ramo de ellas a Yudisthira. ¿Por qué no me buscas más?

Conociendo los deseos de la reina Bhima se irguió y su torso se recortó contra la silueta de la montaña con el poder de un elefante en celo. Queriendo hacer lo que satisfaga a su amada Bhima comenzó a subir por la montaña; ahí donde no había accedido ningún humano antes.

A su alrededor todo eran árboles, enredaderas y piedras azules. La montaña parecía un brazo de la tierra estirándose hacia el cielo y Bhima lo ascendía. El padre de Bhima (Bhima fue hijo del viento) lo acariciaba con una brisa fresca que aliviaba su cansancio. En los lados descubiertos de la montaña se veía oro y plata entre la tierra, como si el paisaje hubiera sido pintado con los dedos. Donde el agua caía desde las alturas parecía collares de perlas rompiéndose al vacío.

Bhima caminaba rompiendo enredaderas con sus muslos y a su alrededor las esposas de los invisibles espíritus de los elementos y la belleza (Yakṣa y Gandharva), junto a sus esposos, lo señalaban y comentaban sus avances. La tierra temblaba cuando Bhima la pisaba como si fuera el fin del mundo. Los árboles quebraban ante el pechode de Bhima cuando avanzaba. Ante su paso se asustaban los animales, que escapaban en manada hacia todas las direcciones.

Bhima vio pájaros huir por el cielo y sus alas goteaban agua. Siguió el punto de partida de las aves y encontró un lago entre la vegetación, cubierto de lotos y lirios.

Después de bañarse Bhima hizo sonar su concha. El sonido asustó a los leones en sus cuevas, que rugieron todos al unísono. Esto asustó a los elefantes, que tronaron todos sus trompetas en manada.

Hanuman, toro entre los monos, dormía junto a ese lago. Oyendo aquel alboroto empezó a bostezar. Era grande como la bandera de Indra, el rey de los dioses. Cuando bostezaba restallaba con su cola el suelo y los golpes eran como truenos. Las rocas de la montaña resonaban con ese sonido y los pelos Bhima se erizaron.

Queriendo identificar la fuente del sonido Bhima llegó a Hanuman, que dormía sobre la roca plana, en medio del bosque de banianos. Era difícil de mirar porque su pelaje amarillo brillaba como la electricidad y sus gestos eran rápidos como el rayo. Su cara era como la luna brillante. Resplandecía como el fuego y tenía los ojos color miel.

Cuando lo vio, Bhima lo desafió rugiendo tan fuerte que más manadas de animales huyeron despavoridas. Hanuman abrió ligeramente los ojos.

-Me encontraba débil y dormía plácidamente. ¿Por qué me has despertado? ¿No sabes que tu deber es mostrar compasión a todos los seres? Dado que tenemos un nacimiento inferior no conocemos el dharma, el orden universal, pero las personas tienen inteligencia y deberían mostrar compasión a los animales. ¿Por qué actúas con brutalidad en cuerpo, habla y corazón? Estás bendecido por la inteligencia, pero la usas poco en tu infantilidad. ¿Quién eres? Eres un hombre, pero merodeas estas tierras que no pertenecen a los humanos. De aquí en adelante no puedes seguir, estos son senderos reservados a lo más puro. Oh valiente, te freno por compasión. Acepta mis palabras, relájate y come de estas raíces, que tienen el sabor de la ambrosia.

-¡¿Quién eres y por qué has tomado la forma de un mono?!- clamó Bhima -¡Apártate! Es un kshatriya que te lo ordena, un noble y un guerrero.

-Estoy débil y no tengo fuerzas para levantarme- contestó Hanuman -Si tanto quieres pasar salta encima de mí.

-El alma universal (paramātman) permea tu cuerpo- contestó Bhima – y solo se puede percibir con el conocimiento. No puedo insultar el alma cósmica saltando encima de ti. Por la formación que he recibido conozco la eterna expansión y sé que todos los seres provienen de ella. Si no fuera así saltaría encima de ti como Hanuman saltó sobre el océano.

– ¿Y quién es este Hanuman, que saltó sobre el océano?- preguntó Hanuman.

– Hanuman nació en una era anterior a esta y luchó al servicio de Rama, la mejor persona que ha conocido la tierra. La amada de Rama se llama Sita y los dos eran como uno. Sita era el resplandor de Rama y Rama la firmeza de Sita. Cuando caminaban juntos el universo se regocijaba, pero Sita fue secuestrada por Ravana, un brujo que vivía en la ciudad dorada de Lanka, que estaba en medio del mar. Allí Ravana reinaba sobre los espíritus de la furia que le rendían tributo.

Rama esta desolado cuando perdió a Sita y en este estado encontró a Hanuman. Cuando Hanuman vio a Rama por primera vez sintió que volvía a su origen, más allá del tiempo. Por Rama, y Sita, Hanuman encontró la ciudad de Lanka y saltó encima del océano, en una proeza que nunca será olvidada. Hanuman encontró a Sita en Lanka y ayudó a Rama a llegar a ella. Mientras haya ríos y montañas en la tierra se seguirá hablando de Sita y Rama y mientras se hable de Sita y Rama Hanuman seguirá vivo. El gran Hanuman fue hijo del viento -del que transporta la vida por toda la tierra-. Yo también soy hijo del viento y Hanuman es mi hermano. – Eso proclamó Bhima. – Así que mono, aparta de mi camino o encontrarás la destrucción en mis manos.

-Oh poderoso guerrero – contestó Hanuman -Yo soy un mono viejo y no puedo ni levantar mi larga cola del suelo. Por favor, levanta tú mi cola y déjala a un lado para poder pasar. No te molestaré más.

Satisfecho, Bhima cerró las palmas de sus fuertes manos sobre el pelaje de la cola del mono, pero al estirar no fue capaz de levantarla. Era como intentar mover la tierra de su eje sin tener dónde apoyarse. Bhima rugía como truenos y volcanes pero su fuerza no era suficiente para mover la cola.

Exhausto y frustrado, Bhima bajó la mirada avergonzado. Con las manos juntas, ante el corazón, saludó a Hanuman, postrando su cabeza ante el mono, diciendo:

-Oh rey entre los monos. No sé si eres un ser totalmente desarrollado (siddha), un dios o qué tipo de criatura. Por favor, dime quién eres realmente porque tu poder es sobrecogedor.

-Oh Bhima. Si tanto quieres saberlo te diré que yo soy Hanuman, devoto de Sita y Rama e hijo del viento. Yo soy tu hermano; yo estuve en Lanka y luché contra Ravana.

Te saludo hermano.-

Con esto Bhima y Hanuman se abrazaron, llorando de emoción, y Bhima preguntó a Hanuman sobre sus heroicidades, y sobre Sita y Rama, a quienes Hanuman había conocido en persona.

Entonces Bhima pidió a Hanuman:

-Oh hermano, cuando saltaste encima del océano para llegar a la fortaleza dorada que encerraba a Sita tu cuerpo se volvió gigante. Dicen que las plantas de tus pies rompieron las rocas sobre las que se apoyaban y exprimieron sus raíces. ¿Podrías enseñarme esa forma, la misma que tomaste entonces?

-Oh Bhima- contestó entonces Hanuman -No puedes ver la forma que tomé en aquella era con los ojos de esta. El mundo vive una sucesión de eras (yuga) que ven un declinar progresivo de todas las cualidades hasta renacer en la perfección, una y otra vez. El mundo es perfecto y todo funciona en armonía. Todos los seres saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Pero el mundo vive una crisis, inevitablemente, y entra en una era en la que no todos los humanos saben lo que tienen que hacer. Esta entropía lleva a un aumento de la confusión que deriva en una era en la que no todos saben lo que tienen que hacer y entre los que lo saben no todos hacen lo que toca. Esta es la era en la que te ha tocado vivir, la era en la que te encuentras. Estamos al final de esta era y cuando termine, en el mundo no quedará nadie que sepa realmente lo que tiene que hacer. La gente vivirá y tendrá cada vez menos memoria y atención. La tierra será menos fértil y se valorará a las personas por sus bienes materiales. Esa era será barrida por las inundaciones y el fuego y tras ella renacerá una era perfecta de nuevo. Así ciclicamnete. Una y otra vez. Entre una era y la otra todo cambia Bhima. Los ríos de la era anterior, cunado yo salté el océano, no eran los de ahora. El océano era diferente. Los dioses eran diferentes. No puedes ver con ojos de esta era la forma que yo tuve en la otra. –

Así habló Hanuman, dicen, cuando se encontró con Bhima. Y eso pasó en una era anterior a la nuestra, en la que todo era distinto.

Los ríos que cruzaron los protagonistas del Mahabharata eran diferentes. Eran diferentes las montañas, las nubes y el viento. No podríamos ver con los ojos de nuestra era, la era de la confusión, las formas de los héroes de antaño. Pero Hanuman vive. Mientras se cuenten las hazañas de los héroes de las eras antiguas, las hazañas de Sita y Rama, Hanuman vivirá.

¿En qué forma?

 

 

Esta es la conclusión de la descripción de un viaje que comenzó hace tres entradas. Era importante para mí compartir este fragmento del Mahabharata, por la importancia que tiene este encuentro con Hanuman y la conclusión de su conversación con Bhima. El Mahabharata es la historia de alqgo que pasó en otra era, en la que todas las normas eran diferentes. El Mahabharata repite este concepto una y otra vez y no se puede ignorar. Esto abre un debate interesante sobre la literalidad del Mahabharata y cómo se debería escuchar una historia que, de alguna manera, nos recuerda constantemente que habla de lo que no puede hablar porque no lo entenderíamos de otra manera.

Si te interesa la interpretación hermenéutica del Mahabharata, teniendo en cuenta lo que el propio Mahabharata dice sobre sí mismo, recomiendo leer la introducción del libro: Ways and Reasons for Thinking about the Mahabharata as a Whole, de Vishwa Adluri.

 

Bajo la mirada de un avatar

Entre todas las cosas sorprendentes que existen sobre la faz del azulado planeta que nos acoge existe una persona que nació en el estado indio de Gujarat, en el oeste de este país, y ha llegado caminando al estado de Tamil Nadú. Solo hace falta googlear un mapa de la India un momento para entender que pasa algo especial con este hombre. Él me ha dicho en una ocasión que sus maestros son el sol y los árboles; a ellos los escucha y al sol lo mira directamente; a causa de una anomalía en los ojos, desde niño tiene la capacidad de mirar directamente al sol sin hacerse daño. Su apellido es también Vyasa. Es decir, su familia desciende del mítico compositor del Mahabharata.

Siempre va de blanco. Usa turbante, ropa y sandalias blancas. La barba que tiene es larga y también blanca.

El día que lo conocí pasamos horas juntos. Nos reunimos al mediodía y sin darnos cuenta el sol se fue escondiendo bajo el horizonte. Estábamos sentados bajo el cielo, rodeados de bosque y sin luz artificial. Se hacía de noche pero seguíamos en el mismo lugar, la conversación pausada pero intensa y a medida que oscurecía me parecía que sus ropas brillaban cada vez más. Compartir la tarde con un descendiente de Vyasa no es poca cosa para mí. Además fue él quien, mirándome fijamente, me dijo: «creo que ya es hora de que conozcas a Hanuman».

La seriedad con la que lo dijo me produjo escalofríos. Entendí al instante que no estaba hablando en sentido alegórico y no valía la pena buscar una explicación racional a lo que me decía.

Asentí.

Cuando fui invitado por primera vez al templo de Hanuman no pensé que tendría el honor de verlo, pero pasó. Mientras estaba contando el Ramayana, en inglés -con un traductor a mi lado que volvía a contar en Tamil las partes del Ramayana que yo recuperaba-, empecé a notar que el sacerdote ya no era el sacerdote. Su cuerpo empezó a balancearse siguiendo un ritmo que recordaba más bien el de los monos. Se apoyaba en el suelo con los brazos estirados, como lo hacen los gorilas, y sus ojos ganaron un brillo hipnótico, juguetón, alegre, profundo e inteligente. El traductor me susurró de repente al oído: «cuida lo que cuentas porque Hanuman está aquí». Después los tambores aceleraron su latido, aumentó el volumen, Hanuman se levantó, rezó con voz atronadora, levantó una pesada maza que tenía preparada y se puso a bramar en Tamil y Sánscrito.

-Te está llamando- me dijo el traductor.

Yo me levanté y sentí que aquello no era un juego y que no estaba en condiciones de ponerme cínico. Me arrodillé, renuncié al sentido común y me entregué a la experiencia.

Sentí la mano de Hanuman sobre la frente, y escuché sus bendiciones. Después Hanuman se sentó y me preguntó a través del traductor una pregunta simple pero importante, sobre la que sigo reflexionando:

-Hanuman dice que ¿qué es lo que quieres?- Así de simple y así de directo me lo traducen.

Para mí es una pregunta existencial. ¿Por qué este viaje? ¿Por qué esta atracción por las historias sagradas? ¿Por qué son tan importantes para mí?

Lo que le contesto a Hanuman en el momento es una cosa, y el proceso interior que inicia esta pregunta, en aquel lugar, y de aquella manera, es otra muy diferente.

Pero lo que me choca, sin embargo, es el día después. Cuando yo sigo pletórico por lo que me parece un evento que sobrepasa todas las expectativas que puedo haber puesto en este proyecto, me reúno con amigos que presenciaron todo el ritual y me encuentro con devoluciones sorprendentes:

-Yo entiendo que para ti todo esto sea importante pero yo, la verdad, si supiéramos que veníamos a esto, no venía. Yo fui para escucharte contar historias, no para ver todo el show del sacerdote.

-Para mí esto no es espiritualidad, esta parte de la India no me interesa.

-A mí ayer me gustó, pero me sobró un poco la parte del “recreo Hanuman”. Hubiera preferido escuchar más historias.

Me siento como en un aterrizaje forzado, al límite de estrellarme. Como si me hubieran borrado todas las estrellas del cielo de un manotazo. ¿Es que no vieron a Hanuman?

Y me vuelve la pregunta, ¿qué quieres?

Quiero decir, ¿qué busco con estas historias? ¿Flipar, llegar a sensaciones especiales, tener “viajes místicos”? ¿Es esto lo que importa?

Al cabo de unos días el chico que hizo de traductor la noche que vi a Hanuman, que resulta ser el hijo del hombre que lo canaliza, me lleva en moto a ver otro templo de Hanuman cerca de la región. Es un templo especial que guarda una piedra flotante. Cuando Sita, la encarnación femenina de Dios, fue secuestrada y escondida en la isla de Lanka, para ayudar a Rama, el avatar masculino de Dios y marido de Sita, los animales del bosque construyeron un puente gigante que conectó el continente indio con Lanka. El puente fue diseñado por Nala, uno de los monos, o Vanaras, compañeros de Hanuman, y fue construido por piedras que flotaban sobre el agua gracias a cierta manipulación avanzada de la materia que Nala conocía y efectuaba por mediación del nombre sagrado de Rama. El templo al que nos dirigimos en la moto guarda una de estas piedras, un trozo de roca que pesa 120 kilos y flota en una fuente de agua.

Mi expectativa, mientras siento en la cara el viento fresco y cargado de mosquitos, es mayor. Pero a la vez me pregunto de nuevo cual es mi verdadero propósito y qué es lo que busco en este templo. Si veo una piedra que flota, ¿en qué cambia mi relación con el Ramayana y las historias sagradas? ¿Qué me demuestra este tipo de prueba? Primero, sea lo que sea lo que vea, y vi, efectivamente, siempre puede ser un engaño. Segundo, el significado profundo de las historias sagradas en mi corazón no necesita apoyarse en ninguna prueba física que al fin y al cabo está basada en una percepción de mis sentidos.

Esta cuestión me hace recordar el encuentro del sabio Markandeya con Vishnu, o Dios, cuando Vishnu, en forma de niño, levantó a Markandeya con dos dedos y se lo tragó. No es que Vishnu creciera, o encogiera a Markandeya, simplemente hizo que cambiara su percepción de las medidas. Dentro del cuerpo de Vishnu, Markandeya se sentía muy en paz y veía todas las cualidades de la naturaleza bailar ante él. Las direcciones, las formas, los colores, toda la realidad estaba allí, lejos y cerca. Sus oídos escuchaban todos los sonidos posibles juntos, en una armoniosa vibración repetitiva, en la que Markandeya comenzó a reconocer la recitación cíclica de las palabras Sah Aham, Sah Aham, Sah Sham… “eso soy yo”, en sánscrito. Poco a poco, la repetición de las mismas palabras comenzó a amalgamarse y se dice que a Markandeya le pareció escuchar también Hamsa, Hamsa, Hamsa…  Hamsa es el ave sagrada, símbolo del alma y la liberación, que algunos diccionarios traducen como cisne y otros como ganso.

Cisnes, gansos o almas liberadas, engaños, trucos baratos, piedras flotantes, dioses, sacerdotes en trance, motocicletas, vacas y el olor del viento… todo esto importa como todo, pero lo que más me importa es que la noche en la que conté el Ramayana en el templo de Hanuman todos nos entendimos. Nos reunimos indios tamiles, indios de Gujarat y Rajastán, argentinos, dos alemanas y un catalán nacido en Israel, más la presencia de un avatar divino, y todos estábamos unidos. Nos mirábamos y nos reconocíamos, porque las historias sagradas hacen esto.

Cuando se comparten las historias sagradas no importa qué tipo de personas las escuchan, ni de dónde vienen, todos no las entienden de la misma manera. Son historias que sobrepasan nuestra inteligencia y hacen que nos encontremos en otro plano, con la mirada amplificada y a la vez humilde de reconocer nuestra mutua humanidad. Esto es el camino de la paz y es lo que busco, esta fue mi respuesta a Hanuman.

Cuentos reales

Shaktival es el nombre que usa un hombre de mirada tímida y sonrisa generosa que vive en la aldea de Kottakarai, en el sur de la India. Shaktival trabajaba de cocinero y tenía una pequeña pastelería en la que vivía con su familia, cuando acudió a la inauguración de un templo dedicado a Hanuman cerca de su pueblo.

Aquí hago un inciso para explicar quién es Hanuman, con el hándicap de no saber qué explicar. Estos últimos quince días he estado muy dedicado a Hanuman, hasta el punto de recibirlo en un sueño, en el que Hanuman se me ha aparecido en la forma de una máscara asimétrica, o mejor diría como una letra china hecha de planchas doradas que se asemejaba a la representación de una cara casi humana; casi como un jeroglífico dorado, que flotaba en el cielo y me preguntaba provocador:

-¿De verdad crees que me vas a comprender?

Este es Hanuman para mí.

La representación común de Hnuman, no la que soñé yo, es la de un hombre fornido con cara de simio. Se le representa muchas veces volando, con una maza y una montaña en la mano, y otras rezando o meditando.

Un evento central en la historia del universo es el momento en el que los Deva, las divinidades luminosas, y los Asura, magos oscuros con poderes cósmicos y titánicos enemigos de los Deva, se asociaron para batir juntos el océano estrellado del universo y destilar de él el elixir de la inmortalidad. El Mahabharata narra este evento pero omite que en el momento en el que la primera gota de la inmortalidad salió exprimida del océano, Vishnu tomó la forma de la mujer más sensual que había visto el cosmos y bailó una danza tan hipnótica que todos los Asura quedaron hechizados, inmóviles. Este momento de distracción o aprovecharon los Deva para hacerse con la inmortalidad. La operación fue un éxito pero, según me han contado, a Shiva le gustaron las formas de aquella mujer ilusoria que había representado Vishnu y quedó enamorado.

Me cuesta encontrar las palabras justas porque me es imposible discernir las corrientes sutiles e inmesurables que impulsaron a Shiva e Vishnu a ejecutar aquella acción enigmática pero el hecho es que hicieron el amor, los dos aspectos de la divinidad, Vishnu en forma de mujer y Shiva en forma de hombre. Su descendencia, el fruto de aquél acto de amor, fue una energía tan podersa que no podían bajarla directamente al mundo material. Le pidieron al dios del viento que lo hiciera y así, en el seno de una tribu de monos, el embrión que la madre de Hanuman acababa de concebir en su interior fue cargado con la energía del dios del viento y la energía de Shiva, con la intervención de Vishnu.

Hay una explicación, también, de por qué esta energía nació entre monos, pero la dejo para otro día.

Siguiendo con la energía de Hanuman, nos podemos ir formando la idea de que era poderoso como un agujero negro, por lo menos, y siendo todavía bebé confundió la imagen del sol entre las hojas de un árbol de mango con una madura fruta dorada, lo cual le impulsó a saltar hacia el espacio exterior para comerse al sol.

Se dice que las cualidades de Hanuman son inmesurables, incluido su cuerpo físico: puede volverse más pequeño que un átomo o más grande que la galaxia en la que vivimos. No tuvo ningún problema en engullir el sol.

Quién sí tuvo problemas con ello fue Indra, el rey de los Deva y el encargado de mantener el orden meteorológico. Por culpa de aquel monito la tierra se quedó sin luz e Indra defendió el equilibrio golpeando la mandíbula de Hanuman con su arma, el rayo, de manera que Hanuman cayó de vuelta a la tierra con la boca abierta.

El dios del viento recogió a Hanuman en su caída y Shiva explicó a Indra que era a su hijo a quien había golpeado. Todos los dioses se sintieron mal y bendijeron a Hanuman con regalos. Indra transfirió al cuerpo de Hanuman toda la energía del rayo y Brahma le dio la capacidad de comprender toda la creación.

Para que no causara más problemas los dioses hicieron que Hanuman olvidara sus poderes y el sol asumió la responsabilidad de convertirse en su gurú, guiando sutilmente a Hanuman a través de su vida hacia la madurez.

Y estas historias las tenía muy incorporadas Shaktival, el pastelero con quien he empezado este escrito, cuando fue a la inauguración de un templo de Hanuman.

Recogió algunas de las monedas que lanzaron los sacerdotes durante la ceremonia y volvió caminando a casa. Pero en el camino encontró una fotografía en el suelo, en un lugar inesperado, en medio del campo. Era la fotografía de una estatua negra de Hanuman decorada con una larga guirnalda.

Esto le pareció una señal a Shaktival y se llevó la fotografía a casa, le preparó un altar, le encendió una vela, le hizo las ofrendas apropiadas y le rezó a Hanuman con mucha devoción.

Shaktival no habla inglés, todo lo que cuento lo sé de su hijo, Cakrapani, que me contó que aquella misma noche su padre despertó a la familia saltando por la casa y cantando el nombre de Rama.

Hanuman es, ante todo, devoto de Rama. Rama es una de las encarnaciones más importantes de Vishnu y la historia de Rama es el llamado Ramayana, “la vía de Rama”, una historia que me encanta narrar y que fue la semilla de este proyecto de Respirar el Mahabharata.

El Ramayana se puede encontrar dentro del Mahabharata; los cinco hermanos protagonistas lo escuchan narrar en la selva. Por razones que espero poder explicar mejor en el futuro, siento que el Ramayana es el corazón del Mahabharata, es su compasión, así como la Bhagavat Gita es su comprensión. Es por esto, y porque Hanuman actúa también en el Mahabharata, que considero este escrito apropiado para este diario de Respirar el Mahabharata.

Volviendo a Hanuman, lo que más le gusta hacer es decir el nombre de Rama.

Al cabo de un rato Shaktival volvió en sí y dejó de actuar de aquella manera, pero el evento se repetía y noche sí noche no, Shaktival volvía a saltar en trance recitando el nombre de Rama. Pronto la familia entendió que en aquellos episodios su pariente se veía poseído por la energía de Hanuman, a quién de día Shaktival seguía venerando en su apropiado altar.

Dado que Shaktival seguía siendo un padre de familia tierno y responsable, y el negocio de la pastelería prosperaba, la familia aprendió a convivir con la situación. La esposa de Shaktival intentó acudir a ciertos expertos para que bloquearan el acceso de Hanuman al cuerpo de su marido, pero nada funcionó. Hanuman seguía apareciendo y se convirtió en una más de la familia.

En caso de que leer esto te incomode, por parecer demasiado íntimo, he de decir que cuando le he preguntado a Cakrapani, el hijo de Shaktival, si podía contar su historia, me ha mirado con los ojos bien redondos y me ha dicho, sorprendido:

-Es la verdad, ¿Por qué no lo vas a poder contar?

Pero todo cambió cuando llegó a la pastelería de Shaktival un amigo, llorando, y le contó que estaba pensando vender su casa para costear una operación muy difícil. Un agente policial había dañado una vértebra del hijo del señor desesperado, golpeándole con un bastón, y la única posibilidad de que volviera a caminar era con una operación que la familia no podía pagar de otra manera.

Aquel día fue la primera vez que Shaktival se atrevió a compartir con alguien lo que hasta aquél momento la familia consideraba una excentricidad. Le explicó al señor necesitado la situación y le ofreció consultar a Hanuman como último recurso, antes de vender la casa.

Aquella misma noche invocaron a Hanuman y este ser tan enigmático, mono, mensajero divino, avatar y poseedor de la visión del poeta original, recomendó a los presentes preparar un ungüento hecho de hierbas que podían recoger en los bosques cercanos. Desde un punto de vista médico la recomendación era absurda pero Shaktival insistió a su amigo probar aquello como última opción. Si no funcionaba, podían pasar a vender la casa y pagar la operación.

Sobra decir que, milagrosamente, funcionó.

El amigo de Shaktival le regaló una vaca, y rápidamente comenzaron a aparecer personas de las aldeas vecinas pidiendo consejos de Hanuman.

Las vacas han aumentado, de una a nueve. La pastelería se cerró y en un terreno nuevo se ha erguido un modesto templo a Hanuman, que Shaktival mantiene en un estado continuo de incuestionable devoción.

Cuando yo he conocido a Shaktival no conocía todos estos detalles. Había oído rumores de que se convertía en Hanuman y tenía muchas ganas de presenciarlo para estar por fin cerca de este ser misterioso. Sin embargo pensaba que para conocer a Hanuman debería ser invitado a algún tipo de ceremonia íntima. Cuando hace unos diez días una persona muy especial, que merece otro escrito dedicado solamente a él, me ha invitado a contar el Ramayana en un templo de Hanuman, no me he imaginado que aparecería el mismo Hanuman en el lugar. Pensé que probablemente esa noche el sacerdote me pondría a prueba, y así podría ganarme la bendición de conocer a Hanuman, pero había olvidad que otra de las cosas que más le gustan hacer a Hanuman es escuchar el Ramayana.

Voy a dejar este escrito aquí, porque se está alargando mucho, primero, y también porque siento que todavía no he asimilado del todo este encuentro físico con Hanuman. Si has leído hasta aquí te saludo, te honro y te agradezco. También me disculpo. Dentro de quince días espero poder continuar esta historia.

El desenlace inmediato de lo que estoy contando es obvio: he tenido el honor de conocer a Hanuman; lo que todavía no acabo de asimilar son las consecuencias de este encuentro. En quine días espero entenderlo mejor y poder relacionar la experiencia con el proceso artístico que es Respirar el Mahabharata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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