El duelo que estamos asumiendo

Cuando nació lo llamaron Gángeya: “hijo del Ganges”; que también podríamos traducir por “el que es del Ganges”. Porque Gángeya “fluyó”, como quien dice, a este mundo, desde el Ganges.

El Ganges, además de ser un río, es una corriente estrellada de aliento vital que vivifica todos los mundos. Es la vía láctea. El Ganges, cuando quiere, nace en este mundo con la forma de la diosa. O en forma de mujer, si es que hay alguna diferencia.

Y la diosa mujer Ganges parió un hijo, a quien llamaron Gángeya, y este hijo tenía un conocimiento innato del funcionamiento externo e interno del mundo. Como hijo de la diosa, conocía el lenguaje silencioso de las piedras y los secretos de la reproducción celular. Gángeya podía hablar tanto con su propia sangre como con el viento. Podía manifestar sueños y sentir las estrellas más lejanas. Y en lo externo, Gángeya conocía las costumbres humanas, las leyes y los procesos que articulan la política. Pero, sobre todo, Gángeya comprendió el poder y la importancia de la palabra.

Cuando su padre terrenal, el rey Shantanu, se enamoró de una pescadora que olía a flores, Gángeya renunció al reino y a tener descendencia; para dar lugar en la corte a la pescadora, y al linaje que de ella nacería. Desde entonces a Gángeya se le pasó a llamar Bhishma, “el terrible” – porque todos los mundos temblaron cuando hizo su voto.

Su madre, el Ganges, se había difuminado de vuelta al cielo, y su padre, el rey, estaba ocupado con su nueva familia. Bhishma se quedó solo, ofreciendo ceremonias a las aguas del río Ganges, y reflexionando sobre la política del reino.

Bhishma se convirtió en consejero, y general de las tropas. Se convirtió en una presencia energética en la corte; temida, honrada, pero no necesariamente escuchada. Sus consejos eran cuestionados, o directamente ignorados.

Así es como Bhishma no pudo evitar aquella guerra que todos recordamos de una u otra manera. A pesar de su presencia imponente en la corte, Bhishma no pudo evitar la guerra que desintegró su mundo.

Por lealtad, y por el peso de su palabra, Bhishma se vio involucrado en la guerra civil, y luchó junto al lado en el que él no creía. Por lealtad al reino y a las normas. Por lealtad a la palabra que había dado.

Gángeya hizo la promesa de no tocar nunca a una mujer, y pasó a llamarse Bhishma, el terrible. Por esa razón sus contrincantes mandaron contra él una mujer. No cualquier mujer sino su némesis: la mujer que había jurado vencerlo en una vida anterior. Y protegiendo el avance de la que iba a hacer caer a Bhishma en el campo de batalla estaba Árjuna, el discípulo favorito, bisnieto de la pescadora, quien avanzaba por el campo de batalla como un torbellino de muerte.

Bhishma, el hijo del Ganges, entendió que no podía ganar, y se rindió. Dejó que las flechas enemigas entraran en él como el frío en el cuerpo y cayó al suelo sobre una cama de flechas. Todavía estaba vivo, porque Bhishma podía morir solo cuando él lo decidiera, pero había abandonado la lucha.

Y todavía queda mucho que hablar de Bhishma, porque toda la tercera parte del Mahābhārata narra el discurso que él hizo clavado en el suelo, sobre su cama de flechas, después de la batalla, antes de dejar que su aliento vital volviera al cielo. Pero es importante parar hoy la narración de este voto de 12 años para nombrar a Bhishma. Porque con él murió un mundo; una manera de hacer. Terminó una era, con su muerte, y estos siglos en los que nos ha tocado vivir son una transición entre la memoria de aquella manera antigua de hacer, entre ese recuerdo que se difumina, y la aceptación y comprensión de lo nuevo, de lo que nos toca asumir ahora. Hace siglos y milenios que estamos asumiendo, juntos, la muerte de Bhishma, y cuando completemos este duelo podremos comprender lo que nos toca hacer ahora.

Sexto año, el año de Krishna

 Esta es la historia de lo que ha pasado con la humanidad hasta ahora: El Mahābhārata.

Para contárnoslo, esta gran historia usa otras muchas historias pequeñas, como el relato del encuentro de un hijo del viento, Bhima, con Hanuman, otro hijo del mismo elemento.

Bhima ha oído hablar de Hanuman. Ha oído contar las hazañas de Hanuman y cómo ayudó al príncipe Rama a encontrar su amada Sita, quien había sido secuestrada en el jardín del palacio de una ciudad dorada, construida sobre una isla.

-He oído- dice Bhima – que para llegar a la isla lo hiciste de un salto. Te volviste gigante y saltaste con tanta fuerza desde la costa, que aplastaste la montaña que te aguantaba. ¿Podrías mostrarme esa forma tuya? ¿La que tomaste aquella vez? Pero la respuesta de Hanuman es negativa. Vivimos dentro de una secuencia de eras (yuga), que se suceden como una rueda. Una era perfecta, degrada inevitablemente a otra menos perfecta, que deriva en otra era peor, que deriva en otra era terrible, de la cual renace de nuevo otra era perfecta, la cual degrada en una era un poco peor, etc.

Entre era y era las normas físicas cambian ligeramente. Así se lo explicó Hanuman a Bhima. Hanuman es inmortal y sobrevive a los cambios de era, pero su forma cambia. Su famoso salto, Hanuman lo dio en una era anterior a la de Bhima, y Bhima no podría ver con los ojos de su era el cuerpo que Hanuman tuvo en otra anterior.

Y esta es una bella manera de hablar del pasado. Lo que pasó (itihasa) ya no se puede volver a ver. Se puede contar, pero contar no es ver. Así es el pasado, nunca se puede ver, y cuando se cuenta viene envuelto de confusión. ¿Cómo contar, por ejemplo, la separación de una pareja? ¿Quién se separó de quién, y en qué momento? ¿Cuándo empieza una separación? ¿Es posible marcar ese instante de manera objetiva, en la narración que nos hagamos del pasado? ¿O cómo contar un enamoramiento pasado? ¿En qué momento ocurre?

Y esto no significa que no haya una verdad y todo discurso sea relativo, sino algo más sutil e interesante. El Mahābhārata nos narra lo que le pasó al mundo, antes de que comenzara esta confusión que nos afecta, pero por mucho que nos lo cuente nunca lo podremos ver. Porque el Mahābhārata pasó en una era anterior a la nuestra. Toda representación de algo que ya ha pasado será interpretación.

Hasta aquí la introducción. Pero de lo que quiero hablar es de Krishna, y del sexto año de Respirar el Mahābhārata.

Krishna aparece en el Mahābhārata. Forma parte del entramado de personas que participaron en esa gran guerra que significó la caída de la era anterior a la nuestra. La guerra de la que habla el Mahābhārata.

<<Yo renazco siempre que el dharma esté en peligro>>, dicen que dijo Krishna. Krishna es la luna entre los luceros nocturnos, un príncipe entre campesinos, y un dios entre los guerreros, en la campo de batalla. Pero teniendo en cuenta de que por mucho que hablemos de Krishna, no lo veremos con los ojos de la era que lo vio, quiero dedicar este sexto año de Respirar el Mahābhārata a profundizar en la pregunta de ¿quién fue Krishna?

Cuando la guerra del Mahābhārata estaba apunto de comenzar Krishna no quiso tomar bando. Dio a elegir a los contrincantes entre dos opciones: los ejércitos que tenía bajo su mando, o a él. Un bando podría quedarse con todas las tropas y armas que comandaba Krishna, y el otro lo tendría a él entre sus filas, aunque sin luchar. Y claro que, sabiendo que Krishna es Dios nacido en la tierra, la elección correcta es él, y no sus ejércitos. Pero esta opción, si se nos presentara hoy, ¿sabríamos reconocerla?

¿Reconocería yo hoy, en esta era de la confusión, a Krishna si tuviera que elegir entre él y sus armas? Tengo la sensación de que esta elección se me presenta a diario, y varias veces. Y no sé si siempre la sé ver. ¿Cómo ver a Krishna, si se nos presenta, con los ojos de nuestra era? Ese será el hilo conductor de la indagación de este año que comienza: El sexto, de Respirar el Mahbharata, una performance de 12 años dedicada a la narración del Mahābhārata. Estoy muy contento de haber podido estrenar el espectáculo preparado durante el particular y convulso quinto año, con la actriz y cantante Gisele Cornejo y el director Toni Cots. Un espectáculo en versión presencial y en versión online, que todavía no ha terminado. El próximo domingo 20 haremos el último encuentro online de Respirar el Mahābhārata 5, una narración ritual del Mahābhārata y un taller sobre el Mahābhārata a la vez, que se repetirá en el futuro, tanto en formato presencial como online, si los dioses lo permiten.

Sobre las formas

Para leer esta historia (que continua de la entrada anterior) imagínese primero a sus personajes y la situación en la que se encuentran: cuatro hermanos – uno, el mayor, sabio como el destino; el segundo, grande como una montaña y fuerte como el viento. Dos gemelos, bellos como el atardecer en otoño, y una mujer; oscura, dicen, negra como la noche, con mirada de fuego, que está casada con los cuatro. Un personaje más, el guía; un hombre anciano en experiencias. La situación: los cuatro están volando, transportados por un rākṣasa, un descendiente del linaje de la furia.

¿Cómo transporta este ser a los personajes humanos de la historia? ¿Sobre la espalda? ¿En la palma de la mano? ¿En los pliegues de su túnica negra y purpura? ¿En su caballera interminable? ¿O por una modificación quántica de las leyes de la materia y el espacio? Quién sabe. Lo importante es que los protagonistas son transportados, y se ahorran el cruzar caminando los bosques que cubren la falda del monte de los aromas que enloquecen (Gandhamādana), cuyas cimas enlazan este mundo con los planetas de los luminosos (devaloka), los seres a los que llamamos dioses.

Los personajes de la historia están volando, dicen, usando los senderos que usan los siddhas, aquellos que se transportan con sus poderes cada noche hacia los mundos perfectos. Sobrevuelan los montes que son las fuentes de todos los minerales, sobre redes de ríos adornados con monos.

Así llegan los protagonistas a los pies de un árbol jinjolero gigante (en sánscrito, badari). Su tronco es redondo y recto, su copa es redonda y carga frutas llenas de miel. En ese lugar no hay mosquitos. No hay oscuridad, pero tampoco afligen los rayos del sol. Allí no existen ni el hambre, ni la sed, ni el calor ni el frío. A ese lugar llegan la mayoría de las ofrendas que se hacen en la tierra, porque allí conversan Nara y Nārāyaṇa: El humano y la vía que de la que desciende la humanidad. La persona – el semejante – la ficha con la que jugamos al juego de la vida, conversa allí con la mano que la mueve – con el destino, o el origen del azar. A ese lugar fluye el Ganges cósmico, invisible a la mirada material. Fluye desde el origen del universo (bindusara).

Alrededor de ese punto central se establecieron los Pandava y su esposa, los protagonistas de esta saga. Allí esperaron que Arjuna bajara del mundo de los luminosos con armas mágicas.

Allí disfrutaron los cuatro hermanos viendo a su esposa pasear con libertad.

Entonces, por su propia voluntad, una brisa sopló desde el noreste. Panchali, la descendiente del linaje de Panchala, esposa de los Pandava –los legítimos gobernantes del mundo-, vio descender sobre el aire una bella flor de loto dorada que irradiaba una intensa y dulce fragancia divina.

-¡Bhima!- dijo Panchali -¡Mira estas flores brillantes. Han maravillado mi corazón. Quiero traerle un ramo de ellas a Yudisthira. ¿Por qué no me buscas más?

Conociendo los deseos de la reina Bhima se irguió y su torso se recortó contra la silueta de la montaña con el poder de un elefante en celo. Queriendo hacer lo que satisfaga a su amada Bhima comenzó a subir por la montaña; ahí donde no había accedido ningún humano antes.

A su alrededor todo eran árboles, enredaderas y piedras azules. La montaña parecía un brazo de la tierra estirándose hacia el cielo y Bhima lo ascendía. El padre de Bhima (Bhima fue hijo del viento) lo acariciaba con una brisa fresca que aliviaba su cansancio. En los lados descubiertos de la montaña se veía oro y plata entre la tierra, como si el paisaje hubiera sido pintado con los dedos. Donde el agua caía desde las alturas parecía collares de perlas rompiéndose al vacío.

Bhima caminaba rompiendo enredaderas con sus muslos y a su alrededor las esposas de los invisibles espíritus de los elementos y la belleza (Yakṣa y Gandharva), junto a sus esposos, lo señalaban y comentaban sus avances. La tierra temblaba cuando Bhima la pisaba como si fuera el fin del mundo. Los árboles quebraban ante el pechode de Bhima cuando avanzaba. Ante su paso se asustaban los animales, que escapaban en manada hacia todas las direcciones.

Bhima vio pájaros huir por el cielo y sus alas goteaban agua. Siguió el punto de partida de las aves y encontró un lago entre la vegetación, cubierto de lotos y lirios.

Después de bañarse Bhima hizo sonar su concha. El sonido asustó a los leones en sus cuevas, que rugieron todos al unísono. Esto asustó a los elefantes, que tronaron todos sus trompetas en manada.

Hanuman, toro entre los monos, dormía junto a ese lago. Oyendo aquel alboroto empezó a bostezar. Era grande como la bandera de Indra, el rey de los dioses. Cuando bostezaba restallaba con su cola el suelo y los golpes eran como truenos. Las rocas de la montaña resonaban con ese sonido y los pelos Bhima se erizaron.

Queriendo identificar la fuente del sonido Bhima llegó a Hanuman, que dormía sobre la roca plana, en medio del bosque de banianos. Era difícil de mirar porque su pelaje amarillo brillaba como la electricidad y sus gestos eran rápidos como el rayo. Su cara era como la luna brillante. Resplandecía como el fuego y tenía los ojos color miel.

Cuando lo vio, Bhima lo desafió rugiendo tan fuerte que más manadas de animales huyeron despavoridas. Hanuman abrió ligeramente los ojos.

-Me encontraba débil y dormía plácidamente. ¿Por qué me has despertado? ¿No sabes que tu deber es mostrar compasión a todos los seres? Dado que tenemos un nacimiento inferior no conocemos el dharma, el orden universal, pero las personas tienen inteligencia y deberían mostrar compasión a los animales. ¿Por qué actúas con brutalidad en cuerpo, habla y corazón? Estás bendecido por la inteligencia, pero la usas poco en tu infantilidad. ¿Quién eres? Eres un hombre, pero merodeas estas tierras que no pertenecen a los humanos. De aquí en adelante no puedes seguir, estos son senderos reservados a lo más puro. Oh valiente, te freno por compasión. Acepta mis palabras, relájate y come de estas raíces, que tienen el sabor de la ambrosia.

-¡¿Quién eres y por qué has tomado la forma de un mono?!- clamó Bhima -¡Apártate! Es un kshatriya que te lo ordena, un noble y un guerrero.

-Estoy débil y no tengo fuerzas para levantarme- contestó Hanuman -Si tanto quieres pasar salta encima de mí.

-El alma universal (paramātman) permea tu cuerpo- contestó Bhima – y solo se puede percibir con el conocimiento. No puedo insultar el alma cósmica saltando encima de ti. Por la formación que he recibido conozco la eterna expansión y sé que todos los seres provienen de ella. Si no fuera así saltaría encima de ti como Hanuman saltó sobre el océano.

– ¿Y quién es este Hanuman, que saltó sobre el océano?- preguntó Hanuman.

– Hanuman nació en una era anterior a esta y luchó al servicio de Rama, la mejor persona que ha conocido la tierra. La amada de Rama se llama Sita y los dos eran como uno. Sita era el resplandor de Rama y Rama la firmeza de Sita. Cuando caminaban juntos el universo se regocijaba, pero Sita fue secuestrada por Ravana, un brujo que vivía en la ciudad dorada de Lanka, que estaba en medio del mar. Allí Ravana reinaba sobre los espíritus de la furia que le rendían tributo.

Rama esta desolado cuando perdió a Sita y en este estado encontró a Hanuman. Cuando Hanuman vio a Rama por primera vez sintió que volvía a su origen, más allá del tiempo. Por Rama, y Sita, Hanuman encontró la ciudad de Lanka y saltó encima del océano, en una proeza que nunca será olvidada. Hanuman encontró a Sita en Lanka y ayudó a Rama a llegar a ella. Mientras haya ríos y montañas en la tierra se seguirá hablando de Sita y Rama y mientras se hable de Sita y Rama Hanuman seguirá vivo. El gran Hanuman fue hijo del viento -del que transporta la vida por toda la tierra-. Yo también soy hijo del viento y Hanuman es mi hermano. – Eso proclamó Bhima. – Así que mono, aparta de mi camino o encontrarás la destrucción en mis manos.

-Oh poderoso guerrero – contestó Hanuman -Yo soy un mono viejo y no puedo ni levantar mi larga cola del suelo. Por favor, levanta tú mi cola y déjala a un lado para poder pasar. No te molestaré más.

Satisfecho, Bhima cerró las palmas de sus fuertes manos sobre el pelaje de la cola del mono, pero al estirar no fue capaz de levantarla. Era como intentar mover la tierra de su eje sin tener dónde apoyarse. Bhima rugía como truenos y volcanes pero su fuerza no era suficiente para mover la cola.

Exhausto y frustrado, Bhima bajó la mirada avergonzado. Con las manos juntas, ante el corazón, saludó a Hanuman, postrando su cabeza ante el mono, diciendo:

-Oh rey entre los monos. No sé si eres un ser totalmente desarrollado (siddha), un dios o qué tipo de criatura. Por favor, dime quién eres realmente porque tu poder es sobrecogedor.

-Oh Bhima. Si tanto quieres saberlo te diré que yo soy Hanuman, devoto de Sita y Rama e hijo del viento. Yo soy tu hermano; yo estuve en Lanka y luché contra Ravana.

Te saludo hermano.-

Con esto Bhima y Hanuman se abrazaron, llorando de emoción, y Bhima preguntó a Hanuman sobre sus heroicidades, y sobre Sita y Rama, a quienes Hanuman había conocido en persona.

Entonces Bhima pidió a Hanuman:

-Oh hermano, cuando saltaste encima del océano para llegar a la fortaleza dorada que encerraba a Sita tu cuerpo se volvió gigante. Dicen que las plantas de tus pies rompieron las rocas sobre las que se apoyaban y exprimieron sus raíces. ¿Podrías enseñarme esa forma, la misma que tomaste entonces?

-Oh Bhima- contestó entonces Hanuman -No puedes ver la forma que tomé en aquella era con los ojos de esta. El mundo vive una sucesión de eras (yuga) que ven un declinar progresivo de todas las cualidades hasta renacer en la perfección, una y otra vez. El mundo es perfecto y todo funciona en armonía. Todos los seres saben lo que tienen que hacer y lo hacen. Pero el mundo vive una crisis, inevitablemente, y entra en una era en la que no todos los humanos saben lo que tienen que hacer. Esta entropía lleva a un aumento de la confusión que deriva en una era en la que no todos saben lo que tienen que hacer y entre los que lo saben no todos hacen lo que toca. Esta es la era en la que te ha tocado vivir, la era en la que te encuentras. Estamos al final de esta era y cuando termine, en el mundo no quedará nadie que sepa realmente lo que tiene que hacer. La gente vivirá y tendrá cada vez menos memoria y atención. La tierra será menos fértil y se valorará a las personas por sus bienes materiales. Esa era será barrida por las inundaciones y el fuego y tras ella renacerá una era perfecta de nuevo. Así ciclicamnete. Una y otra vez. Entre una era y la otra todo cambia Bhima. Los ríos de la era anterior, cunado yo salté el océano, no eran los de ahora. El océano era diferente. Los dioses eran diferentes. No puedes ver con ojos de esta era la forma que yo tuve en la otra. –

Así habló Hanuman, dicen, cuando se encontró con Bhima. Y eso pasó en una era anterior a la nuestra, en la que todo era distinto.

Los ríos que cruzaron los protagonistas del Mahabharata eran diferentes. Eran diferentes las montañas, las nubes y el viento. No podríamos ver con los ojos de nuestra era, la era de la confusión, las formas de los héroes de antaño. Pero Hanuman vive. Mientras se cuenten las hazañas de los héroes de las eras antiguas, las hazañas de Sita y Rama, Hanuman vivirá.

¿En qué forma?

 

 

Esta es la conclusión de la descripción de un viaje que comenzó hace tres entradas. Era importante para mí compartir este fragmento del Mahabharata, por la importancia que tiene este encuentro con Hanuman y la conclusión de su conversación con Bhima. El Mahabharata es la historia de alqgo que pasó en otra era, en la que todas las normas eran diferentes. El Mahabharata repite este concepto una y otra vez y no se puede ignorar. Esto abre un debate interesante sobre la literalidad del Mahabharata y cómo se debería escuchar una historia que, de alguna manera, nos recuerda constantemente que habla de lo que no puede hablar porque no lo entenderíamos de otra manera.

Si te interesa la interpretación hermenéutica del Mahabharata, teniendo en cuenta lo que el propio Mahabharata dice sobre sí mismo, recomiendo leer la introducción del libro: Ways and Reasons for Thinking about the Mahabharata as a Whole, de Vishwa Adluri.

 

Desorden que nace del orden, orden que nace del desorden

Según la segunda ley de la termodinámica “en un universo aislado la entropía (el desorden) siempre aumenta”. Esto es así porque el universo es lo que es. Quiero decir, que el universo es como todos ya sabemos que es: si una vaso cae y se rompe no volverá a formarse cuando lancemos sus piezas al cielo, y un motor que ha consumida gasolina en una subida no la volverá a recuperar en la bajada. El universo es como es, y las explicaciones que le damos (como las leyes de la termodinámica, por ejemplo) nacen del universo y desaparecen en el mismo cosmos como las mechas de las lamparillas de aceite en los templos.

La misticología india sigue las mismas normas que las leyes que la termodinámica para describir el universo. El mundo se crea perfecto y la sociedad humana, fresca y lozana, vive en un estado en el que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Se trata de la llamada era de la verdad, Satya Yuga, pero un inevitable proceso de degradación deriva a la humanidad a una era en la que todo el mundo sabe lo que tiene que hacer pero no todo el mundo lo hace, para pasar después a una era en la que no todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y decaer finalmente en la era que nos toca vivir a mí y ati, que estás leyendo esto, según la misticología india: la era de Kali Yuga, cuando nadie sabe lo que tiene que hacer. Porque así lo dice la segunda ley de la termodinámica, y la sociedad humana es un sistema aislado también, una estructura que tenderá por tanto a aumentar su desorden interior.

El equivalente a la segunda ley de la termodinámica en la misticología india es la historia de la maldición que sufrió Dharma por parte de su madre, sobre la que ya he escrito en una entrada pasada. Pero aún conociendo esta historia muchas veces me he preguntado cómo puede una sociedad perfecta, como la de Satya Yuga, empezar a decaer.

La decadencia, explicada por el lenguaje misticológico indio, se da por el progresivo enredo de conflictos que derivan en una creciente confusión de roles y tareas. Esto me parece claro. Puedo entender que un gran lío venga de una pequeña confusión anterior venida a más, y que esta confusión sea la consecuencia de un malentendido anterior, pero algo que me seguía preguntando era cómo y dónde nace el primer malentendido del que deriva el desorden posterior. Más aún si se supone que este primer malentendido se dio en Satya Yuga, la era perfecta. ¿Cómo puede nacer el desorden de la perfección?

Bien, en el fragmento llamado Chaitraratha Parva del Mahabharata se da una explicación tan fantástica como profunda y convincente.

Para participar en esta explicación es necesario aceptar las reglas de juego de la misticología india; sus premisas.

Porque todo lenguaje simbólico es un juego; juego en el sentido de una colección de elementos enlazados como un engranaje. Un lenguaje es una estructura que limita la consciencia por una parte pero sirve para amplificarla si sabemos mantener la humildad, dejamos de guardar rencor y no nos empecinamos en nuestra opinión. Igual que las normas de cualquier juego.

Y la premisa de la misticología india es que el universo está creado en cuatro matices (varņa): Brahmana, ksatriya, vaishya y Sudra. Estos matices deciden las cualidades de todo  lo que existe, desde las frecuencias de sonido hasta la estructura social humana. Cuando estos matices están equilibrados hay armonía. En el caso de la sociedad humana eso significa que en una situación armónica aquellos que son sabios, cuyo poder radica en la paciencia, guían y aconsejan a la sociedad. Aquellos cuya fuerza está en su energía nacen de la frecuencia Ksatriya y en épocas de armonía representan y defienden las instituciones de la sociedad. Así era en Satya Yuga, la era de la verdad, pero pasó que un rey, con energía ksatriya, persiguiendo caza por el monte, se encontró de frente, cruzando un sendero estrecho cavado en la roca, al hijo de uno de los brahmanes más conocidos de la época.

El rey, con su ímpetu guerrero, exigió al brahmán que se apartara pero el brahmán, con un tono suave y tranquilo, le respondió que al caminar por aquel sendero estaba siguiendo su destino, su Dharma; estaba cumpliendo el mismísimo deber cósmico con ese frágil y energético cuerpo suyo.

Si fueran dos brahmanes los que se hubieran encontrado cara a cara en el sendero estrecho probablemente se hubieran parado a debatir las sutilezas del Dharma, el pulso del universo, pero la energía explosiva del rey ksatriya le hace perder los nervios y golpear al brahmán con el látigo que sujetaba doblado en la mano. El brahmán cayó y le explicó desde el suelo, como quien observa una obviedad, que las consecuencias de aquel acto serían que se convertiría en un monstruo devorador de personas, ya que sus actos eran así de excesivos e irreflexivos.

A partir de ahí la historia se enreda y el carácter del rey, efectivamente, va de mal en peor hasta acabar devorando al mismo brahmán que le explicó su maldición. Después vienen tristezas, consecuencias y consecuencias de las consecuencias de este acto de canibalismo brutal. Todas las consecuencias que nos han llevado a esta era de la confusión nuestra, Kali Yuga.

Por perfecto y equilibrado que esté todo el universo, siempre existirán posturas irreconciliables. Dado lo simbólica que parece la situación: dos personajes que se cruzan en un pasadizo tan estrecho que no permite otra opción que el retroceso o el enfrentamiento, entiendo que el Mahabharata está hablando de esos procesos internos de la realidad que solo se pueden describir dando rodeos. No en vano el brahmán devorado de la historia se llama shakti, energía. Ni a shakti, el brahmán devorado, ni al rey impetuoso se les puede culpar de hacer otra cosa que vivir su naturaleza. Así es como del equilibrio nace la degradación, porque el desequilibrio no deja de ser, en algún punto, perfecto.

Porque la primera ley de la termodinámica dice que la energía siempre se conserva, y dentro de Kali Yuga reside Satya Yuga. Las eras se suceden unas a otras y el rey maldito, el rey convertido en monstruo, es redimido más tarde por el mismo padre del brahmán que se comió. Los dos se encuentran en el bosque y el padre salpica unas gotas de agua fresca sobre la frente del monstruo diciéndole que todo lo que ha pasado se debe a una maldición que escapa al control de ambos. El rey vuelve en sí y su energía brilla roja como el sol del atardecer.

-¿Cómo puedo ayudarte? ¿Cómo puedo recompensarte?- exclama el rey.

-Cada cosa tiene su tiempo- responde el brahmán, y sigue su camino.

Así también la energía que consume un cuerpo parece perdida cuando lo abandona, pero sigue presente en el universo. Así es como una leyenda puede decir lo mismo que unos axiomas de la física moderna. Física, leyendas, música, religión, todas estas herramientas nos llevan al mismo infinito cuando permanecemos humildes, dejamos de guardar rencor y no nos empecinamos con nuestras opiniones.

 

(Para los más entendidos, los personajes mencionados son el Rishi Vashishtha, su hijo Shakti y el rey Kalmashapada)

Las lecturas recientes que han influenciado este post:

Mahabharata de Vedavyasa

Salas, Lluís Nansen – Meditació Zen. L’art de simplement ser, Viena, 2017

Stemberger, Günter – El judaísmo clásico. Cultura e historia del periodo rabínico, Trotta, 2011

Trinh Xuan Thuan, Deseo de infinito. Sobre cifras, universos y hombres, Biblioteca Buridán, 2013

 

 

Los hijos de la perra

El Mahabharata termina con el peregrinaje de los cinco hermanos protagonistas y su esposa común por las cuatro direcciones de la tierra. Cuando inician su camino hacia el este el texto dice que los empieza a seguir un perro, un perro que no les pierde la pista cuando deciden circunvalar la tierra por el sur y les sigue los pasos cuando alcanzan por el oeste la antigua ciudad de Krishna, que se encuentran hundida bajo el océano. Cuando deciden cruzar la cordillera del Himalaya por el norte el perro continua tras ellos y a medida que los Pandava mueren entre las nieves perennes de las alturas, el perro sobrevive y continua caminando al lado de los restantes hasta que Indra aparece montado en un carro refulgente ante el último hermano vivo, el mayor, Yudisthira, y le ofrece subir hacia el cielo. Yudisthira haco el gesto de llamar al carro a su fiel acompañante pero Indra le para:

-Los perros no tienen lugar en el cielo.

Entonces Yudisthira, en un gesto que se sigue recordando hasta hoy, renuncia al cielo en nombre de la fidelidad. Se niega a abandonar en el frío a su amigo cuadrúpedo, y este gesto de empatía de Yudisthira se gana un sitio de honor entre los dioses.

Esta historia es una de las más conocidas del Mahabharata pero lo que se recuerda menos es que el Mahabharata comienza también con un perro. Este perro, en cambio, probablemente también de la raza llamada Mastil Tibetano, que parece ser la autóctona de la India, es golpeado cruelmente por el rey Janamejaya cuando se acerca husmeando al terreno del ritual en el que el mismo Janamejaya oirá contar todo el Mahabharata.

A este ritual se acercará más adelante el conductor de carros que contará, a medida que contesta todas las preguntas que le hace el rey y sus acompañantes, lo que conocemos hoy como el Mahabharata. Pero antes de esto, el texto nos cuenta que el perro golpeado volvió a su madre Sarama, y se quejó ante ella de la injusticia que acababa de sufrir.

Ahora, Sarama no es cualquier perra. Sarama es la madre de todos los perros, la Devi perruna si se quiere, la diosa madre de la raza canina. Sarama aparece ya en el Rig Veda, el canto más antiguo de la tradición de la que proviene el Mahabharata, en un himno en el que se canta cómo Sarama visitó a los Panis, los enemigos de los dioses[1]:

-Panis, soy la mensajera de Indra, él me ha mandado. Tenéis muchas vacas y es mi intención alcanzarlas. Las aguas del río rasa no me han podido dañar porque estoy protegida por los dioses; primero tenía miedo de cruzar pero he conseguido llegar a vuestra orilla. Las aguas profundas del río no han podido contradecir los deseos de mi amo.

-¡Oh Sarama! Podrías alcanzar los puntos más lejanos del cielo. Hemos escondido el tesoro en un lugar rodeado de montañas. Has malgastado tu viaje. Sabemos que los dioses te han asustado para que vengas aquí; quédate hermana, eres preciosa, te daremos parte de las vacas. [En algunos versos védicos parece ser que a los Pani se les llama lobos. Una lectura que me parece preciosa es la del diálogo entre Sarama y los Pani como un diálogo entre los lobos del bosque y una perra amaestrada]

-No puedo ser vuestra hermana y no sois hermanos míos. No reconozco estas relaciones. Solamente conozco a Indra y al fuego[2]. Huid Panis, y dejad que las vacas vuelen al cielo. Habéis intentado mantenerlas en secreto pero Soma, Indra y los sabios las han encontrado.

 

Esta es la Sarama a la que acude para gemir el perro golpeado por Janamejaya. Algunos la han relacionado con la luz del amanecer también, y a los Pani con la oscuridad que esconde las nubes, que son las vacas del himno.

Yo, que soy de flipar fácil, pienso también que a la estrella más brillante de la noche, Sirio, se la llama “el perro”. En sánscrito su nombre es Lubdhaka, “el cazador”, o Mrigavayaha “cazador de antílopes”. Porque a los perros en sánscrito se les llama Sarameya –literalmente “el que es de Sarama”- en tanto a descendiente de la famosa Sarama, pero también Mrigadagņśa, “cazador de antílopes”. Esto tiene sentido porque la estrella Sirio va detrás de Orión, la constelación que parece un arquero, como el perro que acompaña al cazador. De hecho la franja del cielo que cubre tanto Orión como Canis Majoris, la constelación a la que pertenece Sirio, en la astrología india se la conoce como la casa lunar de Mrigashira, “cabeza de antílope”, y se dice que los nacidos bajo su influencia se caracterizan por ser buscadores incansables y personas con un deseo muy intenso.

El antílope, el deseo, la búsqueda y la realeza son elementos que aparecen a menudo en el Mahabharata. Los momentos de quiebre en el linaje de los Pandava, las crisis importantes, comienzan siempre con un rey persiguiendo un antílope (Mŗga, también puede significar ciervo) que lo lleva a adentrarse en el bosque, donde se encuentra de cara con su destino (ejemplo 1,2). Lo que no se menciona es que el rey muy probablemente vaya acompañado de un perro, un fiel “cazador de antílopes”. El perro es rechazado del relato como el hijo de Sarameya es expulsado de los terrenos del sacrificio cuando comienza el Mahabharata.

El lugar del perro es ambiguo en las historias sagradas, igual que en nuestro presente. Un animal necesario, compañero y hasta cierto punto espejo del humano, pero al que el imaginario social trata con recelo. En el Mahabharata los que crían perros son los chandala, un sector social problemático que componen los hijos de casta mezclada, brahmán y sudra, sacerdote y sirviente. Un chandala es un cruce entre mundos, una mezcla, algo indefinido de lo que puede salir tanto un conductor de carros (oficio destinado a los Chandala) que acabe contando todo el Mahabharata, un consejero real como Vidura, una de las figuras importantes de la corte de los Pandava, o un criador de perros. Un chandala es un espacio indefinido, como el cruce entre yugas.  El final de cada era es siempre confuso, en el crepúsculo de Treta a Dvapara yuga la tierra sufrió 12 años seguidos de sequía. Era imposible mantener ningún cultivo o ganadería, las poblaciones sufrían el saqueo de barones de la guerra y bandas de maleantes y muchos, desesperados, recurrieron al canibalismo.

En aquellos tiempos Vishvamitra, el famoso Rishi, abandonó su esposa e hijos y vagó en solitario por los caminos desolados. En una ocasión llegó hambriento al lugar donde vivían unos chandalas. Había jarrones rotos, pieles de perro, huesos de cerdos y burros, y ropas de difuntos acumuladas por todas partes. Gallos y asnos clamaban al cielo y habían grupos de chandalas discutiendo y peleando. Vishvamitra escudriñó el lugar buscando algo de comida pero no encontró nada; ni carne ni grano ni fruta. Estaba tan cansado que colapsó y quedó tirado en el suelo cuando de repente vio que en una de las cabañas quedaba carne de un perro que acababa de ser degollado.

Vishvamitra decidió que robar para salvar la propia vida estaba bien y esperó a que se durmieran los chandalas para entrar en la cabaña y robar la carne. Pero el dueño de la cabaña se despertó y gritó:

-¿Quién está robando la carne? ¡Vas a morir!

-Soy Vishvamitra, estoy moribundo y hambriento, he robado un poco de la carne de este muslo de perro. He perdido mi conocimiento de los textos sagrados. Ya no soy capaz de distinguir entre lo que debe y lo que no debe ser comido. Me he convertido en un ladrón. El dios del fuego se lo come todo, me he convertido en lo mismo.

Oyendo quién era el sabio, el chandala saltó de la cama y se postró ante Vishvamitra:

-No hagas nada contra tu naturaleza. Los entendidos han dicho que los perros son peores que los chacales y en lo que concierne a la carne de perro, dicen que la carne del muslo es peor que la de cualquier otra parte. Eres un sabio ilustrado, por favor encuentra otra manera de salvar tu vida.

-No hay otra manera– respondió Vishvamitra– todo vale a la hora de salvar la vida. Después de haber salvado la vida uno puede reunir fuerzas para restaurar su Dharma. El dios del fuego, el espíritu de los textos sagrados, es mi fuerza. Con sus bendiciones voy a saciar mi hambre y salvarme.

-La carne de perro no beneficia al cuerpo– volvió a contestar el chandala- Entre los animales que tienen cinco uñas, como los conejos, hay cinco tipos que son aptos para el consumo de brahmanes. Los perros no están incluidos en la lista, por favor busca otra comida y salva tu Dharma.

-En el estado en el que me encuentro no hay diferencia entre carne de antílope o de perro.

Así continúa la discusión hasta que Vishvamitra dice: –un toro sediento no dejará de beber por el croar de una rana– despreciando al chandala e ignorando su consejo. Vishvamitra se llevó la carne al bosque, ofreció parte a los dioses y cocinó la carne. Después ofreció parte de lo cocinado a los dioses y a los ancestros. El dios Indra quedó tan satisfecho que dejó que cayera la lluvia, por primera vez en 12 años, y Vishvamitra no tuvo que consumir la carne robada.

Cuando los dioses reciben su parte de esta carne prohibida, de un brahmán que actúa como ladrón, aconsejado por un chandala que recuerda la ley mejor que un rishi, el mundo se equilibra. La relación que yo hago entre estas historias es que el perro cazador que no se menciona, el que sigue al rey en el bosque como un acompañante invisible, es reconocido por primera vez por Yudisthira al final del Mahabharata, pero ha estado siempre, desde la primera página, acompañando fielmente al lector.

Aceptar el perro negro que nos acompaña es asumir el mundo, me parece. Cuando Janamejaya patea al pobre perro que se acerca a su ritual, Sarama le maldice diciéndole que «cuando menos te lo esperes te pasará algo malo». En cambio cuando Yudisthira reconoce y acoge al perro que lo acompaña llega más alto que el cielo. La diferencia entre Yudisthira y su nieto Janamamejaya es que Yudisthira es el último representante de Dvapara yuga, la era en la que todavía quedaban quienes sabían qué debemos hacer, Janamejaya representa las primeras generaciones de Kali Yuga, la era de la confusión. La era de la mezcla de razas también, la era de los chandala. Y digo yo, en el Mahabharata siempre se pone en un mismo lugar a los perros y a las mujeres. La mente crítica patea esta comparación y asumimos directamente que el Mahabharata es un texto malévolamente machista. ¿Y si se nos está insinuando otra cosa? Tal vez que cuando el mundo aprenda a reconocer y escuchar a los invisibles, a los que han estado allí a lo largo de la historia de la humanidad, acompañando en silencio, podremos volver a equilibrar el universo, regresar a Satyayuga.

¿Y si se me estoy volviendo a flipar?

Las historias siguen siendo bonitas.

[1] Se trata del himno 10/108/1-11- El texto que ofrezco es un resumen de la traducción al inglés de Bibek Debroy

[2] El original dice Angirasa, uno de los Rishi, asociado al fuego. Traduzco por fuego para mantener la linea de la interpretación del verso como el dialogo entre un perro y lobos.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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