La tierra es un planeta; uno entre ocho planetas -más otros cuerpos celestes- que giran alrededor del sol. Tierra es un puñado húmedo de polvo de rocas y raíces en la mano. Tierra es una palabra, un símbolo, un concepto y una materia. Los cuerpos caminan sobre la tierra y se alimentan de frutos que se alimentan de la tierra también. La vida es tierra, contiene tierra y está en la tierra.
Los hombres son seres que viven en y de la tierra. Krishna fue un hombre, que vivió para proteger la tierra, en una época en la que los monstruos marinos no se habían extinguido de los océanos.
Krishna estuvo presente en es asamblea prehistórica que hoy solo la memoria espiritual recuerda: Cuando se reunieron los representantes de la última generación que recordaba todavía lo que los humanos han venido a hacer en la tierra para coronar al emperador del planeta.
Cuando volvió a su hogar Krishna tuvo que confrontar la desgarradora imagen de su ciudad, la capital del reino que él protegía, destruida por la guerra.
La ciudad se había preparado para la batalla, en ausencia de Krishna, con banderas y compuertas levantadas, tropas en trincheras, máquinas y minas sobre el terreno alrededor de las murallas (porque sí, estas y otras herramientas existieron en aquellos tiempos tiempos tan antiguos, y terribles, que no queremos recordar), con barricadas bloqueando las calles, torretas levantadas, jaulas para los prisioneros de guerra, lanzaderas de proyectiles inflamables, reservas de agua, tambores y trompetas para animar a los guerreros, alimento para los caballos, armas que podían incendiar cien personas a la vez, arados, máquinas que lanzaban hierro y fuego, hachas y escudos de metal.
Todas estas armas y los mejores guerreros, capaces de matar cientos y miles de oponentes en la batalla, se prepararon contra los atacantes. Se dio la orden de no beber alcohol y se expulsaron los actores y bailarines del palacio. Los puentes a la ciudad fueron derrumbados. Todas las barcas volvieron muralla adentro. Los fosos fueron fortificados con púas. El terreno de tres quilómetros de perímetro alrededor de la ciudad fue quebrado y desnivelado para dificultar el paso de los carros.
Todos estos preparativos se sumaron al hecho de que la capital del clan de Krishna ya estaba naturalmente protegida, y se colocaron avanzadillas en los senderos y cruces, con elefantes y caballos, y soldados con armas y armaduras, bien pagados pero no en exceso y cuyo valor había sido probado.
Pero el ejército enemigo, dirigido por el rey Salva, quien odiaba furiosamente a Krishna, llegó con muchos hombres y elefantes. El ejército del rey Salva, con sus caballos, carros, elefantes e infantería, estacionó alrededor de la ciudad, evitando pisar templos, altares de sacrificio y hormigueros, por consciencia de los funcionamientos sutiles del destino que hoy se han olvidado. Las tropas se dividieron y cubrieron todos los caminos. Se vieron entre los árboles banderas, carros y arcos coloridos avanzando. Así se preparó el ejército alrededor de Dvaraka, y flotando sobre las colinas cubiertas de sus tropas, el rey Salva comandaba a sus guerreros desde su Soubha, una máquina voladora redonda, como un pequeño palacio flotante, cargado de todas las armas arrojadizas imaginables.
Cuando vieron estas fuerzas llegar todos los guerreros de Dvaraka, la ciudad de Krishna, -quienes eran como toros en fuerza- salieron a la batalla con excitación. Las flechas llovieron como la lluvia que Indra vuelca del cielo.
Pradyumna, el hijo de Krishna, hacía caer generales del ejército enemigo como árboles gigantes con las raíces ya podridas cuando los tumba el viento. En la batalla, su carro blandía como bandera la imagen de un dinosaurio (Makara) con las fauces abiertas, que infundía el terror en sus enemigos.
Cuando vio el transporte de Shalya elevarse por los cielos Pradyumna no se asustó y prometió a los suyos derribar al atacante con las “serpientes de metal” que lanzaban sus brazos y dedos, protegidos por una armadura engarzada con decoraciones doradas.
Pero Shalya era un oponente aparte, y su destino no era perder ante Pradyumna sino luchar con Krishna, de manera que los hilos invisibles del azar conectaron la punta de su flecha con el pecho de Pradyumna, y por muy tensa y entrenada que estuviera su musculatura, no dejaba de ser tierna ante el avance de una punta afilada de metal.
Pradyumna cayó dentro de su carro -su cuerpo se derrumbó y apagó las funciones importantes por unos instantes. El cuerpo de Pradyumna acogió su consciencia y la protegió en su interior, revisó los daños y le permitió abrir los ojos al mundo de nuevo. Cuando vuelvió en sí, Pradyumna vio que su auriga estaba conduciendo lejos de la batalla y de vuelta a las murallas de la ciudad.
-Oh conductor ¿qué has hecho?¿Por qué estás volviendo? Esta no es la manera de hacer de nuestro linaje. Oh conductor ¿has perdido la razón ante la visión de la máquina voladora de Shalva?¿Te incomoda la visión de la batalla? – dice Pradyumna indignado.
-Oh hijo de Krishna, el que otorga los nacimientos. No estoy confundido ni asustado. Cuando un guerrero pierde el conocimiento sobre el carro es el deber del conductor protegerle. Tu vida siempre ha de ser protegida por mí, así como tú proteges la mía.
Así habló el conductor al guerrero. Como el cuerpo habla a la voluntad, o como el cansancio habla al entusiasmo.

(Continuará en la próxima entrada)

En este cuarto año de Respirar el Mahabharata estoy basando el desarrollo del espectáculo correspondiente en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada contrasto un fragmento del Mahabharata con tres casillas del tablero y después de 15 días de reflexión sobre ello comparto el escrito resultante. Así, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 51, 52 y 35.