(continúa de la entrada anterior)

Si levantáramos la mirada hacia el cielo, de noche, y entre todas las constelaciones, viéramos la luna imponerse sobre el resto de luceros, esta sería Krishna. De día, Krishna sería el sol. Entre las palabras, el sonido, y entre las mentiras Krishna serían las sorpresas de la casualidad, el enfrentamiento inevitable con la verdad. Krishna es el destino; lo que hay. Todo movimiento procede de él, Krishna, el héroe, el campesino príncipe, el seductor, encantador de almas, guía hacia el propósito más elevado de la humanidad. Krishna. El avatar. El todo, atravesando la incomprensión humana para nacer como persona. Mago confidente, ágil guerrero y amante acogedor.
Krishna fue el encargado de separar la vida del cuerpo de Shalva, un déspota furibundo que atacó el reino de Krishna (en ausencia de este) comandando sus ejércitos desde una ciudadela redonda que viajaba por el aire, cubriendo con su sombra las tropas de soldados, carros y elefantes.
El hijo de Krishna, Pradyumna, no pudo vencer a Shalva porque no era su destino hacerlo. Y así, tampoco pudo defender su ciudad.
Cuando Krishna regresó a Dvaraka, su hogar, no se oían los cantos de los templos ni las recitaciones de las escuelas. Las mujeres no llevaban joya alguna y las formas de los jardines de públicos estaban irreconocibles. La ciudad entera estaba rota, y en luto.
Krishna imprimió en su mente el propósito de matar a Shalva. Los tambores de guerra tocaron los tres golpes, que aterran a los enemigos, y Krishna partió, brillando con el fulgor de la victoria y haciendo tronar las cuatro direcciones.
Krishna cruzó muchos países y montes cubiertos de bosques con lagos y ríos. Cuando llegó a la ciudad de Shalva le hicieron saber que su enemigo había partido, montado en su ciudadela flotante y, siguiendo la dirección que le mostraron, Krishna llegó a la orilla del mar. Desde allí, en el horizonte, vio la ciudadela voladora dando vueltas sobre las arremolinadas crestas de las olas de agua marina que su movimiento generaba.
Al momento llovieron desde la ciudadela cientos y miles de flechas. Tantas, que no se podía ver el cielo. Millares de flechas volaron, en respuesta, desde el bando de Krishna, que iba acompañado de sus ejércitos, pero la ciudadela se elevó en los cielos hasta hacerse invisible. Shalva, el enemigo de Krishna, entabló con su oponente una batalla mágica (māyā), mezclando la percepción con la materia, confundiendo los sentidos con su objeto de percepción, tejiendo una enmarañada red entre la tierra y el cielo.
Cayeron barras de hierro, proyectiles con púas, lanzas, hachas y mazas desde el cielo. Krishna lo apartó todo, pero después llovieron montañas enteras de las nubes. A momentos parecía que fuera noche y a momentos parecía un día soleado. Al instante había tormenta y lluvia, hacía frío y calor, intermitentemente. El cielo pareció encenderse con miles de soles ardiendo. Aparecieron cientos de lunas y, de repente, todo eran estrellas. No se podía reconocer ninguna dirección. Entonces Krishna desenfundó la flecha del discernimiento y la intuición sabia y profunda (prajña), que se deslizó sobre su arco como si fuera algodón y se erizaron los pelos de toda la humanidad.
En ese momento apareció un mensajero llegado desde Dvaraka, avisando a Krishna de que su padre había sido muerto en la batalla por tropas de Shalva.
En shock, Krishna se preguntó cómo podía ser que su hermano, su hijo y el resto de guerreros de Dvaraka no habían podido defender al rey. Entonces se vio la horrible imagen del cuerpo del padre de Krishna, el hijo de Shura, cayendo del cielo sin vida. Sin corona, desmayado; ropajes y pelos arrugados, se pudo ver al padre de Krishna caer como un planeta sin fuerza.
El arco se soltó de las manos de Krishna. Después el mismo Krishna cayó sentado en su carro, y el ejército que lo acompañaba soltó al unísono una exclamación de lamento incontrolada. Krishna parecía drenado de su energía, y el cuerpo de su padre caía de las nubes como un ave rapaz, perseguido por las jabalinas y flechas que le lanzaban sus enemigos.
Pero Krishna recobró sus fuerzas, y de repente la figura de su padre había desaparecido, así como la ciudadela voladora y todos sus enemigos. Entonces entendió que lo que había presenciado era un ataque ilusionista (māyā), y Krishna fijó un arma que mataba por sonido. Se escucharon ruidos en una dirección y cuando estos se calmaron se escucharon ruidos en otra dirección.
Entonces reapareció la Soubha, la ciudad voladora de Shalva, colgada entre las nubes, y llovieron de ella más montañas.
Krishna quedó cubierto de rocas como un hormiguero gigante. Se volvió completamente invisible. Los héroes que lo seguían se asustaron y huyeron en todas las direcciones. Se escucharon sonoros lamentos en los cielos, en la tierra y en los mundos paradisíacos. Todos los devotos se hundieron en la angustia y la tristeza. Sus enemigos estaban dichosos. Parecía que se había terminado la esperanza en el mundo y ya nada tenía sentido. La crueldad pisoteaba la justicia y la vida iba a ser una desoladora búsqueda de complacencia banal.

(¡Si quieres saber qué pasará con Krishna y Shalva no te pierdas la próxima entrada, dentro de quince días!)

Esta entrada está basada en la descripción de la batalla de Krishna con su enemigo Shalva, que se hace en Kairata Parva. Parte del texto está influenciado por el décimo capítulo de la Bhagavad Gita.
En este cuarto año de Respirar el Mahabharata estoy basando el desarrollo del espectáculo correspondiente en el tablero del juego de Lila, que comparto en el apartado Flechas y Serpientes de este mismo blog. En cada entrada contrasto un fragmento del Mahabharata con tres casillas del tablero y después de 15 días de reflexión sobre ello comparto el escrito resultante. Así, hasta cubrir todo el tablero antes de llegar al 12 de Diciembre de 2019, cuando se estrene el cuarto capitulo de esta performance, en la sala del colectivo CRA’P. Este escrito está influenciado por una reflexión sobre las casillas 6, 29 y 28.