Propongo un juego:
Pongamos que todo lo que vemos, tocamos y olemos – todo lo que consumimos y todo lo que podemos producir; todo lo que llamamos mundo (con todos los lugares a los que podemos viajar) es una sola habitación en un palacio que tiene mil salas. En este palacio cada sala es igual, o más, espeluznante que esta a la que llamamos mundo.
¿Y si jugamos a que en este palacio existe un rey, que habita una sala del trono, decorada con joyas e inmensos cuencos dorados llenos de agua fresca. Cuencos que parecen espejos. Cuencos que reflejan todo, en todas partes.
Juguemos a que el palacio tiene un gran ministro, que es quien decide los nombres que tienen las cosas, y el ministro tiene cuatro hijos, que corren libres y desnudos entre todas las habitaciones y lo desordenan todo, para que otros lo vuelvan a ordenar.
Para jugar a este juego es necesario entender que hubo una ocasión, en un pasado remoto, en la que los hijos del ministro quisieron entrar a la sala del trono, en la habitación de los espejos, y los guardianes -que son dos y por esto nunca están solos- les impidieron el paso con actitud y palabras ásperas.
Los dos guardianes fueron castigados, inmediatamente, a nacer en el mundo. Porque es así como se accede a esta habitación del palacio en la que vivimos: naciendo en un cuerpo, intoxicado por el deseo, y la furia, y la locura; la locura que le causa a uno el inventar y creerse ideas falsas sobre sí mismo. El jugador que nace en este mundo en el que vivimos olvida el resto de las salas del palacio, o cree que las ha soñado y cuestiona su existencia.
Los guardianes, antes de nacer en el mundo, lloraron y se lamentaron porque no querían alejarse del rey, o la reina, y olvidar las maravillas que habían visto en la sala del trono. El rey los escuchó, se compadeció de ellos, y les prometió que nacerían solamente tres veces en el mundo y, además, el nacería junto a ellos cada vez. En cada uno de sus nacimientos los guardianes estarían obsesionados con la identidad que tomaría del rey en la tierra, y así nunca se alejarían de él. Su obsesión estaría teñida en cada nacimiento por uno de los tres venenos que tiñen la vida en la habitación del mundo: Abusarían del rey en un nacimiento, lo desearían sensualmente en otro y, en uno más, lo confundirían.
-En cada nacimiento yo os mataré personalmente -les dijo la voz del rey del palacio- y de esta manera volveréis a ocupar vuestra posición como guardianes- porque en este juego morir significa solo salir del mundo, pero nunca abandonar el palacio.
En el tercer nacimiento de los guardianes en este mundo, uno de ellos se llamó Shishupala. Estuvo presente en la ceremonia de coronación de Yudisthira (el protagonista del Mahabharata) como emperador del mundo.
En esa ceremonia se decidió ofrecer el máximo honor a Krishna, quien era el primo de Yudisthira, pero también el rey del palacio, nacido para acompañar a su guardián.
Esa decisión indignó a Shishupala:
-En esta sala hay mejores guerreros y sacerdotes más sabios.
Este Krishna no ha demostrado señales de nobleza.
Ni siquiera es rey, sino príncipe.
Oh Krishna, ¿si ves que te ofrecen honores que sabes que no mereces, por qué los aceptas? Un mundo en el que se honra a alguien como tú será un infierno. Ninguna norma tendrá sentido.-
Shishupala estaba devorado por la locura y adoptaba como realidad solo lo que podía leer en una página, pero el oficiante de la ceremonia vea el mundo de otra manera:
-Krishna sostiene todos los mundos.
Los nobles aquí reunidos le debemos todos nuestra vida a Krishna.-
En otras palabras, el oficiante reconocía las reglas del juego y comprendía que Krishna era el rey de la sala de los cuencos como espejos. Entendía que Krishna era el rey, quien había nacido para acompañar a sus guardianes en su paso por la sala del mundo.
Shishupala, confundido, dijo que no recordaba nada de aquello y que para él Krishna no era más que un don nadie. Lo que se llama un transeúnte. Nadie digno de recibir honores.
Y Krishna le cortó la cabeza a Shishupala -tal como le prometió antes de nacer- en medio de la asamblea de coronación, en la sala del mundo.
Algunos reyes murmuraron. Otros abandonaron la asamblea con indignación, y lo que se desencadenó, al cabo de unos años, fue una guerra universal.
Nosotros estamos viviendo las consecuencias de aquél cataclismo; la guerra del Mahabharata, en el mundo, que está en el palacio de las mil salas espeluznantes.
Ahora el reto del juego es entender cómo se juega. Lo estamos jugando todos, pero no todos comprendemos las reglas.
¿Quién, como y qué se gana, cuando se juega bien en este juego?

Fuentes:

Mahabharata: Shishupala-Vadha Parva