El Mahabharata cuenta la historia de cinco hermanos, como cinco sentidos, que se casaron juntos con una mujer que nació de las llamas de un fuego sacrificial.
El mundo la llama, todavía hoy, la oscura (Kṛṣṇā).
El mayor de estos cinco hermanos fue el hijo del dios Yama.
Yama es el umbral, el umbral que cruza la vida cuando abandona un cuerpo.
Los servidores de Yama guían la vida allí donde los sentidos no pueden percibir ningún objeto. Por esta razón a Yama se le llama también el rey del orden universal (Dharmarāja), como a la muerte: el umbral que nada puede eludir.

¿Quién sino el hijo de Yama, el rey del orden universal, había de proclamarse emperador de la tierra?

Cuando el hijo de Yama decidió proclamarse emperador universal mandó a sus hermanos a conquistar las cuatro direcciones. A partir de aquel momento el lugar donde se sentaba el hijo de Yama, el rey del Dharma sobre la tierra, iba a convertirse en el centro del mundo. Y para ello las cuatro direcciones tenían que rendirle tributo.
Entre los hermanos de Yudisthira, el hijo del dharma, Arjuna era el tercero. El padre de Arjuna fue Indra, el rey de los dioses, dueño de los sentidos, de la lluvia y el relámpago. Arjuna partió hacia el norte.
Desde el centro de la India Arjuna atravesó la zona que hoy se llama Rajastán. Arjuna siguió por el actual Punjab y luchó con fuerza contra todos los reinos de los pies del Himalaya.
Arjuna venció a todos los reyes que se encontró en el camino. Las tropas de Arjuna se encontraron con guerreros de la China siguiendo los pies del Himalaya hacia el este y llegaron a la bahía de Bengal, donde los atacaron guerreros que venían del océano. Estos guerreros del mar lucharon contra Arjuna ocho días seguidos y, viéndolo sin cansar, su rey le dijo a Arjuna:
-Oh guerrero de brazos poderosos, descendiente del linaje de los Kuru, este refulgente valor es apropiado de ti.
Soy amigo de Indra y estoy a su altura en la batalla, pero no puedo enfrentarme a ti. ¿Qué puedo hacer por ti?
-El rey Yudisthira, hijo del Dharma, se va a coronar emperador del mundo y quiero que le rindas tributo. Eres amigo de mi padre, Indra, y no quiero obligarte; por favor hazlo por tu propia voluntad.
-Lo haré. ¿Y qué más puedo hacer por ti?
Arjuna continuó hacia el norte y, protegido por Kubera, el dios que protege los duendes y tesoros escondidos, Arjuna penetró y conquistó el interior de las montañas.
Arjuna continuó más al norte. El sonido de las ruedas de los carros y las pisadas de los elefantes subiendo el Himalaya hacían temblar la tierra.
El invencible rey de la montaña salió a frenar el avance de Arjuna con un ejercito cuádruple pero al ver que el príncipe no podía ser vencido le ofreció sus riquezas y ayuda en la próxima campaña.
Con ayuda del rey de la montaña Arjuna venció, una a una, las tribus independientes que vivían en las alturas; a los nómadas de las montañas.
Las banderas de las tropas de Arjuna ascendieron por los senderos escarpados y subyugaron a cinco reinos más.
Usando una ordenación circular de sus tropas Arjuna conquistó la bella ciudad de Abhisari, en lo que actualmente es Kashmir; así como Simhapura, la ciudad del león.
En otro frente tropas selectas de Arjuna conquistaron a los Kambojas, en la zona del actual Tíbet. Arjuna venció después a los bandidos del Noreste y a los que vivían en los bosques.
La batalla fue tan terrible como la guerra entre los dioses (Deva) y los titanes (Asura). De ella extrajo Arjuna como bote ocho caballos con el color del pecho de los loros y otros con el color del pavo real, o ambos colores.
Habiendo conquistado toda la sierra del Himalaya ese toro entre los hombres estableció su base en las cimas blancas de las montañas. A partir de allí, ascendiendo los picos blancos, Arjuna llegó al lugar que habitan los kimpurushas, quienes viven 10.000 años. En la batalla contra ellos murieron muchos nobles (kshatriyas), pero Arjuna terminó ganando y extrajo su tributo.
Arjuna llegó a un acuerdo con los guardianes de los secretos, que vigilan los senderos nevados, y pudo así acceder a los lugares sagrados de los Rishi, los sabios de las estrellas.
Ascendiendo más, Arjuna alcanzó Manasa, las alturas de las potencias mentales, y se atrevió a atacar Hataha, la región perdida que queda permanentemente protegida por los Gandharva, los caballeros de las nubes.
Victorioso, Arjuna extrajo de Hataha caballos del color de las perdices, y con pecas; con ojos como los de las ranas.
El gran vencedor de ogros, hombres y espíritus, llegó así a la región de Harivarsha, el límite físico de la India. Arjuna llegó al lugar donde se unió la placa tectónica australiana con la placa euroasiática.
Viéndolo venir salieron a su encuentro, como materializados desde ninguna parte, los guardianes de la región. Eran gigantes en forma, enormes en su valor y energía.
-Oh Arjuna, – le dijeron, -eres incapaz de conquistar esta ciudad; de ninguna de las maneras.
Si deseas tu bienestar vuelve por donde has venido. Ya has tenido suficiente. Todo humano que accede a esta ciudad ha de morir. Oh valeroso humano, estamos contentos contigo. Tus conquistas son muchas. Esta es la tierra de Uttara Kuru y aquí no puede haber ninguna guerra. Oh Arjuna, incluso si entras, aquí no serás capaz de ver nada con tus ojos humanos. Oh tigre entre los hombres. Oh descendiente del linaje de Bharata.

(Continuará en la siguiente entrada…)