La verdad del universo en el que vivimos es inmanifiesta y, por tanto, transcendental: Es transcendental porque es eterna, y es lo que rige, en las profundidades, toda manifestación de la realidad.

Esta verdad es infinita e inescrutable. Es lo que controla todo y es omnifacética. No tiene olor, color o sabor; no emite sonido ni se puede tocar. No envejece, es estable e “inexhaustible”.

Está establecida en sí misma.

Este es el cuerpo cósmico de todos los seres vivos. Esto es lo único que existe al principio. No tiene principio ni final. Es sutil y está compuesto por tres tendencias: la pesadez, la acción revolucionaria y la ligereza. Cuando estas tendencias están en equilibrio todo duerme, y a esto se le llama la gran noche.

Al amanecer se despierta aquello que, por ser manifiesto, reside en todos los seres. Como si una cálida brisa de primavera agitara pasiones en una mujer, así se estremece la realidad en cada amanecer.

La gran semilla (Mahat) universal se remueve y separa en su interior la inteligencia (prajña), la facultad de discriminación (khyati), la memoria (smrti) y la comprensión (samvit).

Aparece entre estas cualidades la auto-valoración (abhimatra), y la sensación de ser el agente de la acción, el pensador o un alma individual (ahamkara). De esto surge toda la acción en el universo.

Las relaciones de tensión y reciprocidad entre estas cualidades producen unas vibraciones sutiles, que se mueven en este espacio inasible (akasha). Estas vibraciones constituyen el sonido (shabda).

Cuando, a causa de la agitación, la vibración se vuelve más densa, empieza a ser percibida por el tacto (sparsha) y los vaivenes del éter se convierten en el viento (vayu). De esta fricción táctil emerge el fuego (agni), que tiene forma y color (rupa): es perceptible a la mirada.

Las modificaciones que causa el calor forman la fluidez que produce los líquidos, que son el receptáculo del sabor (rasa). Cuando las aguas se modifican se forma la tierra, como el polvo que posa en su interior, y de la tierra sale el olor (gandha).

Ninguno de estos elementos era capaz de crear los seres por sí mismo, solo la completa unión entre ellos pudo crear el universo: todos los elementos burbujearon juntos y así nació lo que es capaz de conocer el campo de acción, lo que comprende el universo, el alma original (ksetrajña), al cual llamamos Brahma.

Brahma es el primer ser encarnado, el primero en un cuerpo, el creador de todos los seres vivos, que existe desde el inicio del universo. Los sabios lo llaman purusha (el que reside en el cuerpo), cisne o el nacido del útero dorado.

Los océanos se convirtieron en el líquido amniótico de esta gran alma y dentro de este útero, o huevo cósmico, evolucionó el universo compuesto de dioses y sus enemigos, humanos, la luna, el sol, las constelaciones, los planetas y el viento.

Cada día presencia la destrucción y el nacimiento de alguno de estos seres.

Al término de mil eras, finalmente se vuelven a equilibrar las cualidades universales y por cien años deja de llover. Esta terrible sequía destruye todos los seres vivos, que se disuelven y se convierten en tierra (Bhumi). El sol se levanta y resplandece con sus siete rayos; su energía se vuelve insportable. Con sus rayos, el sol, consume todas las aguas. Las aguas se vuelven brillantes y al evaporarse se convierten en siete soles, que queman del todo los mundos. Las llamas se mezclan con el fuego solar en una fiera unidad. Los planetas quemados parecen caparazones de tortugas. Los dioses y los animales astrales son disueltos en el calor. El fuego, con siete almas, reduce todos los planos a cenizas. No queda nada escondido y todo es iluminado por los rayos del sol, que penetran el universo entero.

Entonces flotan en el espacio nubes terribles con los restos del universo. Nubes en forma de elefantes gigantescos, embellecidos con relámpagos.

Algunas son oscuras como los lotos azules, otras parecen lirios acuáticos; algunas tienen el color del humo; algunas son amarillas; algunas tienen el color de los burros, y otras parecen laca. Otras son blancas como las caracolas, otras parecen arsénico rojo o palomas. Algunas parecen luciérnagas y otras son como el arco iris. Algunas flotan por el paraíso. Algunas son como montañas, algunas parecen grandes manadas de elefantes, otras son como pilas de brasas calientes y algunas son como bancos de peces.

Todas estas nubes llenan los firmamentos y estallan en truenos etruendosos que descargan torrentes de lluvia que apagan los fuegos.

El universo entero se sumerge en aguas. Todos los seres ya han desaparecido y en estas aguas oscuras se duerme el cuerpo cósmico.

Hasta el próximo amanecer.

 

Basado en Kurma Purana I-4 y II-45.