El Mahabharata tiene unos protagonistas, cinco hermanos, que luchan por un reino que les resulta algo huidizo.

Los Pandava (los cinco hermanos mencionados), no nacen en un palacio, ni siquiera lo hacen en su reino, sino en el exilio, entre las escarpadas cumbres del Himalaya.

En los inicios de la juventud de los Pandava un ardid de su celoso primo les lleva a hacerse pasar por muertos y peregrinar cual sombras por los bosques.

Los Pandava reaparecen casándose, los cinco, con una misma mujer e inmediatamente el tercer hermano emprende otro peregrinaje a solas, durante el cual consigue su arco sagrado.

A la vuelta del hermano los Pandava se instalan en el trono por muy poco tiempo, apenas un año, y una apuesta amañada les lleva a un nuevo exilio de 12 años, más otro año viviendo de incógnito. Después de esto estalla la guerra, y los Pandava recuperan su reino pero a costa de miles de vidas y el abandono de sus seres queridos. En este caso es el entorno el que se exilia de los Pandava.

Los Pandava, agotados, entregan el reino a uno de sus hijos y salen a una última peregrinación, alcanzando los cuatro puntos cardinales antes de empujarse a morir de agotamiento entre las mismas alturas que los vieron nacer.

 

Los Pandava pasan más tiempo en el exilio que en su reino prometido. Cada exilio lo aprovechan para peregrinar a lugares de poder, a cimas sagradas en las que se reúnen con los dioses para pedirles armas mágicas que usarán contra sus enemigos.

Para designar lugares de poder, en sánscrito se usa la palabra tirtha (tīrtha). Un tirtha puede ser un pasaje o un camino en el bosque, un fortín o unas escaleras que llevan a un río; puede ser un estanco para bañarse, o la orilla de un río sagrado, cualquier destino de peregrinación o incluso el lugar y el momento justos.

En el marco de la tradición de la cábala se cuenta también que hubieron tiempos en los que existía un mapa que describía dónde se encontraba en la tierra el camino hacia el cielo y dónde se podían encontrar colinas a las que subían los maestros de plegaria para renovar su fuerza. Pasó que pasó un fuerte viento de tormenta sobre la tierra que confundió todo el mundo y cambió el mar por tierra seca y la tierra seca por mar, el desierto en lugares habitados y los lugares habitados en desierto.

Cuando los entendidos quisieron volver a sus lugares de fuerza no encontraron ninguno. También el mapa desapareció con el viento.

¿Cómo encontrar estos lugares sagrados ahora?

-Aquel cuyo cuerpo, palabras y mente son consecuentes y transparentes, cada uno de sus pasos pisan un lugar de peregrinaje; el que tiene la mente separada de sus palabras y sus pasos, para él incluso el sagrado Ganges se vuelve odioso. Las orillas del Ganges están pobladas de ciudades, minas, pueblitos y cabañas habitadas por gente que bebe agua del río -que es el universo infinito mismo- y hacen en él sus necesidades. ¿De qué le sirve pasar por un lugar sagrado a aquel cuyo corazón está apegado a los objetos sensuales de placer?

La mente, según el discurso que estoy citando, es el factor principal en todo acto religioso o en todo lugar sagrado. El que busca la pureza, que se ocupe primero de su propia mente.

 

El simbolismo de las historias sagradas se sostiene en la imagen de la vida humana como un sacrificio, un viaje y una batalla. Los místicos, desde los orígenes de la humanidad, han escrito sobre la vida espiritual, pero para concretar aquello de lo que hablan, para concretar el lenguaje del infinito, lo expresaron en imágenes poéticas tomadas de la piel del plano material. Las características principales de la vida exterior, lo que veían a su alrededor, les han servido a los poetas místicos como material para expresar las imágenes significativas del mundo interior. La vida humana es representada como un sacrificio a los dioses, un viaje (representado como el atravesar unas aguas peligrosas o como el ascenso nivel a nivel del monte del ser) y en tercer lugar como una batalla contra tropas enemigas.

Y estas tres imágenes no se suelen separar.

El sacrificio es también un viaje; el sacrificio en sí se describe como un peregrinaje, como una travesía hacia un objetivo divino.

El viaje y el sacrificio se describen a menudo como una batalla contra las fuerzas de la oscuridad.

En nuestro interior somos una onda de energía. Somos una corriente del universo. La mirada ve unas letras, el oído escucha unos sonidos, que la mente reconoce como palabras. La imaginación traduce estas palabras en imágenes y el cuerpo transforma estas imágenes en una vivencia. Más allá de la vivencia, el proceso continúa, pero en un plano más profundo que el sueño. Más allá de las palabras, el río sigue fluyendo.

 

Fuentes:

Devi-Bhagavata Purana Vol.1, traducción Swami Vijnananda, Amazon Press, 2015

The Secret of the Veda, Sri Aurobindo, Sri Aurobindo Ashram Press, 1998

Contes cabalístics, Nahman de Bratslav, Fragmenta, 2017