El argumento del primer tomo del Mahabharata (Mahābhārata) me ha llevado a seguir una corriente en el océano de la literatura sagrada india que me han conducido a una isla singular y placentera, desde la cual puedo también presentar, en primer lugar, a William Burroughs – el autor que más me ha influenciado hasta ahora, y con él, en segundo lugar, a la razón que mueve este proyecto de narración del Mahabharata.

El inicio del Mahabharata, así como el de todos los Purana que conozco, comienza relatando el acontecimiento metahistórico en el cual los dioses se unieron a sus enemigos para batir el océano universal y extraer de él el elixir de la inmortalidad. Esta historia tiene lugar en todas las recopilaciones de historias sagradas, con pequeñas variaciones. Se narra una y otra vez, como una meditación simbólica sobre algo que nunca está de más repetir y volver a oír porque contiene más realidad de la que podemos procesar en una sola lectura.

Hay unos versos del poema Savitri de  Sri Aurobindo que dicen algo así como que «nuestra sombría ignorancia rodea (o viste) los abismos / sobre el seno mudo de la tierra» (our half-lit ignorance skirts the gulf/ on the dumb bosom of the ambiguous earth).

Estos versos me hicieron ver el océano como un abismo de cuyas profundidades nuestra curiosidad mama la sabiduría. También me hicieron ver la sabiduría como la ambrosía -o leche, o alimento metafísico-  que emana de las corrientes profundas de la realidad.

Hace una o dos semanas estaba yo leyendo el Bhavishya Purana (Bhavișhya Purāņa) porque en él se recogen historias sobre hazañas del Sol (surya). Esto forma parte de la preparación de la narración del primer tomo del Mahabharata que tendrá lugar el próximo 12 del 12. Hojeando los capítulos que no tenían que ver con el Sol me encontré con un fragmento en el que de nuevo el océano aparece como el contenedor y guardián de un conocimiento que permite comprender los secretos de los hombres y las mujeres.

 

De lo que estoy hablando es de una sabiduría que explica el significado de las facciones físicas de todo hombre y mujer. Una suerte de quiromancia más completa que incluye todos los miembros del cuerpo. Es un conocimiento que Brahmā redactó en un manuscrito que Shiva lanzó al mar en un momento de enfado. La tinta se disolvió en el agua y los pergaminos se ablandaron y fueron mordisqueados por los peces, pero el océano guardó el conocimiento y se lo devolvió a la humanidad cuando Vișņu así se lo pidió, para redactar el Bhavishya Purana.

 

La información que nos ofrece el océano puede ser muy concreta:

«El hombre cuyos pies parezcan abanicos, estén marcados por líneas visibles, tengan uñas blancas, estén encorvados, tengan venas visibles, estén secos y cuyos dedos tengan espacios entre ellos, sin duda experimentará infelicidad y pobreza. Un hombre cuyos pies tengan el color de la arcilla matará sin ninguna duda algún brahmán» (BP 23:19-20) y «si el segundo dedo de una mujer no toca el suelo cuando está de pie esto indica que matará a sus dos primeros maridos pero vivirá en paz con el tercero» (BP 26:22)

Otra información, en cambio, es más ambigua y hay referentes poco precisos como tener pies «bellos como una flor de loto» o arcos altos como el «caparazón de una tortuga», ambos signos de estar destinado a ser rey (BP 23:17).

Tener los pies amarillentos, por ejemplo, es señal de que ese hombre será incestuoso, el hombre de pies oscuros será un borracho y el de pies pálidos o blancos comerá «comida abominable» como postres de McDonalds y bebidas energéticas (BP 23:21).

No voy a mentir, me he divertido mucho leyendo las descripciones que ofrece el Bhavishya Purana sobre el sentido de las formas que toman los cuerpos humanos. Algunas me han parecido espeluznantes, como la indicación de que «cuando todas las costillas en la caja torácica de un hombre son de tamaño idéntico es una indicación de que tenderá a la gratificación sensorial, cuando la caja torácica de un hombre está hendida hacia dentro esto indicará que tal hombre será un ladrón y cuando las costillas tengan tamaños visiblemente desiguales será un conspirador o estafador» (BP 24:1). O saber que «una mujer con un círculo de pelo en su espalda causará con seguridad la ruina de su marido, una mujer con un círculo de pelo en su abdomen parirá hijos de corta estatura que vivirán poco tiempo y una mujer con un círculo de pelo en el pecho será de naturaleza independiente» (26:27).

Otras me han parecido directamente absurdas, lo reconozco: «Un hombre con la cabeza redonda», por ejemplo, «poseerá muchas vacas» y «un hombre cuya cabeza tenga forma de paraguas será rey» (BP 25:25).

Pero la mayoría tienen un aroma simbólico. Esta última, por ejemplo, dice que será rey el hombre que tenga cabeza en forma de paraguas, o parasol, que es el símbolo real tradicional en India y China. Aquí es donde me pregunto ¿a qué tipo de cabeza se está refiriendo el texto realmente y a qué hombre?

«Si un hombre tiene la altura de 108 dedos, se le considerará superior» – No creo que sea casualidad que el número elegido sea el 108, un número sagrado; y la división tripartita de que continúa tampoco es casual: «si es de 100 dedos se le considerará medio y si es de 90 dedos deberá considerarse inferior» (BP 23:13). Cuando el océano define a las personas y sus características lo hace sobre una base tripartita: «están las características de los hombres superiores, medios e inferiores» (BP 23:10-11). Esto remite a la división del mundo como plano superior, medio e inferior, o plano terrenal, atmosférico y celeste, en el que viven respectivaamente humanos, ayudantes de los dioses (Gandharvas, apsaras, Marutas) y dioses.

Las descripciones físicas del Bhavishya Purana me parecen, de esta manera, un lenguaje.

En una parte se dice, por ejemplo, que «la mujer que se baña y decora cada día, que usa una lenguaje agradable, come lo necesario y controla su rabia es conocida como una diosa en la sociedad humana»; la mujer que disfruta en secreto de «actividades pecaminosas» y cuyas verdaderas intenciones son difíciles de adivinar es una «mujer gato», mientras la mujer «cuya mirada es intranquila y cuyos ojos van de aquí para allá constantemente se conoce como mujer mono». Aquí me parece que más allá del juicio, lo que el texto desarrolla es un determinado lenguaje, una manera de referirse a la realidad.

Lo que más me interesa de este texto es la comprensión del cuerpo como un lenguaje. Un lenguaje que describe también la relación entre la anatomía y algo que de entrada parece casual y dispuesto al azar como es el destino de una persona. La forma de la cabeza, pies y caja torácica expresan la finalidad con la que una persona juega sobre el tablero de la realidad. Reinar sobre miles de súbitos o asesinar al primer marido, son signos del lenguaje de una realidad que escapa a nuestra comprensión.

En la etapa final de la adolescencia mi visión del mundo sufrió un quiebre irreversible gracias al encuentro con la obra del escritor William Burroughs. Más allá de su obsesión con las drogas y la homosexualidad, había algo muy real, demasiado auténtico para ignorar y demasiado elusivo para entender, en los libros de Burroughs. «El lenguaje es un virus», escribía W.B (William Burroughs). En algún punto de la prehistoria, decía, unos homínidos fueron contagiados por un virus, un fragmento parásito de información genética, que afectó sus laringes y cerebros de manera que empezaron a compartir e infectarse mutuamente con esta enfermedad llamada lenguaje, que les hace creer en mundos dentro de mundos. Así explica la mitología personal de W.B, que ni él mismo se creía del todo.

Lo que W.B. hacía era romper las estructuras del lenguaje, y para ello hablaba de adicciones y patrones y recortaba sus propios escritos y hacía collages con sus palabras, como un terrorista conceptual.

Para mí hay un antes y un después de W.B. Porque Burroughs fue para mí el culmen del nihilismo. Cualquier discurso en el que se pueda creer es una construcción temporal y W.B exponía esto, volvía transparentes las estructuras de todos los discursos.

Después de esto, durante años quedé paralizado en cuanto a creatividad porque me sentía dividido entre dos polos que no conseguía unir. Por un lado, si lo real era la insustancialidad del discurso, Burroughs ya lo había dicho todo sobre esto y no tenía sentido seguir dinamitando algo que ya estaba totalmente fragmentado. Por otro lado, yo sí sentía y veía la necesidad viva de construir discursos, cuentos, relatos, estructuras bellas dentro de otras estructuras más bellas todavía. Pero si todo era banal y ningún discurso transcendente, solamente quedaba escribir literatura de pasatiempo, relatos de acción, sexo, escapismo y otros entretenimientos. Y eso me aburría.

Como buen hijo de la modernidad, estaba convencido que la única manera de crear era innovando. Creando algo no visto hasta el momento, original. Pero fue leyendo la épica india del Ramayana, a la luz del sistema de historias entrelazadas de los Purana, cuando empecé a reconocer en la literatura sagrada india un sistema, un lenguaje simbólico, que crea estructuras que permen al lector ser consciente de la cualidad fantástica del relato pero de una manera que no es escapista sino que obliga la consciencia volver al compromiso por la vida una y otra vez, a cada vuelta de una forma diferente.

El Mahabharata, que contiene dentro de sus páginas al mismo Ramayana y grandes rasgos de los Purana principales, es un relato que fascina y molesta, que nos parece anticuado, desagradable y sublime. Es un relato que provoca, y hace que reflexionemos sobre nuestras vidas. ¿Qué efecto nos produce el texto sobre las señales físicas del Bhavishya Purana? Que nos miremos al espejo y nos preguntemos qué significan nuestras cejas, por qué nos agrada nuestro pecho y no nuestra barriga, o viceversa, y por qué no aceptamos la falta de pelo en un sitio y la agradecemos en otro. ¿Y nuestras vidas?  ¿Nos gustan? ¿Somos ricos o pobres? ¿Estamos viviendo nuestra vida de la manera que nos gustaría? Los discursos que nacen para responder esto son todos juego, transparencias, pero es un juego al que juega la vida. Cuando nos importa jugamos y cuando jugamos vivimos. Este texto divertido, absurdo y molesto del Bhavishya Purana no es escapismo, es un reto, es un juego provocador de la vida. Y es un placer compartirlo con quién haya tenido la paciencia de leer este escrito. Este es el sentido que tiene para mí todo este proyecto de 12 años.