En el Mahabharata se relata una disputa familiar por la herencia del trono de Hastinapura. Se describe un ambiente de competición creciente entre primos reunidos en dos bandos claros: Uno, el bando de los hijos del rey ciego Dhritarashtra, apiñados alrededor del primogénito Duryodhana, y en el otro bando los cinco hijos del rey pálido Pandu, organizados alrededor de su hermano mayor Yudisthira.
Ambas facciones conviven en la corte y entrenan juntos. La rivaliudad engendra enfrentamientos cada vez más crueles y violentos. Cada vez más amargos. Pero hay un momento de inflexión que anuncia la entrada en la edad adulta para ambos bandos. Cuando su rivalidad pasa de travesuras preocupantes a un genuino enfrentamento político, con consecuencias para toda la sociedad que estos guerreros han de proteger.
El umbral que se traspasa está relacionado con el contacto. Con el contacto con el bosque, y con lo no humano. Una fase crucial en el paso a la edad adulta.
El episodio del que estoy hablando es el del intento de asesinato de los hijos de Pandu: Cuando los hijos del rey Dhritarashtra preparan una trampa para ellos, intentando quemarlos vivos incendiando el palacio en el que estaban pasando unas vacaciones. Porque lo que cambia esa vez es la reacción:
Los hijos de Pandu entienden que están lejos de casa i desprotegidos. Entienden que son vulnerables a posibles nuevos atentados y deciden simular su muerte, para volver a reunirse con sus aliados a escondidas. Esto implica otro estadío de madurez y conciencia, en comparación con los ataques anteriores que habían sufrido. Pero hay algo más. Lo que viene después es una larga travesía por el bosque, en la cual los hijos de Pandu contactan, se enfrentan y se alían con seres inmateriales de diversos linajes. Seres que pueblan la noche y lo salvaje.
Se trata de un encuentro con la floresta: en la cosmovisión del Mahabharata existen ocho elementos: cuatro grandes y cuatro sutiles. Lo material, se dice, es lo que tiene dimensiones y deriva de los cuatro elementos: el agua, la tierra, el aire y el fuego. Pero esto no es lo único que existe. También está el éter, o espacio, o cielo; está el sol, la luna y las constelaciones.
La realidad tiene aspectos que se componen de estos últimos elementos. No son materiales, pero habitan los bosques y comunican, si se les quiere escuchar.
Las hojas, las raíces, la luz, los troncos, la humedad, los insectos, la luna y las estrellas, o los hongos, hablan en forma de transcendencia cotidiana. No es suficiente describir sus dimensiones, ni su vaivén al viento o el ritmo de su metabolismo. Hay algo más, que nos habla, aunque nunca en términos objetivos, sino en un tono personal.
Las estrellas hablan cuando les hacemos una pregunta personal. Solo las escuchamos cuando la urgencia que tenemos dentro arde y se vuelve existencial. Solo comunican con la implicación. Como los silencios que subyacen a las tarjetas barajadas de un juego de azar. Como un oráculo:
Encontrar regularidades en el agua. Una larva que cae sobre la cabeza de un mamífero, que recoge una fruta madura del suelo. Como lo nuevo, que aparece solo cuando la memoria se despeja.
La entrada a la edad adulta es tomar consciencia de que lo inmaterial habla con nosotros. Es descubrir otra dimensión de nuestra identidad, que no tiene forma ni silueta.
Al principio de este «curso» de Respirar el Mahabharata escribí en este blog que estaba experimentando escribiendo frases en tarjetas para barajar al azar, o según normas de juego determinadas. La razón está directamente relacionada con el Mahabharata. Porque el Mahabharata no es una novela que propicia una lectura pasiva, para perderse en el río de las palabras del autor, hasta llegar al puerto acordado por él/ella. El Mahabharata, me parece, insta al oyente/lector a plantearse de una manera activa la razón por la que lo está leyendo, y cuándo lo lee, así como dónde está y hacia dónde va. Y esto no siempre pasa de manera consciente y literal, pero sí de una manera intensa y significativa. Como el encuentro con un ser vivo. Como encontrarse con un conocido en la plaza del pueblo o un perro que nos viene a saludar. Son experiencias transcendentales, pero no de una manera explícita. Son transcendentales y cotidianas a la vez.
La comunicación con la dimensión inmaterial mediante la mente es un algo arriesgada, porque esta funciona mediante abstracciones visibles, medibles y procesables. Conceptualizar el mundo invisible, o el lenguaje de la naturaleza no humana, puede llevar a la obsesión y a cierto grado de confusión. Pero, por otra parte, hacerlo es inevitable, porque la mente nunca deja de desplegar categorías. Encontrar el equilibrio entre lo transcendental y lo cotidiano es el reto de la edad adulta.
Por esto me propongo escribir en forma de juego, porque el juego invita a la implicación. Y la implicación es la energía que impele el potencial de la consciencia a transformarse en buenas condiciones, en defectos o en lo que no es ni uno ni otro.
Lo que propongo es una lectura subjetiva del Mahabharata, porque la vida habla en primera persona a cada uno de nosotros. El reino de lo objetivo no se sostiene sin la subjetividad, y eso vale para cada persona tanto como para cada fenómeno de la realidad.
Imagen de la entrada: Mycelial Threads, de Graeme Walker
