En el centro del universo conversan dos sabios. Uno usa el nombre Nara (lit: humano) y el otro usa el nombre Narayana (lit: la vía del ser humano).

Narayana es eso que está en todas partes y lo permea todo. Algunos lo llaman Vishnu, pero también Dios.

Indra, el rey de la ciudad blanca de la luz, quiso poner a prueba a Narayana y mandó un grupo de apsaras para que lo sedujeran a él y a su interlocutor. Para que los distrajeran de su conversación. Las apsara son bailarinas celestes, que descienden de las nuves y permean las aguas de la pasión. Ellas mueven el deseo y la belleza en el mundo. Se pueden encontrar en los arroyos y en las brisas que mecen los árboles en primavera. Su danza es seducción en estado puro y es muy difícil de reconocer. Uno solo se da cuenta del efecto de una apsara cuando ya está nadando en la pasión.

Narayana, sin embargo, al verse estorbado, creó en respuesta un apsara aún más seductora que las demás juntas. Tanto, que las embelesó a todas.

Narayana la creó pintándola con jugo de mango, y los patrones que usó para crearla siguen siendo las proporciones de todas las artes. Urvashi se llamaba ella. Fue tan especial, que se convirtió en la reina de las apsara. La reina de la armonía. Su danza es la semilla de las artes.

En la danza, y en la representación visual, se reproducen los tres mundos a la vez: el energético, el imaginal y el material.

Hay que comprender las normas de la danza para representar bien la imágen.

Y es difícil comprender las normas de la danza sin entender el arte de la música. – Así se lo cuenta Markandeya el inmortal al rey Vajra, en un apéndice del Mahabharata (Vishnudharmottara purana, libro III).

Con este escrito quiero parar un momento para observar la genealogía de la belleza:

Porque sabemos que la belleza es real. Tratamos con la belleza a diario. Está en todas partes, pero es esquiva e inasible: el tono placentero de la luz del atardecer sobre el paisaje ante mi miranda dura un instante; un minuto después ya se ha movido una nube y ha escondido el sol. Ahora el paisaje es gris y lúgubre.

La belleza tiene un linaje. Sabemos que existe, pero no bien bien dónde empezó. Las raíces de su ascendencia se hunden en el fondo de nuestra mirada. Y sondear el origen de la mirada lleva a preguntar sobre los orígenes de la consciencia.

La belleza no está en los sentidos, sino en la manera como estos se mezclan con la consciencia. Igual que la belleza no está literalmente en las proporciones que hemos heredado de Urvashi. O no en nada que se parezca a sus formas externas, al menos. No en su contorno perceptible, sino en la fluidez inasible de su danza.

La belleza es algo que a veces está y a veces no. Como Narayana. Como un Dios que conversa con la humanidad, en forma de destino, o vía a seguir. La mayoría de personas prudentes no nos atrevemos a asegurar objetivamente que existe y es real. Pero creer en su posibilidad… eso ya suena más razonable.

Ni sí, ni no, sino «puede ser». Puede ser que la belleza se originó como una danza entre Dios, los ángeles y la humanidad, antes de que existiera el tiempo.

La vastedad del cosmos y las preguntas que despierta forman parte de lo que somos. Esas preguntas son tan necesarias como el pan, porque alimentan el alma. Son, en sentido estricto, alimento espiritual. Para encontrar este alimento la humanidad tiene métodos (como la agricultura y el arte) que aprendimos, no sabemos muy bien cuándo, ni tampoco muy bien cómo. Indagar en la genealogía de esta transmisión es ir al encuentro del lenguaje de la naturaleza. Ir al encuentro de lo que nos completa como personas.

Imágen de portada: Sreenevasaros.com