Sobre lo que nos conviene hacer

En la entrada pasada de este blog empezó una buena historia, que prometí continuar. Escribí sobre una aventura que comenzaba con los cuatro protagonistas del Mahabharata y su esposa, junto a un guía, disponiéndose a entrar en un lugar especial, que les exigía máxima atención. Ahí, el lector atento, habrá podido ver que algo fallaba en mi narración, pues los protagonistas del Mahabharata son cinco, y no cuatro.

Volvamos un poco atrás para explicar esta situación:

El Mahabharata es, ante todo, nuestra historia. El Mahabharata cuenta quiénes somos, como humanidad, y de dónde venimos. El Mahabharata cuenta la historia de la crisis que trajo consigo este velo de olvido que nos afecta, que está estrechamente ligado a la duda. La duda, que deriva en desconfianza, hace que olvidemos nuestro origen porque, aunque nos lo cuenten, lo veamos o lo sintamos, no nos lo creemos. Esa crisis conllevó una guerra. Una guerra universal en la que participaron seres de todos los planetas.

El Mahabharata cuenta la historia del último emperador de la tierra, uno de los pocos en la historia que han sido dignos de llevar este título. El Mahabharata cuenta cómo ese emperador perdió su reino en una larga partida de dados amañada. Y ese emperador destronado se llamó Yudisthira, y siempre iba acompañado de sus cuatro hermanos. Cinco hermanos, en total, como los cinco dedos de la mano, o como cinco sentidos. Cinco hermanos que se casaron, todos, con una misma mujer.

Estos seis siempre iban juntos, y cuando Yudisthira, el mayor, perdió su reino de manera injusta, los cinco hermanos se prepararon, junto a su esposa, para una guerra que sabían que se iba a convertir en un conflicto sin precedentes. Los hermanos sabían que necesitaban de toda la ayuda disponible y por ello el tercero en nacer, el más hábil entre los cinco, de nombre Arjuna, se ofreció para viajar a los mundos de los guardianes luminosos (Deva), que quedan allende los cielos, pero son accesibles por portales escondidos en montes, bosques y ríos. – Arjuna aceptó el riesgo de un viaje de esas características para traer las armas superiores que estos seres poseían. Armas capaces de destruir la tierra si no se usan correctamente.

Este fragmento que quiero narrar corresponde a lo que se cuenta de cuando los cuatro hermanos que se habían quedado en la tierra, y su mujer, fueron informados de que Arjuna, el hermano que falta, se disponía a bajar de los mundos que había ido a visitar. Arjuna iba a regresar descendiendo desde la cima del monte Gandhamādana, cuya cima llega a los palacios brillantes de los guardianes de la inmortalidad y su falda queda cubierta por los fascinantes bosques de Kubera, guardián del portal hacia el cielo, señor de las cuevas y los espíritus. Esas eran (y son) tierras en las que los humanos no eran bienvenidos. Bosques de difícil acceso, que inquietan al guía de los protagonistas:

-Para acceder a estas tierras tenemos que estar muy atentos- dice el Mahabharata que dijo el guía.

¿Y qué significa estar atento? Son estos momentos en los que esta historia parece estar dando pistas de lo más importante. Señales que apuntan a aquello que hemos olvidado como humanidad.

Para atravesar los bosques de los espíritus furiosos (rākṣasa) y los elementales (yakṣa) es necesario ser consciente de los propios pensamientos. Si los Pandava pensaran lo primero que les viniera a la cabeza o siguieran cada pensamiento pasajero se perderían. No debían temer a los seres invisibles y era necesario que controlaran el hambre y la sed, porque si no lo hicieran quedarían a merced de los rākṣasa, los merodeadores nocturnos que pueden poseernos cuando estamos desprevenidos.

Otra cosa, importante, que la situación requería de ellos era ser fiel a sus votos. Si habían decidido hacer algo tenían que ser consecuentes con ello. Si decidían por decidir se perderían en el bosque. Y Precisamente por esta razón se adentra el grupo entero en el lugar y no solo Yudisthira, el destronado emperador mundial, quien en un primer lugar propone adentrarse en las tierras de Kubera con los gemelos, los hermanos menores de la familia, y que su esposa se quedara acampando junto al segundo hermano, Bhīma, el hijo del viento.

-Ella no se quedará fuera del bosque porque también ha tomado la decisión de ir al encuentro de Arjuna. Y yo, he tomado el voto de protegerla allí donde vaya. Si no podemos usar nuestros carros para transitar estas montañas llenas de cuevas iremos a pie. Y si el terreno es demasiado escarpado yo la llevaré a cuestas. Esto es lo que he decidido. – Dijo Bhima.

Entonces Krishná (Kṛṣṇā), «la oscura», conocida también como Droupadi, rió y dijo: -Viajaré por mi cuenta, no os preocupéis por mí.

-Siendo fieles a nuestros votos podremos cruzar el monte Gandhamadana- dijo el guía -Hagámoslo juntos.

Es con esa actitud que los cuatro Pandava entraron en las tierras de Kubera, al encuentro de su hermano. Vieron tierras ricas en elefantes y plagadas de aves y tribus de cazadores que les saludaban al pasar.

-Oh Bhima, hijo del viento- dijo Yudisthira, el hermano mayor- Oh gemelos, oh Krishnā, hija del rey Drupada y descendiente del reino de Panchala, escuchad: No existe nada en los seres que sea realmente destruido. Al monte de Kubera no puede entrar nadie que no haya sido fiel a su palabra, ni nadie cruel o avaricioso, o que no haya calmado sus impulsos.

Así llegaron al monte Gandhamadana, al monte de aromas que desquician. Y vieron una nube de polvo elevarse, una masa de hojas secas y tierra que subía hacia el cielo como un muro. Y quedaron cubiertos por una tormenta violenta, de viento y lluvias torrenciales.

Su mirada quedó envuelta en oscuridad y había tanto viento, y polvo, que no podían comunicarse lo que pasaba por sus mentes. Ni siquiera podían verse unos a otros. Los golpeaban piedras y escuchaban troncos de árboles desgarrarse y espetar.

– ¿Se está cayendo el cielo? ¿Está quebrando la montaña? – Se preguntaba cada uno por separado. Seguían el camino tanteando con la mano y agarrándose a troncos de árboles, termiteros e incluso las rocas rotas en el suelo.

Abrazando fuerte a Krishnā, Bhima encontró refugio bajo las raíces de un árbol. El emperador destronado, Yudisthira, y el guía que los acompañaba, tuvieron que acurrucarse en el suelo en posición fetal y Sahadeva, uno de los gemelos, se sentó pegado a un montículo de tierra para proteger la llama del fuego sagrado, que él transportaba.

Cuando el viento se calmó cayó lluvia incesante de los cielos. La tierra se deshacía y ríos marrones, llenos de restos, fluía desde todas partes hacia el océano. Cuando la intensidad de la lluvia se calmó la tierra empezó a absorber el agua hacia sus profundidades. Y el sol reapareció.

Entonces, cuando volvieron a ponerse en ruta, Droupadi, Krishnā, la esposa de los cinco, se abrazó a sí misma y sus muslos temblaron y no fueron capaces de sostener su peso. Nakula, uno de los gemelos, fue el primero en verla desmayar y corrió a sostener la caída de su cuerpo.

La tristeza cayó sobre los hermanos como un coro sordo de seres invisibles. Ellos eran nobles y ella una princesa. Su vida debía transcurrir entre cojines bordados. ¿Qué vida le estaban dando a su esposa, que yacía cubierta de tierra en el suelo? ¿Y cómo habían llegado ellos a encontrarse a las puertas de ese apocalipsis inminente?

Los ascetas que viven en los bosques se acercaron al grupo y empezaron a entonar cantos de protección y cura. Bhima, el hijo del viento, estaba de rodillas.

-¿Papá?

Se escuchó en el aire.

-¡¿Papá?!

Era una voz gutural con la potencia del trueno.

-¿Qué haces aquí?

Era la voz de Gatotkacha, el hijo medio rakshasa de Bhima.

En un momento del Mahabharata, que ya ha sido reescrito en este blog, Bhima, el segundo hermano entre los Pandava, los hermanos protagonistas, se enamoró de una rakshasa, uno de los espíritus coléricos de la oscuridad, que se lo llevó durante años a volar y hacer el amor sin forma. De noche, siempre, porque esa es la hora de los espectros. De día, durante el horario propio de los humanos, Bhima vivía con sus hermanos, su madre y su esposa humana. De noche volvía con su amada del otro lado. El hijo que tuvieron se llamó Gatotkacha y fue uno de los seres más poderosos en la tierra, por ser hijo de un espíritu de la furia, una rakshasa, y Bhima, hijo de una reina humana con el dios del viento. Gatotkacha vivía y jugaba en el plano de los rakshasa, en las tierras de Kubera, a los pies del monte Gandhamadana, cuyas cimas conectan con los planetas de los Deva, los guardianes luminosos.

-¿Por qué habéis entrado en estas tierras? – rugió Gatotkacha. Y rió, feliz de encontrarse a su padre por sorpresa.

-Yo os puedo llevar a cuestas- se ofreció Gatotkacha -Os llevaré volando hacia la ermita de Badari, donde conversan Nara y Narayana. Allí estaréis seguros…

 

… Si quieres saber cómo continuarán las aventuras de los Pandava y qué pasará en la ermita de Badari, no te pierdas la próxima entrada dentro de quince días.

 

Esta entrada viene a responder la pregunta que me ha hecho, a raíz de la entrada pasada, una lectora del blog y seguidora de esta performance, quien ha hecho el voto de seguimiento de 12 años, sobre las condiciones que debían cumplir los Pandava para cruzar los bosques de Kubera.

Esta entrada está basada en un fragmento del Mahabharata recogido en Tirtha Yatra Parva 145, con la influencia de las casillas 15, 42 y 71 del juego de Lilah. El viaje por el simbolismo de las casillas del juego de Lilah, el azar y el destino, de este cuarto año de Respirar el Mahabharata, está pensado para desembocar en un taller basado en el juego de Lilah, que está programado para estrenarse el próximo 12 de Diciembre en la sala del colectivo CRA’P en Mollet del Vallès, Barcelona.

Sobre la felicidad

La palabra sánscrita Sukha se usa para expresar lo que llamaríamos <felicidad> o, dependiendo del contexto, otros sinónimos relacionados con lo positivo, como <bondad>.

La etimología de la palabra es fascinante porque la sílaba kha, en sánscrito, se refiere al sol, o al eje de una rueda, así como a cualquier tipo de cavidad: desde la herida de una flecha a un pozo, pasando por las fosas nasales, cuevas y ojos. La sílaba kha también se usa con el sentido de comprensión. Como si el acto de comprender sea un acto de recibir. Un recibir que lleva, de alguna manera, hacia dentro, e ir hacia dentro lleva finalmente hacia el sol. En fin, la capacidad poética de cada lector podrá ayudarle a relacionar estos significados aparentemente dispares.

El prefijo su, que compone la palabra su-kha, puede significar ir, mover o exprimir. Sukha, felicidad, se podría entender como como «impulsar o dar energía a la comprensión del eje de la realidad, exprimir la comprensión interior, etc.

Esto debe ser la felicidad. Comprender el sol interior, que es el eje de la realidad.

Su se traduce normalmente como bueno. Soma, es otra palabra derivada del prefijo Su, y se refiere a quién sabe qué elixir enigmático (hay quien dice que simbólico) que daba la fuerza a los dioses y la inspiración a los poetas de verdad, los poetas que hablaban el lenguaje de la luz de las estrellas. El soma, según los textos antiguos, se extraía de ciertas cañas prensadas y mezcladas con otros componentes. Jala, en sánscrito, se puede traducir tanto por agua, o líquido, como por el tipo de cañas con punta filamentosa que crece en las orillas de los ríos. Muchas de las especies de este tipo de cañas (que tienen el nombre técnico de andropogon) contienen DMT, un componente químico que modifica la percepción humana cuando se combina con los ingredientes adecuados.

Y continuando con las etimologías: Suta, es quien extrae el Soma. Suta es el nombre de un oficio, y se puede traducir como el “extractor” o, siendo excesivamente literales, el “empujador”. El suta es el “empujador”, por el significado del prefijo su antes mencionado. Suta es quien extrae/exprime el soma líquido de las cañas adecuadas y un suta es quien “empuja”, es decir, conduce, carros de batalla. Como si los dos oficios fueran sinónimos. Y suta es también quien narra las historias sagradas de las luchas de los héroes y los dioses.

La relación entre el oficio de narrador y el de conductor de carros se explica con el hecho de que los suta eran hijos de casta cruzada; de la mezcla de sacerdotes y nobles. Brahmanes y Kshatriya, en sánscrito. En tanto a tanto a Kshatriya, guerreros, estaban obligados a estar en el campo de batalla, pero en tanto a Brahmanes, sacerdotes, su linaje les prohibía luchar. Por esta razón los suta acompañaban a los guerreros a las batallas pero no luchaban, conducían los carros y contaban lo que habían vistro cuando volvían.

Qué inspiradora coincidencia, que el conductor quien impulsa el carro a través del espeluznante campo de batalla, donde implosionaban las armas mágicas con todos sus matices de sonido y color, es también el extractor del elixir de la inspiración y quien cuenta las historias embriagadoras de las eras pasadas.

En el Mahabharata, la historia del final de la era en la que todavía quedaba certeza en el mundo; la historia de aquello que desapareció con el inicio de lo que conocemos hoy por historia, el suta que acompaña a los protagonistas se llama Lomaharshana.

Cuando los Protagonistas del Mahabharata se disponen a adentrarse en el monte en el que viven los dioses, atravesando las tierras de Kuvera, el general de los duendes y los espíritus furiosos, Lomaharshana se asusta:

-Oh toros de vuestro linaje, estas tierras son bellas y sagradas. El fuego siempre arde aquí y estos lugares no pueden ser vistos por meros humanos. El Ganges resplandece aquí en sus siete afluentes. Tenéis que mantener una extrema concentración. ¡Aquí tendremos que mezclarnos entre los seres astrales! –

Esta confusión sorprende al mayor de los Pandava (repasemos los personajes: cuatro hermanos y la esposa de los cutaro, más un conductor/suta). Yudisthira, el hermano mayor, nunca había visto a su conductor tan asustado. Aquellos era señal de que tenían que ser más prudentes que nunca…

 

…Y no te pierdas la continuación de este asombroso viaje de los Pandava en las tierras de los dioses leyendo la continuación de esta entrada cuando se publique, dentro de quince días si las condiciones lo permiten.

Los datos que comparto en esta entrada son todos comprobables pero las asociaciones que insinúo son originales. Lo que estoy buscando no es una transmisión objetiva de información sino sondear los umbrales entre la investigación y la literatura, jugando con la pseudociencia entendida como género poético. Lo más importante de este texto y los que vendrán, para mí, es la indagación en la motivación que subyace a cada escrito. ¿Por qué motivo escribo y con qué objetivo? Esta investigación es central en el desarrollo del cuarto capítulo de este voto de 12 años que se llama Respirar el Mahabharata y prefiero de momento no teorizarlo porque siento que es pronto. La manera de desarrollar esta indagación será la publicación de los siguientes escritos en este blog.

La investigación de este cuarto año del proyecto sigue el trazado del tablero del juego de Lilah, que se puede ver en el apartado de flechas y serpientes en este mismo blog. Cada entrada está basada en los conceptos que nombran tres casillas del tablero. En este caso las casillas 18, 53 y 62.

¿Cómo aprender a volar?

Probablemente ya haya mencionado en alguna ocasión la historia fundacional del Mahabharata; la historia que cuenta como el rey Parikshit, nieto de Arjuna, llega cansado a un campamento bosque adentro, en el que pierde la paciencia y con ello también su vida.

Parikshit llega exausto a un refugio en el bosque y se encuentra con un asceta meditando, a quien pide agua. Pero el asceta no reacciona y sigue su meditación. Parikshit se deja engullir por la furia y culpa al sabio de no querer satisfacer sus deseos. El rey se ofende y viendo un cadáver de serpiente en las cercanías, lo levanta y lo cuelga sobre los hombros del asceta, que sigue imperturbable su meditación, ahora con una serpiente muerta reposando sobre sus espaldas.

De repente sale de una cabaña un joven, el hijo del sabio, que cuando ve lo sucedido maldice a Parikshit y lo destina a morir devorado por una serpiente, más concretamente a manos de Takshaka, el rey de las sierpes.

El Mahabharata cuenta cómo accede Takshaka al palacio de Parikshit, cómo se presenta ante el rey abriendo sus fauces y un detalle que llama la atención: el rey mira el ocaso y, satisfecho, dice:

-Hoy es un buen día para morir.

Parece que el narrador del Mahabharata quiso transmitir en este caso la raíz del conflicto de la familia de Parikshit con las serpientes, dando una pincelada del carácter del rey.

Después de haber compartido el Mahabharata con la  humanidad Vyasa, el sabio bardo de los dioses, se sintió vacío y como si todavía se hubiera dejado algo en el tintero. Así se lo hizo saber Vyasa a su compañero Narada, otro de los sabios que conoce íntimamente a los dioses, y este le explicó a Vyasa que se sentía triste porque en el Mahabharata había hecho mucho énfasis en la ética y la teosofía, pero se había dejado de lado la devoción, que es la energía y el sentido de la vida.

Oido esto, Vyasa narra otra série de relatos, que se recopila bajo el nombre de Shrimad Bhagavatam Purana (algo así como «las historias antiguas del honrado señor del universo»), donde Vyasa vuelve a formular algunos de los episodios que ya relató en el Mahabharata, añadiendo nuevos detalles esclarecedores. Por ejemplo, en la introducción, encontramos una explicación de por qué estaba el rey Parikshit tan tranquilo cuando se encontró de frente con su muerte.

Según añade el Shrimad Bagavatam Purana, la obra recién mencionada, cuando el rey entiende que le quedan pocos días de vida reúne a los sabios de la corte para pedir consejo.

No se trata de consejo para esquivar al rey de las serpientes, este es el destino del rey y es inevitable. Siete días, en este caso, se presentan como el poco tiempo de vida que, en un sentido alegórico, nos queda a todos. «La vida pasa veloz como el vuelo de una flecha / os lo ruego, no perdáis el tiempo», dice un poema japonés medieval. «Hay que solucionar la cuestión de la vida y la muerte», dice el mismo poema, y en esto están los sabios de esta historia.

A lo que quiero llegar en esta entrada es al encuentro de uno de estos momentos en los que uno tiene que ser creativo y entender con sus propias palabras lo que estas historias ancestrales están proponiendo.

De entrada ¿de qué tipo de solución estamos hablando?¿De aceptar la muerte?¿o de llegar a un tipo de comprensión que supere la muerte? No es fácil de definir.

Pongamos que una manera directa de resumir el texto sería que aparece en la corte del rey el hijo de Vyasa, del autor del Mahabharata y Shrimad Bagavatam Purana, quien dice al rey que lo que le puede traer la liberación (¡¿de la muerte?!) es observar la forma de la Divinidad. A esto sigue una descripción de la forma de la divinidad como macrocosmos mitológico y a continuación, para explicar los detalles de la imagen que ha descrito, que es extremadamente esotérica, el sabio se ofrece a narrar todos los relatos que le enseñó su padre, durante los siete días que le quedan de vida al rey. Esta narración es lo que acaba llevando al rey Parikshit a expresar <Hoy es un buen día para morir> cuando se encuentra con la serpiente.

¿De qué se ha liberado entonces? ¿del miedo?

Siguiendo el ejemplo de las historias tradiciones, voy a ilustrar lo que estoy intentando decir con un relato:

Yo nací y pasé mi infancia en la llamada tierra santa de occidente. La educación que recibí fue estrictamente atea y materialista (materialismo marxista, pero materialismo). En cuanto al linaje, sin embargo, mi padre es de origen judío y mi madre católico. Esto importa, por muy ateo que seas, en una tierra que carga con el epíteto de santa.

Crecí escuchando llamadas a la oración musulmana por megáfono, rodeando sinagogas de camino a la playa y visitando lugares como Belén o la iglesia del santo sepulcro, de los que mi mente infantil recuerda las pilas de crucifijos y camellos de madera que se vendían en la calle. En ninguno de estos lugares me sentía aceptado por quien era; la religión era una mezcla de souvenirs con miradas de desconfianza y dios, el enigma que inspiraba aquel mercadillo de cantos, incienso y violencia, muerte y miedo.

Cuando viajé por primera vez a India (más bien Rishikesh) me pareció encontrarme con el mismo carnaval: cantos mecánicos, incienso, impaciencia por entrar en las ceremonias y personajes dudosos ataviados de túnicas coloridas. La sensación en el lugar me recordaba a menudo Jerusalem, y no en un sentido positivo.

He crecido viendo como la religión miente y especula con lo más preciado: con la energía vital. Promete la paz y una salvación de la muerte a cambio de poder político y económico, de poder para manipular y corromper sociedades hacia la discriminación, la soberbia y la separación. Por esto me cuesta ver cómo una descripción del macrocosmos pueda ser la solución a la muerte, y, sin embargo, la fascinación, la atracción, la búsqueda de la verdad, de lo auténtico, de lo real, parece apuntar siempre a un lugar que si bien está más allá de la ceremonia, el dogma y la religión, para llegar a él es necesario transitar la práctica espiritual.

Lo que me ha movido para llegar a este acto ceremonial de 12 años (Inshallah -si dios quiere- lo cumpliré) es la búsqueda de lo real: como una sensación de plenitud estable que me ha encontrado en algunos intervalos de la vida; transportada por el viento cuando me baño, miro un fuego o sentado sobre una roca. En momentos inesperados. No de dios, ni el hinduismo, ni la India, ni el arte ni la belleza, sino del poder que inspira todas estas palabras. Pero solo se llega a la raíz de un cuento escuchándolo bien.

Y así, contando esta pequeña historia sobre mí, aparezco yo también como personaje en esta gran historia de la humanidad que narramos entre todos. Cumpliendo, descubriendo, el papel que me toca, junto a Parikshit, y las hormigas, la hierba y la brisa que la mueve; junto a las apariencias de la luna y las imaginaciones que inspira, con el sol y el tiempo que nos mueve, entre los ideales que nos susurran las estrellas, como parte de esta energía que quiebra rocas y las lanza por la galaxia en estallidos de luz…

A veces parece que esta historia nunca termina, solo se suceden los capítulos.

Serpientes en el tapiz

El próximo 23 de Junio, noche de San Juan, por invitación de mi directora María Stoyanova, tenemos la intención de presentar en el contexto del Experimental Room Festival un esbozo del trabajo definitivo sobre el primer libro del Mahābhārata que se presentará el 12 de Diciembre de 2016. Esto es, la primera narración performance de este proyecto.

Me encuentro por esta razón ordenando una vez más el material y asombrándome, una vez más, ante la profundidad (vasta profundidad, lo digo, aunque sea un cliché, porque la profundidad del Mahābhārata es verdaderamente vasta) del Mahābhārata.

Por consejo de María Stoyanova, me encuentro recogiendo todas las historias de este primer bloque del Mahābhārata en 7 temas principales y el ejercicio resulta mucho menos fácil de lo que pueda parecer. María y yo dedicamos una sentada de alrededor de seis horas para poder resumir el material recogido en un número de temas principales, a los cuales llegamos gracias a una preparación previa de varios meses, es fácil perderse en el océano del Mahābhārata. A continuación, el ejercicio de resumir las historias relacionadas con cada tema principal es toda una aventura. De hecho, si uno no quiere dejar de lado las enigmáticas narraciones secundarias que van sacando la cabeza por el Mahābhārata, reunir el texto en pocas líneas argumentales es prácticamente imposible. Es imposible para mí ordenar el material en temas principales, si no quiero acabar renarrando el Mahābhārata.

Por suerte justo la semana pasada me animó la introducción del autor de origen indio Vishnu Sakhram Khandekar a su novela Yayati, basada en uno de los personajes secundarios del Mahābhārata precisamente, en la que defiende que el Mahābhārata existe para ser renarrado en cada época. De la misma manera Lomaharshana, el narrador original del Mahābhārata, está de hecho renarrando lo que aprendió de su maestro Vedavyāsa. ¿Cómo fue la primera narración del mítico Vedavyāsa? Nunca lo sabremos.

Porque el Mahābhārata se contó entero en un ritual. El mundo se estaba reconstruyendo desde las ruinas de lo que había sido. Quedaban muy pocos de los reinos de antaño, y pocos nobles. Un grupo de hombres estaba a punto de empezar un ritual, en medio de la desolación de la época.

Vieron acercarse al lugar a Lomaharshana, el conductor de carros que es quien hace el servicio de explicar, transmitir y comunicar; no desde la memoria sino desde el presente, desde lo aprendido de Vedavyāsa y los rishi, que son las estrellas de la osa mayor. Los rishi son el conocimiento, la consciencia de la expansión del universo. El lugar de encuentro con los rishi es una interacción, un fluir; es el lugar donde se encuentran las propiedades de un extremo con las del otro. El lugar de encuentro es un punto de la interacción entre lo percibido y la interpretación que hacemos de lo percibido, en medio de lo desconocido. Donde se encuentran los rishi se encuentra el universo con la tierra. En ese lugar transmite el conductor Lomaharshana, en forma de historias, no aquello que recuerda, ni lo que sabe, sino lo que es, su esencia inmortal, que es la semilla y el combustible que alimenta el Mahābhārata.

¿Pero de dónde viene Lomaharshana y por qué está el mundo como está?

Lomaharshana viene de presenciar un ritual para matar a todas las serpientes. Un ritual que falló. El mundo está en el estado en el que está a causa de la gran guerra civil, que arrastró tras de sí a todos los reinos de la tierra.

Los nobles han muerto en la gran guerra. Los cinco Pandava, los hijos ideales de los dioses, que pisaban la tierra con la suavidad del felino, han perdido sus ejércitos. Los cinco hermanos ejemplares han tenido que luchar contra su maestro de armas, contra su gurú. Es más, para ganar esta guerra devoradora se han visto obligados a matar a su propio maestro con un engaño.

Este terrible y decepcionante acto no ha quedado sin responder. El hijo del gurú muerto, Aśhvatthāmā es su nombre, entró en el campamento de los Pandava de noche y mató a todos los durmientes, a sus esposas y a sus hijos, a todos los combatientes y a sus descendientes. Aśhvatthāmā levantó hacia el cielo la punta de su flecha, transformó su trayectoria con las sílabas de un encantamiento secreto y dirigió su efecto mortífero contra las matrices de todas las mujeres del bando de sus enemigos. Todos los embriones que se encontraban en las aguas de la gestación fueron asesinados antes de nacer, abrasados por el fuego de la venganza.

Pero en el fondo de la creación, desde el interior de la existencia, desde los tiempos en que los demonios intentaron hundir la tierra en las aguas de la indiferencia, Dios gruñe en su forma de jabalí arcano. Los roncos gruñidos de Dios son tan penetrantes, tan profundos, que alteran las formas de nuestra percepción, siempre buscando sostener la continuidad de la vida y el orden universal. La vibración divina que tomó la forma de Krishna, el amigo hechicero de los Pandava, devuelve la vida al primogénito del hermano mayor, a Parikșit, el “nacido débil”, para que la vida y la familia de los Pandava tenga continuidad.

Parikșit pudo nacer, a pesar del ataque mágico y gracias a Krishna, pero murió mordido por el rey de las serpientes. Parikșit nace, gracias al gruñido cavernoso de Dios, en un cuerpo humano, y el cuerpo humano se cansa y cambia de estados de ánimo con la temperatura ambiente, la humedad del clima y según el tipo y la cantidad de alimento que ha consumido: Parikșit llega cansado y hambriento a la cabaña en la que vive retirado un sabio silente, un rishi, en medio del bosque. Parikșit pide agua y algo de alimento, pero el Rishi ni contesta ni se mueve, y Parikșit, embriagado por el cansancio del cuerpo, moviéndose entre el enfado y el cinismo burlón, decide levantar del suelo el cadáver de una serpiente que divisa entre la vegetación y colgarla encima de los hombros inmóviles del rishi, quién sigue sin moverse. Cuando el hijo del Rishi sale de la cabaña y ve a su padre meditando con una serpiente muerta colgando de los hombros, al lado del insolente rey, maldice a Parikșit a morir por la mordedura de una serpiente.

“Porque todos nacemos bajo una maldición, explica el Mahābhārata: la maldición de los eventos pasados; la maldición de todo lo que precedió nuestro nacimiento, la maldición de las consecuencias del pasado; del karma”

Es por esta razón que Parikșit vive el resto de sus días en el palacio, protegido por mantras y hierbas que curan el veneno. Pero Takșaka, el rey de las serpientes, consciente de los hilos del destino que se deben tejer, reduce su tamaño y entra en el palacio del rey escondido en la fruta de una ofrenda. Cuando el rey Parikșit lo levanta con dos dedos, justo cuando se está poniendo el sol, Takșaka vuelve a su forma original y ante la impotencia de los guardianes y consejeros presentes en la sala, envuelve como una boa a Parikșit, el último superviviente de la masacre del clan de los Pandava. Ambos se elevan al cielo juntos, peleando, y se incendian hasta convertirse en una gran masa llameante y en esta forma son absorbidos por la tierra hacia las profundidades, hacia los pasadizos subterráneos en los que reinan las serpientes.

En el ritual organizado para vengar este evento estuvo presente Lomaharshana. De allí viene, y allí escuchó todos los pormenores de la guerra que dejó el mundo en el estado en el que lo dejó.

¿Y las serpientes fueron todas destruidas entonces?

No lo fueron. No fueron todas las serpientes destruidas porque antes de la creación del mundo los dioses se aliaron con sus enemigos, los Asura, para batir el océano universal y extraer de él un elixir. Los dioses colocaron a la montaña Madara sobre la espalda de la tortuga Akupāra, que vive en el fondo del océano universal; querían usar a la montaña de hélice y a la tortuga de punto de apoyo, pero necesitaban una cuerda suficientemente larga para enrollar alrededor de la montaña y hacerla girar. Vāsukī, la serpiente, gracias a su habilidad de tomar el tamaño que quería, se ofreció para ser usada como cuerda. El movimiento creaba tanta energía que de la boca de la serpiente salían vientos en llamas y tanto humo negro, y tan espeso, que se convirtió en nubes de tormenta de las que cayeron rayos y lluvia mezclada con fragmentos de flores y plantas que salían volando de la montaña en su virar. A causa del esfuerzo de la serpiente, y conscientes de la maldición que existía sobre todas las sierpes, los dioses pidieron a Brahma, el que da forma al destino, que hiciera algo por Vāsukī y su clan.

La bendición de Brahma fue decretar que la hermana de Vāsukī se casaría con alguien que tuviera su mismo nombre, y el hijo de ambos sería la salvación de las serpientes. Este hijo fue Āstika.

¿Pero cuál es la maldición de las serpientes y de dónde viene, y cómo salvó Āstika a sus hermanos?

Todas las serpientes originales nacieron de una sola madre. En aquellos tiempos la reproducción no era sexual, el mundo no estaba tan sumido en la dualidad como ahora (discurso Bhisma) sino que se concebía por decisión. El padre de las serpientes tenía dos esposas: una pidió tener más de mil hijos que pudieran tomar las formas que quisieran y fueran los más poderosos sobre la tierra. La madre de las serpientes creó un huevo, y de él nacieron todas las serpientes originales. En una ocasión las dos esposas hicieron una apuesta: la madre de las serpientes insistía en que la cola del caballo original, el primer caballo que cabalgó sobre la tierra, era negra y la otra esposa mantenía que era blanca. Las dos esposas apostaron que la que se equivocase se volvería esclava de la otra y dado que la cola del caballo original era blanca, la madre de las serpientes les pidió a sus hijos que se convirtieran en pelos negros y cubrieran juntos la cola del caballo. Las serpientes se negaron, en un primer momento, y su madre las maldijo a todas a morir en el fuego, cuando en un futuro lejano el rey hiciera un ritual para matarlas. Dado que el poder de las serpientes era excesivo, Brahma aprobó la maldición. Sin embargo  gracias a los esfuerzos desinteresados de Vāsukī Brahma permitió también el nacimiento de un salvador para las serpientes.

Cuando el ritual comienza a hacer su efecto y la combinación de cantos y actos mágicos empieza a absorber hacia el fuego del ritual a todas las serpientes de la tierra, como ríos al mar, y el humo de sus grasas quemadas empieza a elevarse hacia el cielo, la hermana de Vāsukī llama a su hijo y le explica que ha llegado el momento en el que puede cumplir la razón por la que nació, el destino de su vida. Āstika, el salvador de las serpientes, se acerca al lugar del ritual, a pié y solo, y se presenta ante el rey alabando todas las cualidades que un rey como él debe tener. Āstika demuestra conocer profundamente el significado de la figura real y transcendente del rey. El discurso que ejecuta es largo y permite múltiples lecturas y relecturas a la luz de las enseñanzas del resto del Mahābhārata. Āstika asocia al rey con la importancia de su linaje, de sus ancestros, y puntualiza el significado simbólico o esotérico de un ritual oficiado por el rey, comparando el ritual que está viendo con rituales que se efectúan paralelamente en otros planos de la realidad. Los rituales que efectúa el rey humano en la tierra resuenan en los rituales que todos sus antepasados hicieron y aquellos que harán sus descendientes. Los rituales del rey resuenan en los rituales que hace en el plano celestial Indra, el rey de los dioses. Los presentes en el ritual tienen la misma importancia que los planetas y las estrellas en el espacio, sosteniendo la materia con su campo gravitacional; gracias a este sostén los humanos pueden vagar sobre la tierra, y el humo espeso que se eleva de la hoguera es el trazo que deja la transformación de los elementos, siempre necesaria para el movimiento del universo.

A todo esto el rey queda impresionado, y declara que el chico que tiene delante habla como un anciano. Satisfecho, el rey le ofrece a Āstika que le pida el favor que desee. Āstika no se lo piensa y con firmeza exige que se suspenda el ritual.

Āstika vuelve victorioso y las serpientes estas le ofrecen todas, a su vez, que les pida el favor que quiera. Āstika pide a las serpientes que quienes escuchen contar su historia pierdan el miedo al veneno de las serpientes subterráneas.

Los deberes que me pone María Stoyanova es concretar qué son las serpientes. Creo que esta pregunta queda abierta, de momento, pero lo que quiero señalar en esta entrada es todo lo que tengo que dejar de lado para que un resumen del ritual inicial del Mahābhārata se convierta en una narración lineal. Nos falta la historia del hermanastro de las serpientes, Garuḍa, hijo de la madre que perdió la apuesta, nos falta ver algo más quién es Vedavyāsa, por qué Dios gruñe como un jabalí, quién es krishna, por qué no se movió el rishi que burló el rey, con quién se casó la hermana de la serpiente Vāsukī y cómo reaccionó el rey cuando Āstika le pidió suspender el ritual, entre otros.

La historia del batir del océano universal, además, el evento en el que Vāsukī fue tan útil a los dioses, es otro de los puntos clave del inicio del Mahābhārata. La historia del batir del océano merece un resumen de por sí, y lo tendrá, pero inevitablemente tengo que mencionar esta historia en el resumen del primer punto. Hablando exclusivamente del ritual inicial del Mahābhārata, y resumiendo al máximo, es inevitable hablar del final del Mahābhārata y de los primeros eventos de la creación: el batir del océano universal y el jabalí divino. El Mahābhārata es como un tapiz tejido hacia todas las dimensiones y la única manera de narrar el Mahābhārata con coherencia es hilar uno mismo su propio hilo, con palabras propias añadidas a las del Mahābhārata. La vida, para mí, es igual. Todos los eventos y las interpretaciones que hacemos de los eventos están relacionadas, de alguna manera. Existo gracias al campo gravitacional de los planetas en el universo, gracias a las condiciones atmosféricas de la tierra, a los eventos históricos que me precedieron, a la relación de mis padres, etc. Hablar con coherencia con cada vecino, y hablar de lo que toca, del presente, sin irse por las ramas, es todo un arte. En la vida y contando el Mahābhārata. El valor añadido del Mahābhārata, a mi parecer, es el recordarnos, a los lectores y oyentes, que la vida tiene muchas capas y muchos planos. Los dioses, la historia, los objetos materiales, las fantasías que proyectamos, todo existe. El arte es poder verlo todo, sin negar la vida, y moverse con acierto dentro de este tapiz multidimensional.

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Los siete rishi y los dioses

Hace algunas semanas se puso en contacto conmigo alguien que había leido la página de entrada de este blog y me preguntaba a qué me refería cuando escribí que la vastedad del Mahābhārata implica que el lector debe asumir qué es lo que está buscando en el texto.

En esta entrada quiero concretar esta idea porque es uno de los puntos más importantes de este proyecto:

El Mahābhārata, dentro del canon sánscrito, se considera una obra itihasa. Un Itihasa es un “así pasó”: un reflejo de la existencia, de lo que pasa. Pero antes de seguir leyendo, es recomendable que paremos unos segundos y nos preguntemos qué es la existencia.

Para leer en serio el Mahābhārata uno tiene que considerar esta pregunta desde el principio: ¿qué considero que existe? Los pensamientos existen, las fantasías existen, la materia y las percepciones, existen, ¿y la intuición? Antes de dejar que el texto escale a un nivel mayor de abstracción paso a ilustrar con un ejemplo lo que quiero decir:

El Mahābhārata, fue contado tal como lo conocemos por una persona, en un ritual. Ahora bien, lo interesante es que a lo largo de este ritual Lomaharshana, la persona que cuenta el Mahābhārata, no solamente cuenta esta obra sino que cuenta también todas las historias de los dioses, los llamado purāņa, las cuales aprendió de su maestro Vedavyasa. Y cuando decimos purāņa, no estamos hablando de historias sobre los dioses que Vedavyasa escribió, sino de relatos sobre la creación del universo y las primeras generaciones humanas que los mismos dioses transmitieron a Vedavyasa, y este se las enseñó a su discípulo Lomaharshana. Estamos hablando de historias de los dioses en un sentido mucho más literal. Se trata de las historias que los dioses contaron.

La pregunta que no puedo evitar hacerme una y otra vez es ¿qué significa itihasa?¿Qué significa, realmente, que las cosas pasaron así?¿Qué significa que los dioses le transmitieron los relatos cósmicos a Vedavyasa y que este se los enseñó a un discípulo, Lomaharshana el conductor de carros, y este se los contó a los ŗșī presentes en el ritual, largo ritual, en una significativa sentada ante el fuego, en la que el Mahābhārata y los purāņa fueron relatados en lenguaje humano?

¿Qué son exactamente los dioses, y qué lenguaje hablan cuando transmiten las historias que nos quieren contar? Porque los purāņa parece que relaten la creación del mundo y de la humanidad. Esto que llamamos dioses nos cuenta quiénes somos nosotros, y qué es lo que pasa para que estemos aquí; entonces, las historias que nos transmiten los dioses ¿son las suyas o las nuestras?

Volviendo al análisis, del conocido encuentro entre Lomaharshana y los ŗșī quiero tomar dos cosas: Primero, la deducción de que aquello de lo que se está hablando en el texto no se puede leer en un sentido material. Segundo, la constatación de que en la introducción de los purāņa principales se describe la misma reunión con la que comienza el Mahābhārata, porque todo lo que pasó, todos los relatos que se contaron, se contaron en aquél mismo evento.

Y a su vez, si el Mahābhārata comienza con relatos sobre la creación cósmica, y los purāņa  también, los relatos de uno y otro son complementarios porque todos ellos le fueron transmitidos a Vedavyasa de la misma manera.

Comparando los inicios de diferentes purana el lector puede reconstruir con más detalle aquel emblemático evento, el encuentro del “conductor de carros que conoce todas las historias”[1] con el grupo de ŗșī (sabios videntes) deseosos de escucharlo.

Cuando Lomaharshana llegó al lugar, los ŗșī presentes le reconocieron y le saludaron diciendo que el estado de la tierra les hace temer por el futuro: “Las personas ya no tienen garantía de poder terminar sus cien años de vida, la enfermedad les roba su juventud y su muerte es prematura. Su bienestar físico se ve amenazado por muchos males: su mente está nublada por el deseo, la avaricia, el desprecio, la confusión, la locura y la envidia, los seis archienemigos de los humanos. Nadie tiene tiempo ni interés en estudiar lo que les hace bien”[2].

Como respuesta a la pena que sienten los ŗșī, Lomaharshana les brinda las historias que aprendió de su maestro. La esencia de estos relatos, dice, como si fuera una gota del elixir de la inmortalidad, ofrece la liberación. Se trata de las narraciones que Vedavyasa le enseñó, a partir del conocimiento otorgado por los dioses. Pero Vedavyasa, podemos aprender de otro purāņa [3], más que una persona es un cargo: El nombre Vedavyasa significa “el que divide/ordena los veda” o “el que ordena el conocimiento”. Vedavyasa es un cargo, entonces, que cumplen diferentes encarnaciones humanas, cada vez que renace la cultura tras una destrucción global.

Las crónicas de Lomaharshana describen la creación del mundo: Del ombligo del infinito nace una expansión (Brahmā), y en la “mente” de esta expansión aparecen los siete ŗșī primordiales (saptaŗșī), quienes residen en esta expansión y permanecen dialogando constantemente con Brahmā sobre la naturaleza del infinito[4].

Dentro de la “cabeza” de la “expansión”, siete “videntes[5]” conversan sobre el infinito, ¿qué significa esto?

A estos siete videntes, además, los seres humanos los podemos ver desde la tierra en la luz que brilla desde las siete estrellas de la osa mayor. La osa mayor, gira en el cielo alrededor de la estrella polar, que en sánscrito se llama Dhruva, y Dhruva es también el nombre de otro ŗșī que tiene una mayor importancia que los siete primeros (y no estoy perdiendo el hilo, solo estoy intentando demostrar la profunda carga simbólica de estos relatos):

Dhruva, cuenta el Bhagavata purāņa, era un infante de cinco años de edad cuando en busca de un instante de cariño quiso sentarse a las rodillas de su padre al verle jugando con su hermanastro. La madrastra de Dhruva lo asió violentamente por el brazo y le dijo en tono amenazante que no tenía ningún derecho a sentarse sobre las rodillas paternas. En su inocencia, Dhruva quedó profundamente dolido por la injusticia del mundo y se retiró a vivir solo en el bosque. Retirado, Dhruva meditó día y noche para atravesar el profundo dolor que vivía, hasta que se le apareció la propia divinidad, hacia la que Dhruva se dirigió diciendo: “Te saludo, tú que me has dado la capacidad de hablar. Mi voz estaba apagada y tú las has animado. Penetras los órganos sensoriales y les das vida, porque eres la única verdad y has creado las cualidades del mundo, que son los dioses de los sentidos. Tú creas la ilusión y la consciencia de esta ilusión: estás en todo como una llama en una lámpara, a pesar de que los que no conocen tu realidad creen que esta ilusión que perciben los sentidos está separada de ti. A Brahmā le diste la capacidad de ver el mundo como a quién despierta de un sueño que está soñando, ¿cómo puede nadie olvidarte?”

Dhruva agrada a la divinidad, según el texto, y recibe un lugar en el centro del cielo, para que los siete ŗșī den vueltas a su alrededor para siempre.

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Yo, que mi mirada está más ligada a la simbología europea, encuentro llamativo que la carta del tarot llamada La Estrella, muestra en sus versiones más difundidas el dibujo de una estrella principal, rodeada de siete estrellas menores. ¿Quiero decir con esto que el tarot y los purāņa están relacionados? En absoluto. A lo que apunto es al tema de este escrito, a la manera en que cada uno recibe el Mahābhārata. Como dice María Stoyanova: “No puedes separar tus intereses y tus proyectos porque los vives todos con un mismo cuerpo”. Esto es, yo tengo interés por la simbología de las barajas de tarot tradicionales, y por el Mahābhārata, por tanto veré conexiones entre ellos. Además encuentro que abrirse a estas conexiones, sin dejarse arrastrar por la idea de que mi opinión es la realidad, puede ser muy inspirador. Siguiendo la conexión con el tarot, por ejemplo, encuentro en un libro de reflexiones sobre el tarot de P.D. Ouspensky[6] una meditación poética sobre la carta de la estrella, que perfectamente se podría usar como una descripción de la imagen de los siete ŗșī, los videntes que “conversan” con Brahmā en el cielo:

“Una enorme estrella, rodeada de siete más pequeñas, apareció en el cielo. Sus rayos se entremezclaban, llenando el espacio de un esplendor, un brillo inmenso. Supe entonces que estaba viendo este Cielo del que habla Plotino: Donde (…) todas las cosas son diáfanas; y nada es oscuro ni resistente, sino todo es perceptible para cualquiera internamente y en su totalidad. Porque la luz encuentra luz por doquier, pues todo contiene en sí todas las cosas y, a su vez, ve todas las cosas en otro. Así que todas las cosas están en todas partes, y todo es todo. Asimismo cada cosa es todo. Y el esplendor allí es infinito. Porque todo allí es grande, pues incluso lo pequeño es grande. (…) El movimiento es puro; porque un movimiento no se confunde con ningún otro movimiento diferente. (…) Allí cada parte procede siempre del todo, y es a la vez una parte y el todo, pues, desde luego, aparece como una parte pero aquel cuya mirada es aguda, la verá como un todo. (…) Allí la vida es sabiduría; una sabiduría que no se adquiere por medio de un proceso de razonamiento, porque en su conjunto existió siempre, y no es deficiente en ningún sentido, como para que necesite investigación, sino que es la primera sabiduría, y no deriva de ninguna otra”. Comprendí que todo resplandor allí es pensamiento; y los colores cambiantes son emociones. Y cada rayo, si miramos en su interior, se convierte en imágenes, símbolos, voces y estados de ánimo. Y he visto que allí no hay nada inanimado, sino que todo es ánima, todo es vida, todo es emoción e imaginación”.

Comparando textos, se podrían encontrar muchos paralelos entre las líneas que escribe y cita Ouspensky y el contenido de los Brahmā Sutra, un texto referencial en la filosofía india que bien podría interpretarse como la esencia de las conversaciones de los siete ŗșī con Brahmā, pero esto no es lo más importante. Lo que quiero exponer es que yo no puedo leer el texto del Mahābhārata de otra manera que no sea bajo mi punto de vista. No creo que exista una manera objetiva de leer el Mahābhārata, más que recitar el texto en sánscrito. Pero entonces también (y aquí reside una de las grandezas del Mahābhārata que más me fascinan), no existe un texto único del Mahābhārata y los eventos que narra el Mahābhārata no están recogidos solamente en esta obra. El origen del Mahābhārata, el encuentro alrededor del fuego en el que las historias fueron transmitidas, desde los dioses, a los ŗșī del cielo y de allí a los ŗșī de la tierra y de ellos a nosotros, este evento imposible de concebir, está relatado en decenas de purāņa así como en el Mahābhārata. Es un evento que está relatado en muchas versiones, todas complementarias. ¿Qué versión debería recitar en sánscrito, si quisiera ser objetivo?

El hecho de que existan diferentes versiones de los eventos que cuenta el Mahābhārata, y que las versiones se acepten como complementarias, a mí me produce la sensación de que el evento en sí, aquello que las diferentes versiones traducen a lenguaje humano, fue o es algo mucho más complejo de lo que la literatura pueda transmitir en una sola versión. Esto es así porque el evento, lo que pasó, el itihasa, es real, y la realidad nunca se puede explicar de una sola manera. Si se pudiera no sería realidad, sería un poema, o un himno. El Mahābhārata no es un himno, es una realidad.

Entre las diferentes versiones veo una profundidad en continua reestructuración y cuanto más claro tengo qué es lo que espero de mí en la vida y qué quiero aportar a mi entorno, más claras son las respuestas que llegan desde el Mahābhārata. Precisamente de este espacio intangible entre los relatos, allí donde la mente no se encuentra con nada que se pueda explicar y aquello que pueda entender depende de una decisión interior. Depende de la voluntad de asumir las conclusiones que encuentro en mi interior y ordenar mi vida a su alrededor. Si leo el Mahābhārata como entretenimiento, encuentro un relato poco comprensible y bastante repetitivo. Si asumo que todo lo que vea en el Mahābhārata es mi propia mirada, unida a un espacio común a todos los humanos que se expande entre las lineas del relato, me conozco más a mi mismo y al trabajo de la humanidad sobre la tierra.

 

[1] Bhagavata Purana

[2] Bhagavata Purana

[3] Vișnu Purana

[4] Shiva Purana

[5] rishi se puede traducir como “el que ve”

[6] Ouspensky, P.D. El Simbolismo del Tarot, Obelisco, 2007.

 

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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