¿Qué es más real, lo subjetivo o lo objetivo?

La historia bíblica del llamado a Abraham para sacrificar a su hijo Isaac, igual que la historia del rey Harishchandra que vengo compartiendo en las entradas anteriores de este blog, remiten ambas a un punto de intersección en el paso el sacrificio humano/animal, al ritual simbólico.

En la historia del rey Harischandra el monarca desea tener descendencia y el dios Varuna le promete cumplir su deseo, con la condición de que se le ofrezca en sacrificio al primogénito. Y a partir de ahí podemos reconocer en la historia un juego de contrastes entre la dimensión transpersonal y la experiencia subjetiva personal: Cuando el rey ve nacer a su hijo queda prendado a él como individuo y es incapaz de sacrificarlo, a pesar del prospecto de tener más descendencia después. El rey suplica, una y otra vez, pasar por los ritos de nombramiento del hijo, del primer corte de pelo, de su introducción en sociedad y de su primera instrucción espiritual. El argumento del rey/padre es que hasta que su hijo no pase por esos ritos no sería una persona completa, y por tanto el sacrificio no sería real, porque no estaría sacrificando realmente a su hijo, como pedía el dios, sino a un ser anónimo. Porque detrás de estas palabras se esconde, primero, el intenso lazo emocional de padre a hijo, y segundo, la pregunta que subyace a esta historia, y también al Mahābhārata; y que es parte de la motivación del voto de 12 años que ritualiza este blog: ¿qué es lo que hace que el humano sea humano?

Cuando el hijo del rey Harischandra llegó a la edad de recibir su instrucción espiritual fuera de casa, en la preadolescencia, decidió huir para salvar su vida – otra decisión con motivación subjetiva, que contrasta con el deber universal (sobre esta decisión escribí algo en la entrada pasada)

El rey Harishchandra fue maldito entonces con la enfermedad de la gota, por haber fallado al dios Varuna en sacrificar a su primogénito, y, desesperado por el dolor, recurrió a un recurso extremo: Un brahmán (sacerdote) del reino aceptó vender su hijo mediano para ejecutar el sacrificio.

Los sacerdotes reales dictaron que un hijo comprado se convierte en un hijo legítimo, por tanto apto para sacrificar, y encontraron a un brahmán empobrecido, desesperado por poder alimentar al resto de su familia. El brahmán aceptó vender a su hijo Sunashepa pero este, una vez atado al poste sacrificial, lloró con tanta angustia que ninguno de los sacerdotes reales fue capaz de llevar a cabo el sacrificio – de nuevo por la conexión empática, y subjetiva, con la víctima-. Y, en aquel momento, uno de los sacerdotes dirigió al rey unas palabras que hablaban, una vez más, de la bisagra entre el sacrificio literal y el simbólico: “Lo que está escrito sobre los sacrificios animales está pensado para las personas con inclinación hacia los objetos de los sentidos, para atraerlos hacia la vida ritual (…) Quien compadece a todos los seres, se contenta con lo recibido y calma sus sentidos, agrada a la divinidad”.

El equilibrio entre lo personal y lo transpersonal es sutil. El contexto en el que se expresa el dilema del sacrificio humano de Sunashepa, la victima comprada, parece ser el de una sociedad basada en el ritual estricto, pero resulta que dentro de toda esta transpersonalidad la compasión tiene suficiente peso como para transgredir la norma – “para agradar a Dios”, ¿Porque, qué sentido tiene el ritual cuando deja de agradar a Dios?

A continuación la historia cambia ligeramente de dirección: el rishi Vashishtha y su competidor Vishvamitra se encontraron en los cielos de Indra y discutieron sobre los logros del rey Harishchandra. Es decir, de sus méritos personales: Vashishtha defendía que el rey había sido justo y ecuánime con sus súbitos, mientras Vishvamitra opinaba que había sido un tramposo, que engañó al dios Varuna. Así empezó otra historia con ecos bíblicos, en este caso con la historia de Job, cuando Vishvamitra apostó todos sus méritos místicos con Vashishtha a que demostraríala maldad del rey Harishchandra acosándolo con una vía tortuosa de calamidades:

Vishvamitra creó un demonio en forma de jabalí que empezó a destruir los bosques del reino. El rey organizó una partida de caza para atrapar al monstruo, pero la ferocidad del enfrentamiento lo dejó aislado de sus soldados y extraviado. Entonces Vishvamitra se apareció ante él tomando la forma de un eremita renunciante, ofreciendo al rey solaz, baño y consejo. Harishchandra quedó profundamente agradecido y ofreció regalar al ermitaño “lo que le pidiera”. Así que Vishvamitra creó la ilusión de un chico y una chica jóvenes, y dijo a Harishchandra que para casar a aquella pareja le pedía como regalo de bodas el reino entero. Harischanddra aceptó, para ser fiel a su palabra, con el convencimiento de que aquello era lo último que podía perder, pero Vishvamitra añadió entonces que como impuesto por la transacción el rey le debía también dos medidas y media de oro, quedando así Harischandra en deuda con Vishvamitra, porque sin su reino ya no tenía ningún tesoro del que extraer aquella cantidad.

Por compasión por él, y para que su marido no tuviera que faltar a su palabra, la esposa de Harischanra le propuso entre lágrimas que la vendiera a ella como criada, y pagara así su deuda. Un sacrificio hecho por amor, que afectó tanto al rey que se llegó a desmayar. Por amor a su esposa, el rey se negaba a ponerla en venta, pero oír como lloraba de hambre su hijo (quien había vuelto de su escondite) hace que los dos se decidan. Otra vez, el poder de la empatía personal frente al deber de defender el reino.

Entonces Harishchandra, muy a su pesar, anunció en un cruce de caminos que estaba vendiendo a su esposa, y Vishvamitra, de nuevo, fue quien apareció en el lugar, en forma de un anciano esta vez, buscando una criada para todas las labores del hogar. El anciano procedió a dejar su pieza de oro en el suelo y llevarse a la reina tirándole del pelo, pero el hijo se puso a llorar de pena. El dolor de madre e hijo (personal, subjetivo, único) era tan intenso que ella suplico y convenció al anciano de comprar también al niño, alegando que no sería capaz de concentrarse y trabajar.

Antes de partir, la reina prometió al rey que se volverían a ver, y Harischandra dijo que el dolor de perder a su hijo y esposa era superior al del exilio y la ruina. Pero lo pagado por la reina y el príncipe no sumaba la deuda de Harishchandra y como no tenía otra manera de pagar, aceptó que  Vishvamitra lo vendiera a Yama – el dios del dharma, u orden universal, así como el guía de las almas entre los mundos- quien, para la ocasión, había tomado forma en este plano la forma de un hombre con el pelo enmarañado y la barriga caída, dientes largos y que emitía un olor asqueroso.

Vishvamitra recibió del extraño individuo riquezas incontables y la deuda del rey quedó saldada, pero Harishachandra tenía de servir a su nuevo amo, recogiendo pedazos de mortaja en un crematorio donde escuchaba durante todo el día el llanto de familiares y amigos lamentando la partida de sus queridos. Entre la descripción de los cuerpos quemados desintegrándose y los gritos de desesperación volvemos a ver el contraste entre la vida vista como proceso biológico y el poder de las relaciones personales.

Como dice Jana Rasó, psicóloga, arte terapeuta y formadora de yoga: la repetición es algo que sucede y sucede, y sucede, de manera que puede ser automática: como una muletilla de consciencia, como cuando repetimos la lista de compras de camino al supermercado para no olvidarla– Eso que decimos que somos, es una repetición de elementos. Repetición de gustos, patrones y recuerdos que llamamos “yo”. Repetición de patrones que llamamos “hijo”, “pareja”, “padre o “madre”. Y cuán importante es esta repetición.

Una experiencia – continuando con la cita de Jana Rasó- es el poder estar presente a las sensaciones que provoca (o suceden) en una acción concreta – Y ahí está la importancia de prestar atención a la experiencia de la repetición personal. En la tensión entre la conceptualización de lo transpersonal, y la experiencia de lo personal, por muy ilusoria que esta sea, está el poder de la vida.

Todo fenómeno es una condensación de repeticiones en el tiempo. La vida de un ser sensible es la condensación de un soplo en el tiempo. Mientras el soplo dura se repiten los ecos de un ser, cuando el soplo pierde fuerza se dispersa la vida en recuerdos, historias, grabaciones… hasta la disolución total. ¡Pero cuán importante es este paso por el tiempo!

Cuando se pierde el camino aparece la virtud;

Cuando se pierde la virtud, aparece la humanidad;

Cuando se pierde la humanidad, aparece la justicia;

Cuando se pierde la justicia, aparecen los ritos.

Pues los ritos

Son lo superficial de la lealtad y la fidelidad,

Son el origen del desorden.

(…)[1]

Pero el Mahābhārata nos dice que es itihasa (“así pasó”):  nos está recordando que no es de palabras de lo que nos está hablando, sino de “lo que pasa”, y no son “personajes” los que mueren en él, sino seres como nosotros, diferentes, pero auténticos, que exceden las palabras y las clasificaciones.

El Mahābhārata parece un proceso de aprendizaje, para vernos en la mirada de ese campo (kshetra) de pluralidad, donde lo subjetivo es tan real como lo objetivo, y el equilibrio entre ellos es un delicado y precioso instante. En este instante se esconde la verdad (Satya) que secretamente anhelamos.

El Mahābhārata, esta gran historia de la humanidad, habla de la caída desde la verdad hasta el desorden, y del renacimiento de la verdad en el desorden. El ritual es una misteriosa bisagra que confunde, y a la vez recuerda de dónde venimos y a dónde queremos volver.

Dentro de quince días compartiré el final del calvario de Harischandra y su esposa, con otra respuesta original a la pregunta de qué es la repetición, y qué es la experiencia. Mientras tanto, si te interesa bucear en la vivencia física e estas historias maravillosas te recomiendo dar un vistazo al curso que estoy ofreciendo gracias a la escuela Equilibrium Yoga.

Información: La mitología como viaje interior


[1] Daodejing 38, citado por Chantal Maillard en Las venas del dragón, Confucianismo, taoísmo y budismo, Galaxia Gutenberg, 2021, pg106

¿Cómo se interpreta un símbolo?

En la entrada pasada de este blog escribí sobre la diferencia entre signo y símbolo, y expresé la opinión de que el signo es una señal que remite a otra cosa, como cuando el cielo se cubre de nubes señala la posibilidad de que vaya a llover en breve. En cambio el símbolo remite a sí mismo.

Un dios es un dios, y no remite a otra cosa que a sí mismo. Igual que un hada, el sol o el mago que nace en la isla de un río rodeada de niebla. Todos estos símbolos no remiten a otra cosa; no significan algo más que lo que son. Esta es la opinión que expresé en el escrito, y una lectora bien observó que interpretar un símbolo es una experiencia inspiradora y educativa. Estoy de acuerdo con este comentario y por esto pienso que habría que matizar lo que escribí.

Cuando digo que no es necesario interpretar un símbolo no quiero decir que no se pueda hacer; el símbolo no requiere ninguna interpretación para ser comprendido, pero emana creatividad inspiradora. Porque todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, qué es un dios, qué es el sol, y un hada, y quién es el mago que nació en la isla del río rodeada de niebla, pero tenemos un impulso dentro que nos impele a querer visualizar, cuestionar y expresar nuestra opinión sobre estos símbolos. Y este impulso es legítimo y sano, pero creo que no deberíamos confundirnos y pensar que nuestra interpretación explica el símbolo, ni que haya una interpretación más válida que otra.

Cuando digo que sabemos quién es el mago que nació en la isla del río rodeada de niebla, quiero decir que lo sabemos en el silencio que permea nuestros pensamientos, igual que sabemos qué es el sol. Pero si nos pidieran que lo explicáramos nos encontraríamos con una bifurcación de respuestas posibles y complementarias: El sol puede ser una bola de fuego, un astro, el centro del sistema solar, el apoyo gravitatorio de nuestro planeta, la fuente de la vida, la alegría en invierno, un brillo en el cielo y la luz que nos guía. En un poema, el sol puede ser muchísimas cosas más dependiendo del contexto.

Un símbolo es una fuente de creatividad, y cuanta más creatividad evoque más profundo es. Por ejemplo, la palabra dioses: ¿Qué son los dioses? ¿Dónde están? ¿Qué hacen? ¿Cómo nos dirigimos a ellos? ¿Cómo nos hablan? ¿Son un invento de los humanos? ¿Para qué? ¿Qué necesitan los dioses de nosotros y qué necesitamos nosotros de ellos? Estas son algunas de las preguntas que pueden venir en mente cuando mencionamos a los dioses, quienes, si siguen presentes en el imaginario contemporáneo, aún habiendo dejado de creer en ellos, es gracias a su profundidad. El lenguaje nunca será suficiente para determinar definitivamente qué es un símbolo, como lo pueda ser un dios. Siempre habrá algo más que decir, porque el símbolo es una fuente de creatividad.

Hay muchísimas maneras de expresar un símbolo. Volviendo a la entrada anterior de este blog, a la pregunta de “¿qué significa un dios?” o “¿qué significa en este relato el mago que nació en la isla del río cubierta de niebla?”, yo diría que ambos no significan más que lo que son. Pero esto no implica que no podamos decir nada al respecto. Al contrario. Porque hay muchísimas más cosas que a uno le gustaría decir sobre el mago que nació en la isla del río. Por ejemplo, que es quien le enseñó a la humanidad su historia, el primer narrador de la Mahābhārata, el libro que motiva este blog.

¿Y de qué dependería aquello que se pueda decir sobre un símbolo? Pues de la verdad. De la verdad, entendida como la palabra sánscrita para designarla, que me parece enormemente inspiradora: Satya, “verdad”, es una palabra que deriva del verbo ser (asti), y una traducción excesivamente literal de Satya podría ser “esoidad”. La verdad es esto, lo que hay, lo que está pasando. ¿Pero qué está pasando? Pues depende, de cada momento, y de lo que estemos hablando. Por esto la guía para la interpretación de un símbolo, a mi parecer, es la escucha. El lenguaje tiene que estar al servicio del momento, la situación y las personas reunidas.

No es fácil.

Cuando alguien pregunta quién es el narrador original del Mahābhārata; quién lo escribió, dónde y por qué; todos sabemos la respuesta, en el silencio que permea las palabras, pero cuanto más atentamente escuchemos quién lo pregunta por qué y dónde estamos, en qué momento del día y qué lenguaje estamos hablando, más nos sorprenderá la respuesta , porque si escuchamos muy atentamente, en la oscuridad de nuestro interior, podremos escuchar la lejana voz del mismo Vedavyasa, el clasificador original del conocimiento real, el que enseño a narrar el Mahābhārata, que es la historia de los auténticos orígenes de la humanidad, quien nació en una isla del río rodeada de niebla.

Cada momento y lugar tiene sus silencios y sus palabras. Cada situación tiene su discurso, lo que queda es el símbolo, remitiéndose a sí mismo en cuanto a fuente de significados.  

Y si vives en Barcelona no te pierdes el próximo pase del sexto capítulo de Respirar el Mahabharata, en la escuela Kaivalya. El sexto capítulo de Respirar el Mahabharata es un cierre y recapitulación del proceso de los seis primeros años de este voto, y el inicio de una nueva fase, basada en el desarrollo del tarot del Mahabharata junto a la tarotista Gisele Cornejo.

Puedes ver el cartel y más información aquí.

Krishna es para siempre

En la entrada anterior escribí, influenciado por el Mahābhārata, sobre el esfuerzo por perseguir los placeres del cuerpo como una batalla perdida.

Una persona cercana me expresó su tristeza al leer esa entrada, porque le pareció sentir que, en cierta forma, yo estaba renunciando a la vida. Pero aquí la paradoja está en que no se puede renunciar a la vida. Es imposible, porque todo lo que somos es vida. Algo que tenemos la libertad de hacer es actuar violentamente contra el cuerpo, incluso hasta llegar a su destrucción, pero esto no implica ninguna renuncia sino lo contrario: una acción violenta. Dejarse llevar por la vida no lleva a la destrucción. Al contrario, dejar de perseguir y abandonarse al paso de la vida lleva a la apreciación, precisamente, de aquello que subyace al marchitamiento del cuerpo, que es la vida misma.

La vida es incomprensible e indefinible, porque la vida brota de la oscuridad. Y la oscuridad es lo desconocido: aquello que no alcanza la luz. La oscuridad es insondable; no se puede medir ni comprender: no se puede ver, ni escuchar, ni oler, ni saborear. Pero en la oscuridad nace la luz y en ella desaparece. En medio de lo incomprensible cristaliza la inteligencia, y esta consciencia del ser que nos fascina y angustia, pero no podemos decir que solo la vida inteligente sea vida, ni la vida consciente. Existe también la vida mineral, y la vida lumínica, y otras formas de vida para las que no tenemos palabras. Todos los fenómenos son vida y solamente cuando no se rechaza ni uno solo de sus aspectos es cuando vemos componerse ante nuestra mirada interior al cuerpo humano completo, simbolizado por este otro cuerpo que se hincha, palpita y marchita. Una y otra vez. Generación tras generación.

Narada, el viajero de las estrellas, le contó esto a los dioses de la luz; el vidente Ásita se lo contó a los ancestros de la luna y Shukra, el brujo, se lo contó a los espíritus de los elementos y a los espectros de la furia. Vyasa, el autor del Mahābhārata, se lo contó a los humanos diciendo:

<<Miles de madres y padres, cientos de hijos y esposas, se han sucedido existencia tras existencia; y más que lo harán.

Miles de ocasiones para celebrar, y miles de ocasiones para pasar miedo, preocupan, día tras día, al ignorante, pero no al que comprende.

Yo grito, con los brazos levantados, y nadie me escucha: Tanto riqueza como placer brotan del dharma, entonces ¿por qué no es el dharma seguido?

Ni por placer, ni por miedo, ni por avaricia, debería uno abandonar nunca al dharma; ni para salvar la propia vida. El dharma es eterno; la felicidad y la pena no lo son. La vida es eterna; el cuerpo por el que esta vive no lo es. >>

Según fuentes orales estas líneas son la esencia del Mahābhārata. Con ellas Vyasa resumió el mensaje de siete mil páginas.

En cuatro estrofas, miles de páginas, o sin decir ni una sola palabra, el mensaje es el mismo: que todo es transitorio, y todo importa, porque es para siempre.

El mundo como oblación

Cuando digo fuego pienso en llamas, en calor y luz. Pienso en la parte visible del fenómeno fuego; pienso en el calor, o el sonido del crepitar de los materiales que se consumen en una hoguera. Pienso en lo perceptible del fuego.
La llama de una vela es un flujo continuo de moléculas pasando por una transformación química, igual que la mente es el resultado de un flujo de pensamientos pasando por una transformación.
¿Qué es entonces, en esencia, el fuego?¿Dónde empieza?¿Cómo se llega, desde la expansión de la materia universal por el frío y omniabsorbente espacio hasta la formación del sol, una pelota monstruosa de materia en llamas?¿Y desde el sol a los planetas que lo circunvalan?¿Y del magma del centro de la tierra a la vida?¿Y de la vida a las historias que nos contamos?
El fuego no lo es todo, pero parece que tampoco falta en ninguna parte.
El fuego tiene coordenadas. Aire y material para consumir. El material para consumir es el mundo. ¿Y qué es el mundo?
Los pensamientos, las fantasías, las emociones, las sensaciones, todos los objetos, los fenómenos meteorológicos, los agujeros negros y mucho, mucho más. Todo forma parte del mundo. El mundo es un flujo, un río terrible que tiene corrientes que fluyen en todas las direcciones. Así lo describe un discurso del Mahabharata (Moksha Dharma Parva 239-245)
Los cinco sentidos son cocodrilos que viven en el río y la mente, -continúa el discurso del Mahabharata- y la resolución, son sus diques cubiertos con la maleza de la avaricia y la confusión. El deseo y la rabia son otros reptiles.
Mientras la verdad constituye los vados sagrados para cruzar el río (tirthas), la falsedad forma sus olas. La furia es el barro de ese gran río supremo; se apila desde lo inasible y desliza velozmente por sus aguas. Este río fluye hacia el océano de la vida y su útero son los mundos ocultos; fluye desde el nacimiento de uno y en este mundo perceptible sus torbellinos son imposibles de cruzar.
El universo no es femenino, masculino ni neutro; no experimenta ni pena ni dicha. Es el pasado, presente y futuro. Quien entiende esto es como una vaca que retorna a su corral y no ha de volver a nacer.
Espacio, viento, luz, agua y la tierra, como quinto; la existencia, la no-existencia y el tiempo, se encuentran en todos los seres a través de estos cinco elementos.
Los intervalos son el espacio y el sentido del oído es formado por ellos.
El movimiento de entrada y salida de la energía es constituido por el viento; el sentido de tacto es su esencia.
El calor y el brillo en la mirada son la luz, sus cualidades son el calor en el cuerpo.
Los desechos líquidos, flujos y grasa, pertenecen al agua. El sentido del sabor y la lengua representan las cualidades del agua.
Huesos, dientes, uñas, vello corporal, pelo, venas, arterias, piel y todos los objetos sólidos son la esencia de la tierra. La nariz representa el sentido del olfato. El sentido asociado con el aroma representa las cualidades de la tierra.
Cada elemento acumula las cualidades del anterior, en este orden, y los sabios saben que todo fluye en el agregado de los cinco elementos.
El mundo es eterno pero a causa de sus cualidades no es eterno en los seres vivos. La energía del mundo se encuentra en el corazón de todos y, aunque no se pueda ver en sus cuerpos, es firme como el relámpago.
Todas las caras y matices que menciona el Mahabharata, todas las facetas del mundo, se mezclan en los remolinos del ensordecedor torrente de la existencia y fluyen sin límite, volcados como oblación, sobre la llama de la vida.

Todos los escritos de este blog representan el diario de un viaje de exploración del contenido del Mahabharata. La parte más importante de este proyecto es la narración oral del contenido del Mahabharata, que puedes ver acudiendo a los estrenos de los doce espectáculos del proyecto, cada 12 de Diciembre, o a alguna de las actividades asociadas, que puedes ver anunciadas en el apartado Próximos eventos, en la parte superior de la página.

Pintura de Mamani Mamani

 

¿Cómo aprender a volar?

Probablemente ya haya mencionado en alguna ocasión la historia fundacional del Mahabharata; la historia que cuenta como el rey Parikshit, nieto de Arjuna, llega cansado a un campamento bosque adentro, en el que pierde la paciencia y con ello también su vida.

Parikshit llega exausto a un refugio en el bosque y se encuentra con un asceta meditando, a quien pide agua. Pero el asceta no reacciona y sigue su meditación. Parikshit se deja engullir por la furia y culpa al sabio de no querer satisfacer sus deseos. El rey se ofende y viendo un cadáver de serpiente en las cercanías, lo levanta y lo cuelga sobre los hombros del asceta, que sigue imperturbable su meditación, ahora con una serpiente muerta reposando sobre sus espaldas.

De repente sale de una cabaña un joven, el hijo del sabio, que cuando ve lo sucedido maldice a Parikshit y lo destina a morir devorado por una serpiente, más concretamente a manos de Takshaka, el rey de las sierpes.

El Mahabharata cuenta cómo accede Takshaka al palacio de Parikshit, cómo se presenta ante el rey abriendo sus fauces y un detalle que llama la atención: el rey mira el ocaso y, satisfecho, dice:

-Hoy es un buen día para morir.

Parece que el narrador del Mahabharata quiso transmitir en este caso la raíz del conflicto de la familia de Parikshit con las serpientes, dando una pincelada del carácter del rey.

Después de haber compartido el Mahabharata con la  humanidad Vyasa, el sabio bardo de los dioses, se sintió vacío y como si todavía se hubiera dejado algo en el tintero. Así se lo hizo saber Vyasa a su compañero Narada, otro de los sabios que conoce íntimamente a los dioses, y este le explicó a Vyasa que se sentía triste porque en el Mahabharata había hecho mucho énfasis en la ética y la teosofía, pero se había dejado de lado la devoción, que es la energía y el sentido de la vida.

Oido esto, Vyasa narra otra série de relatos, que se recopila bajo el nombre de Shrimad Bhagavatam Purana (algo así como «las historias antiguas del honrado señor del universo»), donde Vyasa vuelve a formular algunos de los episodios que ya relató en el Mahabharata, añadiendo nuevos detalles esclarecedores. Por ejemplo, en la introducción, encontramos una explicación de por qué estaba el rey Parikshit tan tranquilo cuando se encontró de frente con su muerte.

Según añade el Shrimad Bagavatam Purana, la obra recién mencionada, cuando el rey entiende que le quedan pocos días de vida reúne a los sabios de la corte para pedir consejo.

No se trata de consejo para esquivar al rey de las serpientes, este es el destino del rey y es inevitable. Siete días, en este caso, se presentan como el poco tiempo de vida que, en un sentido alegórico, nos queda a todos. «La vida pasa veloz como el vuelo de una flecha / os lo ruego, no perdáis el tiempo», dice un poema japonés medieval. «Hay que solucionar la cuestión de la vida y la muerte», dice el mismo poema, y en esto están los sabios de esta historia.

A lo que quiero llegar en esta entrada es al encuentro de uno de estos momentos en los que uno tiene que ser creativo y entender con sus propias palabras lo que estas historias ancestrales están proponiendo.

De entrada ¿de qué tipo de solución estamos hablando?¿De aceptar la muerte?¿o de llegar a un tipo de comprensión que supere la muerte? No es fácil de definir.

Pongamos que una manera directa de resumir el texto sería que aparece en la corte del rey el hijo de Vyasa, del autor del Mahabharata y Shrimad Bagavatam Purana, quien dice al rey que lo que le puede traer la liberación (¡¿de la muerte?!) es observar la forma de la Divinidad. A esto sigue una descripción de la forma de la divinidad como macrocosmos mitológico y a continuación, para explicar los detalles de la imagen que ha descrito, que es extremadamente esotérica, el sabio se ofrece a narrar todos los relatos que le enseñó su padre, durante los siete días que le quedan de vida al rey. Esta narración es lo que acaba llevando al rey Parikshit a expresar <Hoy es un buen día para morir> cuando se encuentra con la serpiente.

¿De qué se ha liberado entonces? ¿del miedo?

Siguiendo el ejemplo de las historias tradiciones, voy a ilustrar lo que estoy intentando decir con un relato:

Yo nací y pasé mi infancia en la llamada tierra santa de occidente. La educación que recibí fue estrictamente atea y materialista (materialismo marxista, pero materialismo). En cuanto al linaje, sin embargo, mi padre es de origen judío y mi madre católico. Esto importa, por muy ateo que seas, en una tierra que carga con el epíteto de santa.

Crecí escuchando llamadas a la oración musulmana por megáfono, rodeando sinagogas de camino a la playa y visitando lugares como Belén o la iglesia del santo sepulcro, de los que mi mente infantil recuerda las pilas de crucifijos y camellos de madera que se vendían en la calle. En ninguno de estos lugares me sentía aceptado por quien era; la religión era una mezcla de souvenirs con miradas de desconfianza y dios, el enigma que inspiraba aquel mercadillo de cantos, incienso y violencia, muerte y miedo.

Cuando viajé por primera vez a India (más bien Rishikesh) me pareció encontrarme con el mismo carnaval: cantos mecánicos, incienso, impaciencia por entrar en las ceremonias y personajes dudosos ataviados de túnicas coloridas. La sensación en el lugar me recordaba a menudo Jerusalem, y no en un sentido positivo.

He crecido viendo como la religión miente y especula con lo más preciado: con la energía vital. Promete la paz y una salvación de la muerte a cambio de poder político y económico, de poder para manipular y corromper sociedades hacia la discriminación, la soberbia y la separación. Por esto me cuesta ver cómo una descripción del macrocosmos pueda ser la solución a la muerte, y, sin embargo, la fascinación, la atracción, la búsqueda de la verdad, de lo auténtico, de lo real, parece apuntar siempre a un lugar que si bien está más allá de la ceremonia, el dogma y la religión, para llegar a él es necesario transitar la práctica espiritual.

Lo que me ha movido para llegar a este acto ceremonial de 12 años (Inshallah -si dios quiere- lo cumpliré) es la búsqueda de lo real: como una sensación de plenitud estable que me ha encontrado en algunos intervalos de la vida; transportada por el viento cuando me baño, miro un fuego o sentado sobre una roca. En momentos inesperados. No de dios, ni el hinduismo, ni la India, ni el arte ni la belleza, sino del poder que inspira todas estas palabras. Pero solo se llega a la raíz de un cuento escuchándolo bien.

Y así, contando esta pequeña historia sobre mí, aparezco yo también como personaje en esta gran historia de la humanidad que narramos entre todos. Cumpliendo, descubriendo, el papel que me toca, junto a Parikshit, y las hormigas, la hierba y la brisa que la mueve; junto a las apariencias de la luna y las imaginaciones que inspira, con el sol y el tiempo que nos mueve, entre los ideales que nos susurran las estrellas, como parte de esta energía que quiebra rocas y las lanza por la galaxia en estallidos de luz…

A veces parece que esta historia nunca termina, solo se suceden los capítulos.

¿Quién cuenta el Mahābhārata?

Aprovecho esta segunda entrada para añadir un enlace. Se trata del enlace a la página del Bhandarkar Oriental Research Institute, un instituto afincado en la ciudad india de Pune, que se encargó de recoger las diferentes versiones del Mahābhārata que existían en la India y editar un texto crítico del Mahābhārata que uniera y amalgamara todas las historias que componen el relato. Se trata de un proyecto que se inició en los años veinte del siglo pasado y se completó en 1966.

El texto que he comenzado a estudiar en este primer año del proyecto es la traducción inglesa del texto completo de la edición crítica publicada por el Bhandarkar Oriental Research Institute en 1970. Traducción a cargo del indólogo y economista Bibek Debroy, terminada en el año 2014. En estos momentos, si no me equivoco, la de Bibek Debroy es la única traducción inglesa finalizada del texto completo de la edición crítica. Existe un proyecto de traducción de la Universidad de Chicago, iniciado en 1973, que todavía no ha terminado y solamente tres traducciones completas del Mahābhārata al inglés, que se hicieron en el siglo XIX y todavía no estaban basadas en ninguna edición crítica del Mahābhārata, porque esta no existía.

 

Yendo a la historia, al relato del Mahābhārata, el texto comienza presentando a un grupo de sabios, practicantes de grandes austeridades, quienes están a punto de comenzar un sacrificio que durará 12 años. En aquel momento, antes de que comenzara tal largo ritual, se nos cuenta que llegó al lugar un hombre, cuya edad no se especifica, hijo de un conductor de carros. Los sabios se levantaron para recibirlo y le invitaron a sentarse con ellos, en un gesto de cálida hospitalidad.

-¿De dónde llegas?- Le preguntaron -¿Y en qué has estado invirtiendo tu tiempo?

El recién llegado, el hijo del conductor de carros, les cuenta a los sabios que ha estado presente en otro ritual, una ceremonia organizado por el nieto de uno de los personajes principales del Mahābhārata. El conductor de carros explica que el ritual del cual está volviendo ha sido organizado por el nieto de Arjuna, y el objetivo del ritual ha sido el de eliminar a todas las serpientes de la tierra.

Para cumplir con ese otro sacrificio se reunieron el rey, el señor de la tierra, y el grupo de sabios en el que él confió para hacer el ritual (siempre basándose en la astrología y otros signos cósmicos, no en el capricho personal), con la intención de invocar un gran fuego que envolviera a todas las serpientes de la tierra. Todos los participantes se reunieron en el bosque, en un punto determinado para la ocasión, y el conductor de carros estaba presente como observador. Justo antes de comenzar el ritual/sacrificio/exterminio de serpientes, llegó al lugar un sabio solitario, de tez olivácea, llamado literalmente “el clasificador oscuro de los textos sagrados, nacido en una isla”, en sánscrito: Krishna Vedavyasa Dvaipayana.

El clasificador oscuro de los textos sagrados, o el clasificador moreno de los textos sagrados, tras saludar a todos los presentes, contó otra historia en ese otro sacrificio, una historia muy larga, la historia que conocemos como Mahābhārata. Pero esta no es la historia que los sabios quieren escuchar del hijo del conductor de carros. Lo primero que le preguntan son cuestiones sobre el linaje del que organizó el sacrificio para exterminar a las serpientes y las razones para tal extrema decisión. Se despliegan, por tanto, cinco capítulos completos de la obra, hasta llegar al punto de la historia en el que estábamos, justo antes de comenzar el sacrificio contra las serpientes, y el hijo del conductor de carros vuelve narrar la llegada del sabio oscuro (Krishna Vedavyasa Dvaipayana) al lugar del ritual. Se describe con más detalle el recibimiento que le hizo el rey a Vedavyasa, y cómo le preguntó por la terrible guerra civil de la que fue testigo, aquella en la que luchó el abuelo del rey, Arjuna, y sus cuatro hermanos. La guerra entre los Pandava y los Kaurava, que es el corazón del Mahābhārata.

Lo que hizo Vedavyasa el clasificador de los textos sagrados, según el hijo del conductor de carros, cuando el rey le preguntó por la guerra de sus antepasados, fue dirigirse a su ayudante y pedirle que cuente con detalle «la historia de la batalla entre los Kaurava y los Pandava, y la destrucción del reino».   -Esta manera de contar lo ocurrido demuestra una actitud de mucha humildad por parte del hijo del conductor de carros, porque el tal discípulo de Vedavyasa del que habla es su propio padre, pero esto lo dejamos para otro día-    A continuación, el ayudante comenzó a narrar la historia, empezando por la creación del universo y el nacimiento de los dioses en la tierra.

Recapitulando por puntos:

Tenemos a) un ritual, en el que el hijo de un conductor de carros cuenta que b) en otro ritual, oyó al ayudante de un gran sabio contar lo que c) había escuchado contar a su maestro.

Este relato, ha quedado recopilado en unos textos que d) el Bhandarkar Oriental Research Institute recopiló y editó en una edición crítica que ha traducido e) Bibek Debroy y que está siendo usada para f) escribir estas líneas y para preparar un espectáculo cuya primera parte pretende estrenarse el próximo diciembre de 2016.

¿Quién cuenta, pues, el Mahābhārata?

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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