Amor en la guerra

En una de sus vidas p En una de sus vidas pasadas, siglos antes de haber nacido como príncipe, y haber recordado el camino de la liberación para todos los seres, el maestro espiritual conocido como Gautama Budha, fue una codorniz. En una de sus vidas pasadas el Budha nació como cría de codorniz, en una zona selvática que se secaba mucho durante los meses más calurosos, y sufría incendios regulares. Y pasó que el bosque se incendió, también, cuando el Budha era todavía una cría que vivía protegida en su nido, sin poder hacer uso de sus tiernas piernas y alas.

Con el corazón roto, los padres de Budha tuvieron que salir volando para salvar su vida, dejando a su cría en el nido. Y la cría de codorniz pensó:

-Si tuviera el poder de usar las alas volaría hacia la seguridad. Si pudiera usar mis piernas me escaparía. Mis padres, temiendo la muerte, han huido para salvarse; no tengo protector ni guardián en el mundo, ¿qué puedo hacer?

Pero entonces pensó también:

-Antes de mí han existido seres que han demostrado la eficacia de la bondad y la sinceridad. Mediante la tranquilidad, y la sabiduría, se llenan de compasión y paciencia. Su amabilidad y bondad se extiende a todas las criaturas y es así como encuentran todas la manera de liberarse del rencor, el odio, la frustración, el dolor y la angustia. Hago el voto de liberar a todas las codornices, y el resto de las criaturas, abandonando el miedo y el rencor.

Desde entonces, dicen, ese rincón del bosque en el que aquella codorniz hizo su voto es inmune al fuego. Porque el voto de Budha renace cada generación en algunos corazones, como una cría de codorniz en medio del fuego de la pasión, el miedo y la confusión. Mientras haya corazones que continúen el voto de liberar a todos los seres el fuego no podrá pasar.

En una vida pasada Budha fue Krishna, y Krishna fue Dios. Krishna participó activamente en la guerra de Kurukshetra; en aquella batalla de 18 días en la que participaron, junto a Krishna, todos los dioses, los titanes, los espíritus furiosos y heroicos junto a todos los guerreros de la tierra. En aquella cruenta batalla el mundo perdió algo de su claridad, y olvidamos de dónde venimos. Así empezó esta era de la confusión, en la que nadie cree a nadie.

El Mahābhārata es la historia de aquella batalla de la caída, pero cuando recordamos esa batalla lo hacemos para recordar a Krishna. Porque recordar a Krishna es recordar la vía de la liberación de todos los seres. Recordamos la batalla de Kurukshetra para recordar al amor, en la guerra.

El Mahābhārata es un relato muy largo, que fue narrado en un ritual de 12 años, al inicio de esta era nuestra de la confusión. El Mahābhārata es un relato narrado entre altares llameantes; en el fuego, como quien dice. Pero mientras continue el voto de recordar a Krishna, el fuego no podrá quemar al amor.

Esta es la última entrada dedicada a la pregunta propuesta para este sexto año de Respirar el Mahābhārata, de cómo reconocer a Krishna en el mundo contemporáneo. La próxima entrada será el manifiesto de este año, tal como he venido haciendo hasta ahora, y el próximo 12 de diciembre estrenaremos el sexto capítulo de Respirar el Mahābhārata, llamado “El amor en la guerra”.

Lo que proponemos este año es un acercamiento no linear al argumento del Mahābhārata:

Al acudir al evento te encontrarás con un espacio físico que habitarás durante dos horas. Una instalación que puedes explorar, y que comunicará contigo de maneras distintas.

En algún momento pasarás a un espacio íntimo donde recibirás una narración personal del Mahābhārata, basada en el tarot del Mahābhārata que hemos venido desarrollando los últimos seis años junto a la taróloga Gisele Cornejo.

A medida que transcurra el tiempo tu relación con el espacio cambiará, tu relación con el Mahābhārata también, y quizá tu relación con tu propia humanidad. Es así como se abre el portal del Amor en la guerra: la joya invisible del corazón del Mahābhārata, que es la guía de nuestra humanidad.

La entrada se dará a dos grupos de 12 personas, uno de 17.00 a 19.00 y otro de 19.00 a 21.00. Puedes elegir tu horario e inscribirte escribiendo a: respirarelmahabharata@gmail.com

Entregarse al amor

El Mahabharata es la historia de lo que le pasó al mundo para estar como está ahora.

El Mahabharata es la historia de un conflicto bélico, con unos protagonistas, que son primordialmente Yudisthira, quien llegó a ser rey del mundo entero, y sus cuatro hermanos, pero también Draupadi – la esposa de los cinco, los familiares que los odiaban, los familiares que los apoyaron y, por extensión, todos los dioses, las estrellas, los seres invisibles, los ciervos y todos los habitantes del mundo. También nosotros, porque lo que pasó, ese conflicto que cuenta el Mahabharata, nos afecta a todos hoy.

El Mahabharata es una historia que afirma ser el recuerdo de una era en la que algunas leyes físicas funcionaban distinto. Una era, en la que las personas eran humanas como nosotros, pero tenían otro tipo de percepción. Esto no se puede ignorar cuando leemos y escuchamos el Mahabharata. Podemos verlo como un recurso literario, pero no podemos ignorar que el Mahabharata es una historia que de entrada avisa que nada de lo que escuches en ella es exactamente como nos lo imaginamos, porque no seríamos capaces de hacerlo. El Mahabharata habla de una era que escapa a nuestra comprensión. Y aún así, el mundo del que habla el Mahabharata es este mismo que estamos habitando. Y las personas de las que habla son todas humanas, como nosotros. Esta es una parte de su misterio.

Y recomiendo tener esto en mente para adentrarse en el texto que quiero compartir en esta entrada. Lo que comparto a continuación es la traducción de un discurso de Draupadi sobre el arte de retener a un marido. El arte del matrimonio, o la pareja, si se quiere. Porque el texto de este discurso bien serviría de consejo a un mujer para estar con otra mujer, o a un hombre para estar con su esposa. Podemos ir más allá de lo inmediato y reflexionar sobre la enseñanza que nos está ofreciendo.

Ante la pregunta de cómo retener a un hombre, con qué artes, Draupadi responde que ella no intenta retener por ningún medio. Draupadi se entrega, en cuerpo y alma, a sus maridos. De esta entrega nace la unión. Y este consejo sirve para toda relación, también la de uno con sí misme. La diferencia entre esperar algo del mundo y entregarse a él es la esencia de la libertad también. Draupadi lo explica desde el punto de vista del matrimonio.

Ahora, antes de leer el texto, me gustaría recordar algún detalle de Drauadi. Primero, Draupadi no está casada con un solo hombre sino con cinco. Cómo consigue entregarse, de la manera que recomienda, a cinco hombres distintos, es una de las claves simbólicas del texto, intuyo. Segundo, Draupadi nació por artes mágicas de un fuego, y el destino que le ha sido asignado es el de hacer caer a toda la nobleza guerrera de la tierra. Tercero, Draupadi es la encarnación de la Shakti, de la diosa, o la energía femenina del universo. Además, recordemos que en el Mahabharata aparecen mujeres guerreras, y una monarca que gobierna su reino sola.  Leamos con esto en mente los consejos de este discurso. Tachar a este texto de anticuado y machista es demasiado simple y una pena, porque nos perdemos el sutil matiz meta-narrativo que la historia propone, poniendo este discurso en boca de un personaje de las características que he comentado, que vivió en una forma de este mundo nuestro que ya no podemos entender:

<<Satyabama, esposa de Krishna:

-Oh Draupadi, ¿cómo actúas cuando atiendes a los Pandava? Esos jóvenes valientes son equiparables a los guardianes del mundo, oh bella, ¿cómo los mantienes bajo tu control? Oh tú, que eres bella a la vista. Los Pandava siempre te miran con admiración y cumplen tus deseos. Explícame la razón. ¿Sigues votos de austeridades? ¿Se trata de abluciones, baños, mantras o hierbas? ¿Es por el valor del conocimiento o el efecto de raíces? ¿Es la meditación, las oblaciones o las pócimas? ¡Oh hija del reino de Panchala!¡Oh morena! Comparte conmigo tu famosa comprensión de los asuntos amorosos para que Krishna permanezca siempre bajo mi control.

Y Satyabhama se detuvo.

Draupadi, que era devota a sus esposos, respondió:

-Oh Satya, me preguntas por las prácticas de las mujeres malvadas. ¿Cómo puedes alabar a aquellas que transitan los senderos siniestros? Estas son preguntas impropias de ti. Tienes suficiente inteligencia tú misma, pues eres la amada esposa de Krishna.

Cuando un marido descubre que su esposa ha estado usando encantamientos o pócimas de este tipo se asusta como si una serpiente hubiera entrado en la casa. ¿Cómo puede alguien angustiado encontrar la paz? ¿Y cómo puede haber felicidad sin paz? Ninguna mujer puede controlar a su marido con encantamientos. Los que propagan el uso de las pócimas son enemigos. Son violentos, transmiten el veneno y horribles enfermedades. Cuando un hombre ingiere estos polvos por la lengua o la piel no hay duda de que morirá pronto. Hay mujeres que han causado gota, lepra, vejez, impotencia, estupidez, ceguera y sordera por estos medios. Por su adicción a las artes siniestras estas malvadas han causado mucho daño a sus maridos. Una mujer nunca debería actuar para causar malestar a su esposo. ¡Oh ilustre Satyabhama! Escucha. Te lo contaré todo sobre cómo me porto con los Pandava de alma extensa:

Siempre evito la vanidad, el deseo o la rabia. Siempre, y sin interrumpir, sirvo a los Pandava y a sus esposas. A cambio de su amor, siempre entrego mi alma a la de ellos. Siempre los sirvo sin ningún orgullo. Protejo los corazones de mis maridos, sin impacientarme por desafortunadas palabras, situaciones, miradas o posiciones ni por senderos o señales difíciles. Esta es la manera en la que sirvo a los grandes Pandava, quienes son terribles en su energía y equiparables al sol, al fuego y la luna, y quienes pueden matar con la mirada. Mi mente nunca se gira hacia otros hombres -ya sea dios, hombre, gandharva, uno joven con ornamentos, uno que sea rico o uno que sea guapo. No como, me baño o duermo antes que mi marido, con sus sirvientes, haya consumado estos actos. Cuando mi marido vuelve a casa del campo, el bosque o el pueblo, siempre me levanto a recibirlo y le ofrezco asiento y agua. Los recipientes de la comida están limpios. La comida está limpia. Sirvo la comida en el momento que toca. Tengo cura de mantener el grano y aseguro que la casa está limpia. Soy directa y refinada en el hablar. No me junto con mujeres malvadas. Siempre hago lo que es agradable. Nunca soy vaga. No río a menos que haya un chiste. No me entretengo demasiado tiempo en el baño o en el jardín. No río ruidosamente ni me quejo, o doy causa para enfado. ¡Oh Satya! Siempre me dedico a servir a mi marido sin falta. De ninguna manera deseo nada que no le dé a mi marido placer. Cuando mi marido no está en casa debido a algún trabajo relacionado con familiares sigo el voto de no ponerme flores ni fragancias. Cuando mi marido no bebe, o no come, tampoco lo hago yo. Siempre renuncio a lo que mi marido no disfruta. ¡Oh preciosa! Siempre me baso en lo que haya sido instruido. Estoy bien ornamentada. Soy extremadamente cuidadosa. Me dedico al placer de mi marido.

Tiempo atrás mi suegra me lo explicó todo sobre el dharma del hogar – sobre los donativos, sacrificios, ceremonias funerales, la cocina, los días lunares auspiciosos y todo lo que es necesario tener en cuenta. Conozco todo esto. Siempre sigo estas instrucciones, incansablemente, día y noche, con mi alma fijada en la humildad y los mandatos. Mis maridos son suaves, justos, sinceros y seguidores del auténtico dharma. Pero yo los sirvo como si fueran serpientes venenosas. Es de mi opinión que el dharma eterno de las mujeres es ser dependiente del marido. El es el dios en el sendero, ¿cómo podría una causarle molestias? No vulnero a mis maridos en sueño, comida o habla. Siempre me controlo y nunca me quejo sobre mi suegra. ¡Oh afortunada! Mediante la atención constante a las labores diarias, y la servitud a los superiores, mis maridos permanecen bajo mi control. Siempre sirvo yo misma a Kunti, la madre de los valientes Pandava, quien siempre es fiel a sus palabras; en su baño, vestido y comida. Nunca la cruzo en cuestiones de vestidos, ornamentos o comida. Ella es como la tierra y nunca me quejo de ella. Antes, en el palacio, ocho mil sabios eran alimentados cada día en platos dorados. Ochenta y ocho mil padres de familia devotos eran financiados por el emperador Yudisthira con treinta mucamas para cada uno. Más allá de esto, diez mil ascetas, con el deseo controlado, eran servidos comida bien cocinada en platos dorados. Todos estos sabios comprendían la expansión cósmica y se les había dado una parcela de tierra. Yo los adoraba en orden, con bebida, vestimenta y comida. El gran emperador tenía mil sirvientas jóvenes. Estaban adornadas con collares y brazaletes hechos de conchas marinas, llevaban oro alrededor de sus cuellos, ornamentos, guirnaldas caras, oro y sándalo, y gemas. Eran excelentes bailarinas y cantantes. Yo conocía los nombres, las caras, las comidas favoritas y las ropas de cada una, y también su trabajo. Sabía lo que cada una hacía y lo que no. El inteligente hijo de Kunti tenía mil sirvientas en casa que atendían los invitados día y noche, sosteniendo recipientes en sus manos. Cuando el emperador vivía en su reino poseía cien mil caballos y cien mil elefantes. Así eran las instrucciones del emperador cuando gobernaba la tierra. Yo hice una lista de todas y asigné el número y tipo de tarea a cada sirviente, para todo lo que debía hacerse en los aposentos internos. Lo sabía todo sobre los vaqueros y ganaderos, lo que hacían y lo que no. Lo sabía todo sobre los ingresos y gastos del rey ¡oh afortunada! Yo sola lo sabía todo sobre los Pandava. Estos toros entre la dinastía de Bharata relegaron todo lo relacionado al hogar a mí. ¡Oh mujer de cara bonita! Esa es la razón por la que me eran devotos. Esta carga le sería imposible de llevar a alguien con maldad en el alma. Renuncié a todo placer, día y noche. El tesoro de mi marido, quien seguía el dharma, era tan grande que ni el dios de los océanos podría manejarlo. Sin embargo, yo sola conocía todo su contenido. Soporté hambre y sed, día y noche. Atendía a los Pandava y el día y la noche eran lo mismo para mí. Era la primera en levantarme. Era la última en irme a dormir ¡Oh Satya! Esta ha sido siempre mi práctica. Considro esta como la mayor técnica para hacer que los esposos te sean devotos. No he seguido las prácticas de las malvadas, ni deseo hacerlo.

 

Traducción del discruso de Draupdi expuesto en el fragmento llamado: Draupadi Satyambhada sambada parva.

El tiempo que dura el mundo

En cada átomo hay un movimiento. Danzas circulares acompasadas con el ritmo del jardín secreto de nuestro corazón, que es un sol, que brilla en un templo con forma de cosmos, que tiene un altar invisible que sostiene un caldero sin fondo que guarda un universo en su interior; y en el centro de este universo hay un lugar que absorbe toda partícula, impulso, flujo, onda y pensamiento hasta transformarse y separarse en dos. De su lado izquierdo nace su reflejo femenino y entre los dos aparece el amor.

Viviendo el amor hacen el amor. De las gotas de sudor que resbalan sobre le piel de él y ella, cuando hacen su amor, nacen los ríos.

-¿Y cuánto tiempo hacen el amor?

Para responder esta pregunta iría bien entender primero qué es el tiempo.

Para comprender el tiempo es útil hacerse la idea de que con la separación nace el amor y con el amor nace la consciencia de ser en el universo. La consciencia de ser uno, que quiere estar con el otro.

El otro se transforma a medida que buscan sentirlo los sentidos, a medida que se imagina; el otro toma formas, colores, gustos, texturas y cualidades. Se vuelve físico e imaginado, se idealiza. Cuando se acerca la forma física del otro se aleja la idea que tenemos de él y cuando se acerca la idea se aleja el cuerpo. El otro se vuelve muchos y así un solo amor expande, a medida que lo experimenta, al universo como si fuera una gran nube luminosa; como un huevo luminiscente, lleno de polvo dorado, que contiene todas las formas de la creación; como un gran útero.

Dentro de este aureo y cósmico recipiente el amor se busca en las formas y a través de ellas se transmuta en ideales y proyecciones, que se acaban destilando en la energía pura que siempre fueron. Quien dirige la transmutación de la energía a través de los sentidos de los cuerpos es el rey de los dioses. Los dioses expanden el impulso de la energía a través del cielo, las nubes, los bosques, ríos, lagos y campos sembrados con el alimento que los humanos les ofrendan en cada celebración. Las celebraciones se hacen en ciclos anuales, mensuales y semanales.

El sol se eleva por el este y desciende en el horizonte opuesto. Así empieza la noche. El intervalo que va de un amanecer a otro amanecer es un día. 30 días forman un mes. 12 meses son un año humano. 1 año humano es un solo día de los dioses.

El rey de los dioses vive cientos de miles de millones de años divinos.

Cuando muere un rey de los dioses lo sucede otro y la sucesión de 28 reyes de los dioses compone 1 día del huevo cósmico.

108 años cósmicos son una vida de la acción del ser en el universo.

Después todo se reabsorbe en uno y no existe la separación.

Todo el despliegue del universo, la expansión del huevo cósmico, los dioses, los planetas y la humanidad es un parpadeo de la diosa que hace el amor con su compañero. Cuando abre los ojos se expande el universo ante su mirada, cuando los cierra se repliega toda la creación hacia la unidad.

¿Quién podría comprender el tiempo que dura su amor?

 

(Para Gisele)

 

 

Fuentes:

Rumi – El cant del sol. Ed. Olañeta

Devi Bhagavata Purana, Libro IX, cantos I y IX.

Siguiendo el sendero

Queda poco más de un mes para estrenar el segundo espectáculo de Respirar el Mahabharata y me estoy encontrando con un estado anímico y mental comparable al que tenía el año pasado alrededor de estas fechas. Recuerdo que el pasado noviembre me encontré en la situación de que de tanto releer y darle vueltas a las mismas historias del inicio del Mahabharata llegué a una situación en la que ya no era más capaz de tomar apuntes por escritos y empecé a tomar los apuntes de lo que estudiaba en dibujos.

Recuerdo que la sensación era la de tener la función racional saturada pero el anhelo de avanzar en el estudio del Mahabharata fresco y vivo. Del encuentro de la necesidad de estudiar bien las historias que me disponía a narrar para el público y la saturación intelectual surgió el tomar apuntes en forma de dibujos; no fue una idea que me planteé de antemano y puse en acción sino algo que de repente se hizo, sin más. Un día empecé a tomar apuntes en dibujos porque no podía ser de otra manera, y no tardé en encontrar un lenguaje personal de jeroglíficos que me ayudaban a recordar el Mahabharata. Más tarde, este interés intuitivo en el funcionamiento de los jeroglíficos me llevó a interesarme por los libros de Medhananda, que encontré en la librería del ashram de Aurobindo en la India, pocos meses después del estreno de Respirar el Mahabharata I, y los escritos de Medhananda han sido una de las influencias más importantes en este segundo año del proyecto… «Los mundos son solo un lugar de juego del tú y el yo y una máscara colorida del dos en uno, yo soy en ti y tú eres en mí, oh amor.[1]»

Ahora, un año después, me encuentro con la misma sensación y la dificultad de proponer un texto nuevo de la tradición del Mahabharata para compartir en el blog. A pesar de que los últimos quince días han estado muy cargados de vivencias relacionadas con el proyecto de Respirar el Mahabharata, estas han sido vivencias interiores basadas más en los encuentros personales, en la escucha y en una práctica física que no en la lectura de textos. Y cuando termino esta última frase vuelvo a escuchar el insistente helicóptero de la policía que sobrevuela el cielo de Barcelona como un pesado e insistente moscardón. Yo estoy convencido de que el Mahabharata y el arte espiritual durará mucho más que los procesos políticos actuales, por eso continuo con este proyecto con la misma insistencia, porque estoy convencido de que aporta mucho al bienestar humano. Bienestar no en el sentido de comodidad material, sino en el sentido profundo de un Estar Bien en el mundo. El Mahabharata ofrece señales del sendero que puede avanzar la humanidad en conjunto, para ofrecer lo mejor de sí. Pero estar comprometido con este proyecto no implica ignorar los ánimos políticos de la hora o dejar de participar en las protestas que mi limitada y condicionada conciencia crea necesarias.

Dejando de lado al helicóptero, vuelvo a lo que decía, que estas dos últimas semanas han estado más llenas de trabajo físico y emocional dedicado al proyecto que no de lecturas. El pasado fin de semana, por ejemplo, tuvimos una sesión intensa de ensayos con Gisele Cornejo, compañera de proyecto en el desarrollo de este segundo capítulo de Respirar el Mahabharata.  El trabajo del segundo año se ha centrado alrededor de la investigación artística del número 2 y la dualidad en las relaciones de pareja de la primera generación del Mahabharata. Parejas de reyes y reinas, reinas y ascetas, reinas y dioses o reyes y ninfas. Parejas de humanos con humanos y humanos con el mundo imaginal. Seres que salen del bosque de lo invisible como las apsarā, las “ninfas” que fluyen (sara) en el agua (ap), que nacieron cuando los dioses volcaron el calor en el océano:

 

           «Para que todo funcione como debe funcionar,

templo para ti el deseo,

 que los dioses han vertido en las aguas.

                 Para que las cosas sigan el curso que han de seguir,

avivo para ti el recuerdo del éxtasis,

que los arcanos han vertido en las aguas.

 Para que pase lo que ha de pasar

caldeo para ti la intimidad,

que la soberana celeste ha vertido en las aguas.

Para que circule lo que ha de circular,

enardezco para ti las palabras melosas

que el vigor de lo heroico, templado por la sabiduría,

ha vertido en las aguas.

Para que fluya lo que ha de fluir,

enciendo para ti el amor

que lo mejor que puedo ofrecer de mí

ha volcado en las aguas.[2]»

 

«Para que pase lo que ha de pasar», como dice el verso, si se quiere que «se cumpla lo que se tiene que cumplir», hay que “calentar” el “amor”.

Donde traduzco por “pase lo que tenga que pasar” o “sea lo que tenga que ser”, “fluya lo que tenga que fluir”, etc. pone en el original más bien «que se cumpla el Dharma de Varuņa». Varuņa es el orden en las aguas universales; una consciencia que excede a la comprensión humana y ata con unos lazos cósmicos (nunca me canso de este adjetivo) las consecuencias de cada movimiento y acción. El Dharma es algo más transcendental que Varuņa y más concreto. El Dharma es el “sostén de las cosas”. El Dharma es la armonía del universo. Para que “la armonía del universo corresponda al movimiento de los lazos cósmicos de la consciencia transcendental que permea el fluir universal”, podría ser otra traducción. En cuanto a lo que se vuelca en las aguas, se trata de «smara». Smara viene de la raíz smŗ, que es recordar, pero smara es también amor – conversación íntima de alcoba – deseo erótico – recuerdo amoroso – o un intérprete de los textos sagrados. Está muy relacionado, en realidad, porque un intérprete de los textos sagrados (Veda) es alguien que “recuerda con amor” ese acto de pasión original del cual nacimos todos, del cual nació el universo. Por esto es interesante notar como la traducción inglesa de Ralph T.H. Griffith, de 1895, traduce el verso como: «el filtro», volcado en las aguas, o el «hechizo», volcado en las aguas; entendiendo smara como seducción mágica. Sofia Moncó, en el bello recopilatorio de himnos de Mujeres en los Vedas, editado por Akal Oriente, traduce «el amor que los dioses han vertido en las aguas». Esta traducción es efectiva porque la palabra amor recoge todas las acepciones mencionadas: el amor es un filtro, un hechizo, una sabiduría… ¿qué es, el amor?

En fin, la cuestión es que hay un amor, o un recuerdo de un amor arcano, erótico y transcendental a la vez, que calienta las aguas por las que fluye el orden universal, que permite que las cosas pasen. Calentando, avivando, este recuerdo del amor… cósmico, se llega al encuentro con la energía que mueve la vida. Con esa energía que habla en los textos ancestrales, y dice:

«Yo transito la atronadora existencia[3] entre sus elementos[4], las potencias de la libertad[5] y los dioses que miran desde las estrellas[6]. Soy el centro del poder[7], el fuego que conecta el cielo con la tierra[8]y con los ciclos de la naturaleza[9]. Soy el soporte del vino de la inmortalidad, que brota de la piedra sacrificial; soy la base de lo que da forma[10], de lo que inspira tu viaje[11] y del gozo heredado[12]. Soy quien dispensa el fruto de la acción al ejecutor del sacrificio ritual, que nutre a todos los dioses con sus ofrendas. Soy el Reino, la dadora de bienestar, la conocedora de la esencia de las cosas. Vengo primera en todos los rituales. Mi esfera es amplia, yo habito todas las cosas…[13]»

Esta es la energía con la que nos estamos encontrando junto a Gisele, para que, entre los dos, ofrezcamos al público una narración más viva, más real, del Mahabharata. Así hacemos nuestra aportación al trabajo de continuar avivando la llama que guarda el Mahabharata, la llama en el centro de las aguas, la llama de la inmortalidad.

**

Dentro de quince días me propongo seguir este escrito, ampliando un poco la explicación de las decisiones que he tomado para la traducción de los textos y por qué considero tan importante tomar como referente algún texto de la tradición en cada entrada.

 

 

[1] Sri Aurobindo, citado por Medhananda en El juego de la Eternidad – traducción de Anandí

[2] Atharva Veda, Libro 6, Canto 132. – Traducción personal.

[3] Rudra

[4] Vasu

[5] Aditya

[6] Vishvadevas

[7] Indra

[8] Agni y Mira-Varuna

[9] Ashvin

[10] Tvastŗ

[11] Pushan

[12] Bhoga

[13] Devi Shukta, himno a la diosa original del Rig Veda X,125. Traducción basada en la de Olivia Cattedra en Upasana – Tesoros de la India, Mard el Plata, 2006.

¿Quién es Savitrí?

En el reino de Madra había un rey que no tenía hijos, llamado Ashvapati, “el señor de los caballos”.

Ante la hoguera sacrificial, la mirada de Ashvapati distinguió entre las llamas la danza del verbo monosilábico sū, que en sánscrito significa “mover, impulsar o vivificar”. La mente del rey sustantivó el verbo , y lo vio transformarse en la palabra sava, que puede significar “prole/hijos”.

La palabra sava atrajo a las memorias del rey, que le recordaron que sava es también uno de los nombres del Sol, o más bien dicho el poder vivificador del Sol. Recordó también la palabra Savitŗ, derivada de Sava, que es una de las maneras de llamar a la luz del sol antes de que el cuerpo del astro se haya asomado por la línea del horizonte.

Savitrī -recordó la consciencia del rey-, la versión femenina de Savitri, es también el nombre de la diosa de la inspiración, la esposa del que moldea el universo.

Y en el momento de recordar el nombre de la diosa, esta habló al corazón del rey en un tono dorado, y le aseguró que iba a impregnar la vida en el seno de la reina.

 

Así se generó la hija del rey, que creció como la luna, el rey de las estrellas, y al nacer recibió el nombre auspicioso de Savitrī.

Esta es Savitrī, la heroína del Mahābhārata.

 

La princesa Savitrī creció como la abundancia personificada. En su juventud desarrolló tanta bella que quienes la veían se sentían como si hubieran abrazado una ninfa celeste. Emanaba la perfección de una estatua dorada, y su mirada resplandecía con tanta energía que nadie se atrevía a pedir su mano.

El rey, comprendiendo las cualidades extraordinarias de su hija, le propuso viajar por los reinos y elegir ella misma al príncipe que le agradara más, para hacer él mismo de intermediario y unirla con el hombre de su elección.

 

Así, la princesa Savitrī, que se llamaba como la personificación de la inspiración, caminó por la tierra buscando al hombre. Y lo encontró en el bosque, hijo de un padre ciego, quien había perdido las glorias de sus dominios a manos de otro rey.

Satyavan, “el que posee realidad, el que posee sinceridad, el que posee verdad”, era un príncipe caído, sin ninguna otra posesión que su vida y sus actos, aficionado a modelar la arcilla que recogía en la orilla del río en forma de caballos. Energético, inteligente, valiente y generoso, con una capacidad profunda de perdonar, como lo mejor que puede dar de sí la raza humana. Era placentero de observar como la luna.

El único defecto de Satyavan era que iba a morir,

Pronto.

A Satyavan le quedaba un solo año de vida y los sabios que hablan con las estrellas así se lo hicieron saber al rey, quien informó a su vez a su hija, e intentó convencerla para elegir otra pareja.

 

-El dado solo se lanza una vez

 

Respondió Savitrī.

 

-Las cualidades que veo en él no las puedo encontrar en otra parte.

 

Respondió Savitrī

 

Porque la realidad y el impulso son uno, nada los puede separar. Ni siquiera la muerte.

 

Savitrī se desprendió de todos sus ornamentos y entró en la frondosidad de la selva, con Satyavan. Vivió

preparándose para el encuentro con la muerte un año entero. Vio su cuerpo, sus ideas, sus recuerdos, sus deseos, como una espiral en evolución; como una cinta de seda desenrollándose en un océano de aguas doradas por el sol del atardecer. Una luz que ella no podía exigir ni poseer[1].

Savitrī, con su resolución, fue capaz de seguir a Satyavan hacia las extensiones de la muerte. Y volvió con la vida de su amado.

Savitrī, la inspiración, rescata la vida de la jungla. Porque la inspiración, y la princesa Savitrī, el personaje de la historia, el personaje del Mahābhārata, perviven de generación en generación.

Seguimos soñando con el viaje de Savitrī, y meditando sobre la relación del amor con la vida, del amor con la muerte, de la vida con el sentido. Todo esto está en las tres respuestas que dió Savitrī  a la muerte; las tres respuestas con las que Savitrī desató el lazo de la muerte sobre Satyavan.

Esta es Savitrī, la heroína.

La que salvó al “que posee sinceridad” de la muerte.

 

Sobre las respuestas que Savitrī da a Yama, a la muerte, no me siento preparado para escribir. Considero también importante centrar la atención en Savitrī misma, y el sentido de su relación con Satyavan. El contenido de la conversación de Savitrī con la muerte es corto y conciso pero muy profundo. Tan profundo como la relación del ser humano con el amor y el sentido de la vida. Para compartir este diálogo prefiero haber profundizado un poco más en él.

Se puede leer el texto de las respuestas de Savitrī en el Droupadi Harana Parva del Mahābhārata, sección 33, de la edición puente traducida por Bibek Debroy; en la edición antigua aquí, o en una bonita traducción al castellano del sanscritista Oscar Pujol que la editorial Ediciones del oriente y el mediterráneo ha publicado bajo el título Savitrí, un episodio del Mahabhárata.

 

[1] Imagen inspirada por el comentario de Sri Aurobindo al quinto capítulo de la Bhagavad Gitā, en referencia sobretodo al concepto sánscrito de bhuta. La última frase proviene directamente del poema Savitri, también de Aurobindo, Libro VII Canto V.

Sobre si vale la pena buscar consejos matrimoniales en el Mahabharata

Esta primera entrada de 2017 la dedico a una de las primeras decisiones importantes de Bhishma, un personaje que sirve de eje al argumento del Mahabharata. La decisión a la que me refiero se describe en el texto como una anécdota que no parece mucha transcendencia cuando ocurre y se describe en un par de frases, pero las consecuencias de esta decisión acabarán causando que Bhishma abandone su cuerpo.

El Mahabharata, entre otras cosas, es una historia de enredos en la que actuar de manera correcta no es necesariamente sinónimo de éxito o garantía alguna de evitar el conflicto. La dinastía cuya historia explica el Mahabharata comienza con lío, mucho lío. Demasiado lío para poderlo resumir en esta entrada. Digamos solamente, para situarnos, que nos encontramos en un momento en el que un rey ha hecho un voto de castidad y dado que él, a causa de su voto, no podrá continuar el linaje real, decide buscarle conyugue a su hermanastro menor. El rey en voto de castidad es Bhishma, pero ahora el voto y su relación con el hermanastro no importa, lo que importa es que Bhishma está buscando la descendencia para su familia.

Bhishma se entera de que en el reino de Varanasi el rey está organizando un concurso al que vendrán jóvenes nobles de todos los reinos para demostrar sus cualidades e impresionar a las tres hijas del rey. El premio del concurso es ser elegido como esposo por una de las princesas y se presentan miles de pretendientes.

Aquí el texto hace una cabriola de estas que me impresionan tanto y me hacen pensar que una vida entera no será suficiente para entender el Mahabharata. Lo que quiero hacer en esta entrada es comentar este punto del texto y observar cómo se usa el lenguaje fantástico para explorar los espacios a los que no llega la razón.

La pirueta que hace el texto es afirmar, en referencia a la ceremonia de elección de pretendientes que describe, que esta ceremonia corresponde a la octava forma de casamiento, llamada «autoelección» (Svayamvara, en sánscrito).

Me he encontrado con muchas historias sagradas en las que aparece esta ceremonia pero cuando el Mahabharata habla de «octava forma de casarse», parece referirse a algún códice existente que regule estas formas, y concrete ocho maneras posibles de emparejarse. Aquí es donde el texto hace su “cabriola”. La leyenda dice que el sabio Vyasa, compositor del Mahabharata, le pidió al dios Ganesha que transcribiera el Mahabharata mientras él se lo dictaba. Ganesha aceptó con la condición de que el sabio dictara la obra entera de principio a fin, sin parar ni para dormir. Vyasa aceptó y para poder descansar intercalaba acertijos y enigmas filosóficos en la historia, que hacían que Ganesha levantara la cabeza y se quedara pensativo unos segundos, los cuales el sabio aprovechaba para descansar. Este momento parece ser uno de ellos.

Porque es cierto que existen ocho formas de emparejamiento registradas en los códigos de rituales domésticos de referencia (Grihya Sutras, Artha Shastra o el Código de Manu), en ambos se habla de ocho maneras de casarse, pero no se incluye el ritual de autoelección entre ellas. ¿Por qué esta línea del Mahabharata sitúa esta ceremonia (svayamvara) entre una de las ocho formas posibles de matrimonio? es un misterio, más aún a la luz de la siguiente línea: «[la ceremonia] que los instruidos recuerdan y los reyes elogian». ¿Es que la ceremonia en la que la mujer elegía un hombre entre varios pretendientes constituía un recuerdo del pasado, ya en la época del Mahabharata, y es posterior la composición de los códices? Yo, en este momento, no sé la respuesta a esta pregunta. Si estás leyendo esto y sabes algo al respeto por favor escríbeme algo, en los comentarios o a la dirección: respirarelmahabharata@gmail.com

Más allá de este pequeño gran enigma, quiero continuar con el discurso y las acciones de Bhishma en este punto de la historia. Bhishma se presenta en la ceremonia de autelección y exclama la mencionada frase: proclama que la ceremonia que está tomando lugar es «recordada por los sabios y respetada por los reyes», pero «aquellos que conocen el Dharma saben que la esposa tomada por la fuerza es la mejor», y acto seguido Bhishma lucha contra todos los pretendientes y secuestra a las tres princesas.

Ahora, es natural que nos sintamos repelidos por lo que está pasando en el texto, pero una doble, triple y cuádruple lectura de estas páginas abre la mirada a unos significados más sutiles de lo que parece a primera vista. Y aviso de antemano que no pretendo forzar un sofismo enrevesado para justificar ningún secuestro sino que quiero romper una lanza a favor de la complejidad y sensibilidad del Mahabharata. El texto, si se lee con cuidado, es muy imparcial, también visto desde la mirada post-feminista del siglo XXI. Bhishma irrumpe la ceremonia y guerrea contra los príncipes más feroces de la tierra. El texto describe, alaba, las proezas marciales de Bhishma por unas buenas dos páginas, hasta que victorioso, Bhishma se aleja en un carro con las tres princesas a bordo. «A las cuales trata como sobrinas». Es decir, la batalla de Bhishma es contra los otros pretendientes y la derrota es de ellos, en ningún momento se habla de hacer daño a las princesas, o menospreciar su persona o feminidad, ellas se mantienen a salvo, mientras los hombres compiten.

¿Pero y la opinión de ellas? Nos diremos. Y a esto responde la historia, inmediatamente. En el viaje de vuelta a su palacio una de las princesas habla: «Yo ya he elegido al rey de Soubha como marido. Esto yo ya lo había hecho anteriormente, y él ha aceptado mi mano. En la ceremonia yo iba a elegirlo a él. Tú conoces bien el Dharma y ahora sabiendo esto, decide lo que el Dharma implica». Ante esto Bhishma hace los arreglos para que la princesa vuelva a su reino.

Que Bhishma venza a otros príncipes para secuestrar unas princesas es correcto desde el punto de vista del Dharma, a menos que una ya haya elegido, entonces lo correcto es que ella vaya con su elegido. A lo que la princesa alude es a la llamada boda Gandharva, esta vez sí, una de las ocho formas regladas,  en la que hombre y mujer se emparejan por mutuo acuerdo. Es la boda más valorada en la sociedad occidental del siglo XXI, pero ahora me gustaría entrar en el significado profundo de la palabra Gandharva.  ¿Por qué hacerlo? De entrada, porque el texto hace un llamado a la reflexión en este punto. Primero, porque presenta un cruce de intereses sin sancionar ninguno de los dos, al contrario, presentándolos como de igual valor frente al Dharma (la armonía universal). Segundo, porque este enredo será la causa de que Bhishma abandone su cuerpo, a partir de ramificaciones que probablemente aparezcan en próximas entradas o futuras narraciones del Mahabharata.

¿Cuál es la ambigüedad de la boda Gandharva? La denominación en sí nos presenta la pista. Los Gandharva son seres astrales. Tienen cuerpos demasiado sutiles para que los podamos percibir con sentidos humanos. Se les describe como músicos de los Dioses; entretienen a las potencias que son mayores que ellos, a los Deva, y confunden a los humanos. Llama la atención que en el Atharva Veda, himnario referencial para la cultura del Mahabharata, ofrece un himno de protección contra los Gandharva: «como un joven, de apariencia exuberante, el Gandharva acecha las mujer. A él lo expulsamos de aquí con un poderoso hechizo» y las Apsara son las ninfas acuáticas, compañeras de los Gandharva, «marchad hacia el río, a sus vados, como levantadas por el viento, ¡habéis sido reconocidas!» (Ambas citas: Ath.Veda 5,37).

Los Gandharva y las Apsara son bellos, divertidos, sobretodo atrayentes, su presencia imperceptible embelesa el alma, ¿por qué protegerse contra ellos con conjuros? Esto ya es una pregunta que cada uno debe hacerle a su interior. ¿Qué deseo en la vida? ¿Existe otro propósito que el embelesamiento? No pretendo responder estas preguntas aquí, ni tampoco ofrecer una guía para hacerlo, lo que quiero ilustrar es la ambigüedad y la apertura que ofrece definir un tipo de emparejamiento como el «mutuo acuerdo» con una definición “mitológica”, o “simbólica”, como lo es el término Gandharva. Podemos ver que no nos encontramos con un claro juicio moral sino con otra cosa, algo mucho más flexible. Gandharva es una definición, que no cierra ni fuerza sino que apela al discernimiento interior desde este plano sutil hacia el que se expande la percepción cuando accede al pensamiento mitológico. Llámesele fantasía, si se quiere, pero una fantasía real; una fantasía que tiene que ver con el amor y la elección de pareja.

Por otra parte, el secuestro como “forma de emparejamiento”, se menciona en los códigos como boda Rakshasa. Los Rakshasa son seres monstruosos, con un físico muy concreto, tan material como el cuerpo humano, pero con poderes mágicos como la capacidad de volar y cambiar de forma a voluntad. Los Rakshasa son feroces depredadores y consumen carne humana. ¿Se refiere a este tipo de boda como algo positivo la exclamación de Bhishma? En primer lugar, según el código de Manu (3,21), esta boda es la única aceptada para un noble (Ksatriya). En segundo lugar, tal vez, lo que pueda tener de positivo este tipo de “boda”, a nivel material, es que en caso de secuestro, Bhishma no tendría ningún derecho a la propiedad de las princesas que secuestra ni las de sus reinos. Si Bhishma reclamara algo de su dote se consideraría su reclamo como robo. En este caso, Bhishma deja intacto las posesiones del reino de las princesas. Pero de nuevo ¿qué es lo que desean ellas? Y por extensión ¿qué desea el hermanastro de Bhishma? Se toma por supuesto que él estará contento cuando se le presenten dos desconocidas con las que debe casarse, igual que suponemos que dos personas que deciden casarse por la influencia de la melodía encantadora de los Gandharva serán más felices, pero sabemos que no es siempre así.

No pretendo con este escrito defender una u otra acción de los personajes del Mahabharata. Tampoco pretendo, como alguien pueda pensar, defender una ordenación patriarcal, matriarcal, o de ningún tipo en este escrito. Estoy comentando una historia sagrada y un códice legal/ritual. Todo códice es una idealización y representa a la sociedad que lo aplica tanto como una constitución nacional pueda representar a los individuos que respiran dentro del territorio que incumbe; es un mero referente. Lo único que quiero compartir aquí es la fluidez que aporta a un códice el lenguaje mítico. El hecho de dar a cada emparejamiento un nombre mitológico hace que obtenga un significado mayor que el del juicio binario de bien o mal. Las ocho formas de emparejamiento que definen los códices indios son primero una descripción de las posibilidades reales de emparejamiento. Nos guste o no, la realidad es de una manera determinada y ofrece un margen de acción que va desde la elección de la pareja al secuestro. Dentro de estas posibilidades de la realidad, fluye el sentido.

En mi opinión, lo que aporta el uso de un lenguaje “mitológico” en un códice ritual, es la opción de establecer normas y acuerdos sociales sin olvidar que estos no dejan de ser coordenadas temporales dentro del infinito. Allende las murallas del mundo, las murallas de la realidad y de la ley, el espacio es infinito. Con esto en mente vuelvo a honrar el Mahabharata como un texto que es de todo menos didáctico o taxativo, porque lo que nos ofrece es un espejo de la realidad en todos sus matices y uno se sitúa frente el Mahabharata de acuerdo a su discernimiento interior. Así es como el espejo del Mahabharata actúa como un catalizador, un estímulo del despertar interior.

Garuda y el elixir de la inmortalidad

Continuando la entrada anterior, esta vez quiero desarrollar un poco más el tema del linaje en los inicios del Mahābhārata.

El Mahābhārata, como ya escribí en otra entrada, consiste en la transcripción del relato que contó un conductor de carros (o bardo, depende de la versión) al rey Janamejaya, durante un sacrificio. Lo que el bardo le cuenta al rey es la historia de su linaje, el linaje del rey, iniciado por su antepasado, el monarca sagrado Bhārata. Pero la historia de este linaje comienza mucho antes del nacimiento de Bhārata; la historia comienza con el origen del tiempo, con la creación de la primera constelación, la osa mayor, que representa las siete mentes brillantes de las cuales emana el conocimiento universal (los saptarṣi). A continuación, la historia relata el primer encuentro de la luz con la oscuridad, cuando los dioses y los contra-dioses (devas y asuras) unieron fuerzas para batir juntos el océano infinito y extraer de él una gota de inmortalidad, una gota de infinito refinado si se quiere (amṛta). Los deva (dioses) se apoderaron del amṛta, del elixir de la inmortalidad, y gracias a él vencieron a los asura.

Los asura, derrotados en su plano, decidieron nacer en el plano material, entre las bestias salvajes y los humanos, para huir de los deva. Los deva los siguieron, encarnándose ellos también, entre sabios y monarcas, para defender el plano material de los excesos de los asura.

Durante este proceso de descenso, desde lo más sutil hasta lo más denso del plano material, uno de los primeros seres que nació en el mundo fue Garuḍa, un pájaro mágico que reunía en su persona el poder de todos los deva juntos; un águila capaz de tomar forma humana y cambiar el tamaño a voluntad. Cuando nació, salió del huevo como una llama que creció hasta alcanzar el cielo y todos los seres del universo temblaron y buscaron refugio en el dios del fuego.

Garuḍa, en su juventud, voló sobre toda la creación y decidió robar de los dioses el elixir de la inmortalidad.

Ahora tengo que interrumpir un momento la historia y disculparme de antemano por lo que va a continuar a partir de aquí. Es importante para mí recordar que los símbolos que despliega el Mahābhārata sobrepasan mi capacidad de comprensión y mi capacidad de asimilación. Lo que documento en este blog es mi relación con el texto, desde la espontaneidad, y lo que quiero decir con esto es que estoy documentando mi relación con el texto desde el error también, porque solo equivocándome aprenderé y me parece que documentar mis errores es un acto de sinceridad que favorece la unión con el texto. Recuerdo además que C.G. Jung decía que para la mentalidad occidental abrirse a lo ridículo permite acceder a lo sagrado. Es por esta razón que me permito abrirme a lo ridículo, asumiendo el peligro de equivocarme, con el objetivo de llegar a lo sagrado. Y lo que puede sonar ridículo a continuación, es mi interpretación del texto, y asumo el riesgo, pero quiero dejar claro que no dejo de ser consciente de que esta es una interpretación, no la verdad, y que si entro en lo ridículo es para llegar a lo sagrado.

Volviendo a Garuḍa, buscando el amṛta alcanzó el palacio de Indra, el monarca de los deva, y luchó solo contra todos los dioses, en su propio terreno. Con sus enormes alas levantó ventiscas que acabaron desperdigando a los dioses en todas las direcciones del universo. Los devas quedaron heridos y alejados del palacio en el que guardaban el amṛta.

Garuḍa se acercó al recipiente del elixir y lo encontró guardado dentro de una columna de fuego. Garuḍa creció y amplió su pico noventa veces noventa, para llenarlo de agua de los ríos, que vertió sobre el fuego. Tras bajar la intensidad de las llamas, Garuḍa tomó la forma de un muchacho dorado, y penetró el calor como un río entrando en el océano. Se encontró dentro del fuego un mecanismo de ruedas dentadas y cuchillas giratorias, virando alrededor del amṛta; una maquinaria sofisticada inventada por los deva para proteger a la inmortalidad. Garuḍa hizo su cuerpo extremadamente pequeño, y atravesó los radios de las ruedas cuando vio la apertura adecuada.

Tras  las ruedas, Garuḍa se encontró dos serpientes gigantes con una mirada fiera. Quien se interpusiera ante aquellos ojos brillantes ardería en las llamas de su veneno. Pero Garuḍa cegó a las serpientes lanzándoles arena con las alas y las atacó con el pico y las garras, descuartizándolas. A continuación, sin perder tiempo, recogió el amṛta con el pico y levantó el vuelo.

Para mí es muy sugerente que otro de los nombres de amṛta sea soma, que significa también luna, y si me quedo en el plano asociativo, esta descripción de Garuḍa alcanzando el amṛta me sugiere connotaciones sexuales también. Sexual, en el sentido profundo de la idea. Sexual en el sentido de la unión de las almas, a partir del cuerpo, a través del miedo y del campo de las fantasías y los sueños, hasta la luna y más allá. Soy consciente de que estoy entrando en aguas profundas compartiendo esta interpretación tan personal, pero confío en que pueda explicarme mejor en los párrafos que siguen.

Un par de capítulos más adelante, en el Mahābhārata, se narra como el descenso del linaje celestial a la tierra, que comenzó con el batir del océano universal, se comienza a concretar y se materializa en un primer rey humano: Dushyanta. Aparece el primer emperador del universo; el rey sagrado.

En las puertas de su vejez, Dushyanta persiguió durante una cacería a un ciervo y tras él acabó llegando a un bosque. El rey ordenó al séquito que lo seguía detenerse, y decidió adentrarse solo en la vegetación.

Se encontró en un bosque rico en cacería y todo tipo de árboles; el paisaje combinaba valles y montañas decoradas con rocas gigantes y peladas que sobresalían entre la vegetación tupida. No había señal de construcción humana.

Continuando su camino, el rey Dushyanta accedió a una apertura muy extensa en la vegetación, un espacio amplio como un campo abierto, pero rodeado de árboles. Tardó mucho en atravesarlo y al otro lado del espacio abierto entró en otro bosque en el que abundaban construcciones de ermitas sagradas, muy agradables a la vista. Continuó caminando por caminos en los que soplaba una corriente de aire fresca. Todo estaba en flor y cantaban los pájaros entre las ramas. Cuando la brisa soplaba más fuerte, levantaba de pétalos de flores en el aire y las abejas revoloteaban alrededor de las enredaderas.

Adentrándose más, el rey vio que el bosque estaba poblado por valakhilyas, seres sagrados diminutos y resplandecientes como el polvo anaranjado que flota en el aire cuando se sopla sobre unas brasas. El lugar estaba poblado de fuegos sacrificiales que se reflejaban en las lagunas transparentes que se iba encontrando entre las raíces de los árboles.

Dushyanta, el rey que nadie podía parar, llegó a una ermita grande, abrazada por las aguas de un río que parecía la madre de todos los seres. A medida que se acercaba a ella, se olvidó de todo cansancio y hambre. Empezó a escuchar los sonidos harmónicos de la recitación de los Vedas, los cantos de la sabiduría eterna, empezó a ver grupos de ascetas reunidos tranquilamente en diferentes rincones, cada grupo recitaba un canto diferente y todas las sílabas se armonizaban entre sí como la construcción de un gran edificio sonoro que ascendía hacia el cielo como si fuera el mismo palacio de Brahmā, el poeta de la creación.

Dushyanta entró a la ermita, buscando al sacerdote que estaba a cargo de ella, pero a la única persona a quién encontró es a Śakuntalā, sonriendo. Śakuntalā es hija de la unión de Viśvāmitra, uno de los sabios más célebres de la tierra, con  Menaka, una ninfa celestial dotada de una forma humana y la fluidez del agua. La sonrisa de Śakuntalā, mezcla de lo más elevado de la espiritualidad humana con la intensidad de las tormentas de verano, robó el corazón de Dushyanta.

Escribo esta historia con el relato de Garuḍa en mente todavía. Dushyanta, el primer rey que recuerda la humanidad, atraviesa el bosque del deseo carnal, de la cacería, para entrar en un espacio un poco más refinado de placeres, los placeres de la vista y el olfato, continuando hacia un palacio un poco más refinado, el del sonido, en el centro del cual se encuentra, más allá de Brahmā y de la creación, a la esencia del deseo: al amor. ¿Si el amṛta es la esencia del universo, o de la vida, el amor sería la esencia del deseo?

Pero Dushyanta vuelve a sus tierras, a la sociedad, a sus obligaciones de monarca, y deja en el bosque a Śakuntalā, quien ha quedado embarazada del iniciador de la dinastía cuya historia relata el Mahābhārata. Bhārata, el hijo de esta unión sensual, crece sano y tan fuerte que es capaz, en su todavía tierna infancia, de atar leones y tigres con cuerdas para jugar con ellos.

Y Śakuntalā ve que los años pasan pero Dushyanta no vuelve, así que decide tomar la iniciativa y salir del bosque para visitar al padre de su hijo.

Sorprendentemente, cuando se presentan ante él, Dushyanta reniega de ambos. Declara ante la corte no haber visto en su vida a Śakuntalā. Ante esto, ella contiene su ira y antes de maldecir a su antiguo amante, expresa un precioso discurso sobre la sinceridad y la lealtad. La sinceridad y la lealtad en general y en particular de un hombre hacia la mujer que ama. El que piensa una cosa en el corazón, dice Śakuntalā, pero expresa otra por los labios, es un ladrón que se está robando a sí mismo. (…) Cuando peca, un hombre se dice que está solo, pero es visto por todos los dioses y por todos los corazones;  la luna, el sol, el fuego, el viento, el cielo, la tierra, su corazón, la muerte, el amanecer y el ocaso conocen todas las acciones del hombre. Śakuntalā sigue hablando, y su discurso empieza a tratar sobre la muerte y la inmortalidad:  Si el dios que está en su corazón, dice Śakuntalā, quién es testigo de todos los actos, está contento, la muerte no molesta al humano, pero el que degrada su propio ser con la falsedad no encuentra refugio entre los dioses. Y en cuanto al hijo de los dos, Śakuntalā dice que los sabios ancianos sabían que cuando un marido entraba en la vientre de su esposa reemergía como un hijo. Es por esta razón que a la esposa se la conoce como jāyā (jāyā con A larga, significando “creación” o “nacimiento”, no confundir con jaya con A corta, que significa victoria en sánscrito).

Shakuntala continúa:

Mirando la cara del hijo nacido de su esposa, un hombre se ve como en un espejo y siente el placer de un hombre virtuoso alcanzando el cielo. (…) Incluso en el enfado, un hombre nunca debería expresar palabras desagradables hacia su esposa, (…) la esposa es el espacio sagrado en el que el marido renace. (…) Aunque seas uno, has sido dividido en dos, oh rey.

Me parece escuchar un eco, aquí también, de las enseñanzas que Kṛṣṇa le ofrecerá a Arjuna, mucho más adelante, en el centro del Mahābhārata, justo antes de comenzar la batalla final, recogidas en la famosa Bhagavad Gitā. Me parece reconocer un eco del discurso de Kŗșna sobre el alma inmortal, que se mueve de un cuerpo a otro a través de las muertes y los renacimientos continuos. Es en este sentido que veo en el relato de Garuḍa robando el amṛta algo sexual, como si la aventura del águila representara una mirada diferente al mismo evento enigmático que representa el encuentro de Dushyanta y Śakuntalā; otra expresión sincera del sentido profundo de la inmortalidad.

Tras el discurso de Śakuntalā, tengo que mencionarlo, Dushyanta se arrepiente y acoge a su hijo en brazos, es por eso que el niño poderoso pasa a llamarse Bhārata, el acogido. Y así comienza la gran saga del Mahābhārata.

Espero haber dejado un poco más claro a lo que me refiero con sexualidad, y la relación de la sexualidad con la inmortalidad. De todas maneras repito que no pretendo exponer mi interpretación como la lectura correcta de estos símbolos. Pero tampoco creo que sea errónea. El Mahābhārata, además de una narración es un tejido, o un código si se quiere, que combina diferentes velocidades de lectura: se puede entender desde una visión aérea, observando las grandes líneas argumentales que se cruzan en la historia, y con una mirada microscópica, recogiendo lentamente las perlas filosóficas que se esconden en cada frase. Además, el Mahābhārata se entiende con el subconsciente, con la intuición. Después, cuando uno quiere explicar el viaje que ha vivido tiene que volver al lenguaje, que es dual por naturaleza y de la dualidad nace la división. Lo que yo pueda llamar sexualidad en este comentario hoy, podría interpretarlo otro día de otra manera muy diferente, pero ambas interpretaciones no se contradicen, sino que se complementan. Lo que queda, es el vuelo de Garuḍa y la gota de amṛta que protegen los deva.

También es relevante mencionar que cuando Bhārata nace su madre Śakuntalā lo bendice con una bendición que parece tener una ironía amarga: Śakuntalā le promete que ninguna otra dinastía podrá desplazar a su linaje del poder, pero lo que acabará desgarrando a la descendencia de su hijo será precisamente una guerra civil en la que su prole se destruirá entre sí. Parece que hay una relación también, entre el batir original del océano universal, la lucha consecuente por el elixir de la inmortalidad, entre devas y asuras, y el descenso de esta lucha al plano material, que se refleja en la guerra civil que relata el Mahābhārata. Pero esto es para otro día…

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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