Parashara, el asceta, desciende de Vashishta, la estrella más sabia de la Osa Mayor. Está atravesando un río caudaloso, tan ancho que parece un mar.

Va en una pequeña embarcación que flota fragilmente sobre las aguas, guiada por una bella timonera.

Están a solas, él y ella, ella y él. La intimidad se une al destino; se han quedado solos por una razón que ninguno de los dos entiende, pero lo notan, aunque Parashara sea un místico célibre, y ella huela a pescado, algas y escamas de las profundidades. Porque aunque la madre de ella fue una ninfa ella nunca se ha sentido atractiva, o deseada, a pesar de su apriencia, por este olor que la aparta y aleja de los hombres.

Pero no de Parashara. Precisamente lo contrario.

Ella lo mira, y aparta la mirada. Él se declara, ella mira fuera del barco, hacia las aguas. Él suplica y promete. Que usará sus poderes mágicos, que ella seguirá siendo virgen, que los encolverá una niebla espesa y nadie los verá y que -y esa promesa cala profundamente- le cambiará el olor, y a partir de ese día ella olerá como un bosque de sándalo en flor.

Así se forja el destino de una mujer, y así se teje el destino de la humanidad: a partir del hijo de los dos, que tenía la piel negra, fue parido en una isla y recopiló estas historias antiguas para que las podamos contar.

“Esta divina palabra -Dios- no la podemos olvidar ni asegurar como propiedad, ni usar como moneda de cambio… La ocupación suprema del ser humano no deber ser hablar sobre Dios, sino escuchar su voz, cultivar la capacidad de percibir su sentido”1.

Imagen: Vibrata Chromodoris

1Gonzáez de Cardenal Dios, Sígueme, Salamanca, 2004, citado por Roberto Carlos Miras en En busca de los hombres. Ante los ojos de la historia, Vía directa Ediciones, 2026.