Hace un par de miles de años, los pájaros construían nidos para criar a sus polluelos, las vacas vivían en manada y las personas habitaban en unos pocos poblados y ciudades. La mayor parte de la tierra eran extensas regiones salvajes en las que los humanos apenas se adentraban, salvo por una necesidad concreta.
Pero Jajali, el místico, pasaba los días meditando en cuevas situadas en bosques cercanos al mar. Vestía una única tela, arrugada y gastada. Su piel estaba curtida, y su cabellera enredada, retorcida y endurecida tras años sin peinarse.
Llevaba aquella vida salvaje para consagrar todo su tiempo a prácticas místicas de concentración y resistencia al dolor. Gracias a ellas había adquirido el poder de meditar durante horas bajo el agua y de viajar por el mundo con el pensamiento. Y, al comprobar lo que era capaz de hacer, empezó a creer que no había nadie como él.
Entonces los duendes del agua le susurraron:
—No deberías hablar así, Jajali. En la ciudad de Varanasi hay un comerciante que podría darte una lección. Sigue este sendero y llegarás hasta él.
Jajali se puso en camino. Caminó durante meses hasta alcanzar las agitadas calles de la ciudad y presentarse ante el establecimiento de Tuladhara, quien habría de enseñarle algo que todavía ignoraba.
El místico, enjuto y lleno de energía, se plantó con postura firme ante el comerciante y le preguntó qué podía enseñarle sobre la vida. El tendero respondió que la vida consiste en reconciliarse con los seres vivos.
—Yo compro y vendo sin engañar; eso es todo lo que hago —decía Tuladhara—. No tener miedo ni infundir miedo a nadie: ahí está el éxito en la vida. Cuando uno ve a todos los seres como su propia alma, hasta los dioses se desconciertan y no saben cómo seguir sus pasos.
La gente vive obsesionada con sus tareas y acaba confundida. Hace siglos que muchos sacerdotes abandonaron su práctica interior y se dedicaron a ejecutar ritos para los gobernantes; eso los volvió avariciosos de las riquezas ajenas. Los no creyentes también han contribuido a esta deriva: como no confían en los ritos, piden a otros que los realicen por ellos. Así la falsedad se disfraza de autenticidad, y de ahí nacen el robo y otras prácticas indeseables.
Las ofrendas al fuego ascienden hacia el sol; del sol desciende la lluvia. De la lluvia brotan las cosechas, y de las cosechas se multiplica la descendencia. Antaño cada cual realizaba sus propios sacrificios y la tierra producía grano sin necesidad de labrar. Pero algunos comenzaron a oficiar los ritos con dudas sobre sus frutos, y de esas dudas surgieron personas avariciosas, sedientas de riqueza.
La sinceridad es una ofrenda. El autocontrol es una ofrenda. Abandonar los celos y la codicia también lo es. Así ofrecen los sabios y así caminan el sendero trazado por los dioses. Quien se entrega a esta práctica no codicia ganado para sacrificar; se sacrifica a sí mismo, postrándose como si fuera una brizna de hierba. La propia respiración es un espacio sagrado: no hace falta peregrinar a otros lugares.
Así hablaba el comerciante Tuladhara, hace tres mil años, en Varanasi, sobre lo que hoy llamaríamos la separación entre religión y poder. El sol brillaba y las olas del océano seguían empujando, ahora sí y ahora no, las rocas de la costa.
Hace casi once años que vivo meditando sobre el Mahabharata. Cuando prometí dedicar doce años a desarrollar una narración de esta obra, me hice esa promesa sobre todo a mí mismo. Estaba enamorado de las historias de la India y deseaba compartirlas, pero no quería aprovecharme de ellas ni ofrecer un producto apresurado, una tergiversación o una farsa.
Once años después comprendo que, haga lo que haga, siempre ofreceré una versión personal. También veo que, a medida que aprendo, olvido. No estoy seguro de que la narración que hoy puedo ofrecer sea técnicamente mejor que la de hace diez años. Yo he cambiado, es cierto, pero el mundo también.
Confío en que estas palabras sobre la guerra, la duda, la fe y aquello que sostiene el universo ayuden a que llueva paz sobre un mundo sediento de riquezas y de petróleo.
Imágen de Jacob Costen.

Es cert, les històries del Mahabharata canvien segons qui les explica, quan i qui les escolta, cada història es pot llegir diverses vegades i sempre arriba un aspecte diferent. Gràcies Michael