¿Qué tendrán que ver las luciérnagas que centellean en la noche con los soles que brillan diseminados por el cosmos, como miles de pupilas ardientes?
¿O qué tendrán que ver las flechas de hierro con las plumas de buitre?

El arco supremo de Yudhisthira, hijo del orden cósmico, tenía la empuñadura decorada con luciérnagas.
El arco de su hermano Nakula estaba adornado con soles radiantes, y el de su mellizo Sahadeva, con áureos saltamontes.
Esos mellizos fueron hijos del amanecer y del atardecer, hijos de los sirvientes de los dioses.

Así fueron ellos. En el pasado.
Un pasado tan lejano que sigue reverberando en este presente.
Que sigue, de hecho, creando este presente.

¿Qué tiene el pasado, que sigue siendo tan vigente?

El Mahabharata despliega una extensa y entrelazada historia que invoca el pasado.
De hecho, es el pasado mismo. De ahí su epíteto sánscrito itihasa: “así fue / así pasó”.

En el Mahabharata aparece un rey furioso, Duryodhana, que desea declarar la guerra.
Quiere que se preparen los generales, que se ciñan las armaduras, se aten las bridas, se engrasen las ruedas, se monten los elefantes, se levanten los campamentos, se movilicen los soldados y se afilen las espadas, las lanzas y las flechas.
Quiere que mueran sus enemigos, las tropas de sus enemigos, y las de los aliados de sus enemigos.
Quiere la victoria y la destrucción de sus contrarios.
Por encima de todo, sin reparar en lo justo, lo práctico o lo mejor para su gente o para el futuro.
El rey Duryodhana quiere la destrucción.

Pero no pudo destruir el presente.
Porque el presente existe.
Sigue aquí.
Somos nosotros.

Con nuestras incongruencias.
Los seres humanos tenemos muchas incongruencias. En psicología se conoce como disonancia cognitiva —o conductual, según el caso—: decir algo y hacer lo contrario.
Tenemos esa característica que nos hace muy humanos, muy imperfectos, pero también muy perfectos a la vez.
Todos buscamos la perfección, aunque nadie sepa realmente qué es, porque es subjetiva.
Como el éxito, que también lo es.
Porque, ¿cómo sería el mundo si el odio y la rabia tuvieran siempre éxito?

Queremos destruir el mundo cuando sentimos rabia.
Queremos salvarlo cuando sentimos compasión.
Somos incongruentes.

Somos odio cuando odiamos, somos rabia cuando rabiamos, somos amor cuando amamos, somos alegría cuando reímos, somos descenso cuando lloramos.
Estrellas y luciérnagas.
Puesta de sol y amanecer.

El Mahabharata —ese relato que es pasado en el presente— llama Krishna a eso que conoce lo que existe, existió y existirá.
Eso que conoce las fuerzas y debilidades de todo.
Lo conoce porque es la raíz: de nuestras victorias y de nuestros derrumbes, de nuestras vidas, posesiones, éxitos y fracasos.
Nuestra felicidad y nuestra desdicha están basadas en ello, porque todo lo está.
Es lo que crea y lo que otorga.

Cada uno lo llamará como quiera, pero seguirá siendo lo mismo.
Podemos entender el lenguaje de las luciérnagas, de las estrellas, del amanecer y de la oscuridad cuando escuchamos atentamente la reacción de nuestro cuerpo a sus mensajes.
Cuando escuchamos atentamente la reacción de nuestra imaginación al mundo, podemos entender —en nuestro idioma interno y personal— la relación que tenemos con él.

Y es así como se puede escuchar a Krishna, y al pasado, en el presente.
El Mahabharata no es un objeto, sino un mediador.
Un vehículo para escuchar el pasado tal como es ahora, en el presente.

Imágen: detalle de Shiva Vishvarupa, pintura nepalí, siglo XIX. Propiedad de Rubin museum of art. En Global Nepali museum.