He buscado, página a

página, en pliegues de

memórias compartidas

tu mirada elusiva.

Yo, que no sé, ni comprendo,

quién, ni qué ,soy, anhelo el

encuentro contigo, mundo,

que pasas como ventisca.

Ligero como un soplo

y complejo, como miles

de sueños y pesadillas

dolorosas y reales.

Me veo en mil pedazos:

mi mirada dividida

como un cristal quebrado

por el golpe de una roca.

En un fragmento te veo

mirandome en aquella

imágen que visitaba en

cada noche mi infancia.

Una visita onírica

recurrente en la que tú

te mostrabas con cabellos

de cobras ensangrentadas.

En otros fragmentos veo

dos figuras conversando.

Uno está estirado y

otro, sentado, al lado,

le pregunta y escucha.

¿Cómo se conquista la tierra?

Pregunta uno, el que está

sentado. Y responde

el otro sin levantarse:

Segando campos de trigo

para que vuelvan a crecer.

Ni el grano ni la tierra

mueren al pasar la hoz.

Los brotes cortados cubren

el reino y quienes quedan

cosechan un preciado

y valorado elixir:

El alivio al miedo

es con lo que el monarca

comercia a cambio

de preciada lealtad.

Así lo desea Indra

el dios de los monarcas,

quien habla en sueños

a quienes buscan el poder.

Quiere sacrificios,

me digo viendo la escena

transitar lentamente

en el cristal fragmentado.

A cambio de un respiro

del miedo omnipresente

un dios del poder exige

sacrificios de vidas.

En los sueños abre puertas

a las inspiraciones,

gestos y decisiones,

de los sirvientes del poder.

Produce así las guerras,

para recolectar vidas

y decirnos que el grano

nunca muere al guadañar.