Cómo hemos llegado a estar donde estmos

Una de las maneras que me parece más efectivas para presentar el Mahābhārata en una sola frase, es decir: el Mahābhārata es la historia de cómo hemos llegado aquí; de cómo hemos llegado a ser lo que somos; o a estar como estamos. Después se puede resumir el argumento de la obra, pero esta primera frase ya da a toda la narración un sentido especial

Quiero dedicar unas líneas a explicar qué quiero decir con esta frase de apertura (“el Mahābhārata es la historia de cómo hemos llegado a ser quienes somos”), y qué es lo que no quiero decir.

De entrada, cuando digo esta frase no lo hago en ningún sentido alegórico. La historia que narra el Mahābhārata es cien por cien real, y pasó tal como se cuenta, incluidos dioses, espíritus voladores de la noche, mujeres que reviven a sus maridos y armas mágicas que invocan vientos huracanados o ilusiones que confunden a los enemigos. Todo esto pasó, en esta tierra que habitamos. Si no nos parece plausible, tal vez deberíamos revisar la idea que tenemos de nosotros, y de la tierra. Y no abogo por creer de manera forzada en cosas que no vemos, sino preguntarnos sinceramente si lo que pensamos que vemos es lo que realmente vemos.  

La sensación agradable que nos produce el amanecer, y el temor que nos puede producir un bosque de noche, ¿de dónde vienen? De nuestra imaginación, podríamos decir, pero ¿de dónde viene nuestra imaginación? Si creemos que tenemos la imaginación dentro del cuerpo, y no viene de ninguna parte, sino que se desarrolla con nuestras neuronas, entonces estaremos de acuerdo en que todo lo que vemos es un tipo de imaginación. Porque aquello que llamamos percepciones son interpretaciones del entorno, influenciadas por recuerdos, aprendizajes anteriores, y lo que nos han contado sobre la realidad. La percepción directa, sin interpretación, es muy poco común, y sería difícil de recordar; precisamente porque sería libre de categorías, y lo que recordamos y repetimos son categorías.

El Mahābhārata nos recuerda que las categorías que usamos hoy para describir la realidad no son las únicas, y que nuestra mirada no abarca todo lo que hay, ni todo lo que somos. De ahí que el Mahābhārata nos recuerda quienes somos. Es decir, qué más podemos ser, aparte de lo que pensamos que somos.

Y en segundo lugar es importante decir que el Mahābhārata es más que una historia bella que alguien inventó. ¿Por qué? Porque se puede renarrar de tantas maneras distintas.

Un poema siempre depende de las palabras que usa, exactamente, para seguir siendo lo que es. Si resumo un poema, y digo que el autor dijo algo bonito sobre unos pájaros y la luna, el poema ya no está, ni el noventa y nueve por ciento de su belleza. En cambio, si digo que el Mahābhārata narra la guerra que hizo que cayera la humanidad anterior, y empezara esta era de la confusión en la que vivimos, hay algo que nos llega enseguida a las entrañas: El Mahābhārata.

El Mahābhārata, ya sea en lenguaje poético, en lenguaje vulgar, en sánscrito, en tamil, siamés, árabe o castellano, pintado, bailado o actuado, seguirá siendo el Mahābhārata. Los cuestionamientos éticos y existenciales del Mahābhārata, empezando por ese recuerdo de una guerra total que hizo caer la humanidad, pero fue necesaria para iniciar nuestra era, siempre nos van a inspirar, ya sean narrados de manera infantil o académica. El Mahābhārata siempre nos va a llevar a la cuestión de quiénes somos, qué es lo que importa realmente, y qué hacemos aquí. Por esto el Mahābhārata es la narración de cómo hemos llegado a ser lo que somos. Lo que no tenemos tan claro, probablemente, es quiénes somos. Ni qué es el tiempo, ni qué es realmente esto que llamamos el mundo.

¿Para qué sirve el arte?

Los Daityas fueron los descendientes de Diti: la diosa de los límites. Antes del gran olvido tenían sus lugares, sus planetas, con palacios voladores que usaban para visitar la tierra, donde tenían bases, o reinos, en los que aterrizar.  En la tierra les esperaban cultivos, súbitos y emisarios; pero todo eso fue antes del olvido.

Los Daityas tuvieron un rey, de nombre Bana, quien tenía una hija que se llamaba Usha, como el amanecer. En la tierra vivía en un palacio que tenía las paredes cubiertas de decoraciones entrecruzadas como laberintos naturales. Había cientos de lámparas doradas, colgadas de todos los techos, y los jardines estaban llenos de balsas y piscinas decorativas en las que jugaban las aves y las flores. Y una noche, cuando la princesa amanecer dormía en su lecho de madera tallada, soñó que la visitaba, en aquél mismo dormitorio, un joven con una cara aniñada, inocente y bondados.

-Recuerda – le decía el joven. -Recuerda cuando te llamabas Tillotama. Eras una bailarina celeste. Tu cuerpo era libre como el agua en el río, y estabas enamorada de uno de los rayos del sol. Hacíais el amor en el bosque, y disfrutabais con tanta intensidad que vuestros gemidos esparcían las nubes.

No os disteis cuenta de que allí cerca meditaba el asceta Durvasa. Llevaba tanto tiempo sin moverse que había quedado cubierto por un hormiguero.

Tus gemidos interrumpieron su concentración, y el sabio se enfureció tanto que te maldijo. Él te condenó a nacer como Daitya: como heredera del linaje rebelde, ególatra y ambicioso de los hijos de Diti, la diosa de los límites. Pero antes de ser una Ápsara (bailarina celeste) estabas en todas partes, fuiste potencialidad pura (Shakti), y brillo (tejas); esplendorosa, no había nada que pudiera frenar tu expansión. Y yo era tu brillo y tu poder. Despierta de este sueño que te hace creer lejana de mí. Despierta de tu olvido-

Y con esas últimas palabras el sueño se desvaneció. La princesa Usha despertó en su dormitorio perfumado con jasmín, pero no podía olvidar aquella cara aniñada que le había hablado en el sueño.

Se pasó los días siguientes pintando un retrato de aquella cara, y no descansó hasta que consiguió representar la misma mirada bondadosa. Los artesanos de la corte hicieron copias, que se llevaron mensajeros y espías, vestidos de mendigos, monjes, guerreros, comerciantes y cónsules, por todos los reinos de la tierra. Y encontraron a quien buscaban. El chico del sueño, el joven con la cara aniñada y dulce, era el nieto de Krishna, de nombre Aniruddha, “el que no se puede constreñir”.

La princesa amanecer (Usha) y el príncipe ingobernable (Aniruddha) se casaron y tuvieron como hijo a Vajra. Fue él, Vajra, quien siguió recordando a su bisabuelo cuando cayó el olvido sobre la humanidad y llegó esta era de la confusión en la que estamos viviendo. Vajra siguió recordando a sus ancestros, y mostró a quien quisiera ver los bosques en los que había crecido Krishna, los mares en los que se había hundido Dvaraka, junto al desaparecido clan de los Vrishni, el río que cruzó el padre de Krishna para salvar a su hijo, y todos los lugares que fueren relevantes para ese avatar.

¿Deberíamos creer, entonces, según esta historia, que la energía creativa (shakti), unida al esplendor (tejas) de la creación, emana arquetipos divinos (avatares); algunos de los cuales, como Krishna, o su nieto Aniruddha, nacieron en la tierra en tiempos pasados, anteriores al recuerdo de las piedras?

Dicen que Gautama Budha dijo que el apego a las doctrinas sobre el yo es uno de los obstáculos de la liberación. Convencerse de que hay una manera de explicar la aparición del yo, del mundo, y de la realidad, es como una cárcel mental. La explicación que nos hacemos del mundo nos puede terminar atrapando. No nos confiemos demasiado y recordemos que si esta historia nos parece imposible es solo porque no encaja con nuestra manera de explicarnos el mundo, pero si nos convence esta historia, vale la pena recordar, también, que si lo hace es solo porque encaja con nuestra manera de explicarnos el mundo. No deberíamos dormirnos sobre nuestra visión personal de las cosas. Pero, ¿por qué deberíamos hacer caso de algo que pudo haber dicho, alguna vez, un supuesto maestro espiritual cuya existencia histórica no podemos demostrar?

Deber, lo que se dice deber, no debemos. Nadie nos obliga. Ni a pensar en lo que dijo Budha,  ni a tomarnos en serio esta historia que acabo de contar. Pero hay un sentido interior, que reconoce una verdad cuando la oye, o cuando la ve, o cuando la piensa. Hay un sentido interior que reconoce el camino en la oscuridad. Este sentido interior está más allá de cada inspiración, y de cada expiración. Se llama Antarayama, en sánscrito, y es una encarnación de Krishna. Las buenas historias nos lo recuerdan, más allá de los detalles y las imágenes que evocan. Más allá de las palabras, y más allá de la inspiración.

Los textos que se han usado para esta narración son Ahirbudhnya samhita, Lakshmi tantra samhita, sermón 22 de Majhima nikaya (Sermones medios del buda) y Srimad bhagavata purana, canto X. Se considera que la visión esotérica de la cadena de relaciones que lleva desde la creación del mundo hasta la experiencia de alma personal, que desarrollan el Ahirbudhnya Samhita, y Lakshmi Tantra samhita, y en cierta medida partes del Srimad Bhagavata Purana, están relacionados con el discurso llamado Narayaniya, que Bhishma desarrolla en el canto 66 del Bhishma Parva, en el Mahābhārata. Quien quiera investigar más puede examinar tanto estas fuentes como su propio corazón.

¿Cómo murió Krishna?

Habían pasado 36 años, desde la guerra de la vergüenza, cuando llegaron los malos augurios: vientos huracanados traían lluvias de piedras, las aves volaban en círculos contrarios al sentido de la tierra, la corriente de los ríos volvía hacia atrás, las cuatro direcciones se cubrían de niebla, polvo tapaba el disco solar, la luna y el sol se veían siempre rodeados de una aureola negra y roja y por todas partes caían meteoritos como carbones incandescentes.

El rey entendió, entonces, que Krishna estaba partiendo.

Unos pocos supervivientes de aquella guerra innombrable, que había cosechado las vidas de los guerreros de la tierra, fueron los Vrishni, el clan al que pertenecía Krishna.

¿Y quién eres tú Krishna? ¿Qué significa tu nombre estrellado? Cuenta la historia que el clan de los Vrishni estaba marcado por una maldición, y dicen que fuiste tu, Krishna, quien la había llevado sobre ellos.

Años atrás el campamento de los Vrishni fue visitado por los sabios Nárada, Vishvamitra y Kanva. Los guerreros de la asamblea recibieron a los tres sabios con un juego que les costó la vida. ¿Por qué? Dicen que el destino lo sabe.

¿Y cuál fue ese juego? Dicen que a los Vrishni se les ocurrió vestir a uno de sus guerreros de mujer y presentarlo así a los sabios:

-Esta joven está en su período más fértil del mes – dijeron los guerreros, embriagados de humor -es la obligación de uno de vosotros, oh sabios ilustres, dejarla embarazada.

Pero a los sabios no les gustó nada la broma, y respondieron con una maldición:

-Este guerrero, vestido de mujer, quedará embarazado y dará a luz a una vara de hierro que será la muerte de todos vosotros. Excepto Krishna y su hermano Bala Rama. Porque sois todos crueles e insolentes.

Después Bala Rama llegará al océano y descartará allí su cuerpo. Cuando Krishna se siente a descansar en el bosque será atravesado por la flecha de un cazador. –

Se cuenta que los ojos de los sabios estaban rojos de furia cuando emitieron esas palabras. Krishna se retiró a sus aposentos sin decir nada.

El guerrero que se había vestido de mujer dio a luz a una vara de hierro, que los Vrishni convirtieron en un polvo fino de hierro que vertieron al mar.

Pero años después, cuando llegaron los malos augurios, los Vrishni vieron como el disco arrojadizo de Krishna, un arma que le había sido entregada por el dios del fuego, volvía volando al cielo. Los caballos de Krishna, que eran rápidos como el pensamiento, huyeron de la ciudad cabalgando sobre las aguas hasta perderse en el horizonte marítimo.

Y se cuenta que los guerreros Vrishni intentaron salvar la situación peregrinando juntos a un santuario frente al océano, pero se les ocurrió llevar con ellos distintos tipos de licor. Los Vrishni se emborracharon frente al santuario, en la noche fatal de su extinción, y con la intoxicación llegó la discordia, y con la discordia llegó la pelea, que desencadenó en una batalla campal.

El misterio, cuentan, es que en su furia los Vrishni arrancaban pedazos de hierba del lugar, y cada brizna se convertía en una vara de metal.

El polvo maldito que habían volcado en el mar había alimentado la vegetación de la costa, y se dividió en miles de bastones, con los que los Vrishni se exterminaron unos a otros. A excepción de Krishna, y su hermano Bala Rama, que no habían participado en el festín.

Esa misma noche Bala Rama abandonó su cuerpo frente al mar, y Krishna murió al día siguiente en el bosque. De esto hablará la entrada que viene. ¿De qué manera trajo Krishna esa maldición sobre su linaje? De eso hablaremos también, en próximas entradas. ¿Y por qué son relevantes estos detalles sobre la muerte de Krishna? Pues la verdad es que nunca llegarán a ser del todo relevantes mientras los sigamos viendo como la historia que contó alguien sobre alguien. Porque Krishna es la última verdad filosófica, el que hace que todo pase (prabhu), el sostén de todo lo que existe (nivasa), lo más cercano a todos los corazones (suhrut) y la semilla (bija) de todo lo que existe. Si pensamos en Krishna como un “ello”, un concepto abstracto, o un “él”, un ídolo de piedra, estamos viendo al mundo, a todo lo que nos rodea, y a nosotros mismos, como un concepto, o un pedazo de tierra. Si descendemos por este camino ninguna historia acabará siendo relevante para nada. Pero si nos atrevemos a dirigirnos a Krishna en segunda persona, y preguntar a nuestro corazón, a cada árbol y a cada instante ¿tú quien eres, y qué necesitas expresar? Esta historia nos hablará del sentido de la vida.

Para qué sirve la narración / las tres respuestas de Savitri

El Mahabharata es la historia de la escalada, el estallido y las consecuencias de un conflicto bélico. De una guerra entre familiares; como lo son todas, porque todas las guerras representan un conflicto dentro de la misma familia humana.

En el caso del Mahabharata los bandos enfrentados son herederos de un mismo linaje, el linaje de los descendientes de Kuru, un rey legendario. La batalla, como indica el texto del Mahabharata, tiene lugar en Kurukshetra, “el campo de los Kuru”. Kshetra, igual que la palabra campo, indica un espacio delimitado; ya sea geográfico, anatómico o temático. El campo de los Kuru es un espacio geográfico delimitado, que pertenecía a los descendientes de Kuru, en el cual estos mismos descendientes, divididos en dos bandos, guerrearon su batalla transcendental.

El campo de los Kuru, es también el campo del Dharma. El primer verso de la Bhagavad Gita, uno de los textos filosóficos más conocidos de la tradición india, que está incluido en el mismo Mahabharata, así lo dice: En el campo de los Kuru, el campo del Dharma, se reunieron los dos bandos dispuestos a guerrear (Ver Bg.Gt. 1.1)

El Dharma es el sostén del universo. Un ritmo, o algoritmo universal, que ordena la realidad más allá de la comprensión humana; algo tan sutil que es mejor no hablar de ello, para no acabar diciendo burradas, y a la vez algo tan importante que sostiene el funcionamiento universal, desde el girar de los átomos hasta la expansión de la luz por  la galaxia.

En un mismo espacio, convergen estas dos polaridades. Por un lado, el campo de acción de los personajes del Mahabharata es el de lo personal y lo concreto. El campo que enmarcaron sus antepasados, un espacio físico atado a las modificaciones del tiempo, al pacto social, al linaje y a las memorias personales. Por otro lado, este mismo espacio es el espacio de lo universal; de lo eterno.

Así es también nuestro barrio: las calles de nuestros recuerdos y las esquinas del Dharma. Cuando bajamos a comprar el pan estamos atravesando, también, lo numinoso, el secreto que transciende las palabras.

Narrando el secreto

Una narración es una suma de elementos. Si digo la palabra cielo, uno tiene una determinada visualización. Si digo la palabra oscuridad, esta vendrá sucedida por otra visualización. Si digo pájaro, es de esperar que uno visualice algún tipo de ave, el dibujo de un pájaro o algo relacionado con este campo semántico. Pero si digo cielo oscuridad pájaro, es fácil que uno visualice el vuelo de un ave a través de un cielo oscuro, y con suficiente atención es más que probable que uno pueda empalizar con lo que este pájaro pueda sentir.

El simple ejercicio de sumar las palabras y enhebrarlas en el tiempo como cuentas atravesadas por un hilo produce una segunda visión. Más allá del significado de cada palabra por separado aparece el destello de otro universo, más sutil, al cual se refiere la narración, más allá de las palabras que la componen. Se nos aparece el campo, el espacio, en el que vuela el pájaro.

Toda narración, toda suma de palabras, es un cruce entre el plano concreto y personal, atado al tiempo, con el plano transcendente en el que vuela nuestro destino.

Savitri, la heroína que salvó a su amado de la muerte, lo salvó usando una narración.

El Mahabharata cuenta que el Dharma se llevó el alma del amado de Savitri, porque ese era su destino, y Savitri, por la fuerza de su amor, pudo seguir al Dharma e incordiarlo durante su partida hacia el más allá:

Savitri, hija mía, ¿por qué me sigues? Este es el destino de todos los mortales– Le dice Dharma.

No te sigo a ti, padre mío, sino que también es el destino de toda mujer ir donde su amor la lleva. Y la ley eterna no separa al amante esposo de la fiel esposa. – Responde ella.

La respuesta de Savitri agrada al Dharma. El Dharma se acerca a ella y quiere regalarle un regalo, el que sea, menos la vida de su amado.

Savitri pide al Dharma, al orden sutil del universo, que le devuelva la vista a su suegro ciego.

Y Savitri continúa siguiendo al Dharma hacia el otro mundo. No puedo hacer otra cosa, le dice al Dharma, porque su alma sigue siendo la mía, por lo que me veo unida a él. Y esto también le agrada al amparo universal, que otorga otro favor a Savitri. Y ella pide que su suegro, el padre de su difunto amado, recupere el reino que había perdido.

Concedido, hija, pero vuélvete porque ningún ser vivo puede seguir a Yama, – o si se quiere, ningún ser vivo puede seguir el Dharma a estos planos tan sutiles. 

Porque, continúa hablando el Dharma, –¿y si tu marido ha sido un malvado y me lo estoy llevando a su infierno, lo vas a seguir igual?

Al infierno o al cielo, iré donde va él, ya sea en vida ya sea en la muerte. Responde Savitri, y esto agrada por tercera vez al Dharma, que le concede otro regalo. A esto Savitri responde que lo que le gustaría es que continuara sobre la tierra, -en lo concreto, en lo personal- el linaje de su suegro.

El amado de Savitri es hijo único, y la única manera de que continúe el linaje de su familia en la tierra es devolviéndolo al mundo; devolviendo la vida a su cuerpo.

¿Consigue Savitri engañar a Yama o se deja el Dharma engañar por esta heroína para legarnos a todos la narración de su hazaña?

¿Y cuál es el secreto de las respuestas de Savitri? ¿Qué podemos aprender de ellas?

Mi propuesta es que lo que podemos aprender de las respuestas de Savitri está escondido en la narración. Es decir, la suma de preguntas y respuestas en el diálogo entre Savitri y el Dharma abre la percepción a un espacio que transciende la temporalidad, y lo que transciende la temporalidad transciende el lenguaje, porque las palabras son concretas y están ancladas en lo lineal.

Lo que las narraciones espirituales del Mahabharata trazan es un sendero hacia lo sagrado, desde lo concreto. Porque palabras como sagrado, espiritual o Dios, no tienen mucho sentido para los herederos del materialismo, que hemos perdido el contacto con lo transcendente a causa de una larga educación de negación de lo divino, por un lado, y la utilización de la imaginería tradicional de lo sagrado para fines materiales, por otro.

Pero el plano sutil existe, porque sin él, ir a comprar el pan se convierte en una experiencia seca y apagada, y los rayos del sol temprano no son más que una molestia, un estorbo más en el tedioso paso de los días. Sin embargo cuando aceptamos la presencia sutil de los sagrado la luz del mismo sol puede ser casi tan alimenticia como el pan que no sabemos hasta cuándo vamos a poder pagar.

En el campo de lo concreto, y en el campo de lo sutil, transita el ser humano. Las narraciones sagradas nos permiten comprender ambos caminos, y reajustar el paso por uno y otro, y la relación entre ambas caras de una misma realidad.

¿Cómo entender la respuesta de Savitri? Leyéndola, y dejando que el pájaro de la intuición vuele por el cielo de lo innombrable. Y cuando lo perdemos de vista en el horizonte, volvemos a leer las respuestas de Savitri, y mandamos otro pájaro. Porque mientras vivamos, y no perdamos de vista las narraciones sagradas, no habremos perdido el sendero de la inmortalidad.

Escuchar el Mahabharata

¿Cómo se escribe la escucha?
Intentar describir la escucha con palabras sería incongruente, porque un texto es un discurso y el discurso es precisamente lo opuesto a la escucha. Sin embargo me he propuesto esta vez intentar escribir la escucha. Me lo he propuesto porque la intención de este cuaderno de bitácora es ir documentando el estado en el que me encuentro dentro de este proyecto llamado Respirar el Mahabharata y siento que estas últimas semanas he comenzado a escuchar el Mahabharata.
Hasta ahora he cuestionado el texto, y estoy aprendiendo que cuando uno hace una pregunta tiene que tomarse el tiempo también para escuchar la respuesta. Ahora que se acerca la fecha del estreno de la representación de la narración del primer tomo del Mahabharata (el próximo 12 de Diciembre), he decidido releer una vez más las primeras 500-600 páginas de la obra pero de principio a fin como si fuera una novela. No tomo ninguna nota, no releo ningún capítulo, no investigo más, solo leo poco a poco y siento lo que me pasa sin juzgar ni analizar. Estoy escuchando el Mahabharata con una apertura que no había tenido hasta ahora. De hecho la manera en que leo los Purana (otros textos que complementan al Mahabharata) ha cambiado también. Ya no intento memorizar nada. Me doy cuenta de que los Purana ya repiten por sí mismos los puntos importantes, y de manera diferente cada vez. No me esfuerzo en memorizar las historias sino que las leo y observo cómo van transformando mi manera de pensar y de vivir mi día a día como si observara el cambio de las estaciones en el parque que tengo delante de casa.
¿Sería posible, me pregunto, compartir la experiencia que tengo cuando escucho el Mahabharata? Porque ninguna de estas historias que ya conozco me suenan igual, ahora que las leo con otra intención. ¿Pero cómo describir lo que veo ahora? Podría armar escritos sobre mis nuevas conclusiones, pero estos se volverían discursos simbólicos y esotéricos que probablemente tengan sentido solo para mí o en el mejor de los casos representarían un discurso más, compuesto con el Mahabharata como excusa. Pero lo que me interesa es describir el acto de escuchar un texto.
Lo primero que se me ocurre, para escribir sobre la escucha, es decir el Mahabharata más que parecerse a una novela tiene características de jeroglífico. Y esto es algo que yo tampoco comprendo del todo, pero me esfuerzo en describir aquí qué entiendo por un “texto jeroglífico” con la intención de ordenarme las ideas y de paso creo que me ayudará indirectamente a describir la experiencia de la escucha.
Cuando digo que el Mahabharata es un jeroglífico pienso en que no está compuesto de un argumento lineal sino de historias que comienzan y antes de terminar inician otra historia que contiene en su interior otra historia a su vez, u otra, u otra más, y todo mezclado con invocaciones, discursos éticos, consejos de decoro, reglas de rituales y diálogos filosóficos. Dependiendo del estado de ánimo que se tenga, se leen en el Mahabharata cosas diferentes; uno se fija en aquello hacia lo que está más receptivo cada vez. El Mahabharata tiene una cualidad más abierta que una novela, o una historia. No es una fábula, ni es meramente un mito.
Por poner un ejemplo, hace unos meses compartí una breve descripción de la historia de Garuda, el ave de fuego que robó el elixir de la inmortalidad a los dioses (Deva). Cuando compartí un esbozo de su historia tuve que resumir y omití la descripción de su nacimiento. Voy a compartir ahora una traducción del fragmento que describe el nacimiento de Garuda, añadiendo entre paréntesis y en cursiva comentarios y preguntas que me hago sobre este fragmento a medida que lo leo. Con esto quiero compartir cuánta curiosidad puede crear un texto tan corto y en principio tan críptico:
«Cuando llegó el momento Garuda, lleno de energía, quebró el huevo sin la ayuda de su madre y emergió. Parecía una masa de fuego en llamas y su apariencia infundía el terror. En el momento en que nació, el ave creció hasta alcanzar un tamaño gigantesco, elevándose hacia el cielo. Al verlo, todos los seres buscaron refugio en el más brillante entre los bienes; se postraron ante la forma universal de este dios, que estaba sentado en su lugar asignado, y se dirigieron a él de esta manera: «Oh Agni (fuego), no extiendas tu cuerpo. ¿Es que has decidido calcinarnos? Mira lo que está pasando, la enorme masa de llamas se está expandiendo». Y Agni les respondió: «¡Oh perseguidores de asuras! No es lo que pensáis. Es el poderoso Garuda, equivalente a mí en energía». Informados de esta manera, los dioses y todos los sabios se dirigieron a Garuda y desde la distancia le adoraron con estas palabras: «¡Oh señor de las aves! Eres un Rishi. Puedes obtener la mejor parte de la ceremonia. Eres un dios. Eres el supremo protector. Eres el océano de poder, eres pureza. Estás más allá de las cualidades y la oscuridad. Eres el dueño del furor (¿dueño del furor?). No puedes ser conquistado. Hemos oído que eres el hacedor de todas las grandes hazañas. Eres todo lo que no ha sido y todo lo que ha sido. Eres el conocimiento supremo (¿qué significa conocimiento supremo?). Sobrepasando los rayos del sol, produces todo lo que es permanente y todo lo que es transitorio (esto es porque el sol que vemos, esa bola de fuego que arde en el centro de nuestro sistema solar, no es el sol propiamente, sino un objeto creado por el arquitecto de los dioses que nos permite soportar el brillo del auténtico sol. El sol verdadero es la energía que enciende el sol que podemos ver). Oscureciendo el brillo del sol, eres el destructor de todo. Eres todo lo que muere y todo lo que no lo hace. ¡Oh Dios! Con un brillo equivalente al del fuego lo consumes todo, igual que el sol quema todos los seres en su furia. Eres como el fuego horrible que todo lo consume al final de una era, cuando todo se consume en el ciclo de la destrucción. ¡Oh rey de las aves! Acercándonos a ti buscamos tu protección. Te mueves por el cielo, tu energía no tiene restricción, eres poderoso como el fuego (todo el fuego, no solo las llamas visibles en una hoguera, también el calor que mueve todos los cuerpos). Eres la majestuosa ave Garuda, alcanzas las nubes. Nos hemos acercado a ti. Eres el que concede las ayudas e incomparable en tu fuerza.»
Una cosa que me gusta del Mahabharata es que no tiene ningún complejo para el uso del énfasis. No encuentro fácilmente textos tan entusiastas en la literatura moderna. Pero por otra parte, ¿por qué iba a ser menos entusiasta? Está hablando de Garuda, algo que se expande mucho más allá de nuestra comprensión. Sin embargo el siguiente párrafo del Mahabharata contrasta esta poderosa expresión de admiración con un detalle tierno. Dice que «entonces ese pájaro, capaz de viajar a cualquier lugar según su voluntad y capaz de reunir energía en el momento en que lo desee, fue a la casa de su mamá». Evito ahora posibles comentarios sobre el alto contenido simbólico de las líneas citadas para no caer en la parrafada esotérica que ya he conseguido evitar al principio de este escrito. Lo que voy a hacer, para abrir más el campo de visión, o la escucha, es relacionar este texto con una descripción que recojo del Devi Bhagavata Purana, una recopilación de historias sagradas en las que aparecen muchos de los elementos de los que habla el Mahabharata, pero desde el punto de vista de lo femenino. El Mahabharata dice que Garuda es energía, equivalente al fuego, y tiene una madre. En el Devi Bhagavata Purana encontramos un texto de veneración al principio femenino del universo, que el texto sánscrito denomina Shakti y traduzco aquí por Fuerza tomando el ejemplo Swami Vijnanananda. También traduzco al castellano términos sánscritos que habitualmente no se traducen para compartir una versión más cercana del texto:
«Algunas personas mencionan a Vishnu como el omnipresente, el que protege a todos los dioses porque es el mejor entre ellos. Según estas personas todo lo que contiene este universo, lo móvil y lo inmóvil, es creado por La llamada que reside en el corazón y despierta hombres y mujeres para que sigan su camino, se postran ante ella y la llaman Vishnu. Otros adoran a la vibración original que percute todas las acciones, la llaman Shiva, el que reside sentado en el centro del universo con su esposa dorada compartiendo la mitad de su cuerpo. Hay personas que conocen los textos sagrados y adoran cada día al sol, por la mañana, al mediodía y al atardecer. Otros, expertos en los textos, adoran los dioses, al fuego, al que rige los sentidos y al guardián de la justicia de cuerpo oscuro y mirada dorada. Los que son grandes pensadores declaran que la percepción, la inferencia y el testimonio verbal son los tres modos de probar la realidad. Otros pensadores añaden a estas tres maneras de comprender la realidad una cuarta: la comparación. Otros añaden una quinta: la deducción a partir de elementos conocidos, y las escrituras de la escuela filosófica llamada Vedanta declaran que la Causa Elemental del Universo no puede ser comprendida usando ninguna de estas técnicas. Los seguidores de esta escuela usan la razón para llegar a la comprensión de la existencia irrefutable del Ser. Una persona inteligente debería asumir aquello que se percibe como evidente y aquello que puede ser inferido por la observación y el análisis de la conducta adecuada. Las historias sagradas dicen que la Fuerza primordial está presente en Brahma como la fuerza creadora, en Hari como la fuerza que preserva, en Hara como la fuerza que destruye y en la tortuga Kurma y la serpiente de mil cabezas Ananta como la fuerza que guarda; en el fuego como fuerza que quema, en el aire como la fuerza que mueve y que la Fuerza está presente en todas partes en todas las manifestaciones.
En todo el universo todo lo que existe es incapaz de efectuar ninguna acción si es privado de su fuerza. La fuerza está presente en todas partes y en cada elemento del universo desde el supremo Brahma hasta la más pequeña brizna de hierba, en todo lo móvil y en lo inmóvil a la vez. Todo se vuelve inerte si es privado de su fuerza; la conquista de los enemigos, el moverse de un sitio a otro o comer, nada de esto es posible sin fuerza. Quienes son inteligentes deberían adorarla a Ella en todas sus formas y asumir su presencia en la realidad por todos los medios posibles. En Vishnu existe la fuerza benefactora, así puede preservar, sino sería bastante inútil. En Shiva hay fuerza oscura, así destruye, sin ella es bastante inútil. En Brahma hay fuerza activa, así puede crear, sin ella es bastante inútil. Todo el mundo debería acercarse al conocimiento de la Fuerza Original, su mera voluntad crea y preserva este universo y Ella es quién lo destruye cuando llega la hora. El fuego, los sentidos, y todos los dioses son capaces de hacer su trabajo usando esta Fuerza Original. Que ella sola está presente en cada causa, en cada efecto y en cada acción, puede ser observado sin dificultad. Los que están apegados a las sensaciones adoran las formas de La Fuerza y los menos apegados adoran su aspecto no manifiesto. Cuando se trata de la manera adecuada, La Fuerza concede todos los deseos. Aquellos que están seducidos por el juego de espejismos de este mundo La desconocen del todo; otras personas que La conocen solo un poco encantan a otros mientras algunos estudiosos aburridos, a causa de sus prisas y confusión, La usan para fundar sectas de heréticos para mantener lleno su estómago.
¿Si Brahma, Vishnu y Shiva son las divinidades supremas, porque estos tres dioses siguen meditando en lo que está más allá de la palabra, más allá de la mente? Ellos conocen al Ser Supremo, la eterna Fuerza, la eterna Devi Shakti».
Recuerdo una vez más que esta fuerza es la que da a Garuda la fuerza que tiene, y es su “madre”. Pero además quiero hacer hincapié en un último elemento que creo define un poco más la calidad “jeroglífica” de estos textos. Shakti, la Fuerza, es una diosa. Vishnu y Shiva, son dioses, el fuego es un dios, incluso el sol, y Garuda también es un dios, que asusta a todos los dioses. Ahora, la palabra sánscrita que usan estos textos es deva, o devi en femenino. Un deva es un dios, para entendernos. Si queremos traducir cualquier fragmento del Mahabharata podemos traducir la palabra deva por dios cada vez que aparezca porque sería una traducción correcta. ¿Pero qué matices nos abre cuestionar la etimología de la palabra sánscrita deva?
Recuerdo, antes de empezar, que esto no es un ejercicio filológico con el rigor necesario sino más bien jugar con el diccionario. Lo que estoy buscando no es demostrar una hipótesis sobre el significado de ninguno de estos textos sino describir la experiencia de la escucha. Entonces, volviendo a la palabra deva, según el diccionario sánscrito Monier Williams, y basándose este en la gramática sánscrita de Panini (Pāņini) recopilada en el cuarto siglo de la era común, la raíz de la palabra deva es div, que significa: lanzar, arrojar unos dados, apostar, jugar, bromear, expandir, aumentar, brillar, regocijarse, desear o ir.
En algunos textos he visto traducir el plural de deva como los brillantes, porque me parece lo menos confuso para la idea que tenemos de dioses. Pero deva es una explosión de mucho más. Deva, en femenino o masculino, suena a… bueno, todo lo dicho en el párrafo anterior, pero junto.
Entonces, cuando leo sobre la expansión de Garuda, y sumo a su expansión todos los sentidos de la raíz div, y sumo a esto que toda expansión de Garuda viene impulsada por la expansión de la fuerza que lo impulsa… algo pasa. Algo pasa en mi cuerpo, que me atraviesa. Imaginemos el dibujo de un pájaro en llamas, pongamos la imagen de una galaxia detrás, y la fotografía de una mujer embarazada, y un cartel que diga «todo esto te incumbe»… ¿me explico? – Hay que leer el Mahabharata.
Y si prefieres escuchar el Mahabharata narrado, te invito el próximo 12 de Diciembre a la sala de la tetería Mailuna, situada en la calle Valldonzella, número 48, en Barcelona, para escuchar la narración del primer tomo del Mahabharata. Llevo un año preparándola, y tendremos un acompañamiento musical de lujo, y juegos de mesa. Puedes escribir para reservar sitio, o recibir más información, a: respirarelmahabharata@gmail.com

Viento y ego

Cuando escribí la entrada pasada intenté experimentar con dos ideas que me venían interesando. Para mi gusto fracasé en las dos, pero la reflexión posterior me ha ayudado para madurar un poco más este proyecto.

Intenté esconder mis opiniones sobre la historia que elegí compartir y este es el fracaso sobre el que quiero escribir en esta entrada; del segundo hablaré en la próxima.

La semana pasada hice el experimento de intentar camuflar mis interpretaciones de la historia que elegí dentro de la manera en que opté por reescribirla. En lugar de presentar el esqueleto de una historia y después comentar qué significado tienen para mí los elementos que lo componen, o compararlos con los de otras historias, tal como había hecho en otras entradas, la semana pasada probé escribir una historia y expresar el estado por el que me encontraba en la misma narración, mediante las descripciones y el tono general del relato.

Para poner un ejemplo, donde en el original pone: «Hubo una vez un rey llamado Anga, nacido en la dinastía de Dhruva, devoto de Vishnu (Viṣņu) / Era muy religioso y bueno con sus súbitos / Abandonando su papel de rey y su reino, se fue en su vejez hacia el bosque a hacer tapasya», puse yo: «Anga fue un rey que durante toda su vida sustentó el universo con su energía. Llegó un punto en su vida en el que entendió que había cumplido con los deberes hacia su rol social y Anga decidió que el calor que movía su cuerpo ya podía disolverse en la temperatura del universo.

Anga se levantó y entró caminando en el bosque; sin dirección, sin pensar qué camino tomaba, esquivando la vegetación hacia la dirección que le dictara la intuición. El rey se fue alejando de la civilización de manera irreversible y acercándose con cada paso más hacia el silencio de la noche».

Las razones que me llevaron a reescribir el texto de esta manera tienen que ver con mi interpretación de los elementos que contiene este párrafo tan comprimido. En el texto original que usé no se puede leer literalmente que Anga sustentara el universo con su energía, por ejemplo, pero sí que pertenece a la dinastía de Dhruva y es devoto de Vishnu. Dhruva es un sabio con sangre real que fue expulsado de su reino a los cinco años y decidió verter todo su dolor a la ascesis espiritual, convirtiéndose ya en su infancia en un maestro de maestros. Y Dhruva se puede ver en el cielo también, porque Dhruva terminó convirtiendose en la estrella polar. Dhruva marca la dirección a navegantes y nómadas porque el resto de estrellas giran a su alrededor. Cuando una historia habla de Dhruva, no puedo dejar de tomar en cuenta el valor simbólico de este nombre. Al mismo tiempo, la historia que compartí en la entrada pasada habla de la creación de la tierra, y Anga, el rey con el que comienza el relato, vivió de alguna manera antes de que la tierra tuviera la forma que tiene ahora, la que nosotros conocemos.

Si Anga fue un rey (con toda la carga simbólica que contiene este epíteto), y además vivió antes de que existiera la tierra, no puede ser una persona común sino algo más. Por estas razones, por sus cualidades simbólicas y su relación con la estrella polar, opté por escribir que Anga «sustentó el universo con su energía».

Encuentro mi elección al re-narrar la historia justificada, pero el experimento de la entrada pasada fracasó, a mi gusto, porque no llegó a cumplir con el objetivo general de este proyecto. En mi opinión el tesoro de las historias que el Mahabharata o los Purana  nos ofrecen es su fluidez, y el hecho de que aún si los oímos por primera vez siempre nos parecen recordar algo que ya vivimos, algún evento atemporal, que pasó hace miles de años, sigue pasando y seguirá pasando en el futuro. Para conseguir transcender las coordenadas a las que se aferra el ego (como por ejemplo: «los purana son recopilaciones de mitología oral procedente principalmente del norte de la actual India, puestos por escrito en los primeros siglos de la era común») las historias sagradas de la india están tejidas como un urdimbre de símbolos y cada frase, en cada historia, remite siempre a varias otras historias, que a su vez remiten a otras, de manera que todas las historias están conectadas con un gran y único evento, que es la existencia misma, en todos sus planos. Cuantos más relatos sagrados indios conoce uno, más se da cuenta del nivel de detalle y minuciosidad con el que todos están relacionados entre sí, y más se expone a la manera por la que unas narraciones pueden transcender el propio lenguaje que las expresa. Sin embargo si se leen sin la atención y la actitud adecuada, la mayoría de estos relatos pueden parecer demasiado crípticos y en lugar de abrir el corazón del oyente/lector a la curiosidad y la energía vital pueden provocar rechazo, o desinterés y aburrimiento. Los relatos del Mahabharata y los Purana son un tesoro que cuando se expande puede catalizar en las personas que los comparten curiosidad por lo desconocido y ganas de explorar la vida, así como la manera más correcta de vivirla, porque nos recuerdan que somos más de lo que creemos, que el mundo es más de lo que pensamos y que todo importada, cada acto y cada palabra. Esto, para mí, es el objetivo del arte en general y es por esto que sigo creyendo en este proyecto. Pero para que la semilla de estas historias crezca es necesario propiciarles las condiciones necesarias y encuentro que la manera en que quise re-escribir los elementos simbólicos de la historia de la entrada pasada fue menos efectiva que si los hubiera explicado. La razón por la que resultó menos efectiva no radica necesariamente en la decisión que tomé sino en cómo lo hice, y al explicar esto estoy también enlazando este escrito con el segundo fracaso de la entrada anterior, el cual desarrollaré mejor en la siguiente entrada dentro de quince días.

El objetivo de investigar maneras de compartir historias sagradas me ha atraído hacia la tradición de narración medicinal de las culturas llamadas nativas de los Estados Unidos y estoy especialmente influenciado este verano por el trabajo de un autor llamado Lewis Mehl-Madrona, quien está haciendo el trabajo fascinante de construir un puente entre sus estudios de medicina y psicología con la tradición Lakota y Cherokee de la que proviene por linaje. El trabajo de Lewis Mehl-Madrona está enfocado a la investigación del uso de la narración dentro del proceso de sanación de una enfermedad, física o mental, en la tradición nativa americana. Según su punto de vista para que una narración sea sanadora debe responder a las preguntas «¿Por qué está usted aquí?», «¿De dónde vino usted?» y «¿Quién es usted?».

La visión de Lewis Mehl-Madrona se refiere a una exposición oral de la historia, en la que el narrador puede preguntar directamente al oyente estas tres preguntas y enlazarlas con la historia sagrada. En el caso de una exposición por escrito de la historia, en la que quién escribe no tiene contacto directo con el lector, el escritor podría por lo menos, y como mínimo, tratar de responder estas tres preguntas sobre sí mismo al re-narrar la historia a su manera. En el caso de la entrada anterior yo no hice esto. Más bien, para interpretar la historia, registré el cajón de información que tengo sobre los símbolos que pude reconocer en el texto e hice una interpretación que si bien puede estar alimentada por el sentimiento de asombro y entusiasmo, tiene poco contacto con mi narración personal. Es una exposición que tiene poco contacto con la narración que usa mi ego para situarse frente a la historia sagrada y para interpretarla. Tiene poco contacto con una historia que cuente qué razón me llevó a elegir qué historia contar en la entrada de la semana pasada, o con la explicación de por qué me afectaba personalmente la historia de la creación de la tierra más que otras, y cómo llegué a conocerla. Darle demasiado protagonismo a mi opinión sobre sobre una historia sagrada puede resultar tedioso pero intentar eludir la historia de mi ego para contarla resulta en un distanciamiento de la transmisión y la historia narrada o escrita se vuelve distante; encontrar el equilibrio entre estos dos polos es todo un misterio.

La razón por la que me intereso ahora por un relato sobre prithvi (pŗthvī), la tierra, es porque estoy preparando la narración del primer libro del Mahabharata que tendrá lugar el próximo 12 de Diciembre en Barcelona. La narración de este primer año del proyecto del Mahabharata terminará con el nacimiento de Bhishma, pariente de los Pandava. Bhishma representa el nacimiento en forma humana de los ocho Vasu, y para mejorar la experiencia de este evento estoy buscando historias sobre cada uno de los Vasu, y uno de ellos es la tierra. Una de las fuentes que he usado es el Bŗhadāraņyaka Upanișad, un texto filosófico que contiene algunos capítulos dirigidos específicamente a explicar la relación de los Vasu con el cuerpo humano y el mundo. En la primera parte de este escrito se dice que «los tres mundos son: el órgano de la palabra (la tierra), el firmamento (la mente), y la energía vital (que es aquel mundo, el cielo)» (B.U. I,V,4), lo cual me hace pensar directamente en la relación que tengo con estas historias sagradas. Para mí el Mahabharata es una forma de meditación grupal, donde las palabras unen a los que compartimos estas historias en estructuras mentales que forman una arquitectura conceptual que permite que la fantasía y la creatividad encuentren lugares para desarrollarse y entretenerse pero canalizando toda este impulso humano hacia una mayor conexión con el mundo y con el impulso de vivir una vida útil, o de estar presente en el mundo. Son historias que alinean los tres mundos, «el de los dioses, el de los antepasados y el de los hombres. El órgano de la palabra es los dioses, la mente, los antepasados, y la energía vital, los hombres» (U.P. I,V,6). Porque las palabras forman estructuras que compartimos pero nunca entendemos del todo su alcance, la mente que las interpreta está influenciada por las costumbres heredadas del entorno cultural y familiar y lo que mueve la búsqueda de la mente entre el bosque de las palabras es la energía de los cuerpos humanos, que se alimentan del universo y le sirven a su vez de alimento.

Esta energía vital que impulsa la búsqueda constante de lo nuevo, o lo desconocido, es también uno de los nombres de Vāyu, uno de los Vasu que se encarnan en Bhishma. Vāyu se traduce por viento, pero esto no se refiere necesariamente al viento que conocemos como fenómeno meteorológico, a la ráfaga de aire, sino a otros movimientos más sutiles de energía. Se dice que «Vāyu es discípulo de Brahmā», la expansión del universo (Vāyu Purāņa 2.26-41). «Puede acceder a todo directamente. Posee los ocho poderes sobrenaturales como Aņimā, o el poder de convertirse en un elemento pequeño como un átomo».

«Vāyu sostiene todos los mundos y sus características, tanto las especies humanas como las no-humanas; fluye perpetuamente entre los siete planos». Porque Vāyu es la energía que fluye entre el cuerpo físico y los conceptos mentales, que son las coordenadas en las que se mueve la voluntad del cuerpo. Vāyu es la energía que empuja estos dos mundos, el físico y el mental, más allá: hacia lo desconocido. De la misma manera que el cuerpo físico se mueve desde la infancia hacia la vejez la curiosidad también busca penetrar estos espacios para los que no tiene todavía palabras. Vāyu «alimenta los cuerpos de los seres vivos impulsándolos a través de los órganos de sensación y actividad. Los sabios dicen que su origen es el éter, sus atributos el sonido y el éter y que fue el origen del fuego. Vāyu conoce todas las historias sagradas y con palabras dulces deleita a los estudiosos.» Vāyu es el impulso de vida que se mueve por el universo y lo transforma. Es el impulso que cuenta las historias sagradas. Es lo que mueve el acto artístico. Esto me importa, porque Vāyu es uno de los ocho Vasu sobre los que voy a querer hablar el próximo 12 de Diciembre, y quiero hablar de Vāyu y el Mahbaharata porque las historias sagradas son el tesoro del arte. Las historias sagradas representan una expresión artística que alinea la curiosidad y placer sensorial e intelectual humano con el mundo.

Si relaciono estas historias con mi historia, puedo ver como mi vida está movida por un fuerte apetito intelectual que topa constantemente con la constatación de que la comprensión racional de uno mismo, del propio entorno y del propio pasado, es imposible y por tanto una fuente de insatisfacción. Sin embargo la mente existe, y el apetito sigue allí, y las historias sagradas ofrecen una preciosa obra edificada con enormes ventanas por las que puede entrar y salir el viento de la vida.

De la misma manera que ciertas posturas corporales pueden cambiar el estado de ánimo, las historias sagradas son “posturas mentales” que sanean mi manejo de la curiosidad y estructuran la interpretación que hago del mundo. A la luz de estas historias, sin necesidad de creer que son la única explicación correcta del mundo (porque tampoco existe, una única manera de explicar la realidad) puedo observar el sufrimiento y la injusticia, por ejemplo, y asumir su existencia y mis pocas posibilidades de actuar al respeto, sin derivar necesariamente hacia el derrotismo y la depresión. Porque las historias sagradas tienen algo de hipnosis sanadora, que abre espacios en nuestro ego para que Vayu pueda circular con libertad, y esto es un tesoro. Y como dice Lewis Mehl-Madrona, las historias sagradas contienen una energía que se libera cuando se cuentan, y como dice también mi amigo y mentor Amir Peter, la única falta de respeto que le puedes hacer a una historia es conocerla y no contarla. Es por esto que decidí compartir la historia sobre la creación de la tierra, y sobre el segundo fracaso de la entrada anterior escribiré en la próxima entrada, sino esta entrada se alargaría demasiado.

 

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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