Dios y el ser humano son como dos orillas separadas por un misterio. Dos orillas que se reflejan: Ambos, Dios, y el ser humano, superan nuestra capacidad de comprensión. Porque ¿qué es Dios? La vida, la energía que arde en las estrellas, la firmeza de los minerales, el cosmos, el todo, o no existe; ninguna definición satisface nuestro corazón cuando queremos explicar qué es Dios. Ni siquiera negándolo podemos olvidarnos de Dios. Pero, el ser humano, por otra parte, ¿qué es? ¿Un primate urbano?¿un animal racional?¿un mamífero espiritual?

¿Dónde termina y dónde comienza nuestra humanidad? ¿Por qué hacemos las cosas, los humanos? ¿Y por qué las hace Dios? No nos entendemos, pero nos intuimos, igual que a Dios.

Krishna, el oscuro, quien también es llamado Prithivipáti, «el señor de la tierra», fue Dios, nacido como humano: Doble misterio. Profundidad que refleja profundidad. Y Krishna participó en una guerra. Una guerra que significó el fin de una era, la cual apenas recordamos sino es recurriendo a relatos de memorias pre históricas como el Mahābhārata.

Antes de que estallara esa guerra fatal, cuando el conflicto era inminente, Krishna se reunió con los representantes de los bandos enemigos. Uno de ellos, los Pandava; cinco hermanos de linaje noble, exiliados, vilipendiados y humillados a manos de sus primos. Cinco hermanos que lo habían perdido todo menos su fuerza vital, quienes se reunieron primero con Krishna y le pidieron que hicieran un último intento de evitar la batalla. Tal vez, si Krishna hablaba con los dos bandos, se pudiera llegar a un acuerdo y repartirse el reino que se merecían. Tal vez escucharan, los usurpadores, y se pudiera evitar la confrontación.  

Pero Krishna no les podía prometer nada: <<Hay quien intenta cuestionar el funcionamiento del mundo (dharma) queriendo delinear el umbral entre las competencias del destino y las del esfuerzo personal, pero nunca lo consiguen. La misma razón que trae el éxito a una persona puede dirigir a otra hacia el fracaso. Las consecuencias de las acciones humanas siempre son inciertas. Como el viento, y sus cambios inesperados de dirección, las acciones de una persona pueden estar bien planificadas, bien pensadas y bien aconsejadas, pero el destino actuará de otra manera. Y por parte, la acción humana puede contrarrestar lo que el destino haya hecho. (…) Un campo puede ser limpiado y fertilizado, pero si no llueve en la estación adecuada no habrán frutos. (…) No hay nada que yo pueda hacer para contrarrestar el destino.>>  (Bhagavat Yana Parva, 6)

Y es interesante que Krishna, quien es Dios y un ser humano, diga que no se puede cambiar el destino.

Los esfuerzos de los humanos forman parte del destino mismo. Cuanto más intentemos cambiar el destino más participamos en él. ¿Y Dios?

Tal vez, ¿quién sabe?, lo que está queriendo decir Krishna es que Dios no contradice el destino que ha sido decretado por él (o ello, o ella, dependiendo de cómo uno lo quiera ver).

Una vez puesta a girar la rueda de causas y consecuencias impulsadas por la acción (Bhagavad Gita 3.16), Dios participa de las mismas normas que toda su creación: <<No me queda nada por hacer en ninguno de los mundos, no me queda nada por alcanzar ni conseguir, y aún así sigo actuando>>, dice Krishna (BG 3.22), <<Si no lo hiciera, el universo se pararía, y todo quedaría destruido>> (BG 3.24). Como si dijera que forma parte del destino sin que tenga ninguna necesidad de hacerlo. Sin que nada lo fuerce a hacerlo.

 Tal vez meditando sobre esto conoceríamos mejor a Krishna, o a su faceta humana por lo menos. Buceando en lo que nos hace humanos, viviéndolo, quién sabe si se puede encontrar aquello que también es Dios. Como un punto de fuga inasible en el que lo humano se refleja en lo divino, o lo divino se refleja en lo humano.