¿Quién es Drona? Segunda parte, canto de sanación.

En la entrada pasada escribí sobre el nacimiento de Drona, y en esta he querido hacer un inciso y presentar al Drona guerrero. Porque es lo que estoy transitando ahora -estoy estudiando los libros del Mahābhārata que hablan de la guerra- y porque  me parece un aspecto importante de Drona.

A partir de las acciones de Drona en la guerra, y lecturas relacionadas, en estos pasados quince días he buceado hondo en la presencia del horror y la violencia en el Mahābhārata, y sobre todo en el mundo. Ayer terminé de escribir la entrada que he estado preparando, y me di cuenta de que era extremadamente oscura. Incluso demasiado.

Primero se me ocurrió escribir un aviso al lector, al inicio de la entrada, advirtiendo de que lo que venía podía herir la sensibilidad y recomendar a quien no tuviera ganas de transitar estas palabras de violencia y terror extremas se abstuviera de leer. Pero algo me faltaba todavía, y a última hora de la noche llegué a la conclusión de que si bien preparar y escribir esta entrada me ha sido útil como proceso catártico, no es el momento de compartirla.

En su lugar, lo que comparto esta vez es una traducción y adaptación del himno 33 del segundo mándala (círculo de himnos) del Rig Veda. El Rig Veda es una recopilación de himnos en sánscrito, que se recitan en contextos rituales. Las palabras que usan estos himnos son polisémicas, por lo que se pueden leer de varias maneras. No solo el contenido de cada himno sino también la estructura como se recopilan todos tiene un sentido simbólico profundo, y el Mahābhārata se considera una narración que desvela (a su manera) las conexiones escondidas entre las palabras de los himnos védicos. Existen cuatro recopilatorios de himnos védicos, el Rig Veda, Sama Veda, Yajur Veda y Atharva Veda, pero el Mahabharata se menciona tradicionalmente como un quinto veda. Es en este sentido que considero relevante traducir este himno, y por su temática.

El himno que comparto está dedicado a Rudra, “el aullador”. Rudra da miedo, porque se aparece como un aspecto tormentoso de la divinidad, y también guerrero, pero a su vez Rudra rescató las hierbas sanadoras de las profundidades de las aguas cósmicas, y enseñó a los ancestros de la humanidad los secretos de la medicina. El himno que comparto es un canto a la sanación en el horror, que es lo que busco en el Mahābhārata.

Lo que presento es un medio camino entre la traducción y la renarración. La multiplicidad de sentidos del sánscrito original la adapto al contexto mítico védico y del Mahābhārata, y omito algunas repeticiones para ofrecer este canto a la sanación del horror, que resume el proceso por el que he pasado estas semanas, sin tener que descender a infiernos que pueden causar malestar en el lector. En la próxima semana continuaremos con Drona, espero…

No nos impidas ver la deliciosa luz del sol,

Oh padre de los truenos.

Que nuestro linaje supere estos obstáculos y se pueda multiplicar.

Que la sanación que otorgas disperse la enfermedad, Y las dificultad,

y me permita sobrevivir a las nieves de cien inviernos.

A tu rugido, que es la frecuencia que lo remueve todo,

le pido que me lleve allende las dificultades,

hasta la orilla del bienestar.

Escúchame, y no te enfurezcas si me dirijo a ti de manera descuidada;

bendice nuestra descendencia con la sanación que otorgas.

Que este canto que te ofrezco convierta tu aullido en canción,

y que pueda celebrar la vida en el alimento

y acogerme a tus bendiciones.

Que tu mano saludable me otorgue el perdón.

Dedico estos saludos al brillante y reluciente bramido supremo,

que asume todas las formas poderosas y estables

de la abundante tierra, decoradas con destellos celestes.

La fuerza del vuelo de la flecha que ha lanzado es la de la expansión cósmica.

Expreso alabanzas cuando presencio el poder con el que cabalgas la terrible gacela estrellada.  

Te lo pido como un niño dirigiéndose a su padre:

Concédeme la bendición de la medicina que recuperaste de las aguas.

Solicito estos medicamentos que han beneficiado a nuestros ancestros,

Pido que nos pase de largo la inmensa furia que sacude los mundos

Y que nuestros descendientes, libres de daño,

puedan seguir reverenciando la creación

con sus ofrendas.

El verdadero origen del fuego

Rudra es un nombre que muchos traducirían como el aullador. Shiva (El bondadoso) es otro nombre que recibe lo mismo, que es algo que no es algo, porque no es un objeto, pero tampoco es nada.
Si uno tiene muchas ganas de conocer a Shiva, cuando sueña se puede encontrar con una figura delgada y alta, que tiene forma humana pero no lo es, quien le puede indicar que suba a un autobús, o coche, o le enseñe un mapa o le indique un puente colgante o unas vías de tren abandonadas, que llevan al sueño profundo – al silencio, del cual no recordamos nunca nada durante la vigilia. Y más allá de ese silencio está Shiva. Por esto Shiva está siempre aquí, pero lejos. En un lugar que lo permea todo, como el líquido de las aguas.
Aquí, pero lejos, Shiva se refleja en Vishnu. Dos nombres equivalentes, eternos, pero uno es siempre y el otro nunca, o uno es todo y el otro nada, y ya no se sabe quién es qué; o los que lo saben no lo recuerdan, o los que lo recuerdan no se lo cuentan a cualquiera.
En ese lugar, nace del ombligo de Vishnu una flor de loto, que esconde dentro de sus pétalos a Brahma, el poeta que creó a los poetas; el que otorga formas a la realidad, con las palabras que inventa.
Cada letra que pronuncia Brahma es como una llama que se enciende en el seno del calor. Por esto se dice que quien logra recordar algo de este lugar recuerda treinta y seis mil fuegos, que son las letras que crean los sueños.
Durante la vigilia la mente cabalga estas letras como a una yegua en llamas, difícil de domar.
Pero en fin, en ese lugar, Brahma habla con Shiva, y juntos deciden hacer una visita a Vishnu. Porque Vishnu vive en una isla blanca, hecha de finísima arena. Y cuando Brahma, acompañado de Shiva, se sienta ante Vishnu, ve salir de él, como si fueran cientos de miles de millones de velos que lo cubrem, y descubren, siluetas de una multitud de apsaras: mujeres desnudas y cubiertas de joyas que bailan y mueven brazos, codos y dedos, de las manos y los pies, al ritmo de los cantos armoniosos que ellas mismas entonan. Una levanta una rodilla, otra rota suavemente el muslo, una golpea la arena con la planta desnuda del pié, otra hace volar su cabellera, una parpadea, otra sonríe. Suben y bajan los pechos, se gira una cadera amplia y una mano con los dedos extendidos tapa otra cadera algo más estrecha.
La mera visión de las bailarinas fantásticas que rodean a Vishnu, los pechos redondos de las apsara, sus nalgas en tensión y la fluidez de sus movimientos, acaloran el cuerpo de Brahma, que siente en sus genitales un ardor que le acaba haciendo eyacular, solo, antes de poder tomar el control de sí.
Brahma siente vergüenza e intenta tapar las pruebas con una parte de su vestido. Envuelve con tela, en un movimiento rápido, su semilla mezclada con arena blanca, y lanza el atado al mar.
Al instante sale de las aguas primordiales un niño luminoso, que brilla como el sol de soles, y se abraza llorando a Brahma.
Tras él, antes de que nadie pueda reaccionar, se eleva desde el mar Varuna, el dios de las aguas profundas. El dios de todas las aguas negras del inconsciente.
-Vengo a reclamar mi hijo – exclama Varuna. Pero Brahma ya le ha cogido cariño al niño y de un manotazo hace volar a Varuna lejos de la orilla.
Pero Varuna vuelve, y reclama de nuevo su hijo.
-¿Cómo puedo abandonar alguien que se está abrazando a mí con todas sus fuerzas y me pide amparo y refugio? – Dice Brahma.
Ante lo cual, interviene Vishnu:
-He visto bien toda la secuencia, Brahma. Este niño es hijo tuyo, fruto de tu deseo. Pero ha nacido en las aguas de Varuna. Los sabios saben que el maestro de uno es como un segundo padre, así que si Varuna acepta al niño brillante como discípulo, los dos compartiréis la paternidad.
Al niño, lo llaman Agni, y es el fuego. También fue bautizado Hutāsana, que lo consume todo, porque nació del deseo desbocado de Brahma y eso le impregnó, de raíz, de un hambre infinito que solamente las enseñanzas de Varuna, el dios del agua, puede regular y calmar.
Agni es inquieto también, y no hay lugar del universo en el que no quiera estar. Por esto Brahma le encargó recoger las ofrendas de los corazones que todos los seres, con o sin forma, hacen a los dioses, a Vishnu y a Shiva.
Al poco tiempo, sin embargo, Brahma se dio cuenta de que ninguna ofrenda llegaba a los dioses y se concentró en la raíz de la realidad (mūlaprakṛti), donde vislumbró una energía femenina de color azul, que reconoció como aquello que faltaba a su hijo Agni.
Le había costado a Brahma reconocer a esta diosa sutil porque ella tenía su atención dirigida exclusivamente a Shiva, y no tenía ningún deseo ni intención de dispersarse entre los tres mundos.
Shiva intervino en ayuda de Brahma, y todo los dioses, y prometió a la energía azul, de nombre Svāhā, que dado que el fuego está en todas partes si se casaba con el fuego una parte de ella siempre estaría en el mundo de Shiva, junto a él, mientras en otros planos temporales podría acompañar al fuego.
Así es como Svāhā aceptó acompañar a Agni y se la puede reconocer siempre en los matices azulados de las llamas.
Tras 12 años cósmicos de estar juntos Agni y Svāhā tuvieron tres hijos: Dakshināgni, Gārhyapatyāgnī y Āhavaniyāgni; el fuego ceremonial, el que se cuida en el hogar y el de las invocaciones.
Todas estas llamas son los hijos de Agni y Svāhā. Las crestas de las llamas, ese lugar donde el calor dorado de cada lengua del fuego se difumina en el aire, es Rudra. Porque Rudra es el aullido del fuego. Y los tintes azulados en la base de las llamas son la esposa del fuego, Svāhā, que vive abrazada a él, pero tiene el corazón con Rudra. – Es por ella que todas las ofrendas transcienden allende los tres planos, van más allá de los sueños y más allá del silencio.
El deseo es la fuerza que ilumina la vida, el fuego es su forma y Svāhā es la guía para volver al origen, que está aquí y lejos, porque está en todas partes, es inmensurable e indescriptible.
También indestructible.
Ninguna de las palabras que escribo aquí son la realidad, pero a la vez lo son todas. Las palabras son pequeños destellos en las aguas oscuras de lo que hay. Cuando las palabras se invocan junto a Svāhā, se convierten en el corcel flamante sobre el que la mente puede cabalgar hacia el lugar del que venimos todos, más allá de las palabras y más allá del silencio.

Las fuentes de esta narración son el Brahma-Vaivarta Puranam y el Devi Bhagavata Purana, así como citas de Brahmanas y diversas Upanishads recogidas en el clásico La presencia de Shiva, de Stella Kramrisch y los comentarios a los Brahmā Sutras en la edición castellana de Consuelo Martín. También en El Ardor, de Roberto Calasso.
El secreto de los nombres de Dios, de Ibn Arabi, también ha influenciado esta narración.

Esta es la última narración del tercer año de la performance Respirar el Mahabharata; dedicado al fuego. El próximo, si dios quiere y lo permite, será el “manifiesto del tercer año”, en el que me esforzaré por expresar, como los años anteriores, en qué lugar se encuentra el proyecto ahora ante el estreno del tercer capítulo del espectáculo, el próximo 12 de Diciembre de 2018.

¿Por qué tenemos fiebre?

En la entrada anterior a esta mencioné dos errores que cometí en la entrada de hace 30 días (aquí el enlace), en la que decidí re-escribir la historia de cómo recibió la Tierra su nombre. Creo que lo que llamé en la entrada pasada dos errores son en realidad dos matices de un solo error, que consiste en no contar la historia con sinceridad. Mi intención no es volver a repetir lo que escribí en la entrada anterior sino compartir a través de dos nuevas historias una conclusión a la que he llegado gracias a la reflexión sobre la autenticidad en la mitología.

Las dos historias que quiero compartir consisten en una historia sobre la aparición de Coyote sobre la tierra, según la tradición del pueblo Pima, originario de lo que es actualmente el estado de Arizona en los Estados Unidos, y la explicación del origen de la fiebre en la tierra, tal como se cuenta en el Mahabharata. Ambos, el Coyote y la fiebre, son formas en las que se expresa el Gran Espíritu, o Brahmán; formas que a los humanos no siempre nos gusta ver pero que sin embargo siguen existiendo. La historia de cómo llegaron ambos a ser es muy interesante:

En el caso del Coyote, dicen los Pima que una noche se encontró con Buitre, quien estaba contando una historia de la ocasión en que voló a la Tierra en lo Alto. Muy despacio y deliberadamente, que es la forma en que los buitres narran historias, Buitre contó todos los detalles acerca de su vuelo hacia las nubes, más alto de lo que nunca antes había volado, tan alto que no sabía cómo podría descender. Pero una vez allí encontró una abertura en el cielo, que se asemejaba a la entrada de una cueva.

Coyote estaba tan emocionado que no pudo menos que interrumpirlo. “Cuéntala más rápido, Hermano Buitre”, le pidió. “¿Qué sucedió después?” Todos estaban molestos con Coyote, porque era de mala educación interrumpir una historia, para no mencionar que en ocasiones era un sacrilegio. Fiel a su naturaleza, Coyote no comprendió que su actitud era descortés. No podía contener su emoción acerca de un nuevo lugar que nunca antes había visto. Tal vez iría allí de inmediato, se olvidaría de sus tareas, de su esposa y de sus hijos.

De pie al lado del fuego, en la oscuridad de la noche, Buitre habló de su temor y de su ansiedad mientras se deslizaba con cuidado a través de la abertura del cielo. Una vez que la cruzó, descubrió otro mundo totalmente diferente. Había personas cantando y bailando. Había plantas y animales, muchos de los cuales él nunca había visto antes. Era algo excitante, pero temía que el agujero en el cielo se cerrara y no pudiera regresar al lado de los suyos. Coyote lo interrumpió de nuevo. “Olvida lo demás y llega al final, Buitre, porque has de llevarme allí esta noche. Me tienes que mostrar ese lugar.”

Golpeándose el pecho desnudo, Buitre desafió los malos modales de Coyote. Más despacio que de costumbre habló de cómo, sintiendo que su corazón latía atemorizado, corrió tan rápido como pudo hacia la apertura y saltó a través de ella de regreso al cielo de su propio mundo, donde sus alas atraparon una corriente de viento ascendente que le permitió descender a un lado del fuego, el mismo lugar donde ahora estaba contando su historia. Todos los animales sabían que Buitre decía la verdad, porque los buitres no mienten.

Terminada la historia Coyote se acercó a Buitre y le pidió de nuevo que lo llevara a la Tierra en lo Alto. Buitre no estaba muy seguro de que era buena idea regresar. Y ciertamente no quería llevar a Coyote, pero no sabía cómo decirlo sin ser descortés.

Buitre sabía que a todos los coyotes les gustan los juegos de azar. Les agrada  apostar y hacer trucos con otros. Buitre dijo que llevaría a Coyote a la Tierra en lo Alto sólo si Coyote le prometía no apostar con las Personas del Cielo. Pero Coyote ya contaba con despojar a las Personas del Cielo. Porque no era posible que estuvieran familiarizadas con sus juegos; él tendría la ventaja del experto y ellos no desconfiarían de sus sofisticados trucos. De manera que cuando Buitre le exigió una promesa, Coyote respondió: “Oh sí, por supuesto”, como hacen las personas cuando en realidad no están escuchando.

Buitre le rezó al Viento, pidiéndole que los alzara y los llevara a la Tierra en lo Alto. El Viento llegó y los arrastró rápidamente más arriba de las nubes y a través de la abertura en el cielo hasta la Tierra en lo Alto. Coyote se aferraba con fuerza a la espalda de Buitre, temblando de miedo en esas grandes alturas y tratando de no mirar hacia abajo. Después de un tiempo, ni siquiera podía abrir los temblorosos párpados.

Cuando llegaron y Coyote se bajó de su espalda, Buitre le advirtió que debía estar de regreso en la entrada de la puerta a la hora de la puesta del sol. Buitre le recalcó que eso era imperativo, porque él no podía volar a esa altura con el frío. Necesitaba los últimos rayos del sol para que lo llevaran a salvo allá abajo. Coyote asintió, pero no estaba escuchando. Sólo podía contar el dinero que estaba a punto de ganarles a las Personas del Cielo.

Coyote pasó unos momentos maravillosos. Trató de engañar a todas las Personas del Cielo con sus juegos, pero eran demasiado astutas para él. Había encontrado oponentes dignos de él. Y las Personas del Cielo tenían sus propios juegos de azar que le fascinaron tanto que no se percató de que el tiempo pasaba, hasta que de pronto despertó y estaba oscuro. ¡Se había quedado dormido y había faltado a la cita! De pronto recordó lo que Buitre había dicho acerca de volar de regreso a casa antes de que anocheciera. Estaba atrapado en el cielo y no sabía qué hacer.

Coyote corrió a gran velocidad hacia la abertura en el cielo, pero Buitre ya se había ido. Coyote miró hacia abajo y ni siquiera pudo ver el suelo porque estaba muy lejos. Lloró lágrimas amargas por no haber seguido el consejo de Buitre. Coyote no quería vivir para siempre con las Personas del Cielo. Deseaba desesperadamente regresar a la Tierra, donde sus trucos daban resultado por lo menos para pasar el tiempo. En su frenesí, pensó que lo único que podía hacer ahora era saltar. Aterrorizado como estaba, retrocedió y corrió hacia la abertura. Después se detuvo. Tres veces más corrió y tres veces más se detuvo en seco, jadeando de temor. En el quinto intento, tropezó con una piedra y cayó hacia abajo.

Dos días después, un saco de huesos golpeó el suelo con fuerza. Era Coyote, aterrizando en la Tierra. Estaba tan arriba que, sin alas, el Viento le había necesitado todo ese tiempo para regresarlo a la Tierra.

Prepararon el entierro de Coyote y sus huesos fueron depositados en la ladera de la colina en la forma apropiada, en un lugar sagrado. Se dijeron oraciones. Antes lo acostumbrado era quejarse de los trucos de Coyote pero nadie quería deshacerse de él para siempre. Los animales le pidieron al Gran Espíritu que recogiera los huesos de Coyote y le diera vida de nuevo en algún otro lugar. Cuando terminaron las plegarias y los cánticos, los animales regresaron a sus hogares, tarareando tristemente la última canción para sí mismos. Después de todo, ¿qué sería la vida sin Coyote? Alguien debe desafiar las reglas que no tienen una razón o un significado.

Esa noche, el Gran Espíritu respondió a sus plegarias. El Gran Espíritu tomó los huesos de Coyote y los esparció por toda la Tierra. Cada hueso, cada fragmento de hueso, se convirtió en un coyote. Los animales despertaron al escuchar un molesto clamor justo antes de la primera luz, ¿de qué se trataba esta vez?

En cada colina distante había un coyote aullándole a la luna, implorándole que lo ayudara a permanecer despierto. Y la siguiente noche, cada colina distante tenía un pequeño coyote en ella, aullándole a la luna para que saliera a jugar.

 

En el caso de la fiebre, que aparece cuando menos se la espera igual que Coyote, también pasó algo similar: En los tiempos de la era de la verdad (Satyayuga), cuando todo el mundo sabía lo que tenía que hacer y además lo hacía, los dioses principales estaban asustados y molestos con Rudra; no les gustaban las calaveras que Rudra llevaba puestas como collares, no les gustaban las cenizas con las que untaba su cuerpo desnudo y sobretodo no les gustaba la pandilla de espectros iracundos que acompañaba Rudra a todas partes.

Los dioses decidieron organizar un sacrificio importante, una gran ceremonia, en una de cimas de la misma cordillera en la que meditaba Rudra. Sati (Satī), la esposa de Rudra, se percató del silencio y la sorprendente ausencia de los dioses de sus lugares asignados. Le preguntó a Rudra qué podía estar pasando y este le respondió con calma que los dioses habían ido todos a hacer una gran ofrenda al universo pero a él no le habían invitado porque hacía mucho tiempo habían decidido no ofrecerle nunca la parte de ningún sacrificio y no invitarle tampoco a ninguno. Esto enfureció y entristeció al mismo tiempo a Sati, que estaba convencida de que nadie se merecía más un sacrificio que su marido.

Viendo el malestar de su esposa Rudra se montó sobre su toro y se dirigió hacia al sacrificio rodeado de su turbadora pandilla de espectros.

Llegados al lugar, Rudra y sus engendros desplegaron una orgía de terror, furia y destrucción, apagando el fuego sagrado con sangre de los dioses. Daksha (Dakșa), quién había organizado el ritual, tomó la forma de una gacela, el animal favorito del viento, y huyó aterrado hacia las estrellas. Rudra lo vio alejarse a toda velocidad y saltó hacia el cielo con el arco en la mano. La rabia que sentía produjo una gota de sudor en la frente de Rudra y esta cayó a la tierra produciendo un fuego tan desmesurado que todos los dioses quedaron seguros de que la era perfecta iba a terminar en aquel instante.

Del fuego devastador salió un ser. Era corto de estatura, un enano, y tenía los ojos rojos como la sangre, una barba verde y la piel muy oscura. Dirigiéndose al lugar del sacrificio, consumió y lamió todos los fuegos restantes así como todas las ofrendas del sacrificio. A continuación corrió hacia los dioses, ahuyentándolos hacia todas las direcciones.

En aquel momento, llegando justo a tiempo, Brahma (Brahmā) apareció en el lugar y le prometió a Rudra que a partir de aquel día siempre se le asignaría una porción de cada sacrifico. Al ser que nació de la furia de Rudra Brahma lo llamó Fiebre pero no sabía cómo controlarlo y tenía miedo de que consumiera todo el mundo en su fuego. Brahma le pidió a Rudra que dividiera al ser en muchas partes separadas. Así, contento con su parte en el sacrificio, Rudra distribuyó Fiebre dándole varias formas de enfermedades que residen en la tierra, el agua, los animales y los humanos. Por esto se dice que si alguien se ve afligido por la fiebre debería pensar en la furia de Rudra al ser excluido del sacrificio universal.

 

La similitud entre las dos historias la encuentro yo en que ambas hablan de algo que uno quiere rechazar, que acaba dividiéndose y quedándose entre nosotros para siempre. Las diferencias son las que uno quiera. Quiero decir, volviendo al tema de esta entrada, que cuando escribí la historia del nombre de la tierra intenté mezclar lo que considero el estilo más desenfadado y comprensivo de las historias de la tradición nativa americana con el tono severo que tienen las historias sagradas de la India en general y el Mahabharata en particular. Para ejemplificar esta aparente diferencia de tono he elegido estas las dos historias que comparto en esta entrada. A mí me parece que el carácter tramposo e impaciente del Coyote contrastado con la sobriedad de Buitre da un resultado cómico. El tono de la historia me parece cotidiano, incluso entrañable, y en la historia sobre la fiebre proveniente del Mahbharata el tono se mueve más bien entre lo heroico y lo trágico. La decisión de los dioses, de no invitar a Rudra, es justificada y cobarde a la vez y la furia de Rudra es justificada, y también excesiva. Las historias indias de la India, en este caso y en el 99% de historias que conozco, barajan fuerzas absolutas, mucho más sublimes, que mueven tanto a los dioses como a los personajes humanos  hacia lo “total”, sea trágico o heroico.

Para compartir estas historias con un público secular occidental tengo que ser un poco Coyote, y transgredir algunas reglas, pero tengo que abrirme también a aquello que me afecta en las historias sagradas y que tal vez no quiera ver. Como en la historia de la furia de Rudra y la fiebre, hay algo que yo también escondo de mí mismo e intento rechazar, de la misma manera en que los dioses intentaron rechazar a Rudra de su mundo; pero lo rechazado siempre vuelve y se multiplica, y reaparece fragmentado en todas partes.

Hay algo en el tono del Mahabharata que es, por decirlo de una manera, “sin concesiones”, “total” o “absoluto”. Esto siempre me ha dado miedo, sobre todo por las interpretaciones derechistas y chovinistas de estas historias que a menudo me encuentro. Este tono me asusta porque lo asocio a una actitud intransigente; de confrontación, y no de conciliación. Pero por otra parte, si me observo con sinceridad, he notado meditando sobre esta entrada que yo también, a pesar de ser una persona adulta, me encuentro a veces fantaseando con sensaciones de victoria absolutas, y a la vez ridículas, como que mi equipo de fútbol favorito gane por goleada a sus rivales. Esto que parece una tontería, en realidad es una necesidad de sensación de victoria, que proviene de una actitud sin concesiones también, pero reprimida y sublimada hacia algo banal. Esto me hace pensar que este tono “sin concesiones” del Mahabharata es algo que me atrae, a pesar de no saber cómo digerirlo, y esto es así porque esta energía es necesaria y forma parte del universo, igual que la fiebre de Rudra. Pero el Mahabharata además enseña la manera de dirigir esta energía hacia una dirección más transcendental. El Mahabharata habla de dioses sin escrúpulos y reyes perfectos, mujeres heroicas y reinos que caen a causa de sus excesos. Es la historia del exceso de la vida, que se hincha, disemina y descompone progresivamente hacia la disolución final y vuelve a renacer. Aceptar esta energía descomunal del Mahabharata y poder compartirla manteniendo una actitud comunicativa, paciente, respetuosa y abierta es mi gran ilusión.

El trabajo continua.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

Subir ↑