¿Por qué nos contamos historias?

La información, a diferencia de un relato oral, tiene relevancia inmediata en el campo de la acción. Por ejemplo:

-Esta tarde me voy a quedar en el centro después de trabajar – Significa “No me esperes al mediodía, llegaré más tarde de lo común”. La información es algo a lo que el oyente puede reaccionar con actos. Pero una historia no es información, porque activa otro tipo de sensibilidad: -Hoy en el tren habían cuatro turistas sin mascarilla y ha pasado un agente de seguridad que les ha gritado en un tono imponente: – ¡Mask!, ¡Mask! Ellos le han dicho que no tenían, y han preguntado qué podían hacer. El agente ha respondido con un tono igual de imperativo: – ¡It’s compulsory in Barcelona!

Los ha mirado serio, y ha zanjado la cuestión diciendo con el mismo énfasis: – ¡Next time! , marchándose con los hombros y los puños tensos.

Esta historia no contiene información “útil”; no afecta nuestros actos inmediatos, pero repite una experiencia. Como si, al contarla, estuviera invitando al oyente a compartir la vivencia conmigo. Como si quisiera que alguien querido viviera la experiencia de estar sentado en el tren, conmigo, mientras pasaba la escena.

Y una historia es distinta a la experiencia subjetiva y personal de la novela. Si quisiera novelar la escena que acabo de mencionar hablaría de la luz del sol, de la estética de las ropas de los participantes, describiría las expresiones de los turistas, y daría importancia a mi interpretación de la escena; a mi vivencia subjetiva. Pero la historia seguiría siendo la misma: Que un agente de seguridad riñó a unos turistas en el tren.

Una historia tiene algo mucho más abierto que la expresión subjetiva de la novela. El narrador no tiene que convencer al oyente de nada. Pero una historia tampoco es información, porque no tiene ninguna utilidad inmediata. Una historia es una vivencia, que se repite, o se reproduce. Es decir, la historia no describe una vivencia, sino que invoca la vivencia en sí

Y hay historias mejores que la que acabo de compartir, porque cuanto mejor es una historia mayor es la perplejidad que produce en el oyente.

Por ejemplo:

La noche de la muerte de su hijo en la guerra, Arjuna estaba estirado en su tienda, visualizando su venganza.

Pensó en su amigo y compañero Krishna y se durmió.

Entonces Arjuna soñó que Krishna entraba en su tienda. Soñó que se levantaba enseguida y le ofrecía asiento al visitante.

-No sufras Partha (Partha es uno de los nombres de Arjuna), el destino es imposible de vencer. El destino lleva a todos los seres hacia su final. No sufras. La pena destruye los méritos. La pena alegra a los enemigos y aflige a los familiares.

-He hecho el voto de matar al asesino de mi hijo. Nuestros enemigos harán los posible para evitarlo, y lo protegerán tras guerreros formidables. Tienen 11 formaciones de combate para hacerlo. Pero, oh Krishna, si no puedo cumplir mi promesa, ¿cómo puede alguien como yo seguir viviendo? Me está cercando el fracaso.

En su sueño Arjuna vio la mano de Krishna tocando agua.

-Existe un arma mágica llamada Pashupata. Con ella el gran señor de todo (Maheshvara), el que rige todos los seres vivos (Pashupati), mató a todos los enemigos de los deva en la batalla. Con esta arma podrás vencer a quien quieras.

Piensa firmemente en él, que tiene el toro como emblema, y llegarás a su arma. –

Entonces Arjuna tocó agua, también, y se sentó, fijando su mente en el gran señor de todos los seres, que cabalga con el emblema del toro. Y media hora antes del amanecer se vio viajando por el cielo con Krishna, rodeado de cuerpos celestes y místicos en estado de meditación. Viajaba a la velocidad del viento y parecía que Krishna lo estuviera sujetando por el brazo derecho. Parecía como si estuvieran viendo maravillas. Al norte estaba el reluciente monte Shveta, cargado con la simiente luminosa de Pashupati. Allí vio los jardines de Kubera, el rey de los duendes, y vio al Ganges lleno de agua. Había árboles cargados de fruta por todas partes, piedras transparentes como cristales, leones, tigres y ciervos de muchos tipos. Ermitas sagradas frecuentadas por aves maravillosas, y todo resonaba con cantos sagrados. Había montes de oro y plata y hierbas que resplandecían.

Llegaron al monte enjoyado llamado Kala, pasaron muchos ríos y países, hasta llegar al bosque de los cien ciervos, allí alcanzaron un espacio sagrado conocido como la cabeza de caballo. Continuaron volando dese allí hasta llegar a los pies de Vishnu, el que todo lo permea, y descendieron.

Arjuna vio una montaña llameante que brillaba como planetas y estrellas. Acercándose, reconoció al del estandarte del toro brillando con su propia energía como mil soles. Aguantaba su tridente y vestía una piel de animal salvaje. Tenía mil ojos abiertos en todas las direcciones. Sus asistentes bailaban alrededor, cantando y tocando tambores. Allí estaba el protector de todos los seres. El origen del universo.

Krishna postró su cabeza ante él. Allí estaba el que no tiene principio. El origen de la mente, fondo del cielo, del viento y de los cuerpos celestes. Krishna se postró ante la fuente de todas las palabras, pensamientos, sabiduría y actos.

Arjuna también se postró varias veces, sabiendo que estaba ante la fuente del pasado, presente y futuro de todos los seres.

Al verlos, el auspicioso (Sharva) sonrió y dijo:

-Bienvenidos. Levantaos y despojaos de todo agotamiento. Decidme, ¿Por qué estáis aquí? Decidme lo que os va a beneficiar, y lo otorgaré.

Arjuna y Krishna lo satisficieron con un himno:

-Nos postramos ante ti, Oh Rudra, el aullador. Señor de todos los seres. Destructor de demonios. Indestructible. Cazador. Oh tú, en quien es imposible pensar. Protector. Adorado por todos los deva. Oh tú, que meditas en el agua. Creador de todo. Invencible. Alma del universo. Tú que estás en todas partes. Nos postramos ante ti. Otórganos el éxito mediante tu don.

El señor de todos estos epítetos sonrió, y les dijo: -Cerca de aquí hay un lago lleno de elixir de la inmortalidad. Allí fue excretada mi flecha hace eones.

Los dos Krishnas (porque otro de los nombres de Arjuna es también Krishna) fueron al lago, que tenía la forma del disco solar. Vieron una serpiente terrible en el agua. Había una segunda, con mil cabezas. Las vieron escupir llamas gigantes.

Krishna y Arjuna tocaron el agua, y juntaron las palmas en señal de saludo. Por todas las alabanzas a Rudra, las serpientes descartaron su apariencia y tomaron la forma de un arco y una flecha.

Llevaron el arco y la flecha a Rudra, y se apareció a su lado una figura del color rojo azulado. La figura tomó el arco y la flecha. Entonces Arjuna memorizó el gesto con el que sostenía el arco, así como los mantra que encantaba. Aquél ser poderoso liberó entonces la flecha al lago.

El vello de Arjuna se erizó. Sabía que había conseguido el arma que necesitaba. Cuando sostuviera el arco como acababa de aprender, y recitara el mantra que acababa de oír, iba a poder invocar aquella arma todopoderosa en el campo de batalla.

El peligro de una historia demasiado cercana, como la escena del agente de seguridad en el tren, es que la podemos confundir con información. Los elementos familiares nos engañan, y pensamos que hemos comprendido todo lo que había que comprender. Pero ninguna vivencia, ni en el tren de cercanías, ni en casa, ni paseando por el bosque, ni haciendo el amor, está menos abierta a los mundos intermedios de las ensoñaciones y el poder incomprensible que nos permea.

La vida es impensable, inabarcable, infinita, y brilla entre todos sus pliegues. También en el horror. También en el amor. También en la alegría y también en el dolor. Oh Shiva, te pido con todo el cuerpo que no me dejes olvidar tu grandeza; libérame del velo de la ofuscación que me hace pensar que entendiendo el mundo, y que existe algo que ya no me puede sorprender.

Viaje hacia el centro de la tierra

Nárada es, fue y será, una y otra vez, y de nuevo, una vez más, el hijo de la causa del Big Bang. Nace y renace con cada explosión.
Vyása es el nombre del poeta místico que nos cantó la historia de nuestros orígenes, a la humanidad; y lo hizo antes de la prehistoria.
Se dice que, en una ocasión, un discípulo de Vyása le habló al rey sobre un encuentro entre Vyása y Nárada. Vyása le preguntó a Nárada si sabía quién era el arquitecto supremo del universo, y si sabía si este era eterno o universal, y si se creaba a partir de un solo foco o de varios.
Nárada, se cuenta, le respondió a Vyása que esto mismo le había preguntado él a su padre Brahma, quien es la explosión de energía infinita que impulsa nuestro viaje por el tiempo.
-Me sentía anegado en este mar de formas y apariencias (māyā)- le confesó Nárada a Vyása -Mi corazón estaba agitado por las dudas, y le hice estas preguntas a mi padre, quien me contestó:
-Cuando abrí los ojos en el mundo me encontré sentado entre miles de pétalos de luz y allí donde alcanzaba mi mirada solo veía agua oscura.
Esto sobre lo que estoy sentado es como una flor de loto, pensé, y la flor de loto hunde sus raíces en la tierra para extender su tallo a través de las aguas.
Así que buceé en las aguas sobre las que flotaba siguiendo el tallo del loto que me servía de asiento (āsana). Pero las aguas eran oscuras y aunque pasara años buceando no llegaba al fondo.
De repente, escuché una voz en mi interior que me dijo:
-¡Crea!
Pero yo no entendía qué podía crear, y con qué elementos, si a mi alrededor solo veía negrura líquida.
Entonces aparecieron en las aguas dos demonios sombríos como la duda que agitaron el tallo que me sostenía y me arrastraron al fondo de las aguas con una velocidad vertiginosa. Parecía que me llevaran hasta el fondo de los fondos y pensé que me iba a pasar la eternidad así, entre sus garras. Pero de repente tocamos fondo y pude reconocer a mi alrededor la silueta de un ser enorme; un cuerpo que abarcaba todo lo que existía; que dormía.
Aterrizamos sobre el muslo de este enorme ser durmiente y había allí otra figura, en postura de meditación, que parecía ajena a nosotros. Pero de repente apareció en medio de la oscuridad una luz brillante como nunca había visto. Aunque cerrara los ojos y los cubriera con las manos nada cambiaba, seguía viendo el brillo de la luz con la misma intensidad. Y su forma era como la del cuerpo de una mujer.
Y nos habló:
-Desprendeos de la pereza y haced vuestro trabajo de creación, preservación y destrucción.
Y oyendo la voz suave de la diosa respondimos los tres:
-Oh madre, pero no hay tierra aquí, no existen los elementos, ni los sentidos ni las cualidades.
-Abandonad el miedo y subid a este carro- nos dijo -os mostraré algo maravilloso.
Y nos subimos a una plataforma decorada con gemas variadas, cubierta de perlas y rodeada del sonido de tintineantes campanadas. Esta plataforma se elevó sobre los cielos y se puso a volar sobre las aguas.
Nos quedamos asombrados cuando de repente volamos sobre una tierra firme que apareció en medio de las aguas. Era un lugar que resonaba con el sonido de los pájaros cuco y abundaban los árboles fruteros, los bosques y los jardines. Habían grandes ríos, lagos, cascadas, estancos pequeños, mujeres y hombres.
Vimos una ciudad rodeada de una muralla divina con varios templos y palacios en su interior, así como otros edificios magníficos.
A continuación vimos un rey brillante salir a cazar al bosque.
El aeroplano que nos llevaba se elevó a gran velocidad y llegamos a un jardín en el que solo había dicha (Nanada). Allí vimos la vaca de la abundancia universal (Surabhi) descansando a la sombra de un árbol.
Vimos ninfas a su alrededor, jugando y bailando. Habían cientos de espíritus jugando con el viento, los árboles susurraban rezos y agradecimientos.
Entonces el carro volvió a elevarse y en un parpadeo nos encontramos en el centro de la expansión cósmica (Brahmā loka), donde fuimos saludados por cientos de dioses.
Allí mis compañeros de viaje, el que lo abarcaba todo (Viṣṇu) y el que meditaba en silencio (Śiva), se sorprendieron de ver otro Brahma igual que yo. Estaba rodeado de las cuatro caras del conocimiento (Veda) y serpientes traslúcidas.
-¿Quién es este Brahma eterno, me preguntaron?
-No lo sé, – les dije. -No lo conozco. ¿Quién es él?¿Quién soy yo? Vosotros también sois dioses, decídmelo vosotros.
Pero antes de que me contestaran seguimos volando y llegamos al monte Kailasa, donde entre sonidos de tambores vimos otro Shiva cabalgando el toro de la tierra y, antes de que pudiéramos preguntarnos nada, el carro nos apartó de ahí con la fuerza del viento y nos encontramos en la corte de la belleza.
El lugar emanaba una maravillosa manifestación de poder, y nuestro compañero se sorprendió mucho al ver allí otro Vishnu, con cuatro brazos, cabalgando el ave que cada amanecer vuelve a robar el elixir de la inmortalidad a los dioses (Gāruḍa / Gāyatrī)
Nuestro transporte se siguió elevando y vimos un océano de néctar (Sudhā Sāgara) con olas que jugaban sobre su superficie, y vimos en su centro una isla de gemas (Mani-Dvīpa) y árboles en flor. Resonaba en ella el zumbar de las abejas e instrumentos musicales armoniosos.
Y desde nuestra plataforma, vimos en la distancia un diván, cubierto de joyas y perlas, y en él había una mujer divina sentada, con una tela roja y la piel cubierta de sándalo.
Parecía más bella que millones de diosas de la belleza juntas. Nunca habíamos visto una forma igual.
-Incluso los pájaros en este maravilloso lugar entonan la sílaba mística Hrim… Hrim… Hrim… – nos dijimos.
La mujer tenía el color del sol naciente y estaba adornada con todos los atributos de la naturaleza.
Estaba rodeada también de mujeres jóvenes con cuerpos que eran llamas doradas.
-¿Quién es esta mujer?- Nos preguntamos -¿Cómo se llama? No la podemos reconocer desde esta distancia.
Y mientras decíamos esto ella abrió de repente mil ojos, y mil manos, y mil pies, o algo así nos pareció a nosotros, porque no había lugar que su presencia no alcanzara. Y de repente Vishnu, por su inteligencia, llegó a la conclusión y dijo:
-¡Ella es la gran diosa- inalcanzable y eterna!¡Ella es la plenitud!¡Es la causa de todos nosotros! Es inconcebible para el intelecto. Es eterna y no eterna. Es la fuerza de voluntad del Yo universal. Es la creadora original del universo.
Durante la destrucción del universo es ella la que atrae hacia su corazón todos los cuerpos sutiles (liṅgā śarīra) para jugar.
A su alrededor se disponían todas sus potencias (vibhutis), como si fueran todas reflejos y sombras de la Diosa, en forma de riquezas (śrī), consciencia (Buddhi), fortaleza (Dhritti), memoria y amor (smṛti), fe (śrāddha), inteligencia (medha), compasión (dayā), modestia (lajjā), avidez (tṛṣṇā), perdón (kṣaṇa), rigor (akṣaṇa), brillo (kānta), paz (Śānti), sueño (nidrā), entumecimiento y pesadez (tandrā), vejez (jarā), falta de vejez (ajarā), conocimiento (vidyā), ignorancia (avidyā), deseos (sprihā), fuerza (śakti), debilidad (aśakti), grasa (vasā), tuétano (majjā), piel (tvak), vista (dṛṣṭi), palabras justas e injustas (satyāsatya vākyasatyāsatya vākya) y los 35 millones de canales energéticos del universo (Nādi) – todos estaban allí a su alrededor.
-¿Ves Brahma?- ella se dirigió hacia mí : -¿Qué sustancia puede haber en el mundo que no esté conectada a mí? Yo soy todas las formas. En esta creación soy una, y mucho. Penetro toda sustancia y soy siempre la causa. Soy el frescor del agua y el calor del fuego; soy el brillo del sol. Así, y de muchas otras maneras, manifiesto mi poder. Soy el frío de la nieve. Sin mi poder la tierra no podría sostener ni un solo átomo; mucho menos los seres vivos.
Soy el océano, soy la nieve y soy el palpitar de tu corazón. Yo cuido los velos de la realidad.
Esto le dijo la diosa a Brahma, o algo que sonaba a esto. Brahma se lo contó a Nárada, por lo que sabemos. Nárada se lo contó a Vyása, en la orilla del Ganges. Lo escucharon las aguas y se lo contaron al viento. El viento lo sopló en los oídos de Arjuna, en la cima de los mundos, en un lugar del Himalaya, y a Arjuna le pareció suficiente; y volvió a casa.
-¿Pero quién es Arjuna y qué hacía en la cima del mundo? Si quieres leer esto continúa a la entrada anterior.

El verdadero origen del fuego

Rudra es un nombre que muchos traducirían como el aullador. Shiva (El bondadoso) es otro nombre que recibe lo mismo, que es algo que no es algo, porque no es un objeto, pero tampoco es nada.
Si uno tiene muchas ganas de conocer a Shiva, cuando sueña se puede encontrar con una figura delgada y alta, que tiene forma humana pero no lo es, quien le puede indicar que suba a un autobús, o coche, o le enseñe un mapa o le indique un puente colgante o unas vías de tren abandonadas, que llevan al sueño profundo – al silencio, del cual no recordamos nunca nada durante la vigilia. Y más allá de ese silencio está Shiva. Por esto Shiva está siempre aquí, pero lejos. En un lugar que lo permea todo, como el líquido de las aguas.
Aquí, pero lejos, Shiva se refleja en Vishnu. Dos nombres equivalentes, eternos, pero uno es siempre y el otro nunca, o uno es todo y el otro nada, y ya no se sabe quién es qué; o los que lo saben no lo recuerdan, o los que lo recuerdan no se lo cuentan a cualquiera.
En ese lugar, nace del ombligo de Vishnu una flor de loto, que esconde dentro de sus pétalos a Brahma, el poeta que creó a los poetas; el que otorga formas a la realidad, con las palabras que inventa.
Cada letra que pronuncia Brahma es como una llama que se enciende en el seno del calor. Por esto se dice que quien logra recordar algo de este lugar recuerda treinta y seis mil fuegos, que son las letras que crean los sueños.
Durante la vigilia la mente cabalga estas letras como a una yegua en llamas, difícil de domar.
Pero en fin, en ese lugar, Brahma habla con Shiva, y juntos deciden hacer una visita a Vishnu. Porque Vishnu vive en una isla blanca, hecha de finísima arena. Y cuando Brahma, acompañado de Shiva, se sienta ante Vishnu, ve salir de él, como si fueran cientos de miles de millones de velos que lo cubrem, y descubren, siluetas de una multitud de apsaras: mujeres desnudas y cubiertas de joyas que bailan y mueven brazos, codos y dedos, de las manos y los pies, al ritmo de los cantos armoniosos que ellas mismas entonan. Una levanta una rodilla, otra rota suavemente el muslo, una golpea la arena con la planta desnuda del pié, otra hace volar su cabellera, una parpadea, otra sonríe. Suben y bajan los pechos, se gira una cadera amplia y una mano con los dedos extendidos tapa otra cadera algo más estrecha.
La mera visión de las bailarinas fantásticas que rodean a Vishnu, los pechos redondos de las apsara, sus nalgas en tensión y la fluidez de sus movimientos, acaloran el cuerpo de Brahma, que siente en sus genitales un ardor que le acaba haciendo eyacular, solo, antes de poder tomar el control de sí.
Brahma siente vergüenza e intenta tapar las pruebas con una parte de su vestido. Envuelve con tela, en un movimiento rápido, su semilla mezclada con arena blanca, y lanza el atado al mar.
Al instante sale de las aguas primordiales un niño luminoso, que brilla como el sol de soles, y se abraza llorando a Brahma.
Tras él, antes de que nadie pueda reaccionar, se eleva desde el mar Varuna, el dios de las aguas profundas. El dios de todas las aguas negras del inconsciente.
-Vengo a reclamar mi hijo – exclama Varuna. Pero Brahma ya le ha cogido cariño al niño y de un manotazo hace volar a Varuna lejos de la orilla.
Pero Varuna vuelve, y reclama de nuevo su hijo.
-¿Cómo puedo abandonar alguien que se está abrazando a mí con todas sus fuerzas y me pide amparo y refugio? – Dice Brahma.
Ante lo cual, interviene Vishnu:
-He visto bien toda la secuencia, Brahma. Este niño es hijo tuyo, fruto de tu deseo. Pero ha nacido en las aguas de Varuna. Los sabios saben que el maestro de uno es como un segundo padre, así que si Varuna acepta al niño brillante como discípulo, los dos compartiréis la paternidad.
Al niño, lo llaman Agni, y es el fuego. También fue bautizado Hutāsana, que lo consume todo, porque nació del deseo desbocado de Brahma y eso le impregnó, de raíz, de un hambre infinito que solamente las enseñanzas de Varuna, el dios del agua, puede regular y calmar.
Agni es inquieto también, y no hay lugar del universo en el que no quiera estar. Por esto Brahma le encargó recoger las ofrendas de los corazones que todos los seres, con o sin forma, hacen a los dioses, a Vishnu y a Shiva.
Al poco tiempo, sin embargo, Brahma se dio cuenta de que ninguna ofrenda llegaba a los dioses y se concentró en la raíz de la realidad (mūlaprakṛti), donde vislumbró una energía femenina de color azul, que reconoció como aquello que faltaba a su hijo Agni.
Le había costado a Brahma reconocer a esta diosa sutil porque ella tenía su atención dirigida exclusivamente a Shiva, y no tenía ningún deseo ni intención de dispersarse entre los tres mundos.
Shiva intervino en ayuda de Brahma, y todo los dioses, y prometió a la energía azul, de nombre Svāhā, que dado que el fuego está en todas partes si se casaba con el fuego una parte de ella siempre estaría en el mundo de Shiva, junto a él, mientras en otros planos temporales podría acompañar al fuego.
Así es como Svāhā aceptó acompañar a Agni y se la puede reconocer siempre en los matices azulados de las llamas.
Tras 12 años cósmicos de estar juntos Agni y Svāhā tuvieron tres hijos: Dakshināgni, Gārhyapatyāgnī y Āhavaniyāgni; el fuego ceremonial, el que se cuida en el hogar y el de las invocaciones.
Todas estas llamas son los hijos de Agni y Svāhā. Las crestas de las llamas, ese lugar donde el calor dorado de cada lengua del fuego se difumina en el aire, es Rudra. Porque Rudra es el aullido del fuego. Y los tintes azulados en la base de las llamas son la esposa del fuego, Svāhā, que vive abrazada a él, pero tiene el corazón con Rudra. – Es por ella que todas las ofrendas transcienden allende los tres planos, van más allá de los sueños y más allá del silencio.
El deseo es la fuerza que ilumina la vida, el fuego es su forma y Svāhā es la guía para volver al origen, que está aquí y lejos, porque está en todas partes, es inmensurable e indescriptible.
También indestructible.
Ninguna de las palabras que escribo aquí son la realidad, pero a la vez lo son todas. Las palabras son pequeños destellos en las aguas oscuras de lo que hay. Cuando las palabras se invocan junto a Svāhā, se convierten en el corcel flamante sobre el que la mente puede cabalgar hacia el lugar del que venimos todos, más allá de las palabras y más allá del silencio.

Las fuentes de esta narración son el Brahma-Vaivarta Puranam y el Devi Bhagavata Purana, así como citas de Brahmanas y diversas Upanishads recogidas en el clásico La presencia de Shiva, de Stella Kramrisch y los comentarios a los Brahmā Sutras en la edición castellana de Consuelo Martín. También en El Ardor, de Roberto Calasso.
El secreto de los nombres de Dios, de Ibn Arabi, también ha influenciado esta narración.

Esta es la última narración del tercer año de la performance Respirar el Mahabharata; dedicado al fuego. El próximo, si dios quiere y lo permite, será el “manifiesto del tercer año”, en el que me esforzaré por expresar, como los años anteriores, en qué lugar se encuentra el proyecto ahora ante el estreno del tercer capítulo del espectáculo, el próximo 12 de Diciembre de 2018.

El reflejo múltiple de la mirada

Al Rey de la montaña me lo imagino como un conglomerado de raíces gruesas y enroscadas, entre enormes rocas quebradas.  Y el rey no es las raíces sino más bien el vacío que estas delinean, que resalta la invisibilidad del monarca.

La hija del Rey tiene las uñas de los pies relucientes y la piel de un pálido color cobrizo, y unas caderas amplias como el poder de la vida sobre las cuales se posa un velo fino como la brisa del atardecer. El vientre redondo como el amor. Los pechos redondos y llenos; los brazos cubiertos de joyas que deslumbran la mirada del profano con una irradiación dorada que ciega con destellos azulados.

Más arriba la mirada, que está destinada a un único receptor.

La hija del rey de la montaña está caminando. Recorre la húmeda boscosidad hasta llegar a una gruta silenciosa. Una cueva cuyo interior está impregnado de la presencia estable y muda de aquél a quien teme el propio rey de la montaña. Aquél ante el cual tiemblan las abejas cuando merodean las flores.

Un asceta inmóvil, casi invisible entre las sombras – estando su cuerpo embadurnado con ceniza blanca y cubierto de sierpes negras que trepan lentamente sobre la curvatura que une sus hombros con su pecho y con el cuello que aguanta su cabeza. Medita coronado de una larga y enmarañada melena que se pierde en la oscuridad como si fuera parte de la misma roca.

La hija de la montaña está enamorada de él. Pero él no la mira. Y hasta ser vista Parvati, la hija de la montaña, medita frente a él.

Para siempre.

Eones.

La eternidad toda.

¿Y en qué nos atañe esta historia? ¿En qué me atañe a mí y a mis decepciones, mis miedos, mi indignación y las estridencias mecánicas de la ciudad que oigo tras las paredes?

La vuelta de esta historia está en una escena que ocurre poco antes del encuentro. Cuando Parvati sube la montaña decidida a verse con Shiva, él usa sus poderes cósmicos para proyectar un destello de su consciencia sobre el sendero que transita su admiradora, y materializa esta consciencia ante ella con la forma de un peregrino solitario. Un consejero anónimo, que la previene del paso que va a tomar:

-Mira que el Señor que vas a ver es huraño, vive desnudo, cubierto de cenizas, y nunca se peina. No se puede trazar su linaje, y vive rodeado de fantasmas y espectros.

¿Por qué quieres casarte con él? ¿Has perdido la razón? Tu padre es el rey de la montaña; brillas como una joya entre las mujeres, ¿por qué anhelas un marido como este y las penurias que conlleva casarte con él?

Estás ofreciendo una moneda de oro a cambio de una pieza de vidrio. Renunciando al ungüento de sándalo, deseas untar tu cuerpo con barro.

Ignorando la luz del sol deseas el brillo de una luciérnaga. Renuncias a la vida en el hogar por la vida en el bosque; desechas un tesoro a cambio de una pieza de hierro.

Tú y Shiva no tenéis nada en común.

Tú llevas seda y él viste piel de elefante.

Tú llevas joyas y él un collar de calaveras vacías.

Si tu sonido es el armonioso murmullo de las abejas en primavera el suyo es el seco tambor.

Ninguna de vuestras cualidades concuerda, señora. –

En el momento en que Shiva se desdobla y aparece como un meditador aislado en el fondo de una cueva y a la vez un peregrino mendicante, entramos en otro plano narrativo. La linealidad se descompone. Me puedo creer la imagen de una mujer enamorada de un asceta desapegado de las emociones, y me puedo creer la imagen de un consejero avisando a la misma mujer enamorada, previniéndola de que su elección de pareja no es la más fácil. ¿Pero cómo pueden estar ocurriendo las dos acciones a la vez?¿Y cómo puede ser el asceta y el consejero uno y el mismo?¿Y cómo puede estar en dos lugares distintos al mismo tiempo?

Esto, en lo concreto, es imposible. Pero en una dimensión más sutil es maravilloso (en sánscrito: adbhuta), espeluznante, cósmico, “wuau”, la hostia, etc.

De repente, los dos personajes se vuelven tres, y de la misma manera podrían ser uno. Porque son dioses. Son Dios. Son “wuau”.

Parvati se sienta ante Shiva y como él, medita.

En ella, él se ve a sí mismo. No exactamente; ve el reflejo de sí mismo. El reflejo multiplicado de uno mismo en el otro uno. Uno y uno se vuelven dos, y al verse dos se comprenden dos, cada uno a su manera, y cada uno ve el dos del otro en la mirada que lo enfrents. Dos parejas suman cuatro, y así exponencialmente…

Cuando Shiva mira a Parvati, ve en ella a toda la creación. Se ve a sí mismo, dividido. Cuando Parvati mira a Shiva, ve toda su multiplicidad reflejada en lo que la une. Al verse, cuenta la tradición que Shiva y Parvati se quedan jugando a los dados en la montaña. Se pelean y hacen el amor, fuera y dentro del tiempo –simultáneamente. Así es como esta historia se convierte en un enigma. En una maravilla. En algo incomprensible, pero sentido.

Cuando me permito sentir. Cuando me atrevo a sentir, mi imagen reflejada en el espejo se vuelve un acto de existencia enlazada en la trama temporal; enlazada en las acciones y las historias que me cuento sobre mis acciones, y sus consecuencias, y el azar, y el veredicto histórico. Y en mi mirada, veo al que mira. Al que habita la imagen que refleja el espejo. El que habita mi interpretación, fluctuante, de la imagen que veo en el espejo.

Cada mañana la misma historia. El acto maravilloso, intenso, cósmico, de lavarse los dientes.

Lecturas:

Parvatidarpana, An exposition of Kashmir Shaivism through the images of Siva and Parvati. Harsha V.Dehejia, Motilal Banarsidass Publishers, Delhi, 2010.

 

Cuentos reales

Shaktival es el nombre que usa un hombre de mirada tímida y sonrisa generosa que vive en la aldea de Kottakarai, en el sur de la India. Shaktival trabajaba de cocinero y tenía una pequeña pastelería en la que vivía con su familia, cuando acudió a la inauguración de un templo dedicado a Hanuman cerca de su pueblo.

Aquí hago un inciso para explicar quién es Hanuman, con el hándicap de no saber qué explicar. Estos últimos quince días he estado muy dedicado a Hanuman, hasta el punto de recibirlo en un sueño, en el que Hanuman se me ha aparecido en la forma de una máscara asimétrica, o mejor diría como una letra china hecha de planchas doradas que se asemejaba a la representación de una cara casi humana; casi como un jeroglífico dorado, que flotaba en el cielo y me preguntaba provocador:

-¿De verdad crees que me vas a comprender?

Este es Hanuman para mí.

La representación común de Hnuman, no la que soñé yo, es la de un hombre fornido con cara de simio. Se le representa muchas veces volando, con una maza y una montaña en la mano, y otras rezando o meditando.

Un evento central en la historia del universo es el momento en el que los Deva, las divinidades luminosas, y los Asura, magos oscuros con poderes cósmicos y titánicos enemigos de los Deva, se asociaron para batir juntos el océano estrellado del universo y destilar de él el elixir de la inmortalidad. El Mahabharata narra este evento pero omite que en el momento en el que la primera gota de la inmortalidad salió exprimida del océano, Vishnu tomó la forma de la mujer más sensual que había visto el cosmos y bailó una danza tan hipnótica que todos los Asura quedaron hechizados, inmóviles. Este momento de distracción o aprovecharon los Deva para hacerse con la inmortalidad. La operación fue un éxito pero, según me han contado, a Shiva le gustaron las formas de aquella mujer ilusoria que había representado Vishnu y quedó enamorado.

Me cuesta encontrar las palabras justas porque me es imposible discernir las corrientes sutiles e inmesurables que impulsaron a Shiva e Vishnu a ejecutar aquella acción enigmática pero el hecho es que hicieron el amor, los dos aspectos de la divinidad, Vishnu en forma de mujer y Shiva en forma de hombre. Su descendencia, el fruto de aquél acto de amor, fue una energía tan podersa que no podían bajarla directamente al mundo material. Le pidieron al dios del viento que lo hiciera y así, en el seno de una tribu de monos, el embrión que la madre de Hanuman acababa de concebir en su interior fue cargado con la energía del dios del viento y la energía de Shiva, con la intervención de Vishnu.

Hay una explicación, también, de por qué esta energía nació entre monos, pero la dejo para otro día.

Siguiendo con la energía de Hanuman, nos podemos ir formando la idea de que era poderoso como un agujero negro, por lo menos, y siendo todavía bebé confundió la imagen del sol entre las hojas de un árbol de mango con una madura fruta dorada, lo cual le impulsó a saltar hacia el espacio exterior para comerse al sol.

Se dice que las cualidades de Hanuman son inmesurables, incluido su cuerpo físico: puede volverse más pequeño que un átomo o más grande que la galaxia en la que vivimos. No tuvo ningún problema en engullir el sol.

Quién sí tuvo problemas con ello fue Indra, el rey de los Deva y el encargado de mantener el orden meteorológico. Por culpa de aquel monito la tierra se quedó sin luz e Indra defendió el equilibrio golpeando la mandíbula de Hanuman con su arma, el rayo, de manera que Hanuman cayó de vuelta a la tierra con la boca abierta.

El dios del viento recogió a Hanuman en su caída y Shiva explicó a Indra que era a su hijo a quien había golpeado. Todos los dioses se sintieron mal y bendijeron a Hanuman con regalos. Indra transfirió al cuerpo de Hanuman toda la energía del rayo y Brahma le dio la capacidad de comprender toda la creación.

Para que no causara más problemas los dioses hicieron que Hanuman olvidara sus poderes y el sol asumió la responsabilidad de convertirse en su gurú, guiando sutilmente a Hanuman a través de su vida hacia la madurez.

Y estas historias las tenía muy incorporadas Shaktival, el pastelero con quien he empezado este escrito, cuando fue a la inauguración de un templo de Hanuman.

Recogió algunas de las monedas que lanzaron los sacerdotes durante la ceremonia y volvió caminando a casa. Pero en el camino encontró una fotografía en el suelo, en un lugar inesperado, en medio del campo. Era la fotografía de una estatua negra de Hanuman decorada con una larga guirnalda.

Esto le pareció una señal a Shaktival y se llevó la fotografía a casa, le preparó un altar, le encendió una vela, le hizo las ofrendas apropiadas y le rezó a Hanuman con mucha devoción.

Shaktival no habla inglés, todo lo que cuento lo sé de su hijo, Cakrapani, que me contó que aquella misma noche su padre despertó a la familia saltando por la casa y cantando el nombre de Rama.

Hanuman es, ante todo, devoto de Rama. Rama es una de las encarnaciones más importantes de Vishnu y la historia de Rama es el llamado Ramayana, “la vía de Rama”, una historia que me encanta narrar y que fue la semilla de este proyecto de Respirar el Mahabharata.

El Ramayana se puede encontrar dentro del Mahabharata; los cinco hermanos protagonistas lo escuchan narrar en la selva. Por razones que espero poder explicar mejor en el futuro, siento que el Ramayana es el corazón del Mahabharata, es su compasión, así como la Bhagavat Gita es su comprensión. Es por esto, y porque Hanuman actúa también en el Mahabharata, que considero este escrito apropiado para este diario de Respirar el Mahabharata.

Volviendo a Hanuman, lo que más le gusta hacer es decir el nombre de Rama.

Al cabo de un rato Shaktival volvió en sí y dejó de actuar de aquella manera, pero el evento se repetía y noche sí noche no, Shaktival volvía a saltar en trance recitando el nombre de Rama. Pronto la familia entendió que en aquellos episodios su pariente se veía poseído por la energía de Hanuman, a quién de día Shaktival seguía venerando en su apropiado altar.

Dado que Shaktival seguía siendo un padre de familia tierno y responsable, y el negocio de la pastelería prosperaba, la familia aprendió a convivir con la situación. La esposa de Shaktival intentó acudir a ciertos expertos para que bloquearan el acceso de Hanuman al cuerpo de su marido, pero nada funcionó. Hanuman seguía apareciendo y se convirtió en una más de la familia.

En caso de que leer esto te incomode, por parecer demasiado íntimo, he de decir que cuando le he preguntado a Cakrapani, el hijo de Shaktival, si podía contar su historia, me ha mirado con los ojos bien redondos y me ha dicho, sorprendido:

-Es la verdad, ¿Por qué no lo vas a poder contar?

Pero todo cambió cuando llegó a la pastelería de Shaktival un amigo, llorando, y le contó que estaba pensando vender su casa para costear una operación muy difícil. Un agente policial había dañado una vértebra del hijo del señor desesperado, golpeándole con un bastón, y la única posibilidad de que volviera a caminar era con una operación que la familia no podía pagar de otra manera.

Aquel día fue la primera vez que Shaktival se atrevió a compartir con alguien lo que hasta aquél momento la familia consideraba una excentricidad. Le explicó al señor necesitado la situación y le ofreció consultar a Hanuman como último recurso, antes de vender la casa.

Aquella misma noche invocaron a Hanuman y este ser tan enigmático, mono, mensajero divino, avatar y poseedor de la visión del poeta original, recomendó a los presentes preparar un ungüento hecho de hierbas que podían recoger en los bosques cercanos. Desde un punto de vista médico la recomendación era absurda pero Shaktival insistió a su amigo probar aquello como última opción. Si no funcionaba, podían pasar a vender la casa y pagar la operación.

Sobra decir que, milagrosamente, funcionó.

El amigo de Shaktival le regaló una vaca, y rápidamente comenzaron a aparecer personas de las aldeas vecinas pidiendo consejos de Hanuman.

Las vacas han aumentado, de una a nueve. La pastelería se cerró y en un terreno nuevo se ha erguido un modesto templo a Hanuman, que Shaktival mantiene en un estado continuo de incuestionable devoción.

Cuando yo he conocido a Shaktival no conocía todos estos detalles. Había oído rumores de que se convertía en Hanuman y tenía muchas ganas de presenciarlo para estar por fin cerca de este ser misterioso. Sin embargo pensaba que para conocer a Hanuman debería ser invitado a algún tipo de ceremonia íntima. Cuando hace unos diez días una persona muy especial, que merece otro escrito dedicado solamente a él, me ha invitado a contar el Ramayana en un templo de Hanuman, no me he imaginado que aparecería el mismo Hanuman en el lugar. Pensé que probablemente esa noche el sacerdote me pondría a prueba, y así podría ganarme la bendición de conocer a Hanuman, pero había olvidad que otra de las cosas que más le gustan hacer a Hanuman es escuchar el Ramayana.

Voy a dejar este escrito aquí, porque se está alargando mucho, primero, y también porque siento que todavía no he asimilado del todo este encuentro físico con Hanuman. Si has leído hasta aquí te saludo, te honro y te agradezco. También me disculpo. Dentro de quince días espero poder continuar esta historia.

El desenlace inmediato de lo que estoy contando es obvio: he tenido el honor de conocer a Hanuman; lo que todavía no acabo de asimilar son las consecuencias de este encuentro. En quine días espero entenderlo mejor y poder relacionar la experiencia con el proceso artístico que es Respirar el Mahabharata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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