¿Cómo murió Krishna? (Segunda parte)

Dicen que cuando los hombres de su clan se mataron los unos a los otros, en una borrachera salvaje, el príncipe Krishna estaba solo. Se encontraba meditando en el bosque, bajo la mirada de la luna, rodeado de aromas de la tierra y susurros de las plantas.

Entonces llegó a él Daruka, su fiel auriga, para informarle de la tragedia. Y Krishna sonrió, esa enigmática sonrisa que servirá de hilo conductor para las próximas entradas de este blog. Después Krishna ordenó a Daruka que partiera: Lo mandó a convocar al héroe Arjuna, para que viniera a proteger la ciudad de los ataques de los bandidos, que llegarían cuando supieran que en la ciudad de Krishna ya no quedaban guerreros.

Aquella noche terrible, cuando volvió a quedar solo, Krishna caminó hasta el mar, donde vio a su hermano sentado bajo un árbol. Cuando Krishna llegó al lugar Bala Rama, el hermano, abrió la boca y salió de ella una serpiente blanca gigantesca, con mil cabezas, que se deslizó hacia las aguas sin hacer ningún ruido. Y Krishna no se inmutó. La noche seguía tan negra como hacía unos minutos, pero nada era igual. Para el mundo. Aunque para Krishna las cosas marchaban como tenían que marchar. El príncipe se adentró en el bosque hasta encontrar un lugar tranquilo, y allí se sentó, concentrando toda su atención en el interior del cuerpo, meditando en sus dientes, su paladar, la lengua, el cuello, la garganta, el corazón, las arterias y las venas dentro de su corazón. Una sola vez se movió Krishna, pero cuando ya comenzaba a amanecer. Justo en aquel momento pasó por el lugar un cazador, quien según dicen se llamaba vejez (Jara).

El cazador confundió el movimiento del príncipe entre los matorrales con la agitación de una gacela. Disparó, y mató a Krishna.

Así murió el príncipe Krishna, acompañado de su hermano Bala Rama. Pero Bala Rama, dicen, fue la encarnación en la tierra de la serpiente Sesha. Una serpiente infinita (ananta) hecha de todos los residuos (sesha) de la realidad. Una serpiente compuesta por los restos encadenados de todo lo que ha existido alguna vez, y todo lo que existe, que se desliza lenta y velozmente a la vez, infinitamente, en todas partes. Y sobre esta serpiente descansas tú, que lo permeas todo (vishnu), Oh Krishna. Porque, aunque la historia cuente que moriste, todos sabemos que “tus manos y tus pies alcanzan todas las direcciones, y tus ojos, cabeza y caras miran hacia todas partes[1]”.

Esta historia responde, en parte, a la pregunta de una lectora de este blog, quien preguntaba cómo murió Krishna. Pero queda más por responder: ¿Por qué Krishna atrajo la maldición letal sobre su propio clan? ¿Y por qué sonríe? De esto seguiremos hablando en la próxima entrada y así, por partes, seguimos profundizando en el tema de este año de Respirar el Mahābhārata, que es cómo llegar a Krishna sin confundirse.


[1] Cita del canto llamado Anu Gita, una “segunda Bhagavad Gita” que se encuentra en el capítulo del Mahābhārata llamado

¿Cómo murió Krishna?

Habían pasado 36 años, desde la guerra de la vergüenza, cuando llegaron los malos augurios: vientos huracanados traían lluvias de piedras, las aves volaban en círculos contrarios al sentido de la tierra, la corriente de los ríos volvía hacia atrás, las cuatro direcciones se cubrían de niebla, polvo tapaba el disco solar, la luna y el sol se veían siempre rodeados de una aureola negra y roja y por todas partes caían meteoritos como carbones incandescentes.

El rey entendió, entonces, que Krishna estaba partiendo.

Unos pocos supervivientes de aquella guerra innombrable, que había cosechado las vidas de los guerreros de la tierra, fueron los Vrishni, el clan al que pertenecía Krishna.

¿Y quién eres tú Krishna? ¿Qué significa tu nombre estrellado? Cuenta la historia que el clan de los Vrishni estaba marcado por una maldición, y dicen que fuiste tu, Krishna, quien la había llevado sobre ellos.

Años atrás el campamento de los Vrishni fue visitado por los sabios Nárada, Vishvamitra y Kanva. Los guerreros de la asamblea recibieron a los tres sabios con un juego que les costó la vida. ¿Por qué? Dicen que el destino lo sabe.

¿Y cuál fue ese juego? Dicen que a los Vrishni se les ocurrió vestir a uno de sus guerreros de mujer y presentarlo así a los sabios:

-Esta joven está en su período más fértil del mes – dijeron los guerreros, embriagados de humor -es la obligación de uno de vosotros, oh sabios ilustres, dejarla embarazada.

Pero a los sabios no les gustó nada la broma, y respondieron con una maldición:

-Este guerrero, vestido de mujer, quedará embarazado y dará a luz a una vara de hierro que será la muerte de todos vosotros. Excepto Krishna y su hermano Bala Rama. Porque sois todos crueles e insolentes.

Después Bala Rama llegará al océano y descartará allí su cuerpo. Cuando Krishna se siente a descansar en el bosque será atravesado por la flecha de un cazador. –

Se cuenta que los ojos de los sabios estaban rojos de furia cuando emitieron esas palabras. Krishna se retiró a sus aposentos sin decir nada.

El guerrero que se había vestido de mujer dio a luz a una vara de hierro, que los Vrishni convirtieron en un polvo fino de hierro que vertieron al mar.

Pero años después, cuando llegaron los malos augurios, los Vrishni vieron como el disco arrojadizo de Krishna, un arma que le había sido entregada por el dios del fuego, volvía volando al cielo. Los caballos de Krishna, que eran rápidos como el pensamiento, huyeron de la ciudad cabalgando sobre las aguas hasta perderse en el horizonte marítimo.

Y se cuenta que los guerreros Vrishni intentaron salvar la situación peregrinando juntos a un santuario frente al océano, pero se les ocurrió llevar con ellos distintos tipos de licor. Los Vrishni se emborracharon frente al santuario, en la noche fatal de su extinción, y con la intoxicación llegó la discordia, y con la discordia llegó la pelea, que desencadenó en una batalla campal.

El misterio, cuentan, es que en su furia los Vrishni arrancaban pedazos de hierba del lugar, y cada brizna se convertía en una vara de metal.

El polvo maldito que habían volcado en el mar había alimentado la vegetación de la costa, y se dividió en miles de bastones, con los que los Vrishni se exterminaron unos a otros. A excepción de Krishna, y su hermano Bala Rama, que no habían participado en el festín.

Esa misma noche Bala Rama abandonó su cuerpo frente al mar, y Krishna murió al día siguiente en el bosque. De esto hablará la entrada que viene. ¿De qué manera trajo Krishna esa maldición sobre su linaje? De eso hablaremos también, en próximas entradas. ¿Y por qué son relevantes estos detalles sobre la muerte de Krishna? Pues la verdad es que nunca llegarán a ser del todo relevantes mientras los sigamos viendo como la historia que contó alguien sobre alguien. Porque Krishna es la última verdad filosófica, el que hace que todo pase (prabhu), el sostén de todo lo que existe (nivasa), lo más cercano a todos los corazones (suhrut) y la semilla (bija) de todo lo que existe. Si pensamos en Krishna como un “ello”, un concepto abstracto, o un “él”, un ídolo de piedra, estamos viendo al mundo, a todo lo que nos rodea, y a nosotros mismos, como un concepto, o un pedazo de tierra. Si descendemos por este camino ninguna historia acabará siendo relevante para nada. Pero si nos atrevemos a dirigirnos a Krishna en segunda persona, y preguntar a nuestro corazón, a cada árbol y a cada instante ¿tú quien eres, y qué necesitas expresar? Esta historia nos hablará del sentido de la vida.

Krishna, el viaje

Esta es la historia de una batalla perdida y, a la vez, es la historia de una batalla ganada. Es una historia que nos concierne a todos:

Duryodhana es el nombre de un rey que ha usurpado el trono del emperador de la tierra, mediante el engaño. En consecuencia, Duryodhana tiene que enfrentar el resultado de sus actos en una guerra contra el antiguo emperador y sus hermanos. Una guerra que Duryodhana confía ganar gracias al poder de su ejército y, en gran medida, porque quien va a dirigir las tropas en la batalla será Bhishma, <<sabio como el gurú de los dioses, profundo como el océano, firme como el Himalaya, generoso como la vida, equiparable al sol en su fuerza. Capaz de destruir al enemigo en una lluvia de flechas, como Indra, el mismo rey de los dioses>> (Mahabharata, Bhishma-abhishecham Parva). Bhishma es hijo del matrimonio de un rey humano con el río Ganges. Tiene el poder de todos los elementos y la capacidad de decidir el momento en el que va a morir.

Con semejante aliado capitaneando y dirigiendo sus tropas Duryodhana está convencido de su victoria. Sin embargo, después de describir las tropas de ambos bandos y los preparativos para la guerra, la primera noticia que nos llega del campo de batalla es:

<<-Bhishma ha muerto. ->>

Esta es la primera frase que los lectores oímos. Esta es la primera descripción de lo que ha pasado en el campo de batalla. Antes de empezar, saber que Bhishma ha muerto. Es decir, la guerra está perdida.

Sin Bhishma Duryodhana no puede ganar, y Bhishma ha muerto. Lo que viene después no es más que el relato de la descomposición de ambos ejércitos, pero en ningún momento la obra (el Mahābhārata) pretende crear la ilusión de que Duryodhana pueda ganar la guerra. La pregunta no es quién ganará, sino cómo se desarrolla el desenlace esperado.

Este blog documenta el paso por 12 años de preparación de la narración oral del Mahābhārata, este enorme relato que nos concierne a todos. Y a medida que me dejo permear por el Mahābhārata crece en mí la impresión de que para narrarlo es necesario poder concentrar la narración en lo principal, y lo más relevante para cada momento y audiencia. Y para hacer esto tengo que vivenciar el Mahābhārata en mí y plantearme de raíz qué es lo que realmente quiero compartir. ¿Por dónde me lleva el Mahābhārata en estos 12 años? Esta es la pregunta importante porque por muy neutral que quiera ser, al final, cualquier resumen, análisis o transmisión segmentada de un texto tan extenso y profundo será tendenciosa. Esto es inevitable. Cualquier narración que haga del Mahābhārata vendrá filtrada por mis intereses y mi ignorancia; por mi inconsciente si se quiere. Y si yo no hago el esfuerzo de comprender por qué estoy haciendo esto lo que comunicaré será la misma confusión y pereza, a través del Mahābhārata. Es por esto que en este sexto año me he propuesto ir hacia el origen de todo, que es Krishna.

Krishna es un personaje del Mahābhārata, y es Dios: <<Su carro está hecho de oro y tiene ocho ruedas: sus riendas están amarradas a todos los seres y tiene la velocidad de la mente. Tiene el aspecto del fuego y es extremadamente veloz. Está decorado con oro. Él es el señor de todos los seres y toda prosperidad. Es finito y también infinito. Él es el que actúa. Él es quien hace que todos actúen. Él es la tierra, agua, cielo, viento y energía. Es el sacrificio, para todos los seres, y el fuego es su boca>> (Mahābhārata, Jambukhanda-vinirmana parva).

En la primera entrada de este año escribí sobre el momento del Mahābhārata en el que Krishna da a los bandos enfrentados la posibilidad de elegir: él mismo, sin luchar, o todas sus tropas. <<Donde está Krishna está la victoria>>, se repite a lo largo del Mahābhārata. Pero Duryodhana no lo sabe, o no se lo cree, o no le importa, y elige con felicidad las tropas de Krishna.

Con miles y miles de soldados a su cargo, y un semidiós que muere solamente cuando él lo decida dirigiendo todas estas tropas, Duryodhana está convencido de que puede ganar. Pero la primera noticia que recibimos del campo de batalla es que Bhishma ha muerto. El resto, a partir de aquí, es un derrumbamiento anunciado.

Y yo siento que la vida es exactamente lo mismo: Por mucho que nos cuidemos los sentidos se apagan; oímos menos la música, se nos escapan los detalles de las formas, el cuerpo pierde fuerza, las articulaciones se endurecen y la mente calcula menos, sueña más, se duerme y desaparece. Y aún si mantenemos por arte de magia un cuerpo en perfecto estado llegará el día en que tendremos que despedirnos de él.

Todos los fenómenos y experiencias sensoriales y mentales son “las tropas de Krishna”; sus herramientas. Agarrarse a esto es la historia de un derrumbe anunciado. Como agarrarse a castillos de arena en el fondo del mar. Pero ¿qué queda sino? Krishna. Y ¿qué es Krishna? No lo sé, pero entiendo que soltando todo lo demás se irá viendo. Lenta e inevitablemente. Por esto digo que esta vida es la historia de una derrota y una victoria inevitables. Porque allí donde está Krishna está la victoria.

En concordancia con el proceso de búsqueda de este sexto año voy a compartir un ciclo de narraciones de las descripciones que Krishna se hace de sí mismo en la Bhagavad Gita. En este texto iniciático Krishna se compara con distintos elementos de la cosmogonía sánscrita, que normalmente no se explican en las traducciones y comentarios de la Bhagavad Gita, a pesar de que cada una de estas comparaciones es la semilla de numerosas historias inspiradoras. Los encuentros serán por zoom y se pueden seguir en vivo o recibir la grabación. Para más información o inscribirse puedes escribir a: respirarelmahabharata@gmail.com

¿Cómo nació el viento?

El fuego, para cumplir su función, para arder, necesita combustible y su combustible es el mundo. El combustible del fuego cósmico es el universo, todo lo que se incluye en él; también nosotros.
Nos consumimos en el fuego del tiempo hasta la evaporación, ¿pero por qué?, y ¿Cómo podemos aceptar la pérdida de aquellos que se consumen antes que nosotros?
Personas buenas, creativas, inspiradoras y cercanas a nuestro corazón; algunos de ellos incluso han sido ejemplo para cientos, o miles, de personas y ahora nos referimos a ellos con la palabra “muerto”. ¿Por qué es el mundo de los sentidos un mundo de partidas y despedidas?
En una de las dinastías que se expandieron con justicia sobre la tierra, durante los arcanos siglos de la casi olvidada era de la luz, cuando todos sabíamos lo que teníamos que hacer y lo hacíamos, reinó un monarca llamado Avikampaka. Sus carros fueron todos destruidos en la batalla y quedó a manos del enemigo. Su hijo se llamaba Hari y era iguala Nārāyaṇa en sus cualidades, pero fue muerto en la batalla.
Torturado por la temprana partida de su hijo, el rey deambuló sobre la tierra en busca de sosiego interior. Así se encontró a Nārada, el asceta quien era hijo del mismo impulso de creación universal. Nārada, el vidente, quien vive entre las estrellas y visita la tierra por compasión.
-Escucha con atención- le dijo Nārada al rey: -El señor de todas las criaturas es pura expansión (Lo llaman Brahmā, o Prajāpati). Lo que hace, ante todo, es crear, y al principio las criaturas que creaba no morían, solo se multiplicaban. Se volvían extremadamente viejos pero no morían, y se reproducían, así que todos los mundos se llenaron de tantos seres que nadie era capaz de respirar.
El creador pensaba y pensaba en una solución pero nada se le ocurría. No veía ninguna razón para su destrucción.
De la frustración del creador por esta situación, de la furia que crecía en su interior, nació un fuego que envolvió su cuerpo y quemó todas las direcciones, el cielo, la tierra, el firmamento y el universo entero, con sus seres móviles e inmóviles.
El gran abuelo se enfureció tanto que no quedó nada de la creación. Y entonces escuchó en su interior la voz de una bondad insondable -como si le hablara desde el lugar en el que el universo entero se puede refugiar- (Shiva):
-No deberías enfadarte con los que has creado.
-No estoy enfadado, ni es mi deseo que los sujetos dejen de existir, pero los destruyo para aligerar el peso de la tierra, que se está hundiendo en las aguas por culpa de tantas criaturas.
-Déjalos, al menos, que retornen, una vez destruidos.
Oyendo estas palabras, el creador (Brahmā) contuvo el fuego en su interior. El creador apretó tanto la furia en su interior que del fondo de su alma se manifestó de repente una joven mujer.
Era oscura y vestía atuendos rojos, y rojos eran también sus ojos, y las palmas de las manos. Llevaba pendientes celestiales y joyas divinas. Se colocó a la derecha de Brahmā y este le dijo:
-¡Muerte, cosecha a los sujetos! Te he pensado como la destructora. Destrúyelos, ya sean ignorantes o sabios. Destrúyelos sin diferenciar.
La diosa de la muerte llevaba una guirnalda de flores de loto, y se puso a llorar. Se dobló como un tallo sin fuerza y suplicó con las manos juntas:
-¿Cómo puedes enrolar a una señorita como yo en un acto tan terrible, oh tú, que eres temido por todos los seres? Puedes ver que estoy aterrorizada. Algunos de estos seres son niños, jóvenes y ancianos que no me han hecho ningún mal. Te lo suplico de rodillas. Habrán hijos queridos entre ellos; amigos, hermanos, madres y padres. Si los mato me temo que estaré cometiendo un gran crimen. La pena de los sobrevivientes me abrasará por la eternidad.
Pero Brahmā solo contestó:
-Oh muerte, te he ideado para la destrucción de los sujetos, no pienses más en la cuestión. Ve y destruye; ya no lo puedes remediar.
Pero la bella doncella no se podía mover. Se mantuvo ante Brahmā inmóvil y callada.
Y se dice que después se marchó y estuvo haciendo grandes ejercicios ascéticos, increíblemente difíciles de conseguir. Se mantuvo sobre un pié, canalizando la energía que atravesaba su cuerpo, durante quince millones de años.
Brahmā le volvió a ordenar que hiciera su misión pero ella contestó con más ascetismo (tapas) durante 18 millones de años. Después merodeó con los ciervos y volvió a ejercitar su resistencia por diez millones de años. Después cumplió un extraordinario voto de silencio. Vivió sumergida en el agua 18 millones de años. Peregrinó al Ganges y al monte Meru, en el centro del universo, y se mantuvo inmóvil allí, deseando el bien de todos los seres. Peregrinó al lugar donde se reúnen los dioses sobre el Himālaya y mantuvo el equilibrio sobre la punta de los dedos de los pies por un millón de años.
-Oh muerte, no habrá nada malo en tus actos. Actuaras de acuerdo al ritmo y los designios del universo (Dharma). Los sujetos se afligirán por las enfermedades pero no se te atribuirá ningún pecado. Serás hombre entre los hombres, mujer entre las mujeres y tercer sexo entre los andróginos.
Veo que caen las lágrimas de tus ojos y las estás sosteniendo en tus palmas. Estas lágrimas se convertirán en enfermedades entre los humanos; enfermedades con formas terribles. Oh muerte, en el momento apropiado afligirán a los seres, y cuando llegue su fin estos se verán unidos con el deseo y la rabia. Pero dado que no discriminarás en tu conducta, estarás actuando justamente y nada se te podrá reprochar.
Después de estas palabras la muerte se asustó y empezó a distribuir deseo y rabia para confundir a los seres y llevarlos a su destrucción. La lágrimas que vertía al hacer su trabajo se convertían en enfermedades.
Pero en ese mismo momento, para que pudieran volver, desde el interior de los seres nació Vāyu, el viento, terrible e inmensamente energético. El aliento de todos los seres, que emite un rugido atronador y atraviesa, y llena, y sale expulsado entre todos los cuerpos, los llena y los abandona, los conecta y los separa. Esta es la razón por la que el viento es especial y es conocido como dios de dioses. Todos los dioses tienen características mortales y los mortales tienen rasgos divinos.
-Oh león entre los reyes- concluyó Narada, -Usa tu inteligencia y no te apenes por los mortales. No llores más por tu hijo porque tu hijo ruge con el viento y truena con las tormentas. Reconócelo en la brisa que mece los cultivos y en el aliento que ahora mismo exhalas.

Vāyu, el dios viento, manifiesta las energías ocultas; es el revelador de la felicidad y el que hace todo trabajo. Viene cabalgando su carro de luz y felicidad a verter el elixir de la inmortalidad.
Vāyu acude, con su ímpetu huracanado, a derribar todas las barreras, todas las palabras y todas las expresiones.
Vāyu viene cabalgando noventa y nueve corceles brillantes, que se vuelven cientos, miles, y siguen en aumento.
Cuando llega Vāyu, el toro muge atronadoramente; grande es la Divinidad que ha entrado en los mortales.

Fuentes:
Mahābhārata, Moksha Dharma Parva 248-250
Rig Veda IV.50


Lo que se puede leer en este blog representa un diario del tránsito por este proyecto de 12 años que consiste en preparar 12 espectáculos basados en la narración oral del Mahābhārata, durante 12 años. El aspecto más importante de este proyecto son los encuentros de narración oral. En la puerta superior de la pantalla se pueden encontrar los enlaces a una explicación algo más detallada de la propuesta de este proyecto y a un calendario de los próximos encuentros a los que uno puede acudir.

¿Quién es Savitrí?

En el reino de Madra había un rey que no tenía hijos, llamado Ashvapati, “el señor de los caballos”.

Ante la hoguera sacrificial, la mirada de Ashvapati distinguió entre las llamas la danza del verbo monosilábico sū, que en sánscrito significa “mover, impulsar o vivificar”. La mente del rey sustantivó el verbo , y lo vio transformarse en la palabra sava, que puede significar “prole/hijos”.

La palabra sava atrajo a las memorias del rey, que le recordaron que sava es también uno de los nombres del Sol, o más bien dicho el poder vivificador del Sol. Recordó también la palabra Savitŗ, derivada de Sava, que es una de las maneras de llamar a la luz del sol antes de que el cuerpo del astro se haya asomado por la línea del horizonte.

Savitrī -recordó la consciencia del rey-, la versión femenina de Savitri, es también el nombre de la diosa de la inspiración, la esposa del que moldea el universo.

Y en el momento de recordar el nombre de la diosa, esta habló al corazón del rey en un tono dorado, y le aseguró que iba a impregnar la vida en el seno de la reina.

 

Así se generó la hija del rey, que creció como la luna, el rey de las estrellas, y al nacer recibió el nombre auspicioso de Savitrī.

Esta es Savitrī, la heroína del Mahābhārata.

 

La princesa Savitrī creció como la abundancia personificada. En su juventud desarrolló tanta bella que quienes la veían se sentían como si hubieran abrazado una ninfa celeste. Emanaba la perfección de una estatua dorada, y su mirada resplandecía con tanta energía que nadie se atrevía a pedir su mano.

El rey, comprendiendo las cualidades extraordinarias de su hija, le propuso viajar por los reinos y elegir ella misma al príncipe que le agradara más, para hacer él mismo de intermediario y unirla con el hombre de su elección.

 

Así, la princesa Savitrī, que se llamaba como la personificación de la inspiración, caminó por la tierra buscando al hombre. Y lo encontró en el bosque, hijo de un padre ciego, quien había perdido las glorias de sus dominios a manos de otro rey.

Satyavan, “el que posee realidad, el que posee sinceridad, el que posee verdad”, era un príncipe caído, sin ninguna otra posesión que su vida y sus actos, aficionado a modelar la arcilla que recogía en la orilla del río en forma de caballos. Energético, inteligente, valiente y generoso, con una capacidad profunda de perdonar, como lo mejor que puede dar de sí la raza humana. Era placentero de observar como la luna.

El único defecto de Satyavan era que iba a morir,

Pronto.

A Satyavan le quedaba un solo año de vida y los sabios que hablan con las estrellas así se lo hicieron saber al rey, quien informó a su vez a su hija, e intentó convencerla para elegir otra pareja.

 

-El dado solo se lanza una vez

 

Respondió Savitrī.

 

-Las cualidades que veo en él no las puedo encontrar en otra parte.

 

Respondió Savitrī

 

Porque la realidad y el impulso son uno, nada los puede separar. Ni siquiera la muerte.

 

Savitrī se desprendió de todos sus ornamentos y entró en la frondosidad de la selva, con Satyavan. Vivió

preparándose para el encuentro con la muerte un año entero. Vio su cuerpo, sus ideas, sus recuerdos, sus deseos, como una espiral en evolución; como una cinta de seda desenrollándose en un océano de aguas doradas por el sol del atardecer. Una luz que ella no podía exigir ni poseer[1].

Savitrī, con su resolución, fue capaz de seguir a Satyavan hacia las extensiones de la muerte. Y volvió con la vida de su amado.

Savitrī, la inspiración, rescata la vida de la jungla. Porque la inspiración, y la princesa Savitrī, el personaje de la historia, el personaje del Mahābhārata, perviven de generación en generación.

Seguimos soñando con el viaje de Savitrī, y meditando sobre la relación del amor con la vida, del amor con la muerte, de la vida con el sentido. Todo esto está en las tres respuestas que dió Savitrī  a la muerte; las tres respuestas con las que Savitrī desató el lazo de la muerte sobre Satyavan.

Esta es Savitrī, la heroína.

La que salvó al “que posee sinceridad” de la muerte.

 

Sobre las respuestas que Savitrī da a Yama, a la muerte, no me siento preparado para escribir. Considero también importante centrar la atención en Savitrī misma, y el sentido de su relación con Satyavan. El contenido de la conversación de Savitrī con la muerte es corto y conciso pero muy profundo. Tan profundo como la relación del ser humano con el amor y el sentido de la vida. Para compartir este diálogo prefiero haber profundizado un poco más en él.

Se puede leer el texto de las respuestas de Savitrī en el Droupadi Harana Parva del Mahābhārata, sección 33, de la edición puente traducida por Bibek Debroy; en la edición antigua aquí, o en una bonita traducción al castellano del sanscritista Oscar Pujol que la editorial Ediciones del oriente y el mediterráneo ha publicado bajo el título Savitrí, un episodio del Mahabhárata.

 

[1] Imagen inspirada por el comentario de Sri Aurobindo al quinto capítulo de la Bhagavad Gitā, en referencia sobretodo al concepto sánscrito de bhuta. La última frase proviene directamente del poema Savitri, también de Aurobindo, Libro VII Canto V.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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