El viento de la discriminación no puede penetrar el reino del conocimiento. Así lo expresan las palabras antiguas.
Esta constatación renace, de una u otra manera, en cada generación.
Mujeres y hombres, pálidos, altos, bajos o morenos. Con manos secas, rodillas sensibles o acné, recuerdan, independientemente de su aspecto físico o el lugar del que vienen, que el conocimiento está entre nosotros desde tiempo inmemorial , y ni un solo instante hemos dejado de disfrutar de él.
Cuando intentamos pensar en él, es el Yo quien lo busca, y cuando reflexionamos sobre nosotros mismos es el Yo quien discrimina, analiza y disecciona. El brillo del Yo es cegador, porque su energía es la fuerza del sol. Mis ojos, mis oidos y mi boca son esa luz. Sus actos son los que abren mis manos y mueven mis pies. Pero ningún gesto la puede asir, ni los ojos la pueden ver.
En el centro del universo hay una montaña. En su cima hay una figura sentada. Es la diosa que brilla en las profundidades. Su apareincia -sus vestiduras- son los sueños que produce el lenguaje sagrado, un idioma que no puede ser debatido en términos de sonidos ni de formas.
De esa montaña, en el centro del mundo, descienden los dioses que fluyen conel río del tiempo. Cuando esto se experimenta plenamente de disipa toda duda sobre el Yo.
Vuelvo a esa montaña cada vez que me despojo de las nociones de correcto y equivocado, cuando dejo de estar sediento de la mirada de los demás y de especular sobre lo que piensan. Entonces el centro del mundo resplandece de manera natural con un brillo más intenso que el del sol, la luna y el de todas las piedras preciosas que existen. Su pureza es la del aroma nocturno de la primavera, y el Yo se manifesta en su esplendor espontáneo.
Porque no existe nada separado del habla, de los dioses o de los cálculos matemáticos. Nadie puede desconectarse del movimiento ni de la quietud. Como si pudieramos elegir creer o no en los dioses, la paz, los planetas, los sueños o la guerra. Nadie puede desconectarse de la piel, la carne o la médula.
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Este es un pequeño escrito que puedes usar como quieras. Está basado en las conversaciones finales del Mahabharata, en el libro medieval Denkoroku, de Keizan Jokin y en conversaciones con Gisele Cornejo y las reflexiones de Soledad Davis en la primera clase del curso de astrología de Psicocymática.
