Siento un río. Lo huelo. Lo escucho y lo puedo saborear. Fluye con potencia insondable —incalculable—. Flanquean su cauce orillas de avaricia; en ellas reboza el barro de la intolerancia.

Este río es el tiempo, y los años son remolinos de sus aguas. Los meses son olas y las estaciones, corrientes profundas. Cada uno de mis parpadeos dura un instante, y cada vez que lo hago se produce espuma en las aguas. En las aguas pobladas de cocodrilos de los deseos.

Dicen que es un río muy difícil de cruzar. ¿Pero acaso alguna vez lo he querido atravesar? ¿Por qué y hacia dónde?

La sinceridad forma escaleras en las orillas; las respuestas pacíficas son los árboles que veo pasar mientras fluyo por el río. Así se lo contó Vyasa a su hijo Shuka; eso le dijo Bhishma a Yudishthira en el Mahabharata: que es una balsa para atravesar el flujo sensorial. Enigmática estructura circular, porque Vyasa es, a su vez, el narrador del Mahabharata.

Es decir: el discípulo de Vyasa le cuenta al rey Janamejaya que oyó a Vyasa decir que el anciano Bhishma le contó a su ancestro Yudishthira una conversación que el propio Vyasa tuvo con su hijo. Y en esa conversación le decía que el tiempo es un río y los cinco sentidos son sus aguas.

Un río en el que todos nos ahogamos, a menos que queramos atravesarlo y, con disciplina y laboriosidad, rememos la balsa de la liberación.

Palabras que invocan algo que no entiendo; algo que me excede. Porque no me había planteado seriamente la posibilidad de ir a otro lugar, sino más bien la de hacer lo justo y buscar la sinceridad.

Lo que motiva esta narración dodecenal es lo mismo que dirige mi búsqueda vital: un anhelo de coherencia. Coherencia entre aquello en lo que creo y lo que hago. Un anhelo de autenticidad, que relaciono con un mundo justo, en el que no necesitamos aprovecharnos de otros para sobrevivir, ni para sentirnos mejor. Porque somos tan políticos como míticos, oníricos, económico-materiales, astrales, temporales y eternos.

El pasado 12 de diciembre se llevó a cabo la décima narración ritual del Mahabharata en este viaje de doce etapas. Lo único que sé es que me sentí en casa, gracias a quienes vinieron, a quienes querían venir pero no pudieron, y gracias al Mahabharata.

Imágen: Sakai Hoitsu, Plantas florales de verano y otoño, museo nacional de Tokio.