Nombrar es imposible, dice la cantautora Silvia Pérez Cruz en una canción. Porque la palabra beso, por ejemplo, no tiene la misma intensidad que un beso, y cualquier cosa que mencionemos será siempre un poco más, o un poco menos. Y esto puede parecer frustrante, pero solo si creemos en una realidad objetiva, estática, externa a nosotros, que podemos describir con palabras. Pero no necesariamente es así:
¿y si, como ya dije en la entrada pasada, la función del lenguaje nunca haya sido describir una realidad externa? ¿Y si los humanos nacimos con la capacidad de hablar solamente para organizarnos como colectivo, y no para concretar ninguna verdad? Hay una diferencia entre los matices.
Nunca nos preguntamos cómo aprendieron las hormigas a organizarse en hormigueros tan complejos -asumimos que nacieron con este instinto-, pero sí nos preguntamos cómo aprendimos nosotros a hablar. Y tal vez siempre tuvimos una disposición al habla en nosotros. El instinto de compartir de alguna manera nuestra vivencia personal para representarla y hacer partícipe al otro. Como un ritual en el que invitamos al otro a compartir algo que nos haya pasado, para preguntarle: ¿tú qué hubieras hecho su hubieras estado allí? ¿Cómo te hubieras sentido?
Hay una diferencia importante entre creer que la realidad es “así”, de una manera determinada, a decir ¿Cómo percibes tú esta existencia imprevisible y qué podemos hacer juntos al respeto? Y no me refiero a lanzar la pregunta al aire y que cada uno la responde en su intimidad, sino encontrar el espacio para podernos preguntar esta cuestión cara a cara, y escuchar. Sobre todo escuchar. Pero llegaremos a esto.
Esta actitud, la de la escucha, es imprescindible para profundizar en la pregunta que se plantea hacia el final del Mahābhārata:
-¿Qué es un buen rey?
Porque, según dicen, Lomaharshana (el que erizaba el vello de la piel) oyó a Vyasa (el que ordenó el conocimiento) que se le había contado a Janamejaya (el rey que venció a todos los nacimientos) que Bhishma el terrible contó a Yudisthira, el rey del Dharma, que un buen rey era Indra en la tierra. ¿Pero dónde, cuándo y por qué dijo esto Bhishma? ¿Y quién es Indra realmente? ¿Qué es? ¿Cómo lo entendemos? ¿Dónde y cuándo?
Este tema es como unas arenas movedizas para el intelecto. Si entramos en él con un discurso objetivo (y el pensamiento no deja de ser un discurso interno), creyendo que tras nuestras palabras existe una realidad, nos hundiremos. Ni siquiera la alegoría es suficiente. Lo que propongo es un discurso que no busca, sino se deja encontrar:
Hay un fragmento del poema de Parménides que Nacho Bañeras cita de esta manera en el libro Sabiduría perenne, de reciente publicación por la editorial Singlatana:
Pretender que entiendo este fragmento y lo que quiso decir Parménides sería contradecir mis palabras. Lo que propongo es soltar la pregunta de qué pudo haber querido decir Parménides, incluso la creencia de que quiso decir una sola cosa concreta – dejar que se disuelva como humo en el aire. Remito, en cambio, a la mención de «un saber que viene solicitado por él mismo»:
Pensar es atender lo esencial. En esta atención esencial,
reside el saber esencial. El saber esencial no se adueña de
aquello que hay que saber de él, sino que viene solicitado por
él (…) el prestar atención consiste en retroceder ante el ser.
Al leer, discutir, narrar y compartir el Mahābhārata propongo dejarse invitar por las imágenes y conclusiones más inesperadas. No pretender entender sumando argumentos, sino hablar sin intentar nombrar; hablar por compartir – atención, mirada, sentimiento, presencia- y dejarse invitar, cuando lleguen, por las imaginaciones más inesperadas. Así podemos iniciar la búsqueda del rey divino sin hundirnos en el intento. Buscando sin buscar, y abriéndonos a lo inesperado.
Habrá más sobre esto.
