En la entrada pasada empecé a hablar de la cuestión del “mundo interno”. Y lo pongo entre corchetes para recordar que ‘mundo interior’ es una palabra que estoy tomando prestada, y las palabras, cuando hablamos de temas del “interior”, son «la luna reflejada sobre el lago, o espejos reflejando espejos», siguiendo la terminología de Eihei Doguen. Esto a lo que me refiero con “mundo interior” es elusivo y difícil de categorizar, pero tiene un rol crucial en nuestro desarrollo personal. En esta entrada quiero insistir en cuán importante es el “mundo interno”, pero antes de continuar diré también que con “mundo interno” no me refiero tampoco a la psique, ni a nuestros recuerdos o pensamientos, sino algo que los excede.

En estos quince días que han pasado desde la entrada anterior he tenido un encuentro muy esclarecedor con mi hija, quien ahora tiene cinco años. Me ha confesado un secreto que incumbe a una amiga de su clase de parvularios y la magia. No puedo compartir más, porque es un secreto, pero puedo decir que me ha hecho pensar que este tipo de magia del que magia es una de estas cosas que descartaríamos fácilmente como mentira. Porque implica un tipo de magia, como la de las hadas y duendes, que no tiene una influencia directa sobre las normas físicas del mundo material. No se puede monetarizar, o no sirve para ganar la lotería, por ejemplo, pero es este tipo de magia precisamente, la “que no tiene ninguna utilidad”, la que enciende la fuerza que construye nuestra intimidad. Y pienso que el desprecio del “mundo interior”, de este espacio que se comparte en voz baja, con la mirada, y con mucha paciencia, es un ataque directo a la colectividad. Porque lo íntimo no es individual, al contrario. La intimidad se comparte. Lo opuesto a la intimidad es el individualismo, con su discurso categórico, competitivo, binario y polarizante. El discurso que nos aleja de los demás y de nosotros mismos.

La respuesta de este tipo de discurso a la acusación que hago sería el desprecio. Justamente esta semana me ha sorprendido una lectura feminista del Mahābhārata afirmando que la parte que me dispongo a vivir en los próximos tres años y medio de Respirar el Mahābhārata -el discurso de Bhīṣma en el capítulo/parte del Mahābhārata llamado Śānti-parva- está compuesta de banalidades[1]. Y puedo entender el hartazgo con las normas religiosas que llenan esta parte del Mahābhārata, y el cansancio o rechazo que pueden producir a quien desconfíe de los intereses de los autores del texto, pero insisto en que esta es una visión externa de lo escrito, y bastante literalista. La autora (a quien sigo leyendo y respeto mucho) se apoya demasiado en un recurso que estuvo muy de moda a mitades del siglo XX, que consistía en desgranar los relatos sagrados en estratos y añadidos de épocas distintas. Por ejemplo, las escuelas filológicas que, alrededor de la misma época, deshilaban la biblia hebrea considerando que cada uno de los distintos nombres que recibe dios en hebreo corresponde a una etapa distinta de la composición del texto y a un añadido determinado. De esta manera, todos los fragmentos donde se usa la palabra Yavé pertenecen a una época distinta, todos los fragmentos donde se llama a dios «El» son de otra época, incluso de otra influencia cultural, así como los fragmentos que usan la palabra Adonai, Elohim, etc. Todos nombres de dioses distintos, de mitologías distintas, que se fueron fusionando en un solo relato barroco y contradictorio. Una interpretación plausible, y con argumentos muy coherentes, pero pasa por alto el misterio del efecto interno que tiene la combinación de los significados de todos estos nombres cuando se aplican a un solo concepto unificador.  De la misma manera, el Mahābhārata, visto como un conjunto coherente[2], presenta un misterio muy íntimo, profundo, que queda descartado cuando decidimos guardarnos unas partes de la obra y rechazar otras por considerarlas superfluas, posteriores y banales, o poco relevantes.  

Considero cualquier lectura del Mahābhārata interesante, y más la de una autora referencial como es Iravati Karve. En el mismo libro que comento hace una lectura fascinante de la reina Gāndhāri , quien es casada con el rey Dhŗtarāṣṭra sin saber que este es ciego y al enterarse, la noche antes de su boda, decide vendarse los ojos para siempre diciendo que si su marido no ve, ella tampoco lo hará. Porque allí donde tradicionalmente se lee un gesto de abnegación ejemplar y obediencia al marido la autora ve rabia. En su lectura el hecho de vendarse los ojos es un gesto de protesta -visibilizando el defecto del rey- y, en la intimidad, un desprecio continuo del marido, donde Gāndhāri se niega incluso a ver a sus propios hijos, para recordarle día a día a su marido la injusticia a la que ha sido sometida.

Es una lectura refrescante, y muy viva del Mahābhārata. La agradezco, pero para seguir con el tema que quiero trabajar este año, tengo que decir que es una lectura psicológica y la psicología, o este tipo de psicología de las emociones y las motivaciones, es relativamente superficial. Debajo de las emociones hay algo más. Un silencio. Que no existe, porque no sirve para nada. No cambia nada. Pero tampoco desaparece, por mucho que lo ignoremos. Este silencio es un aspecto crucial de nuestra vida. La fuente de la que emanamos. Pero se aleja, cuando lo queremos utilizar, cuando lo queremos aplicar o cuando esperamos que nos solucione algún problema. Por esto “no existe”, pero no podemos vivir sin él. Como la magia de la que me comparte secretos mi hija.  

Hacia este silencio me llama el Mahābhārata, y sobre este silencio quiero hablar. Seguiré en la próxima entrada, después ¿quién sabe?

Imagen: mundo real/mundo imaginal: representaciones idealizadas de la corte de Udaipur, artesanías del siglo XVIII. The mood of Shri Eklingji temple
Udaipur, ca. 1730, Smithsonian Museum of Asian Art.


[1] Karve, Irawati, Yuganta: The End of an Epoch, Orient Longman, 2006 – pg.29

[2] Ver: Adluri Vishwa: Framed Narratives and Forked Beginnings: Or, how to read the Ādiparvan,  y Hermeneutics and Narrative Architecture in the Mahabharata.