El silencio que nos une

Mi tío Andraz (Andrés, en Húngaro) nació a fines de los años treinta. En 1944 Andraz tendría entre 5 y 8 años y vivía en un pueblo pequeño en Hungría, pero a consecuencia de la anexión a Alemania durante la segunda guerra mundial Andraz fue apresado, junto a su madre Clara y mi abuelo Michael. Mi abuelo fue enviado al campo de trabajos forzados en Mathausen y Andraz y su madre a un campo de exterminio. Allí murieron los dos.

Mi abuelo volvió a su pueblo y se casó de nuevo, con una superviviente de Auschwitz (Ilona), y en 1948 nació mi padre Peter.

No sé exactamente a qué edad abandonó su cuerpo Andraz. No sé casi nada de él, porque mi padre no lo sabe tampoco, porque mi abuelo no le contó prácticamente nada de su hermano mayor. Pero Andraz sigue siendo mi tío, aunque no hablemos de él. Y Andraz debe ser mencionado, porque forma parte de nuestra familia.

¿Y qué tiene que ver esto con el Mahābhārata? El Mahābhārata es una gran historia, y la historia de mi tío es otra. Las dos son historias. El Mahābhārata habla de personajes humanos, y mi tío también lo fue. El Mahābhārata habla de los descendientes de Manu, ancestro original de toda la humanidad. Y el padre de Manu es el sol. En sánscrito: Surya. Derivado de la raíz Su.

Su es la fuerza que impele la vida en el universo. Sukha, la felicidad, es otra palabra que deriva de la raíz Su. Sukha es la presencia de Su en la vida. Surya, el sol, es el representante de Su en los cielos. El origen de Su está en la raíz del universo -o sea, en todas partes- y se extiende en movimientos arremolinados. Desde todos los lugares hacia todas partes. Y lo que produce Su, lo que expande Su, se llama en sánscrito suasti ka: «aquello que produce Su«. Se pronuncia Svástika.

Como pasa tantas otras veces, las correlaciones etimológicas sánscritas evocan un relato poético existencial. Como si nos contaran que hay algo que se revoluciona hacia todas las direcciones, dentro y fuera, arriba y abajo, que impele y arrastra la vida. Pero todo esto son palabras. Entre las palabras y la vida hay un espacio fino. Las palabras no son la vida, pero son expresadas por seres humanos, y nosotros, los humanos, somos vida.

Las palabras pueden estar al servicio de la vida, entonces desembocan en el silencio bendito de la aceptación. El silencio dorado del sol.

Cuando las palabras van en contra del mundo nos hablan de separación y de negación. Las palabras que van en contra de la vida se enroscan en sí mismas, se dan importancia como si ellas, las palabras, fueran la realidad. Las palabras que van en contra de la vida producen más y más palabras; más y más discursos, a favor y en contra.

Hay que vigilar con el hechizo de las palabras, que nos quieren hacer creer que ellas son la realidad. La fuerza que todo lo mueve brilla en silencio para todos, cuidado con las palabras que nos quieran convencer de lo contrario. Vengan con la apariencia que vengan.

Con esta entrada quería mencionar a mi tío Andraz, quien merece ser nombrado y reconocido. Junto a Andraz quiero mencionar, también, a todos los no nombrados. Y con esta entrada quería hablar también de esas palabras que nos quieren poner a todos contra todos y mencionar también, entre líneas, al silencio luminoso que nos une. Reconozcámoslo y honrémoslo. Es el lugar del que venimos.

Anuncio: A partir de la semana que viene voy a comenzar una práctica regular online de narración de historias con meditación, para profundizar en el tipo de escucha que este tipo de narraciones de los orígenes proponen.

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El sol, la serpiente y el místico – Surya, naga y dharamaranya

-Abuelo, me has hablado mucho sobre lo que es correcto hacer en la vida, sobre las acciones que llevan al equilibrio, pero ¿cuál es el mejor Dharma? ¿Cuál es la mejor manera de actuar en la vida?

[Inciso: El que pregunta es un rey que para salvar a su reino ha tenido que ganar una guerra que ha resultado catastrófica a nivel humano. El abuelo al que se dirige, está clavado en el suelo por un puñado de flechas, tiene heridas que ya no se podrán curar: se trata de los últimos consejos que dará antes de abandonar el cuerpo. La escena es dramática[1].]

-Cuando son seguidos hay muchos caminos (tipos de Dharma, en el original) que llevan al paraíso y otorgan los frutos de la verdad. El Dharma (el orden universal) tiene muchas puertas y no existe rito en el mundo que no dé frutos. ¡Oh gran descendiente mío! El que se dispone a seguir una modalidad determinada decide que las otras no merecen la pena de ser aprendidas. ¡Oh tigre entre las personas! Hay una historia al respeto, que deberías oír:

Y así, Bhīșma, el abuelo, comienza a contar a su nieto la historia de un místico perteneciente al linaje lunar quién, habiendo alcanzado una vida plena y satisfactoria y habiendo transmitido la pasión por la búsqueda espiritual a sus hijos, se preguntó qué Dharma podía ser superior a sus logros. Se preguntó cómo ir más allá del umbral que había alcanzado. Se cuestionó qué sería lo más beneficioso para el mundo y cuáles podían ser las acciones más correctas, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Un invitado, sabio como él, llegó a la casa del místico. Ambos compartieron sus dudas sobre porque el invitado reconoció estar pasando por los mismos dilemas que el místico:

-Yo tampoco me puedo decidir. El cielo tiene muchas puertas. Unos alaban el liberarse de la influencia de los sentidos, otros hablan maravillas de las ofrendas y sacrificios. Otros se retiran al bosque[2]y otros confían vivir correctamente.[3]Algunos recurren al servicio de un maestro, otros adulan a Yama, el dios que conoce el camino hacia la inmortalidad. Otros han llegado al paraíso sirviendo a sus padres. Otros han alcanzado el paraíso recurriendo a la no-violencia y otros a través de la sinceridad. Otros han penetrado el campo de batalla y alcanzado los cielos siendo muertos en la guerra. Otros han tenido éxito haciendo el voto de unchha (alimentarse exclusivamente de granos caídos de los tallos tras la cosecha, de granos sobrantes) y han avanzado por el sendero que lleva al cielo. Otros han estudiado y han sido fieles a los votos de los textos sagrados (veda). Muchos seres inteligentes han alcanzado el cielo regulando sus deseos. Algunos eran justos y fueron asesinados por gente deshonesta. Hay justos, puros en su alma, que se han establecido en la bóveda celeste. De manera que en este mundo hay muchas puertas que llevan al cielo y han sido abiertas. Tengo la mente confundida como una nube arrastrada por el viento.

Así, continuando la conversación, el invitado le cuenta al místico protagonista de esta historia que su gurú le contó en una ocasión que sobre la orilla del río Gomati existe una ciudad que fue fundada antes de la historia por los habitantes del cielo, a través de los ritos que en su momento hicieron allí. Esta ciudad está poblada por serpientes mágicas y su rey es un ser especial que ayuda a todos los que acuden a él. Su nombre es Padma, loto, y es un sabio poseedor de las mejores cualidades de carácter. No tiene malicia, es sincero, su hablar es suave y siempre agradable, ayuda a quién se lo pida y desciende de un linaje puro como el Ganges, el río que desciende de los cielos.

Los dos hombres continuaron hablando de filosofía toda la noche y por la mañana nuestro místico partió en busca de este excelente rey de las serpientes.

Pasó por grutas maravillosas, diversos centros de peregrinaje y lagos hasta llegar a un sabio, al que preguntó por la serpiente. De allí continuó por el camino que le indicó el sabio. Sus intenciones eran claras e íntegras, de manera que llegó al palacio de la famosa serpiente y exclamó, en la puerta:

-¡Estoy aquí! ¿Hay alguien?

La esposa de la serpiente, bella y educada, salió a recibirlo y le dio la bienvenida.

-He llegado agotado,- dijo el místico- pero tus amables palabras han apartado mi cansancio

El místico preguntó por el rey de las serpientes, a quien había venido a ver, pero su esposa tuvo que decirle que no se encontraba en casa porque se había marchado todo el mes a aguantar el carro del sol.

-Volverá en quince días- le aseguró la esposa.

El místico no dudó en esperar durante quince días sentado en el bosque que yacía ante el palacio de las serpientes.

Mientras lo hacía, muchas serpientes acudieron a él ofreciéndole alimento y techo, pero el místico las rechazó a todas con amabilidad.

Cuando el rey de las serpientes volvió de sus viajes con el Sol su esposa lo recibió y le habló del místico esperando en el bosque como si fuera el mismo destino de la serpiente.

Cuando el rey de las serpientes se acercó al místico este se presentó y le dijo su nombre: Dharmāranya: el bosque del Dharma.

-El carro del sol tiene una sola rueda y tú has trazado su curso con firmeza- le dice Dharmāranya a la serpiente –dime si has visto algo que sea alabable a lo largo del paso del Sol por los cielos.

La serpiente respondió:

-Sabios realizados y dioses residen en sus miles de rayos, como pájaros apoyados sobre ramas en la primavera. El gran viento emerge de los rayos del Sol y bosteza en el cielo. ¡Oh místico! ¿Qué puede ser más maravilloso que esto? El que se llama Shukra (Venus, gurú de los Asura, los enemigos de los dioses) está a sus pies. Cuando llega el monzón hace llover de las nubes en el cielo. ¿Qué puede ser más maravilloso que esto? Durante ocho meses absorbe agua a través de sus puros rayos y cuando es el momento correcto la vierte de nuevo. ¿Qué otra cosa puede ser más maravillosa que esto? La esencia (atman) siempre está establecida en su energía; esta es la semilla de la tierra y sostiene las cosas móviles e inmóviles. El Dios de brazos poderosos es eterno. Pero hay algo incluso más extraordinario que todo esto, escúchalo ahora de mi boca, lo he visto en los cielos resplandecientes:

En tiempos ancianos, al mediodía, el sol solía abrasar los mundos. A esa hora, una entidad fue vista avanzando hacia el sol. Iluminaba los mundos con su fulgor natural. Avanzaba hacia el sol y parecía desgarrar el cielo en el proceso. Los rayos de esa energía resplandecían como ofrendas lanzadas al fuego. Aquella forma era como un segundo sol y no se la podía mirar directamente. A medida que avanzaba la entidad, el Sol extendió y abrió su mano, como mostrándole sus respetos. Separando el cielo, entró el disco solar. Se mezcló con la energía del hijo de Aditi[4], el Sol, y en un instante se fundió en él. Apareció una duda, porque de repente ya no se podía distinguir entre las dos masas de energía. De los dos, ¿quién era el Sol en su carro? ¿Y dónde estaba el acabámos de ver llegando por el cielo?

Como había aparecido la duda en nosotros, le preguntamos al Sol quién era el que había avanzado por el firmamento y unido con él, como si fuera su segundo yo.

-Amigos, nos dijo a todos el Sol. Este no era el dios del viento, un asura o una serpiente. Este era un sabio que ha alcanzado el cielo porque ha seguido con éxito el voto de unchha, comer solo las sobras de la cosecha de grano. Este místico (brahmán en el original) se alimentó de frutas caídas del árbol, hojas secas y aire. Recitó himnos sagrados del Rig Veda y consiguió favores de los dioses. Sus deseos estaban inquietos pero fue fuerte en su decisión. Se alimentó solamente siguiendo el voto de unchha; estaba siempre dedicado al bien ajeno; no fue un dios, ni un gandharva, ni asura ni serpiente, pero por su fortaleza entre los seres las puertas del cielo le han sido abiertas.

Esta es la maravilla de la que fui testigo, oh místico. Ahora aquel brahmán da vueltas en el cielo junto al sol-

Así habló la serpiente y esta historia convence y satisface al brahmán profundamente.

-Los dioses no te son superiores, ¡Oh serpiente! Yo soy tú y tú eres yo. Yo, tú, y todas las criaturas pueden ir siempre a todas partes. He visto la verdad y voy a seguir el voto de unchha.

Así termina la historia que Bhīșma le cuenta a su nieto Yudișțhira. ¿Cuál es la conclusión de la historia? ¿Seguir el voto de unchha? Si fuera así, ¿porque no le responde Bhīșma a Yudișțhira directamente: «- sigue el voto de unchha?»

No me siento capacitado de interpretar las palabras de Bhīșma en el sentido que le damos a veces a la palabra interpretar, que se acerca más bien al interpolar, al poner en boca de Bhīșma mis propias palabras. Yo no sé lo qué es le quiso decir Bhīșma a Yudișțhira, pero sé a dónde me ha llevado a mí reflexionar sobre esta historia durante unas semanas.

Una narración es un conjunto de elementos aparentemente inconexos que evocan en nosotros una continuidad. El higo maduro se desprendió de la rama y ¡chaff!, los elementos de esta frase no se entienden por separado pero leídos en orden evocan una imagen muy clara; este es el poder de una narración. La caída de un higo al suelo es difícilmente describible. Podemos decir el higo cayó, pero no tiene el mismo efecto. Las palabras son útiles y a la vez limitan aquello a lo que se refieren. Y esto pasa de manera más visible con palabras de sentido muy general como Dios o fe. Porque la historia del místico y la serpiente habla de fe, pero para mí nada más limitante que terminar este escrito con una frase como: «Esta historia habla de fe». Porque ¿qué es fe? Fe es fe, pero ¿qué es? ¿Cómo se describe la fe con palabras auténticas? Fe como la fe de la que habla el conocido hadiz: «Todo niño nace según su naturaleza primordial, luego sus padres hacen de él un judío, un cristiano o un zoroastra[5]». La Fe simple y natural, antes de las palabras.

La fe de un niño es acción, es correr hacia la nada sin tener que explicarse antes la razón por la que corre y plantearse el resto de opciones, como ver la televisión o hacer el pino. Cuando toca correr se corre. Así como cuando el místico brahmán escucha la historia de la serpiente elige seguir el voto de uchha. De manera espontánea.

Tozan, el maestro Zen medieval, escribió:

Sin error, sin duda,

Así es el Dharma.

El Budha y los maestros de la transmisión no han hablado de él.

Pero vosotros lo hacéis real ahora mismo.

Por esto os lo ruego, protegedlo con fuerza[6].

 

Creo que el Dharma correcto no se describe con palabras y no es materia de debate ni discusión, sino más bien algo a practicar. Cuando el místico escucha la historia de la serpiente, se pone en acción. Hay muchas puertas al cielo, miles de puertas están abiertas, solo hay que cruzarlas. Y la fe se cruza como el niño corre: corriendo.

La narración de la fe, se ejecuta narrando. Para narrar la fe hay que contar una historia. Esto es algo que estoy entendiendo con el Mahabharata. A menudo me digo: «que mi voto de contar el Mahabharata sea un acto de fe», pero con esta historia he entendido que un acto de fe no es un acto que lleva a la fe, como si fuera una acción especial que tendrá como recompensa la llegada de la fe, sino que un acto de fe es fe en movimiento. Fe en acción. El cauce por el que pasan todos los senderos.

Y con esto no pretendo decir que he solucionado en mí la cuestión de la fe y la duda. Lo que digo es que vale la pena conocer el Mahabharata, y transitarlo es maravilloso.

 

[1] Se trata de una conversación entre Yudisthira y Bhishma, en el capítulo 340 del Moksha Parva.

[2] Dharma de Vanaprashta

[3] Dharma de garhasthya

[4] Aditi, “sin límite”, es la madre de todos los dioses.

[5] Citado por Pablo Benetto en un pié de página en la p.134 de su traducción de El secreto de los nombres de Dios, de Ibn Arabi, para ed. Tres Fronteras, 2012.

[6] Citado por el maestro Zen Lluís Nansen Salas, en Ensenyançes a Lluçà 2, ed. Dojo Zen Barcelona Kannon, 2017.

crisis bajo el sol

Las crisis personales, cuando no son pataletas infantiles sino momentos de interiorización y reestructuración profunda, son buenas, importantes y necesarias.

En esta entrada quiero hablar de crisis, y de la relación de la humanidad con el sol, y de lecturas simbólicas, una vez más.

Comencemos por el sol.

Hay un momento en el Mahabharata en el que los Pandava, los hermanos protagonistas de la épica, se encuentran con un Gandharva en el bosque, que los recibe en actitud belicosa.

De entrada, la situación me parece importante: Los Pandava están en el bosque, fuera de su hábitat, lejos de la ciudad que les toca gobernar como nobles. A causa de un ardid de su retorcido primo los Pandava están escapando, de incógnito, mientras el mundo cree que están muertos. La situación en sí es fronteriza; estamos en los márgenes de la realidad. Más aún cuando la huida es de noche, por necesidad, y además el ser que se planta ante los Pandava es un “bardo celeste”, un Gandharva; una suerte de guerrero astral que vive en el plano atmosférico y considera la noche, y el bosque, dominios suyos. Los Pandava, según el enfurecido gandharva, en tanto que humanos, no están respetando las fronteras del espacio que les corresponde. Esto es, la civilización y el horario diurno. Esta transgresión, según el gandharva, es una razón de peso para atacarlos y separar sus vidas de sus cuerpos.

Claro, esto es lo que el gandharva quiere llevar a cabo, pero no puede, porque entre los Pandava está el poderoso Arjuna, arquero invencible, en posesión de armas mágicas que subyugan al gandharva hasta obligarlo a arrodillarse ante los cinco hermanos y su madre.

Una vez vencido, el gandharva espera ser ejecutado por los Pandava pero estos se niegan a hacerlo. Así se forja una hermandad entre estos seres de planos distintos, que les vale a los Pandava una historia sobre los orígenes de su linaje:

En un momento del combate, el gandharva llama a Arjuna “continuador del linaje de Tapati” y cuando la batalla termina Arjuna inquiere sobre el significado de este epíteto.

Así, el gandharva comparte su conocimiento superior con los hermanos, contándoles la historia de un eslabón muy antiguo de su linaje.

Tapati, que en sánscrito es una conversión de la palabra calor en verbo, es decir algo así como “acaloramiento”, es el nombre de la hija menor del sol. Es la más bella entre todos los planos. Más bella que las diosas y más bella que las ninfas en todas sus variedades. El sol estaba preocupado de que Tapati no encontrara una pareja que estuviera a su altura, hasta que apareció el rey Samvarna. La historia no tiene ningún giro dramático, Samvarna y Tapati se encuentran, se enamoran y tienen hijos. Sus descendientes lejanos son los Pandava; ellos lo han olvidado pero el gandharva no, por esto llama a Arjuna “descendiente de Tapati”. Lo que quiero remarcar en el relato que hace el gandharva sobre el encuentro del ancestro de sangre real con la hija del sol es la descripción del momento en el que se cruzan los dos:

El rey Samvarna era un ser humano ejemplar y entregaba su energía vital a la adoración del sol sin guardarse nada. Cubría la tierra con el esplendor de su actitud igual que el sol lo hace con sus rayos. Este rey se fue a cazar, se alejó de la civilización y su caballo murió en el viaje. El rey siguió su camino a pié hasta encontrarse de repente con la que no tenía igual en los 3 mundos, la hija menor del sol. Se quedó inmóvil y pensó que la belleza que veía era la manifestación de los rayos del sol sobre la tierra. Ella se mantuvo quieta como una estatua entre las enredaderas y el rey quedó atrapado en el lazo de su perfección; pensó que sus ojos habían cumplido su objetivo en la vida.

El rey se dio cuenta de que lo que tenía delante era una apaición sobrenatural pero no se preguntó qué era lo que estaba viendo sino que se dirigió directamente a la aparición y le preguntó: “¿Quién eres? No pareces humana ni de ninguna de las razas mágicas”.

¿Quién es?, en lugar de ¿qué es?, esta es una de las claves de la mirada transcendental. Cuando miramos al sol, nos preguntamos tal vez qué es. Una bola de fuego gigante, sí, pero ¿quién es? ¿Y si nos preguntáramos eso? ¿Y si se lo preguntáramos al sol sinceramente, y nos permitiéramos escuchar de verdad? La diferencia entre qué y quién significa un cambio fundamental de actitud. ¿Y si cada vez que nos encontráramos con alguien de bruces al bajar del metro, en lugar de decidir qué es (hombre, mujer, guapo, feo, pobre, rico, chino, catalán, magrebí, delgado, alto, obeso, miope, etc.) le miráramos a los ojos y nos preguntáramos ¿quién es?

Esto que digo es muy inocente, pero es importante para mí. Tal vez forme parte de la crisis personal de la que estoy hablando. ¿Y si al comprarnos unos pantalones, en lugar de preguntarnos qué es: un pantalón feo/bonito, caro/barato, nos preguntáramos quién es?¿De dónde viene este pantalón, quién lo ha hecho, cómo, cuánto ha tardado y cómo ha llegado aquí?¿Y si nos preguntáramos quién es cada tomate?

La misticología india insiste en que la era en la que vivimos se llama Kali Yuga, la era oscura de la humanidad, caracterizada entre otras cosas por el descenso de la humanidad hacia la práctica del canibalismo. Esto parece exagerado, o lejano, a nuestra mirada obtusa de Kali Yuga. Pero cuando tratamos al mundo como materia, como un “qué”, como un objeto, nos alimentamos de cualquier cosa con creciente insensibilidad. Cuando la vida, que nos regala ese misterios ser que es el sol, se convierte en un “qué”, en un calor aprovechable, todo se vuelve comestible. La energía vital de la persona que nos hemos cruzado en el metro, la energía que vierte en limpiar casas o coser camisas, se vuelve alimento igual que el tomate o la energía que desprende el petróleo quemado. Desaparece progresivamente el intercambio justo, el regalo y la ofrenda y lo que los sustituye es el abuso de la necesidad; la “cosificación”. Por esto cuando vemos algo incomprensible en Kali Yuga nos preguntamos, en el mejor de los casos, ¿qué ha sido esto? – Una ilusión, probablemente. Y los dioses y los gandharva “¿qué son?”, supersticiones. Ya no existen.

Nuestros antepasados de Krita Yuga, cuando veían algo maravilloso se paraban a preguntarle quién era, de dónde venía y por qué se había cruzado en su camino. Por eso hablaban con los dioses.

Pero según la misticología india después de Kali Yuga volverá Krita Yuga, la era perfecta. Podemos intuirla e invocarla. Podemos aprender a preguntar quién es la realidad. Yo quiero aprender a preguntar –y cuando digo aprender a preguntar quiero decir aprender a escuchar- quién es el Mahabharata en lugar de qué es el Mahabharata. Y esta crisis que estoy pasando, se irá fundiendo en mi proceso de transformación a medida que sigo transitando el Mahabharata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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