Diferencia entre signo y símbolo

El propósito de este blog es el de documentar el proceso de preparación de un espectáculo de narración del Mahābhārata en 12 años. El método de esta preparación consiste en estudiar el Mahābhārata en conjunto, mediante la lectura de artículos de síntesis y análisis del Mahābhārata, así como comentarios exegéticos; el encuentro con expertos en el Mahābhārata, más un trabajo de observación personal sobre el efecto que tiene en mí la inmersión en el Mahābhārata, y la búsqueda de un lenguaje artístico que pueda expresar de manera idónea este proceso, con la guía de expertos en el campo.

En añadido a esto, o en paralelo, voy haciendo una lectura lenta de las más de siete mil página del Mahābhārata, repartida a lo largo de los 12 años, de manera que cada año corresponde aproximadamente a un fragmento de la obra. Y este año, el séptimo, corresponde a la guerra. Las páginas que me tocaría relatar este año contienen largas descripciones de escenas bélicas como las que compartí hace unas semanas.

Se hace difícil poder encarar este tipo de contenido sin caer en la repetitividad, o peor, en una interpretación intelectual frívola de la guerra. Prefiero esperar antes de pronunciarme sobre esto, y mientras tanto aprovecho para aclarar algunas de las cuestiones que se han venido repitiendo más en los encuentros presenciales de narración.

En esta ocasión quería comentar algo que escucho preguntar a menudo, que es “¿qué significa un símbolo?”. Por ejemplo, “qué significa el fuego en esta historia”, o qué significa “el dios sol”.

Es importante hablar, una vez más, sobre la diferencia entre símbolo y signo. Porque si bien es cierto que en el lenguaje popular intercambiamos signo y símbolo como si fueran sinónimos, hasta el punto que la real academia de la lengua española los acepta como tal, no lo son. Si nos detenemos a reflexionar sobre ello, un símbolo no es la representación abstracta de un conjunto de elementos. Esto sería un signo.

La señal que nos indica detener el coche, el dibujo que indica que aquí nuestra mascota no puede hacer sus necesidades o una bandera, que representa la nación que la ha adoptado, son signos. Un signo es un acuerdo social, que adopta una señal como la manera de representar una ley, una acción, una costumbre o cualquier cosa que se pueda explicar con una frase o un párrafo. La diferencia con el símbolo es que el símbolo existe por sí mismo y no remite a nada, más que a sí mismo.

El sol, es un símbolo. Un dibujo de un sol remite a cosas distintas, dependiendo del contexto, pero el sol es el sol. El sol es un símbolo, que nos recuerda que la realidad excede nuestra comprensión.

El símbolo inspira, por lo que el sol nos puede recordar la vida, el sistema solar, el fuego, el día, la luz… pero el sol no representa estas cosas. El sol no significa otra cosa; el sol es el sol, aunque nos inspire tantas asociaciones. Si lo sentimos tan cargado de significado, tan entrelazado con el resto de la realidad, es porque el sol es un símbolo, pero en sí no significa más que a sí mismo. El sol es el sol; con todo su esplendor.

Y el sol contiene más símbolos, como la esfera, o el disco, dependiendo de cómo se mire. Y cada uno de estos símbolos resuena con otros, aunque no signifique nada fuera de sí mismo. Una esfera, es también la tierra, el óvulo o el ojo. Y un ojo contiene también el iris, que parece un disco, como el sol; pero no podemos decir que el sol signifique el iris, o el ojo, óvulo ni la tierra. Estos símbolos resuenan entre sí, pero no se significan unos a otros.

La diferencia puede parecer sutil, pero es relevante. Porque cuando le buscamos un significado a un símbolo cuartamos su potencial. Si decidimos, por ejemplo, que la guerra en una historia representa el conflicto interno de la mente, o la avaricia humana, o la barbarie, o el heroísmo, estamos limitando el alcance de esta historia al alcance de nuestra interpretación. Una historia profunda como el universo podría convertirse así en un tratado de psicología, en un panfleto nacionalista o en una prédica sectaria. Mientras que la guerra, como símbolo, remite a sí misma. La guerra es la guerra, y todo lo que este símbolo pueda evocar en nosotros, todo lo que nos pueda inspirar, es aquello que más tiempo lleva procesar.

Un símbolo nos inspira y nos lleva a posicionarnos; nos dirige y nos invita a transformarnos, una vez más, y dejar atrás lo que nunca volveremos a ser.

El silencio que nos une

Mi tío Andraz (Andrés, en Húngaro) nació a fines de los años treinta. En 1944 Andraz tendría entre 5 y 8 años y vivía en un pueblo pequeño en Hungría, pero a consecuencia de la anexión a Alemania durante la segunda guerra mundial Andraz fue apresado, junto a su madre Clara y mi abuelo Michael. Mi abuelo fue enviado al campo de trabajos forzados en Mathausen y Andraz y su madre a un campo de exterminio. Allí murieron los dos.

Mi abuelo volvió a su pueblo y se casó de nuevo, con una superviviente de Auschwitz (Ilona), y en 1948 nació mi padre Peter.

No sé exactamente a qué edad abandonó su cuerpo Andraz. No sé casi nada de él, porque mi padre no lo sabe tampoco, porque mi abuelo no le contó prácticamente nada de su hermano mayor. Pero Andraz sigue siendo mi tío, aunque no hablemos de él. Y Andraz debe ser mencionado, porque forma parte de nuestra familia.

¿Y qué tiene que ver esto con el Mahābhārata? El Mahābhārata es una gran historia, y la historia de mi tío es otra. Las dos son historias. El Mahābhārata habla de personajes humanos, y mi tío también lo fue. El Mahābhārata habla de los descendientes de Manu, ancestro original de toda la humanidad. Y el padre de Manu es el sol. En sánscrito: Surya. Derivado de la raíz Su.

Su es la fuerza que impele la vida en el universo. Sukha, la felicidad, es otra palabra que deriva de la raíz Su. Sukha es la presencia de Su en la vida. Surya, el sol, es el representante de Su en los cielos. El origen de Su está en la raíz del universo -o sea, en todas partes- y se extiende en movimientos arremolinados. Desde todos los lugares hacia todas partes. Y lo que produce Su, lo que expande Su, se llama en sánscrito suasti ka: «aquello que produce Su«. Se pronuncia Svástika.

Como pasa tantas otras veces, las correlaciones etimológicas sánscritas evocan un relato poético existencial. Como si nos contaran que hay algo que se revoluciona hacia todas las direcciones, dentro y fuera, arriba y abajo, que impele y arrastra la vida. Pero todo esto son palabras. Entre las palabras y la vida hay un espacio fino. Las palabras no son la vida, pero son expresadas por seres humanos, y nosotros, los humanos, somos vida.

Las palabras pueden estar al servicio de la vida, entonces desembocan en el silencio bendito de la aceptación. El silencio dorado del sol.

Cuando las palabras van en contra del mundo nos hablan de separación y de negación. Las palabras que van en contra de la vida se enroscan en sí mismas, se dan importancia como si ellas, las palabras, fueran la realidad. Las palabras que van en contra de la vida producen más y más palabras; más y más discursos, a favor y en contra.

Hay que vigilar con el hechizo de las palabras, que nos quieren hacer creer que ellas son la realidad. La fuerza que todo lo mueve brilla en silencio para todos, cuidado con las palabras que nos quieran convencer de lo contrario. Vengan con la apariencia que vengan.

Con esta entrada quería mencionar a mi tío Andraz, quien merece ser nombrado y reconocido. Junto a Andraz quiero mencionar, también, a todos los no nombrados. Y con esta entrada quería hablar también de esas palabras que nos quieren poner a todos contra todos y mencionar también, entre líneas, al silencio luminoso que nos une. Reconozcámoslo y honrémoslo. Es el lugar del que venimos.

Anuncio: A partir de la semana que viene voy a comenzar una práctica regular online de narración de historias con meditación, para profundizar en el tipo de escucha que este tipo de narraciones de los orígenes proponen.

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crisis bajo el sol

Las crisis personales, cuando no son pataletas infantiles sino momentos de interiorización y reestructuración profunda, son buenas, importantes y necesarias.

En esta entrada quiero hablar de crisis, y de la relación de la humanidad con el sol, y de lecturas simbólicas, una vez más.

Comencemos por el sol.

Hay un momento en el Mahabharata en el que los Pandava, los hermanos protagonistas de la épica, se encuentran con un Gandharva en el bosque, que los recibe en actitud belicosa.

De entrada, la situación me parece importante: Los Pandava están en el bosque, fuera de su hábitat, lejos de la ciudad que les toca gobernar como nobles. A causa de un ardid de su retorcido primo los Pandava están escapando, de incógnito, mientras el mundo cree que están muertos. La situación en sí es fronteriza; estamos en los márgenes de la realidad. Más aún cuando la huida es de noche, por necesidad, y además el ser que se planta ante los Pandava es un “bardo celeste”, un Gandharva; una suerte de guerrero astral que vive en el plano atmosférico y considera la noche, y el bosque, dominios suyos. Los Pandava, según el enfurecido gandharva, en tanto que humanos, no están respetando las fronteras del espacio que les corresponde. Esto es, la civilización y el horario diurno. Esta transgresión, según el gandharva, es una razón de peso para atacarlos y separar sus vidas de sus cuerpos.

Claro, esto es lo que el gandharva quiere llevar a cabo, pero no puede, porque entre los Pandava está el poderoso Arjuna, arquero invencible, en posesión de armas mágicas que subyugan al gandharva hasta obligarlo a arrodillarse ante los cinco hermanos y su madre.

Una vez vencido, el gandharva espera ser ejecutado por los Pandava pero estos se niegan a hacerlo. Así se forja una hermandad entre estos seres de planos distintos, que les vale a los Pandava una historia sobre los orígenes de su linaje:

En un momento del combate, el gandharva llama a Arjuna “continuador del linaje de Tapati” y cuando la batalla termina Arjuna inquiere sobre el significado de este epíteto.

Así, el gandharva comparte su conocimiento superior con los hermanos, contándoles la historia de un eslabón muy antiguo de su linaje.

Tapati, que en sánscrito es una conversión de la palabra calor en verbo, es decir algo así como “acaloramiento”, es el nombre de la hija menor del sol. Es la más bella entre todos los planos. Más bella que las diosas y más bella que las ninfas en todas sus variedades. El sol estaba preocupado de que Tapati no encontrara una pareja que estuviera a su altura, hasta que apareció el rey Samvarna. La historia no tiene ningún giro dramático, Samvarna y Tapati se encuentran, se enamoran y tienen hijos. Sus descendientes lejanos son los Pandava; ellos lo han olvidado pero el gandharva no, por esto llama a Arjuna “descendiente de Tapati”. Lo que quiero remarcar en el relato que hace el gandharva sobre el encuentro del ancestro de sangre real con la hija del sol es la descripción del momento en el que se cruzan los dos:

El rey Samvarna era un ser humano ejemplar y entregaba su energía vital a la adoración del sol sin guardarse nada. Cubría la tierra con el esplendor de su actitud igual que el sol lo hace con sus rayos. Este rey se fue a cazar, se alejó de la civilización y su caballo murió en el viaje. El rey siguió su camino a pié hasta encontrarse de repente con la que no tenía igual en los 3 mundos, la hija menor del sol. Se quedó inmóvil y pensó que la belleza que veía era la manifestación de los rayos del sol sobre la tierra. Ella se mantuvo quieta como una estatua entre las enredaderas y el rey quedó atrapado en el lazo de su perfección; pensó que sus ojos habían cumplido su objetivo en la vida.

El rey se dio cuenta de que lo que tenía delante era una apaición sobrenatural pero no se preguntó qué era lo que estaba viendo sino que se dirigió directamente a la aparición y le preguntó: “¿Quién eres? No pareces humana ni de ninguna de las razas mágicas”.

¿Quién es?, en lugar de ¿qué es?, esta es una de las claves de la mirada transcendental. Cuando miramos al sol, nos preguntamos tal vez qué es. Una bola de fuego gigante, sí, pero ¿quién es? ¿Y si nos preguntáramos eso? ¿Y si se lo preguntáramos al sol sinceramente, y nos permitiéramos escuchar de verdad? La diferencia entre qué y quién significa un cambio fundamental de actitud. ¿Y si cada vez que nos encontráramos con alguien de bruces al bajar del metro, en lugar de decidir qué es (hombre, mujer, guapo, feo, pobre, rico, chino, catalán, magrebí, delgado, alto, obeso, miope, etc.) le miráramos a los ojos y nos preguntáramos ¿quién es?

Esto que digo es muy inocente, pero es importante para mí. Tal vez forme parte de la crisis personal de la que estoy hablando. ¿Y si al comprarnos unos pantalones, en lugar de preguntarnos qué es: un pantalón feo/bonito, caro/barato, nos preguntáramos quién es?¿De dónde viene este pantalón, quién lo ha hecho, cómo, cuánto ha tardado y cómo ha llegado aquí?¿Y si nos preguntáramos quién es cada tomate?

La misticología india insiste en que la era en la que vivimos se llama Kali Yuga, la era oscura de la humanidad, caracterizada entre otras cosas por el descenso de la humanidad hacia la práctica del canibalismo. Esto parece exagerado, o lejano, a nuestra mirada obtusa de Kali Yuga. Pero cuando tratamos al mundo como materia, como un “qué”, como un objeto, nos alimentamos de cualquier cosa con creciente insensibilidad. Cuando la vida, que nos regala ese misterios ser que es el sol, se convierte en un “qué”, en un calor aprovechable, todo se vuelve comestible. La energía vital de la persona que nos hemos cruzado en el metro, la energía que vierte en limpiar casas o coser camisas, se vuelve alimento igual que el tomate o la energía que desprende el petróleo quemado. Desaparece progresivamente el intercambio justo, el regalo y la ofrenda y lo que los sustituye es el abuso de la necesidad; la “cosificación”. Por esto cuando vemos algo incomprensible en Kali Yuga nos preguntamos, en el mejor de los casos, ¿qué ha sido esto? – Una ilusión, probablemente. Y los dioses y los gandharva “¿qué son?”, supersticiones. Ya no existen.

Nuestros antepasados de Krita Yuga, cuando veían algo maravilloso se paraban a preguntarle quién era, de dónde venía y por qué se había cruzado en su camino. Por eso hablaban con los dioses.

Pero según la misticología india después de Kali Yuga volverá Krita Yuga, la era perfecta. Podemos intuirla e invocarla. Podemos aprender a preguntar quién es la realidad. Yo quiero aprender a preguntar –y cuando digo aprender a preguntar quiero decir aprender a escuchar- quién es el Mahabharata en lugar de qué es el Mahabharata. Y esta crisis que estoy pasando, se irá fundiendo en mi proceso de transformación a medida que sigo transitando el Mahabharata.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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